En el ciclo La Argentina y los escritores que están, compartimos El río Spring, un relato del escritor argentino Santiago Vega, más conocido como Cucurto.

Washington Cucurto

¡No!, pará, dejame que te cuente, esto no es joda, no es falsa literatura, esto es así, tal cual te lo cuento; pero si te vas a parar, si estás apurado y no tenés tiempo, está bien, andá nomás, rajate gil de goma; si no podés no podés, pero no sabés la que te perdés. Dale, sentate, no te hagás el artista y escuchá, son diez minutos en los que te vas garcar de la risa, ya vas a ver, no quiero recordar al Riojano, no te vas a arrepentir…

El río se llama Spring o algo así, mirá que fui muchas veces a Berlín, pero jamás me enteré que había un río, con una playa medio artificial, la huevada. Pero no importa, porque el lugar era increíble, imaginate diseñado por los alemanes, solo ellos son capaces de mandarse estas arquitecturas naturales en medio del frío. Si no te la cuento no te la imaginás ni en pedo, al lugar lo podías poner al lado de una playa brasileña, una playa escondida de Mar del Plata o el Caribe, de pronto Monte Hermoso, si querés, ponele. Dale, llamalo al mozo y pedile una Báltica bien helada, la cerveza de los marineros, porque sabés que a esta cerveza la inventaron los marineros de las cantinas de La Boca. Después de agarrarse una curda de aquellas, meaban en las botellas y gritaban ¡Báltica! Y ahí quedó, te estás tomando pis de marinero. ¡Pero qué deliciosa que es!
Pero no nos vayamos por la tangente, la historia es otra. Estábamos con mi amigo Edy (Edmundo) un tarijeño capo total, muy imaginativo, muy fresco, lleno de humor, un lindo tipo que te empuja para arriba. Yo siempre digo, nos quedamos cortos al abreviarle el nombre. En vez de decirle Edy, deberíamos haberle llamado Mundo. Señor Mundo, porque es lo que mas se acerca a su personalidad. Bueno, tampoco importa Edy si no fuera porque tiene una novia gringa, bien gringa, la Aerodinámica, le dice; imaginate “la Aerodinámica” y con eso te digo todo. Servite y poné en mi vaso también, pibe, pero sin espuma, eh. Y acá viene lo mejor, es decir acá vienen las minas, porque lo mejor en los cuentos siempre son las minas. Si contás un cuento sin minas es como si contarás un partido de fútbol sin goles o te masturbaras sin películas porno. En cambio si hay una mina o dos, todo cambia, todo es intriga y aventura; el cuento se sostiene hasta el final porque siempre está la duda, el morbo, esa cosa machista que tenemos todos (hasta las mismas mujeres que son las primeras que quieren saber) de chusmear si al final terminaron patitas al hombro en el catre o encima del capot de un auto o paraditas, de última, si se da.

Te digo más, la novia de mi amigo, la alemana, era una gringa de linda boca, pantorrillas fuertes y con esa apariencia de luchadora que sólo una buena pantorrilla es capaz de dar. Estilo Uma Thurman con anteojos de intelectualoide, creo que trabajaba de redactora de una revista femenina “Das Von Hause Cacho”, algo así como “La casa de Cacho”, mirá el nombre que le mandaron a la Para Ti alemana, ya desde el nombre te calienta. Porque vos leés y repetís en voz alta, Las conchas de Cacho y te imaginas unas conchas que Cacho se debe estar garchando en la casa… Pero tampoco importa eso, la mina un mionca mirón, mironaza la guacha, un par de tetas increíbles, siempre usando camisa de hombre, con los tres botones abiertos, mostrando el tajo blancón que se les forma a las minas que tienen buenas tetas. Está bien, es la novia de mi amigo, pero no tiene bigotes y uno no es de fierro y sobre todo si está absolutamente cogible y es mirona y le gustan los negros más que el dulce de leche.

Porque allá, en el norte, si sos medio morochón, la rompés con las minas. Los africanos cuanto más sucios y más flacos, más las calientan a las minas. El éxito de los negros en Berlín es total, se reunen en un barrio que se llama Kreusberg que es un cogedero directamente. Los negros las esperan con la pija en la mano a las gringas, tan alemanas, tan finas, tan europeas, tan liberales, tan razonables. Pero eso, en el fondo es una pantalla, un chamuyo de la imagen y las apariencias, las minas al final quedan tiradas en el piso con las gambas abiertas, reventadas. Es una cosa de locos.

