Las estrellas federales es el próximo libro de Juan Diego Incardona que editará Norma. Compartimos el primer capítulo con ustedes.

Juan Diego Incardona / Foto: Vito Rivelli

«El fenómeno se produjo en 1989 sobre el sector sudoeste del Conurbano, desde Villa Madero hasta Puente La Noria y aledaños. Desde mediados de septiembre, los días fueron calcados durante tres meses: por las mañanas, cielo nublado; entre la una y las tres de la tarde, sol; entre las tres y las cuatro, nubes; entre las cuatro y las cinco menos cuarto, lluvia; entre las cinco menos cuarto y las cinco y media, sol; a partir de las cinco y media, cielo nublado otra vez hasta el día siguiente, al mediodía, cuando todo volvía a empezar. No se sabe si las semillas ya estaban esparcidas desde antes o si el viento matancero las levantó en aquellos días, desenterrándolas del campito y de la Chacra de los Tapiales, la cuestión es que las condiciones de luz y humedad resultantes de aquel insólito clima fueron óptimas para las poinsettias que, en plaga, cubrieron por completo la zona de Villa Celina con un rojo furioso, alfombrando potreros, banquinas al costado de las autopistas, jardines, plazas, parques de los monoblocks e incluso canteros y macetas de balcones y patios.

La General Paz empezó a ser cruzada por curiosos, primero de localidades cercanas como Lugano, Soldati y Mataderos, luego por gente que venía del centro, arriba del 86, el 36 y el 143, para ver con sus propios ojos el milagro, el barrio sepultado en flores, el barrio bañado en sangre. La mayoría de la gente decía que era una bendición, la alfombra de Dios o de un santo popular, quizás el poncho colorado del Gauchito Gil, pero las mujeres de Giribone lideradas por la Porota entraron en pánico. A principios de diciembre, empezaron a juntarse en la calle para rezar y leer el Apocalipsis, mientras repartían unos volantes escritos a mano en los que anunciaban el principio del fin, la destrucción de La Matanza y del país entero, al que, según ellas, le había llegado la hora del juicio.

Ya fueran optimistas o pesimistas, los vecinos asistían compulsivamente a las misas del Sagrado Corazón y de las Capillas de San Martín de Porres y Santa Teresita. Como en los templos no había espacio, las ceremonias se realizaban en la vía pública, que, además de estar cubierta de hojas punzó, se fue reduciendo debido a los puestos de los vendedores callejeros, donde había toda clase de mercadería, desde estampitas y biyouterie religiosa hasta comidas, bebidas y ropa.

El 8 de diciembre, el barrio era un hervidero. Ricky, Tuta y yo veíamos el espectáculo en la esquina del viejo Tanque de agua, convertido ahora en una alta torre roja. Comparsas argentinas, paraguayas y bolivianas desfilaban por la avenida Olavarría levantando cruces e imágenes de santos y de distintas advocaciones de la Virgen, vestidos algunos con túnicas cristianas y otros con disfraces paganos de animales, arlequines y diablos. A su paso, arrojaban semillas por el aire: maíz, lentejas, porotos. Era un carnaval a doble mano, porque las formaciones, desorganizadas, entraban desde una y otra punta, ya por Puente 7, ya por la calle muerta de Banco Hipotecario. Los bailarines, al cruzarse, se amenazaban y se tiraban patadas, disputándose metros de la calle. Entre ellos, camionetas y carrozas cubiertas de platos, copas y vasijas transportaban a las princesas, cholitas vestidas con mantas y polleras adornadas con plumas de gallos, cascabeles y lentejuelas cosidas que brillaban colores en todas direcciones, dando a Villa Celina el aspecto de un gran caleidoscopio. Bum, bum, bum bum búm, murgueros, batucadas y caporales competían tocando más fuerte y entonces los vidrios de las ventanas y las chapas de los techos retumbaban ecos a todo volumen, dando la sensación de una inminente explosión. Yo me tapaba los oídos y entrecerraba los ojos para jugar con la vista, buscando entre los galpones y las casas la aparición del hongo nuclear. Sus vientos huracanados levantarían el barrio de raíz y lo transplantarían, intacto, en campitos espaciales. Después, volvía a mirar normalmente y otra vez ponía los pies en la tierra, que se movía, que se movía. Ioja. . .! Ioja. . .! Vienen los congos. . . Chiquichi. . .! Brindando salud. . . Ioja…!Ioja…!

Esta es la Juana… Chiquichi…! Más linda del Sur…

—¡De las orillas del Riachuelo, el Matanza y el Reconquista, las criaturas más fantásticas del mundo! ¡Ver para creer!

Una avalancha cruzó la calle y me dejó tirado en el piso. Quise levantarme rápido pero no pude, porque varios vecinos me aplastaban, caídos sobre mí, hasta que, por suerte, Tuta me agarró de los pelos y me puso de pie. Alrededor, los demás también se reincorporaban. Miré hacia adelante. Personajes de fantasía se abrían paso por Martín Ugarte, detrás de un estandarte de “El Circo de las Mutaciones”, que desde hacía pocos días acampaba en una de las canchas de la Sociedad de Fomento. Flanqueados por payasos y malabaristas, las atracciones eran anunciadas por el Presentador del circo, altoparlante en mano.

—¡Damas y caballeros! ¡De Laferrere, la Mujer Lagartija! ¡Miren, miren su cola larga y puntiaguda! ¡Mueva la cola, doña, mueva la cola Mujer Lagartija!

—¡De La Tablada, El Hombre Regenerativo! ¡Se corta un dedo, se corta una oreja, se arranca la lengua y vuelve a crecerle!

—¡De los potreros de González Catán, los Infracaballos! ¡Dos equinos del tamaño de hormigas! ¡Pero cuidado, buen señor, no me los pise!

La gente se rompía las manos aplaudiendo. El Presentador seguía, ahora, anunciando a los personajes disfrazados:

—¡De la Guerra de la Independencia, el fantasma de un soldado argentino! ¡Peleó con Güemes, peleó con Belgrano, peleó con San Martín!

—¡De los conventillos de Zona Sur, un enfermo de fiebre amarilla! ¡Vuela de temperatura, vomita bilis y escupe sangre desde la Presidencia de Sarmiento!

—¡De la Cárcel del Fin del Mundo, el famoso Petiso Orejudo! ¡Incendia casas, mata niños y tortura animales! ¡Vecinos, tengan cuidado!

Las mujeres de Giribone, arrodilladas, ignoraban lo que sucedía alrededor y seguían rezando, ensimismadas, un rosario atrás del otro.

—Dios te salve María, llena eres de gracia…»

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*Juan Diego Incardona nació en Buenos Aires, hijo de un padre tornero y una maestra argentina. Ha publicado Objetos maravillosos (2007), Villa Celina (2008) y El campito (2009), además de numerosos cuentos en antologías. Colabora en diferentes suplementos y revistas de España, Argentina, México, Colombia y Uruguay. Las Estrellas Federales saldrá próximamente por Editorial Norma.

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