En el ciclo La Argentina y los escritores que están, compartimos Malas políticas para la inseguridad, una crónica de la escritora argentina Florencia Abbate.

Florencia Abbate / Foto: Archivo autor

1. Estoy parada frente a un muro donde dice “En memoria del Chino”, en el corazón de la colonia DINA, un vecindario que está bajo el control de una de las pandillas más grandes y temidas de Centroamérica. Veo niños jugando a la pelota en la calle de tierra y madres que conversan. No parece un lugar tan peligroso. Hasta que una de las mujeres se acerca, mira el muro y dice: “Yo lo conocí desde la cuna, era amigo de mi hijo”. El Chino, Mariano Salazar, era el jefe zonal de la mara 18. Controlaba la distribución de droga en la DINA y en la IVU, la colonia vecina. Tenía 18 años cuando lo sacaron a golpes de una casa, lo desnudaron y, en medio de la calle, lo acribillaron con diecisiete impactos de fusil AK-47. La vecina sacude la cabeza como intentando apartar una imagen horrible, y luego agrega: “Aunque se hayan firmado los Acuerdos de Paz, la guerra aquí en El Salvador sigue”.

El Salvador es tal vez el país más caliente de América. Tan pequeño como la provincia argentina de Tucumán, pero con una densidad poblacional de 320 habitantes por km2. En este reducido espacio viven 7 millones de personas. Bajo el sol tropical, una cadena de cinco volcanes activos atraviesa de lado a lado el territorio, y una guerra que duró once años, y que se extendió hasta el último rincón, lo dejó devastado.

En las últimas décadas la pobreza ha crecido con tanta rapidez como en Guatemala, hasta abarcar al 58 por ciento de los salvadoreños. Esos ciudadanos que son herederos o bien sobrevivientes de la larga guerra (1980-1991) entre el Estado y los bloques del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional), un movimiento guerrillero que, después de los Acuerdos de Paz (1992) se convirtió en partido político y hoy es la oposición a la derecha que gobierna.

Las pandillas o “maras” son desde hace un tiempo el gran fenómeno social de Centroamérica; y sobre todo el blanco principal y el chivo expiatorio de varios gobiernos de la región. El 15 de enero de 2004, los presidentes de El Salvador, Honduras, Nicaragua y Guatemala se reunieron para firmar un convenio que permite la captura de pandilleros en cualquiera de los cuatro países, sin importar su nacionalidad… Además, los jefes de policía acordaron actuar en bloque, a través de “medidas especiales” acordadas entre sus respectivos estados. México y Bélice han decidido imitarlos. Y en Panamá, la ex mandataria Mireya Moscoso también llevó adelante un Plan Mano Dura, réplica de aquel que inauguró el ex presidente salvadoreño Francisco Flores el 23 de julio del 2003, con un discurso que dio aquí mismo, en la colonia DINA…

Ese Plan ha sido continuado y perfeccionado por el actual presidente, Tony Saca, también del partido ARENA (Alianza Republicana Nacionalista), un partido de derecha que ha venido ganando las elecciones, cuatro mandatos consecutivos desde que se firmaron los Acuerdos de Paz, y que responde a los intereses de la vieja oligarquía que promovía la guerra anti-subversiva. Ex locutor y dirigente de la Asociación Nacional de Empresarios, a Tony Saca le gusta jactarse de ser un hombre fiel a la consigna electoral que lo llevó al poder: “Vote por un país seguro”.

El 22 de enero de 2007, el Presidente Saca aprobó una ley que considera a las maras como parte del crimen organizado y les otorga atribuciones especiales a los jueces. El discurso oficialista insiste en que las maras son organizaciones criminales de carácter terrorista, “vinculadas a la delincuencia transnacional”. En una ocasión, tres congresistas demócratas de Texas eligieron la frontera mexicana como escenario para denunciar supuestos contactos de Al-Qaeda con los líderes de estas pandillas, después de que la prensa norteamericana informara que un jefe de la red islámica se había reunido en Honduras con representantes de la Mara Salvatrucha (también conocida como “MS 13”). Nada de eso ha podido probarse en absoluto. Pero de todas maneras el gobierno de Estados Unidos asignó este año 2.6 millones de dólares al suscribir con El Salvador un convenio para combatir a las maras. La carta de entendimiento fue suscrita por el embajador norteamericano, Charles L. Glazer, y el ministro de Seguridad Pública y Justicia salvadoreño, René Figueroa, quien calificó el acuerdo como “otro paso muy significativo para consolidar una estrategia regional”.