Son raros estos pueblos del frío, nórdicos, la gente de día es medida, concentrada, pero empieza a caer la tarde, la nochecita y se transforman, es como si se aproximara el fin del mundo, todos salen a chupar y a culear.

La más brava de todas estas ciudades es Helsinki, las minas directamente te agarran de los pelos y si sos negro, ni te digo, si sos sudaca y encima argentino no podés salir a la calle, las minas se vuelven locas. Hace poco mataron a un tucumano en pleno centro de Helsinki, al tipo se le ocurrió salir un sábado a la noche y las minas todas en pedo en la calle, se peleaban, lo tironeaban hasta que terminaron despedazándolo.

El verano en estas ciudades no tiene noche, son las doce de la noche y el sol está fuerte. Las minas se ponen en bola en los parques y los bares y se chupan todo. Vos vas caminando por la calle y ves cabecitas rubias, una mesa con veinte sillas y son todas minas, meta escariar, dispuestas a todo, como acá por ejemplo, lo puede hacer la banda de All Boys, de Boca, después de un partido. Allá son las minas, las que se emborrachan y mandan. Finlandia es un matriarcado, los hombres fueron a la guerra y no volvieron, dicen que por cada hombre hay cincuenta mujeres, para que te des una idea. Ahora, no te vayas a creer que esto pasa solo con los negros, porque también hay negras, poquitas es verdad, las pocas latinas que hay cogen como perros, pero con los finlandeses, y dicen que los tipos, después de tantos años de sometimiento, silenciados o aporreados por las minas son máquinas de coger a las que no les importa nada. Sí, los gringuitos esos, flacuchientos, casi sin fuerza, todos mas lindos que Brad Pitt, con esas barbitas de pelusas que apenas les crece, bien gays, dicen que se agarran una mina y la hacen bolsa.

Nada que ver con los alemanes, a los cuales, pobres, les cuesta. No hay forma de que los alemanes le den bola a las alemanas. Entonces ahí es donde entran en acción los bolivianos, los ecuatorianos, los colombianos y toda la rama del África y se voltean a todas las minas, la piel, esa cosa salvajona, porque vamos a decir la verdad, ellos creen que somos salvajes, unos monitos recién caídos del árbol y les encanta esa onda, desgreñada, sucia, primitiva…

¡Y los grones que vienen escapándose del hambre y terminan culeándose una nórdica, una modelo internacional que en otra parte del mundo los confundiría con un perro!; no importa, porque son el acceso directo a la heladera que es el sitio a donde los grones quieren llegar realmente.
Porque todo esto es finalmente una cuestión del euro y del hambre, de la terrible desigualdad; de las políticas burbujeras de la Unión Europea, del clima, de los problemas demográficos, los tipos viven en una burbuja, en supuestas socialdemocracias que en cualquier momento se caen a pedazos y terminan a los tiros, todos contra todos al mejor estilo Sarajevo. Es que estos tipos lo que tienen adentro es la pura guerra, el facho que entra a matar a lo loco, como en Estados Unidos.

Y todo esto sin contar, Benigno, la cantidad de putos que hay en Europa, no se puede creer, todos los tipos se la comen. Entonces un grone como vos o como yo, ponele, grandote, bien plantado, con un poco de pinta, con un bigote intenso, si querés, imaginate es codiciado en ambos lados. Si no probás concha, terminás rompiéndole el culo a un puto. Es así. El juego del gato y el ratón. O sino son binormas, que patean para los dos lados, atajan, reciben y golean. Y pueden patear al arco desde los lugares más inesperados. Estas sociedades supuestamente avanzadas son así, el colmo del aburrimiento, el aburguesamiento y la boludez de la bicicleta, el confort, el diseño…

Por donde vayas siempre te chocás con un boludo o una boluda en bicicleta. Mataron a seis millones de personas y ahora los guachos andan en bicicleta, con una botellita de cerveza en las manos yendo a una muestra de pintura. Son unos caraduras y unos racistas de película estos gringos. Porque convengamos que allá todo es baratísimo, en especial la birra, te venden esas botellitas a un euro y te tomás dos, así, caliente, y te agarrás un pedo de la san puta, un pedo que no te lo cura nadie.

