Compartimos aquí el texto que Javier Sinay escribió sobre Periodismo todoterreno, una antología que rescata la obra de Raab, editada por Sudamericana. Este texto fue mencionado durante la edición de julio de «Esto no es ficción».

En una nota de aparecida en la revista Primera Plana en marzo de 1964 y titulada “Palito Ortega: La década de los frenéticos”, Enrique Raab –periodista extraordinario, crítico cultural mordaz, habitante curioso de una época desbordada por la novedad– se dedica a hacer un perfil de Palito Ortega y a contar, en torno a esa figura, cómo se construye un ídolo pop. Los Beatles, que son mencionados en este artículo, apenas habían publicado dos discos, y Palito, de 23 años, era una estrella en ascenso, pero una estrella que no sabía sonreír. “Quedaban mejor las fotos con su languidez que con su falsa expresión de alegría”, le dijo un fotógrafo de la compañía RCA a Raab. Y él entendió que en ese detalle la industria había encontrado algo nuevo: un galán triste. Luego, como hizo con Ortega, Raab también escribió textos precisos e imprudentes sobre Tita Merello, Marta Minujín, Jorge Porcel, Chico Buarque y otros personajes de los 60 y los 70, y también sobre Perón, la revista Time, los cines de la calle Lavalle, los bañeros de Mar del Plata y la guerrilla de Montoneros.
Todo eso está en la antología Enrique Raab: Periodismo todoterreno, a cargo de María Moreno, que en 501 páginas rescata la obra de este autor y construye un libro que es como una gran clase de periodismo cultural. La prosa de Raab es profunda y a la vez divertida, prodigiosa en asociaciones, siempre novedosa. Es un libro para leer con atención e intentar descubrir con qué cálculos este periodista diseñaba su singular ingeniería informativa. Su léxico preciosista, en cambio, no responde a ninguna fórmula.
Raab fue un distinto: nació en 1932 en Viena y emigró de muy chico a Argentina junto a su familia, que escapaba del nazismo; cursó la secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires, se convirtió en un fanático del cine y en uno de los favoritos de Jacobo Timerman, fue un militante marxista en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y mantuvo una discreta condición gay. En 1977 fue secuestrado y permanece desaparecido, como Rodolfo Walsh, el gran mártir periodístico de la época. De algún modo, Raab es la contracara de Walsh. Un hombre valiente y comprometido, y un gran autor de no ficción, pero si el creador de Operación Masacre fue nacional y popular, Raab en cambio eligió ser pop.
Raab reporteaba sobre cualquier cosa e interpretaba lo masivo con una simpática erudición apta para todo público. En el artículo “Con su intuición como única guía, Mirtha Legrand exhuma una vertiente perdida del teatro japonés”, sobre la pieza teatral Constancia, publicado en La Opinión en agosto de 1975, Raab evoca un estilo gestual japonés del siglo XVII para referir con ironía a “los gestos, las manías, los guiños, los golpes de taquito y las apoyaturas de cadera de esta Mirtha que todos conocen”. Y a propósito de grandes errores en los que incurre el texto de la obra (que sitúa la trama primero en Buenos Aires y luego en Nueva York, sin viaje alguno; o que cambia de pesos a dólares sin aviso), anota: “Mirtha ha desestimado soberanamente los lastres de la dramaturgia burguesa, no ha vacilado en confundir monedas, ciudades, relaciones porque su objetivo es, esta vez, la restitución de una vieja expresión, meramente gestual, del teatro japonés”. ¿Quién escribe hoy así, en un diario, una crítica de teatro? Nadie. Por este tipo de cosas necesitamos redescubrir a Raab.

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