Lo cierto es que el FBI ya ha enviado a sus equipos a los países de la región, y con ellos esperan evaluar la eficacia con que cada país de Centroamérica afronta la lucha anti-pandillas, y por supuesto también contribuir a su robustecimiento. A lo largo de la era Bush, la “cooperación” en esa lucha fue un requisito clave para la firma de tratados de libre comercio entre Estados Unidos y los países del Caribe y Centroamérica, como el CAFTA-RD, el ALCA y el NAFTA. En consecuencia, las políticas de Seguridad que han venido implementando los gobiernos de ARENA resultaron consecuentes con la lógica del anti-terrorismo: perpetrar el terror para provocar el terror y reaccionar ante el terror con más terror. Pensando en estas cosas acudo a la cita con el Director de la Policía Nacional salvadoreña. Este hombre me cuenta: “Ahora se ha implementado el Plan “Super” Mano Dura. Seguiremos trabajando en cooperación con el Ejército”. De cara recia y pelo esculpido a la navaja, tan poco complejo como sólo algunos hombres de uniforme consiguen parecer, Pedro Baltasar González, el subdirector, añade: “Yo soy de los mandos que sostienen que a los pandilleros hay que sacarlos definitivamente de circulación. Y no estoy hablando de que a lo mejor se recuperarán”.

2. “Mi favorita, un regalo del Chino”, dice Alexander Linares, alias el Crazy, y señala con la cabeza una 9 mm que descansa, junto a dos revólveres, sobre una caja de cartón. Estoy sentada en el suelo de un departamento que sirve de refugio a pandilleros de la 18 en la colonia IVU, en un edificio que fue declarado inhabitable después de los intensos terremotos del 2001.
Para ganarse esa pistola, Alexander debió superar el ritual de todo aquel que quiera ingresar a la pandilla: unos cuantos compañeros golpean brutalmente al iniciado dieciocho segundos y, si resiste y se levanta, se transforma en un hermano más entre todos los “brótheres”. Alexander conversa conmigo mientras llena bolsitas de nylon, prolijamente, con idénticas porciones de droga; frunce las cejas y comenta que se la vendió un policía que la había decomisado en otra parte.

“Nací en una familia humilde. Mis padres eran campesinos”, cuenta. Sus padres y hermanos murieron durante uno de los operativos militares de “tierra arrasada” que tan a menudo se llevaban a cabo en los años 80: “Los vecinos del cantón nos avisaron que venía la Guardia Nacional. Salimos de la casa a mirar. Y vimos a muchos campesinos subiendo los volcanes hacia el lado de Honduras, y después unos bultos que rodaban. Les disparaban e iban cayendo… Ahí yo me enteré de lo que era un helicóptero. Nunca había visto uno”. Después de que arrasaron el poblado, Alexander quedó solo y huérfano en medio del campo, pero tuvo la suerte de encontrar a un matrimonio que lo trajo en su auto hasta la capital. “Si no me traían hubiera tenido que quedarme a vivir en algún campamento guerrillero… Pero pude llegar a la ciudad. Muchos años andaba muy solo. Como no tenía nada que hacer, venía a ver los partidos de fútbol a la cancha de la IVU, y siempre me robaban los zapatos. Así fui conociendo a los homeboys. Ellos me enseñaron a vestirme, a hablar inglés y a manejar las armas… La 18 te da lo que hace falta: dinero, amigos, respeto. Ahora la clica es mi familia”.

Las “clicas” son las representaciones zonales de las maras (el gobierno las ha llamado “células”) y suelen tener como máximo cuarenta miembros. El Crazy se calla de repente. Del otro lado, se oye una voz que dice: “Sparky”. La puerta se abre y veo entrar a un chico de 10 u 11 años. Se saludan con un choque de puños y Alexander exclama: “Join the conversation, man!”.