Y eso genera el individualismo, la autosuficiencia, las minas viven solas y eso facilita, no hay telos, las minas se ponen en pedo en cualquier baile de música latina o gitana y se llevan al más groncho directo al catre, a sus deptos burgueses llenos de cds, libros sobre Latinoamérica, porque todas son latinófilas o africanófilas; yogurt y queso en la heladera y el shampoo más caro en la ducha, ponele el Panten o el quieras.

El tema del queso es otro, qué variedades de quesos ricos que hay, che, todos comen quesos, mientras que acá para que vamos a mentir lo mejorcito es un Mar del Plata, todo agujereado, transpirado y un pedacito te cuesta un ojo de la cara.

Me colgué hablando de estos gringos. Pero disculpame, no te voy a decir el nombre de la nami porque la conocés y no quiero chusmeríos, ¿qué nami? La alemana, gil, la novia de mi amigo, pongamos que se llama Verena.

“Fortísima”, como dicen los brasileños. Y mirona, inquietantemente mirona. No sé como Edy se había enganchado esta nami, pero ahí estaba, saludándonos desde su auto Volskwagen Gol, hasta en eso mantienen la discreción: todas usan el mismo auto y encima ninguna usa bigotes y son mironas, mironas al mango. Es increíble la energía que las minas ponen al mirar, al clavarle la mirada a un tipo y perseguirlo como si le tiraran una tela de araña para que se te levante la pija. Es una cosa de locos, lo desinhibidas que son las nórdicas.

Mi amigo viene y me dice, “Humberto, las fronteras son imaginarias. Que feliz que estés acá loco, me encanta recibirte, que hayas llegado en primavera, porque acá los inviernos son muy duros, vos ya sabés, estuviste muchas veces en invierno. Pero ahora estamos en primavera, con todo el sol del mundo y te quiero llevar junto a Verena a una playa muy especial, Humberto, no lo vas a poder creer. Primero pasemos por un supermercado y compremos un par de boludeces, una birras y nos largamos…” Mi amigo estaba feliz, exultante de alegría, se le hinchaba el pecho pensando en cómo hacerme sentir cómodo.

Tanta hospitalidad confunde. Me hizo sentar al lado de Verena, en el asiento de adelante, la mina tenía una pollerita corta y cada vez que metía un cambio me mostraba las gambas, medio a propósito, viste como son las minas cuando quieren llamar la atención. Yo haciéndome el sota, el reverendo cuatro de espadas. Pero la mina de pronto me muestra unos árboles medio raros, me toca la rodilla y me dice “mirá, Humber, esos robles los plantó Hitler hace 70 años”. Y después al rato, pasamos por un puente de piedra, “acá el Fhurer escribió tal cosa”, una boludes así y la manito de la gringa, manito dactilógrafa, manito del Primer Mundo, un poco mas arriba de la rodilla, tocándome el comienzo del cuadriceps, casi, casi, mirá lo que te digo y sin exageración, casi tocándome la cabeza del monstruo, la cabecita pelada y dormida del animal tropical, del Dios Polifemo, del Topo Gigio…

Porque tengo que decirlo, el monstruo es asqueroso y sin agrandarme, ahí descansa, hasta ahí llega, un poco mas arriba de la rodilla. Y las minas se dan cuenta porque marcan y se hacen los ratones y lo primero que te miran es si tenés las manos grandes y peludas e inmediatamente después te marcan la bragueta. Aguantá que no lo vas a poder creer, el lance de la mina, la cancha absoluta que tenía y tiene con los machos, la tal Verena. Te imaginarás que estaba en llamas con la mina que me tiraba unos centros bárbaros que yo saltaba a cabecear como un loco y delante de mi amigo. Pensé que estaría todo bien, que acá la gente es liberal en serio, pero a mí no me cabe yo soy tirado a la antigua, me gustan las cosas claras, las penetraciones en vez de los roces y las caricias en vez de los consoladores. Los países desarrollados son raros, qué querés que te diga. Y la gente que los habita más raros aún, es como si estuvieran cansados o aburridos, como sea, llegamos a la playa del río Spring, un río que atraviesa Berlín de punta a punta, rodeado de matorrales pero no como acá, a la que te criaste, sino todo cuidado, cuadrito, cortado como con regla, también lo había diseñado Hitler.