Transpirado y manchado de grasa, Sparky se quita la gorra, luego la remera, y exhibe con orgullo su torso repleto de tatuajes. Hace unos días logró conseguir un trabajo —de veinte dólares a la semana— en un taller mecánico. “Es para pasar el rato”, me aclara, “La Super Mano Dura ha venido a alborotar el hormiguero. Nos pueden fregar por gusto nomás…”. Lo escucho en silencio y me estudia con ojos inquietos. “Cuéntele lo que quiera que se sepa”, le indica el Crazy. Sparky dice que sería muy largo, pero el Crazy insiste: “A la argentina le gustan las historias largas”.
Sparky se llama Xavier Rauda. Vivía hasta hace poco en el complejo habitacional Santa Teresa, un “barrio de emergencia” que se encuentra sombreado con rojo en los mapas de riesgo de la policía. “Vivir en Santa Teresa es tener la vida prestada”, dice Xavier mientras abre una lata de cerveza. Después de un largo silencio, agrega: “A mí me lo mataron a mi hermano mayor. Yo lo encontré.” El cadáver de su hermano Antonio, otro marero, tenía el dedo meñique cercenado, una práctica propia de los grupos paramilitares que actuaban en la guerra. Se dice que diversos escuadrones de la muerte, como el “Sombra Negra”, siguieron funcionando aún después de los Acuerdos de Paz. Sparky sostiene que hay grupos de empresarios que han creído oportuno financiar una “limpieza social”…“Es hora de que salga a dar la vuelta”, anuncia el Crazy. Por la escalera, sonríe y me señala una lágrima que lleva tatuada en el cuello: “Díme que te gusta este tatoo”, dice.

Apenas caminamos media cuadra, Sparky se detiene en seco ante el ruido de un auto. “Vienen los clientes”, avisa. A lo lejos se divisa un coche estilo pick-up; del que han bajado dos agentes con fusiles M-16. Antes de correr velozmente hacia el pasillo que conduce de la IVU a la colonia DINA, el Crazy me mira filo y me advierte: “Tú, como si nada”.

3. Mi guía en el Centro Penitenciario “La Esperanza” me explica que el lugar se encuentra atiborrado de reos que aún esperan ser juzgados. Es como un inmenso Purgatorio, con celdas de 20 metros cuadrados en las cuales viven más de 40 hombres. Los afortunados duermen sobre catres; el resto debe desparramarse por “las cuevas” (como les llaman a los espacios que hay entre el suelo y el más bajo de los catres). Ubicado en el cantón Mariona, en las afueras de la ciudad capital, este penal, que fue originalmente diseñado para 800 internos, hoy alberga alrededor de 4 mil. Mi guía puntualiza que el sistema penitenciario salvadoreño aloja actualmente a 20 mil internos, pero cuenta con una infraestructura para unos 8 mil. Entre los años 2000 y 2006, la población carcelaria aumentó un 82%. Caminamos junto a una pared con agujeros que antaño sirvieron para sostener los teléfonos públicos que usaban los internos; mientras tanto, desde varios rincones de la cárcel suenan guitarras, alguien entona un rock de Cristo. A unos cuantos metros, un cuerpo lleno de tatuajes cae arrodillado y lanza gritos de dicha y gratitud: “¡Aleluya, aleluya! ¡Dios liberta!”.

El guía se apresura a brindarme la información de que existen doce iglesias de distintas corrientes cristianas —católicos, evangelistas, luteranos, salesianos, etc.—, que se han establecido en el penal con el fin de “rehabilitar espiritualmente” a los presos, y en especial a los que son pandilleros. En una de esas improvisadas iglesias, el exaltado pastor que cantaba, ahora se lleva una mano al pecho y les habla a los reos de su propia experiencia: Jesucristo lo ayudó a abandonar la “vida loca” que llevaba con la mara Salvatrucha. Sin embargo, esas labores pastorales no parecen resultar suficiente para disminuir el nivel de violencia que se vive en “La esperanza”. En 2004, el titular de la Dirección General de Centros Penales, Rodolfo Garay Pineda, presentó su renuncia luego de un enfrentamiento propiciado por miembros de la mara 18 en esta prisión. Con un saldo de 31 muertos y 28 heridos, en esa oportunidad los presos arrojaron granadas y hubo balaceras. Los guardacárceles accionaron con fusiles automáticos y escopetas. Más tarde aparecieron cadáveres decapitados, empalados o con el rostro desfigurado a cuchillo. El guía me dice que fue “una matanza selectiva, con lujo de barbarie”. Grupos de reos derribaron paredes e hicieron boquetes en otras, avanzando así sobre sectores vecinos; así se da la lucha por el territorio adentro del presidio: “Fue una avalancha de destrucción de paredes. Pasaron a través de seis sectores. Fue como si hubiera un terremoto, algo realmente impresionante”.

El guía agrega: “Tuvimos conocimiento de que varias mujeres que visitaban a los reos ingresaron cocaína adentro de sus vaginas”. Antes de abandonar “La esperanza”, pasamos por la oficina de su actual Director. Está decorada con pinturas y estatuillas de caballos. “Le presento al Capitán”, dice el guía. Pienso en un barco que navega hacia la nada, con camarotes atestados, y saludo al Capitán. Tendiéndome la mano, Juan Ramón Arévalo, el Director del penal, me saluda con su elegancia de militar retirado y fanático de la equitación. Lo primero que me cuenta es que ha traído “un robusto ejemplar de carne y hueso”; se trata de un hermoso caballo que deambula y de vez en cuando cabalga en la cancha de fútbol de la prisión, lindante con el sector donde se encuentran alojados los reos con “semilibertad” (los únicos que no viven hundidos en el hacinamiento, aparte del caballo).

4. Los once años de guerra en El Salvador produjeron la muerte de 80 mil civiles y 9 mil desaparecidos. Los métodos contrainsurgentes fueron tan extremos que tuvieron como efecto que un importante porcentaje de la población terminara incorporándose o colaborando con el FMLN. Debido al reclutamiento obligado de soldados, el incremento de la pobreza y las constantes masacres que se realizaban en los pueblos del interior del país (como los operativos de “tierra arrasada”), hubo una migración masiva. Más de 2 millones de habitantes huyeron, muchos de ellos hacia Estados Unidos. La estrategia de supervivencia de gran parte de los jóvenes, principalmente asentados en Los Angeles y Washington, consistió en integrarse a las pandillas de los guetos latinos. Tras la caída del Muro de Berlín, el gobierno norteamericano redujo la “ayuda militar” a las Fuerzas Armadas contra la insurgencia en El Salvador, y luego de que se concretaron los Acuerdos de Paz entre el Estado y el FMLN, dando lugar a la democracia, optó por reducir aún más los gastos y, entonces, los inmigrantes y refugiados salvadoreños en Norteamérica fueron deportados de vuelta a su país… En 1992, el Salvador acababa de salir de la guerra, todo el mundo andaba armado, ARENA había ganado las elecciones. Y aquellos jóvenes que había tenido que huir a los Estados Unidos fueron recibidos con un espíritu que ha quedado sintetizado en el artículo 25 de la Primera Ley Anti-maras promulgada por ARENA: “Cuando un nacional ingresare al país en calidad de deportado, y por sus antecedentes o su apariencia o conducta se dedujere su pertenencia a una mara, el agente de autoridad lo detendrá y lo presentará ante el Juez de Paz de la jurisdicción en un plazo máximo de veinticuatro horas”. Desde entonces, cuestiones como la presencia de tatuajes en el cuerpo pasaron a ser una cuestión de “apariencia” que amerita el arresto de sus portadores.

Espero con los rayos de sol en la nuca hasta que me abren la puerta e ingreso a una lúgubre chabola. Prófugo desde hace meses, Rodrigo de Jesús Ventura, alias Duke, me recibe en su “destroyer” de la colonia Soyapango. Duke es un muchacho alto, de cara afilada y oscura. Una chica cierra el horno, gira y me saluda con la mano; se llama Elina y es su esposa. Desde una silla, un niño con un bebé en brazos me mira callado. Duke les explica que soy periodista. La chica murmura “Ah, sí”, toma en sus brazos al bebé y camina hacia el cuarto diciendo: “Entonces les dejo”; el niño la sigue. Duke se coloca en un lugar desde el cual domina la puerta, el revólver se agita como una serpiente en su mano, enseguida lo guarda. “No soy un asesino ni formo parte del crimen organizado”, dice suavemente al sentarse, esbozando la primera sonrisa.