El Spring era un río horrendo, con el fondo de lodo y el agua negra como sucia. No te van a flotar soretes en pala como en un río de acá. Allá la contaminación no existe, la traen para acá. Por supuesto, que se infecten los monos sudacas, ellos jamás. El agua helada y no daba ganas de meterse, me hizo acordar al río Paraguay, allá arriba, en Chaco, cuando desemboca con el Bermejo, la altura de Chascarrillo, hay un río así, profundo y horrendo. Lo insólito de todo esto es que estaban todos en pelotas, era una playa nudista, muchas viejas y niños, pero había unas minas tremendas que te marcaban.

De pronto, mi amigo Edy se pone en bolas y la mina también, medio me miraban, me insinuaban a que me pusiera en bolas yo también. A mí me daba vergüenza, un poco porque no estoy acostumbrado y otra por el tema del tamaño, por la yarará que muerta da miedo, realmente. Yo lo sé, me lo han dicho miles de minas a lo largo de mi vida privada. Más de una, después de un par de rounds, agotada en una cama, acariciándome la cabeza me dice. “Tenés un zodape de aquellos…”

Algo es estar relajado en tu casa o en un telo y después de una sesión te comente, con confianza, e incluso que saque la camarita y se la ponga muerta, mustia y llena de flujos y pelos y puntitos de queso y se saque una foto al ponerla encima de su mejilla, para mandarle a una amiga o un recuerdito de algo que no se ve todos los días. Pero otra cosa muy distinta es que te desnudes delante de un montón de personas o de una pareja de amigos. Verena se puso en bolas y no hay palabras para expresarlo, un canto a la belleza de la raza aria, perfecta, un espectáculo de hembra. “¿Y Humbertito, no te desnudas?”, me encaró así de entrada, Verena.

El Río Spring era caudaloso y soplaba un vientito tenue y el sol apenas calentaba, pero no era el sol salvaje que te pela el lomo, el sol de Florencio Varela, Río de Janeiro, Mar del Plata. Tampoco quería quedar como un maleducado y me saqué la remera y el pantalón. Me quedé en slips. Me senté arrodilladito, doblado como una mulita de las pampas, escondiendo al monstruo de la mirada atrevida de los demás. “¿Qué te pasa, no nos querés mostrar el pito?”, me ladró con humor Verena.

Yo veía que mi amigo Edy no tenía nada e incluso los tipos que pasaban en pelotas, es una forma de decir, en pelotitas, tampoco tenían mucho para mostrar. Y bueno, la culpa no es mía, la mina me dio pie para que fanfarronee y viste cómo somos los argentinos que ganamos en todos lados, por carisma, por prestancia, qué sé yo lo que tenemos, las minas se calientan de una forma increíble con los argentinos. Así que me levanté y lentamente, mientras ellos seguían sentados encima de un toallón inmenso y colorido, junto a unos sandwuches de miga, la fui pelando. Parado delante de ellos, casi haciéndoles sombra, me bajé el slips lentamente que caía por mis piernas flacas y peludas y el monstruo asomaba dormido y salvajón, como siempre. ¡Hubieras visto la cara de Verena!

Se acabaron las palabras, se acabaron las imágenes, se acabó cualquier recuerdo o esperanza que uno pueda atesorar en su memoria. ¡La cara de Verena! Me di vuelta y sin decir nada, sabiendo lo que había provocado en mis amigos me zambullí en el río como una foca, floté un rato, buzié otro rato; pero no volvía a mostrar la parte de debajo de mi cuerpo. Tanto había impresionado a mis amigos que no volvieron a pronunciar palabra. Algo se había roto en el ecosistema de nuestra sociedad amigable.

Y lo que te quiero contar, lo que vale la pena es esto; estaba lo más tranquilo dándome unos chapuzones, esperando a que mis amigos se repongan del nocaut, las aguas del Spring me congelaban las bolas, porque el agua estaba helada y la tararira cada vez que me zambullía de panza se pegaba una arrastrada por el lecho del río como si fuera una anguila o una lombriz gigante buscando qué comer.