Abre las páginas de una agenda y saca una foto en la que aparece con un fusil M 16 en mano, vestido de uniforme verde y boina negra. Se ríe y me cuenta que cuando tenía 13 años fue reclutado forzadamente por el Ejército salvadoreño. Su padre era guerrillero del FMLN. Se fue del país y pasó algunos años en Los Angeles. “Me hice adicto al crack… Luego de ser deportado conoció la cárcel de San Salvador. Cayó por haber asesinado a un policía durante un robo. “Si fuéramos parte del crimen organizado no tendríamos a buena parte de los pandilleros presos y seríamos prósperos. Tendríamos a la policía de nuestro lado, como las mafias en otros países… Yo puedo decir que soy viejo porque casi todos mueren antes de los 30. Pero por más que nos capturen, que se inventen leyes, que firmen convenios con Estados Unidos, si no nos dan trabajo, la pobreza aumenta y cada vez habrá más pandilleros”.

Elina sale del cuarto. Veo al niño frente a la pantalla de un televisor, sentado en el piso, jugando al Nintendo. “Yo vivía a dos cuadras de Los Angeles City College, en el mero centro…”, dice Duke, “Ya que salí de la cárcel, bueno, me he calmado un poco… Ya no me cuadra tanto hacer las jugadas de antes. Soy grande y tengo familia… Sólo hago lo que sea necesario. Si a uno lo buscan, simón; pero sino, al suave: menos clavos para uno”. Me río del argot y él sonríe. Elina dice que su marido debería tratar de conseguir un trabajo normal, pero los tatuajes se lo dificultan. Rodrigo le replica que no es un momento apropiado para reinsertarse en la sociedad: “Los jefes policiales le dicen a la prensa que ellos hacen sus capturas gracias a los testimonios de los pandilleros que se reinsertan. Eso es como decirles a los activos: Vayan y maten a todos porque son soplones… Es un plan de exterminio”.

A la mañana siguiente me encuentro con la esposa de Duke para acompañarla a hacer averiguaciones a la clínica “Adiós Tatuajes”. Elina piensa que tal vez los problemas se terminarían si él se quitara esas identificaciones. “Hay muchachos de los cantones rurales que se han hecho sus tatuajes a puro cuchillo. Y ahora para quitarlos se aplican una plancha caliente, o se echan ácido, o se vuelven a picar con la máquina hechiza sin tinta”, me explica. Llegamos a la Colonia Escalón, el barrio donde queda la clínica “Adiós tatuajes”, y también las embajadas, los grandes hoteles y las viviendas de los sectores de mayor poder adquisitivo. El mismo barrio que en 1989 se estremeció bajo la llamada “Ofensiva Final” del FMLN, cuando las columnas de guerrilleros avanzaron por primera vez sobre el espacio urbano de la capital, movilizando desde el interior del país 7 mil hombres armados, y preparados incluso para usar misiles SaM-17 soviéticos que les proveyeron los nicaragüenses. Durante esos turbulentos 11 días, el Ejército estaba tan desperado que incluso llegó a bombardear los barrios. Y los guerrilleros terminaron tomando por asalto unos cuantos puntos estratégicos (“no bombardeables”), como las casas de la Escalón donde residían los más altos oficiales norteamericanos y las instalaciones del inmenso hotel Sheraton, donde estaba alojado el Secretario General de la OEA. Así, apenas lograron concitar la atención de la prensa internacional, los guerrilleros lanzaron la propuesta de una solución negociada a la guerra con la intervención directa de Naciones Unidas. La guerra fría había terminado y Washington viró, comprendió que no tenía sentido invadir El Salvador y respaldó la negociación.

Elina se detiene en la puerta de la clínica y me mira. Finalmente entro yo sola y ella espera afuera. “Adiós tatuajes” es una iniciativa que fue impulsada por el doctor Manuel Morales y el religioso Jesús Riba, quienes utilizaban esta técnica para eliminar los tatuajes de los adictos que ingresaban a los hogares “Crea María Auxiliadora”, pero después consideraron útil ofrecerlo para toda la población. Uno de los encargados del “Programa de remoción de tatuajes” me informa que emplean una pistolita de luz infrarroja, como en Estados Unidos. En 1999, George W. Bush, como gobernador de Texas, aprobó la creación de un programa de remoción de tatuajes con este método, diseñado para borrar “las marcas que limitan las oportunidades de empleo de los jóvenes”. El encargado me muestra la pistola que quema la epidermis hasta alcanzar el lugar donde se encuentra la tinta, y agrega que deben hacerse varias sesiones para remover cada tatuaje. Aclara que el proceso es sumamente doloroso, pero los resultados en cuanto al cambio psíquico y de inserción social del pandillero, minimizan el dolor. Sólo hay que esperar a que la piel desinflame y se caigan las costras de las heridas, similares a las quemaduras de un cigarrillo. “Es para ellos como una luz en la oscuridad, como ofrecerles un mejor futuro”, concluye, mientras veo entrar a una muchacha con el número 18 tatuado en la cara.

5. Rodrigo Ávila se afloja la corbata y observa la ciudad a través de los cristales de su inmensa oficina con vista panorámica. Estamos sentados junto al ventanal. De a ratos se oyen sirenas y bocinas de autos, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. Avila tiene 43 años. Ha sido Director de la Policía Nacional Civil durante dos períodos. Ha sido Secretario de la Comisión de Seguridad Pública y Combate a la Narcoactividad. También fungió como Viceministro de Seguridad Ciudadana (2004-2005), hasta asumir por segunda vez la dirección de la policía el 1 de diciembre de 2006. Desde hace meses es, además, el candidato a Presidente de ARENA para las elecciones que se llevarán a cabo en 2009.

Repasamos un poco su vida: el joven Avila se recibió de Ingeniero Industrial en la Universidad de Carolina del Norte; obtuvo un Master de Administración de Empresas en Georgia, y luego se formó en la Academia de Policía del FBI. En los últimos años fue el responsable de las políticas conjuntas entre el FBI y la Policía de El Salvador, y ha estado a cargo de la coordinación del Plan “Super” Mano Dura. Su paralela trayectoria en el sector privado se inició en 1988, cuando ingresó al equipo de la compañía ESSO Standard Oil. También ha sido un importante accionista de empresas en el rubro de “seguridad privada”, un voluminoso negocio del cual participan desde jefes policiales hasta funcionarios estatales y militares retirados.

En este pequeño país, hay más de 200 empresas con armamento y tecnología que superan la infraestructura de la seguridad pública. En el año 2006 se reveló que algunas de esas empresas reclutan a civiles y a ex militares salvadoreños para enviarlos como mercenarios a Irak y Afganistán. Los servicios de dichas empresas han sido contratados por compañías que administran ejércitos de miles de hombres con una larga experiencia en contrainsurgencia —reciclados para la “guerra global contra el terrorismo”—; una de ellas es Black Water, con sede en Florida y ramificaciones a lo largo de América Latina, cuyo Vicepresidente, Coffer Black, fue el legendario director de las operaciones clandestinas de la CIA durante el primer mandato de Bush.

Ahora, con una sonrisa, Rodrigo Ávila me habla de su juventud. Durante los últimos años de la guerra, Ávila integraba una brigada de las Defensas Civiles, formadas por unos 130 jóvenes de la Colonia Escalón; “buenos vecinos”, la mayoría pertenecientes a las familias más ricas de la ciudad, deseosos de ayudar a las Fuerzas Armadas a erradicar el comunismo de su país… El Coronel Juan Orlando Cepeda se ocupó de organizarlos, brindándoles armas, uniformes y mucho entrenamiento. Los Sargentos de los Batallones de Reacción Inmediata se encargaban de darles un Curso de Infantería. Y también los enviados de la CIA entrenaban con orgullo a este alumnado de almidonados escuderos, decididos a constituir una brigada de elite. Avila me cuenta que a ellos solían llamarlos “Los patrióticos”, y a veces “la Brigada BMW”, en alusión a los flamantes vehículos que estacionaban junto a la Escuela Militar adonde iban a recibir sus clases.