Cuando salí de abajo del agua, totalmente repuesto del shock que yo mismo había armado, saqué la cabeza y pude ver al rubio. Una nazi gigante y helado, como de piedra, con un tatuaje enorme en el hombro, era una pija en gesto o la clásica pose de una cobra. Este gigante daba miedo, Gordón, no tenía físico de gimnasio sino mas bien tirando a leñador, a luchador de match, de pronto camionero si querés.

Andaba con dos alemanitas muy niñas, el doble de bellas e impresionantes que mi amiga Verena. Le vi la cabeza con el pelo cortado al rape, sentado en el volante de su auto. Abrió la puerta y bajó desnudo, en ojotas. El monstruo que tenía entre las piernas no se puede explicar. Pero además era una poronga bella, fotogénica, hasta a mí me gustó. Muchos biólogos sostienen que las lombrices no tienen sexo, mentira. Yo conozco lombrices que se cogen a otras lombrices. Esperá, pasame un vaso de Bática, que ahora se viene lo mejor.

Lo peor que te puede pasar en el mundo, pibe, es perder la humildad. Podés ser un capo en cualquier cosa pero no andar fanfarroneando, ni ser agrandado ni creerte más que otro porque la tenés mas grande. Al fin y al cabo es todo genético, ningún tipo hizo nada por tener lo que Dios le dio. Quien sabe si somos merecedores de tener tal o cual habilidad. Pibe, si Dios te tocó con su varita cuidalo y compartilo, no lo utilices para desmedro de otro. Me parece que así debe actuar un hombre de bien.

El rubio gigante se paseaba mostrando al monstruo, mientras las minas no podían dejar de mirarlo, era un imán el tipo. El gigante no se metió al río jamás, tampoco se sentó, se paró con unos anteojos negros y las dos minas a su lado, con los brazos cruzados como un guardacostas de las playas de Monte Hermoso.

Y así permanecía el ario, pura pinta y fibra y músculo, Dios le había dado de más. Los pelitos amarillos y finos empujados por el viento de Berlín. Parecía un dios de gimnasio y colgándole entre las piernas, no te voy a mentir, pibe, una yarará, un instrumento germinativo grueso como una boa, brillante y de piel elastizada. Parecía el brazo de un enano injertado, para que te des una idea. Pero no desentonaba, lo hacía más bello al tipo aún. Al gringo, al alemanucho éste le daba el cuerpo para hacerse el sex symbol. Tenía con que.

Por eso siempre, digo, permitime, no hay que creérsela de más, no hay que dar por sentado nunca que uno es el number guan. Además, ¿de qué sirve ser el mejor en todo? Casi te diría que es hasta aburrido… Aunque en el fondo sepas que sos el mejor: que es así, que en la vida uno nació para ser el número uno y tiene que bancársela.

Pasaban tipos de cuarenta pirulos, otros alemanotes con familias, grandotes de la mano de su jermu y el grasa les señalaba el pito y se reía y bamboleaba el suyo. ¡Entendés hasta que punto el tipo era un canchero! A todas las minas que andaban en bolas, también muy educadas y liberales, el tipo las chistaba y les señalaba para abajo, el gringo tenía un aire al ruso de la película de Rocky, no sé la viste. Tenía pinta de verdad. Algo que, en este mundo machista, merecería el inmediato respeto de los demás. Más allá de esto, todo transcurría en la más habituada paz de una playa nudista del Primer Mundo.

El Río Spring de pronto subía unos centímetros y amenazaba volverse caudaloso.

El tipo comenzó a caerle mal a la gente que estaba en la playa. Se sabe: a los nudistas no les gusta que vengan exhibicionistas. Porque algo es un nudista de alma, que cree en la naturaleza y le gusta andar como en los tiempos de Adán y algo muy distinto es un exhibicionista, un tipo que se va a la playa a que lo miren, un tipo como éste que tiene la poronga grande y le gusta mostrarla, o como las minas de grandes tetas y culos perfectos. Ya de entrada caés mal porque no es esa la filosofía y si encima canchereás…

Había que pararle el carro, de alguna manera, a este nazi moderno y desubicado.

Yo estaba lo mas bien, nadando, disfrutando del horrendo lecho del río, cuando de pronto siento un cosquilleo en la punta de la pija, así de la nada, imaginate el cagazo, en lo primero que pensé es en una tortuga, una serpiente que besaba a otra, confundida.

Cuando se volvió a repetir primero fue el roce de un piquito, un besito acuático y luego un lengüetazo a lo largo de todo el tronco. Sentí que me succionaban los testículos y pensé, ahora sí, mas relajado “debe ser Verena”, la alemana trola que me hace una de las suyas. ¿Quién más sino?
Me quedé quietito y la matriz de carne comenzó a inflarse, a despertarse y tomar gigantescas proporciones y ahora era una manito que me subía y me bajaba el prepucio, me acariciaba la cabeza con maestría. Yo tranqui, disfrutando de los saberes de la berlinesa. Son trolas las minas, eh, tal vez, ni siquiera era Verena, sino alguna de todas esas gringas que pululaban por la playa y el río.

De pronto, desde la playa veo que Edy viene cargando una mesita y me llama, también veo que trae la lanza que compré a dos euros en un mercado persa. No veo a Verena por ningún lado, es obvio dónde está, pero Edy mi amigo no lo sabe.

“Vení, Humbertito, vení que inventamos un juego para pasar el rato en la playa. ¿Te querés ganar cien euros?” Edy le hablaba a la gente en ese idioma que hablan los alemanes que no se entiende un pito y la gente se amontonaba alrededor de la mesita.

Yo estaba en otra, pasándola bomba, cuando meto una mano sin querer, en el agua y digo: “nena, me está llamando Edy, largá que seguimos mas tarde”.

Pedíte otra Báltica porque no lo vas a creer, tantié y toqué una cabeza cortada al ras, que obvio no era la de Verena. Me asusté y me saludó un nenito, como de trece años, un putito que se dedicaba a chuparle la pija a los viejos en el río. Me dio una impresión que le grité en castellano: “Pero mocoso de mierda, andá a estudiar en vez de andar haciendo estas cosas en la calle”. Por supuesto que no me entendió ni un pomo y se alejó nadando, mientras los pedazos de semen flotaban como gargajos en el agua negra del río Spring. Leche very good quality, pura grasa de chancho concentrada.

El gringo se puso de un lado de la mesa y vi, a lo lejos, a Verena agarrando a aquel monstruo estirándolo encima de la mesa, como queriendo medirlo, agarrando mi espada. “Dale Humber, salí que te vas a divertir a lo loco”, me insistía desde la playa mi amigo Edy. “Salí así, en tarlipes, dale”. Comencé a salir del agua como un asesino en esas películas de terror, lentamente. Las rubias y Verena me miraban y aplaudían, sobre todo mi humildad, mi timidez, yo me tapaba con las manos, pero imposible tapar al sol con una mano, tapar las virtudes que nuestro Señor nos dio. “Vení, apoyala acá, encima de la mesa”, me dijo Edy apenas llegaba.

No te voy a mentir, pibe, pero así derramando leche, cubriéndome, sin perder la compostura pero dejando entrever un gran zodape, titilando de frío y de pronto, los aplausos, las palmadas en la espalda, los gestos de afecto, de pronto de agradecimiento si querés… Comenzaron a rodearme, la misma gente de la playa y aplaudiéndome me acompañaban pisando la arena hasta la mesa, fue emotivo, emocionante, casi te diría que hasta inolvidable y se me pianta una lágrima. Verena, empujando a los que me rodeaban, saltó hacia mi y me cubrió con un toallón. Imaginate que el rubio no entendía nada, no cazaba ni de casualidad el fenómeno social que se había armado, así, espontáneamente, como pasan las mejores cosas en la vida.

Verena me dio un beso en la mejilla, mientras me envolvía con el toallón y me dijo al oído con toda la ternura del mundo: “Sos nuestro campéon”.
Y ojo, eh, no porque la tuviera mas grande, sino porque soy un hombre sincero, sencillo, temible y humilde, vos me conocés pibe.

Cuando veo sobre la mesa lo que había puesto el rubio, casi me muero. Era una cosa horrenda, deforme, con una cabeza rosa empalidecida como se ponen los pescados cuando se están pudriendo.