“Nos gustaban las armas. Era la moda ver quién tenía la pistola más bonita”. Todos los fines de semana, las Brigadas Civiles hacían patrullajes que incluían cateo de viviendas, instalación de retenes vehiculares y registro de personas. En los días hábiles, sus miembros realizaban tareas de inteligencia en sus lugares de estudio y de trabajo. “Nosotros brindábamos apoyo patrullando el área urbana y los perímetros de San Salvador. Teníamos que hacerlo porque muchos batallones del Ejército se habían trasladado al interior del país para efectuar misiones específicas de combate”. Si bien utilizaban armamento del Estado, algunos miembros de estas estructuras paramilitares aportaban sus colecciones privadas de ametralladoras israelitas UZI.

Le pregunto si no se arrepiente de las cosas que hizo durante la guerra. Me mira sorprendido y dice: “Yo no me arrepiento de haber defendido la patria y no me cansaré jamás de creer que si en aquel momento no lo hubiéramos hecho, al Salvador le hubiera pasado lo mismo que le pasó a Nicaragua o a Cuba. Estábamos defendiendo al país del embate del comunismo. Aparte de la emoción de ser joven, nos movía un sincero sentimiento patriótico”. Ese sentimiento tiene a los ojos de Avila un gran referente: los ideales del Mayor Roberto D’Aubuisson, el fundador del partido ARENA. “Yo tengo en mi oficina particular una foto del Mayor. Todos los que conocieron a Roberto de cerca lo describen como un hombre extraordinario: don de mando, seriedad en el trabajo y también un gran sentido para todo lo festivo… Yo estoy enamorado de los principios que encarnaron ARENA, los principios que D’Aubuisson nos legó”.

El Mayor Roberto D’Aubuisson terminó sus estudios en la Escuela de las Américas en 1972. De joven fue oficial de la Guardia Nacional y recorrió el país, municipio por municipio y caserío por caserío, explorando el terreno. Sus colegas lo recuerdan como un hombre carismático, que adoraba salir a reclutar ayudantes a los pueblos y él mismo les enseñaba todo lo que había que saber. Llegó a ser Jefe del Departamento de la Guardia Nacional y Director de la ANSESAL, una agencia de inteligencia del Ejército. D’Aubuisson fue el creador de los primeros escuadrones de la muerte que existieron en El Salvador, y comandó operaciones militares que aún se recuerdan intensamente, como la de Mozote, una pequeña población rural: Por la mañana, los soldados de D’Aubuisson se llevaron a los hombres en grupos y procedieron a interrogarlos, torturarlos y ejecutarlos. Alrededor del mediodía, comenzaron a llevarse a las mujeres y a las adolescentes; las violaron y las asesinaron. Por último, ametrallaron a los niños, que habían sido encerrados en la iglesia. Después de matar a la población entera —alegando que eran simpatizantes de la guerrilla—, les prendieron fuego a las casas… También se lo acusó de haber sido el responsable del famoso asesinato de Monseñor Romero en 1980. Después de eso, D’Aubuisson se mudó a Guatemala, donde fue recibido por Mario Sandoval Alarcón y se dedicó a colaborar con la Guardia Nacional de Somoza.

Pienso en todas esas cosas mientras Avila repite que él ha hecho un esfuerzo sin precedentes en la lucha contra las maras: ha desplegado centenares de Grupos de Tarea, ha creado la Policía Rural y designado “fiscales especiales antipandillas”, entre otros logros alcanzados. Remata con un tono entusiasmado: “Ahora tenemos que buscar organizar a la ciudadanía para que conjuntamente con la policía participe del combate contra la delincuencia”. El Presidente Tony Saca afirmó que los pandilleros “serán los terroristas del futuro”. El candidato oficialista para el 2009 continúa en esa línea: “Si no erradicamos a las pandillas, lo que va a haber es una guerra en toda la región: una guerra en la que la sociedad va a tener que pelear contra las pandillas, y es posible que dentro de unos años, si seguimos así, las pandillas consigan tener representación en los congresos de Centroamérica”.

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*Florencia Abbate nació en Buenos Aires el 24 de diciembre de 1976. Ha publicado las novelas El grito (Emecé, 2004; Veracruzana, México, 2011) y Magic Resort (Emecé, 2007;  Deriva, Portugal, 2010) y la antología Una terraza propia. Nuevas narradoras argentinas (Norma, Argentina, 2006; Estruendo mudo, Perú, 2007), entre muchos otros libros. Es escritora, periodista y doctora en Letras (UBA). Sus textos pueden leerse en su página web.

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