Verena, me guiñó un ojo y con una sonrisa de sol a sol, preciosa. Le habló a los que estaban alrededor de la mesa. “Y ahora nuestro amigo sudamericano, argentino, para más datos, la República del tango. Tengo el honor de presentarles a la poronga más linda de mi vida”.

Repitió entre risas y me dio calce para que pusiera mi atributo germinativo encima de la mesa. El rubio me miraba transpirado, pálido con miedo a hacer un gran papelón. No podía ser posible que un groncho, un indígena de la tierras de hambre, superara a su atalaya aria de pura cepa.

El tipo me miró con odio, como diciendo este indígena gordo, mal alimentado y viejo, no puede ganarle a un cuerpo como el mío. Y se dio otra vez, pibe, la eterna lucha de clases, pobre contra rico, rubio contra morocho, la rama de un algarrobo contra la rama de un ciprés, qué sé yo…Ahí se me confunde todo, porque me pegué un julepe bárbaro. Verena en vez de sacar una regla y medir, pegó un golpe, entre la algarabía de todos los testigos, las risas, de las rubias que se amontonaban alrededor de la mesa del río Spring, digo no sé, porque se me nubla todo, pero se escuchó un golpe seco, duro, marcial y profundo que todavía me da cosquilleos y me retumba en la cabeza y me hice para atrás y la guardé justo a tiempo, mientras la del gringo quedaba mutilada, suelta, libre al fin, pegando saltos como un gato cuando le cortan una cola, encima de la mesa; como un bebé cuando le cortan el cordón umbilical, botando sangre a lo loco. No sé por cuántos centímetros le gané, más de diez seguro, pero no importa, a un pasito así, estuve a punto de ver mi vida cercenada para siempre. Es increíble como lo que más queremos en la vida se puede ir en un segundo. Es inadmisible de qué forma nos pueden cercenar todos los sueños en esta vida terrestre nuestra de cada día. No somos nada, pibe, no somos ni una bolsa de gatos asfixiándose en una bolsa llamada mundo. El acto reflejo me salvó, porque tengo toda la sensación que ese golpe era para mí, que Verena me andaba buscando desde que llegué. Imaginate, no se la muestro nunca mas a nadie, eso me pasa por andar de perlas en un barrio de hambrientos.

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*Mi nombre es Santiago Vega, pero todos me conocen como Cucurto o Cucu. Me gusta que me llamen así. Comencé a escribir en 1996, después de haber leído la novela La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán. Terminé de leer el libro y escribí al estilo Zelarayán, mi primer libro de poemas. Mientras reponía en las góndolas de Carrefour, escribía y me divertía. Al tiempo de publicado, la gente me paraba en la calle y me decía “cómo me reí con tu libro”. Hasta el día de hoy, después de casi veinte años, me lo siguen diciendo. Por lo tanto, me considero un humorista de humor y negro. Publiqué quince libros de poesía, y seis y siete novelas y libros de relatos. Mi sueño es ser agricultor, pequeño productor de algo.

2 thoughts on “El Río Spring

  1. Siempre que leo algún escrito de Cucurto no paro de reírme. ¡Son geniales sus relatos!
    (Un día me lo crucé por la calle y me quedé muda; no pude decirle nada; por acá es más fácil).

    ¡Éxitos con la Fundación!
    ¡Un abrazo!

  2. A ver: pongamoslé que, de repente, lo ordinario sea marca de renovación o de vanguardia en la literatura y yo no sepa apreciarlo o tenga una visión tan obtusa acerca de lo que es «buena» o «más o menos buena» literatura como para reconocerlo. Ok: a un costado ese aspecto discutible entonces. Ahora: Este texto de Cucurto está mal escrito, gente. Contiene errores en la sintaxis, en la ortografía, en la mínima coherencia necesaria para entender determinadas situaciones. Además, cosa que no me parece menor: construye generalizaciones lamentables sostenidas por prejuicios sociales, contiene una «sensibilidad» racista estereotipada, estereotipada, me doy cuenta, pero racista al fin. Los efectos que produce esto último son algo más que meramente «desagradables». Creo que Cucurto tiene talento, no pretendo atacarlo como escritor. Pero creo que elije usar ese talento de una manera lamentable, en este cuento por lo menos, que es acerca de lo que estoy hablando.

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