En el ciclo La Argentina y los escritores que están, compartimos Todo por $2, un relato del escritor argentino Pablo Toledo. El cuento se publicó originalmente en la antología Uno a Uno (Random House Mondadori).

Pablo Toledo / Foto: Archivo autor

El día en que, después de veinticinco años, me despidieron de la empresa, para Susy fue una señal del destino. “Pensá como los chinos, que a la crisis y a la oportunidad las escriben de la misma forma: es el momento perfecto para independizarse, fijate cómo les va a Marita y Néstor”. En la cena les dijimos a los chicos que íbamos a empezar algo nuevo, y que durante unos meses habría que recortar gastos. Cuando nos acostamos ya teníamos elegida la ubicación, y Susy pensaba en cómo decorar el negocio. Nos fuimos unos días a Colonia, para descansar un poco y probar suerte en el casino, y a la vuelta nos pusimos en campaña.

Con la indemnización pagamos el adelanto de una cuatro por cuatro y empezamos a llenar el baúl con cajas de mercadería que después guardábamos en el garaje. Al principio llevábamos el inventario en un cuaderno, pero después le pedí a un amigo que me trajera de Miami una agenda electrónica como las de los vendedores de la empresa.

Susy lo tenía todo estudiado: había negocios parecidos en todas las cuadras, pero eran depósitos de porquerías con las cajas a medio abrir, mal iluminados y peor decorados, sin vendedores. “Hace falta un lugar bien puesto, con productos más distinguidos, vendedores atentos, que den ganas de entrar y quedarse”. Con dos amigas del club y la arquitecta, que también iba al club, salían todas las tardes a “estudiar la competencia”, y volvían con bolsas cargadas de “ideas”.

Mientras tanto yo, en casa, hacía números en la computadora portátil que le había comprado al mismo amigo de la agenda electrónica. En la cancha de tenis o a la salida del cine comentaba las proyecciones de ganancias, y nuestros amigos decían que nos envidiaban el coraje, que si no fuera por los hijos, las cuotas de la hipoteca o el crédito del auto ellos harían lo mismo.

Cuando alquilamos el local y la arquitecta empezó junto con Susy a decorarlo, yo me dediqué a seleccionar personal. Buscábamos chicos universitarios, con buena presencia y disposición para aprender. Adapté unos tests de un manual de recursos humanos, hice una serie de entrevistas y, con el team armado, comenzamos las sesiones de entrenamiento para explicarles la filosofía del local, cómo tratar a los clientes y algunos tips de ventas.

Terminamos para la fecha en que la refacción debía haber estado lista, pero dos días antes de la inauguración Susy se peleó con la arquitecta y tuvimos que tomarnos otra semana para redistribuir las secciones. En la fiesta de apertura hubo un mago que sacaba de la galera flores artificiales y acróbatas que hacían malabares con los productos. Nuestros amigos aplaudían a rabiar.

Arrancamos bien: yo en la caja, la sonrisa de Susy en la puerta del local y los vendedores que cumplían al pie de la letra lo que les habíamos enseñado. La gente que paseaba por las góndolas parecía contenta y todos llevaban algo. Por la noche rotábamos los productos y renovábamos los carteles de las paredes. Las radios a pila y los relojes de pulsera, que vendíamos al costo, salían casi por docena, y siempre acompañados por cosas más baratas que nos dejaban un buen margen.

A pesar de eso, los números de la primera semana no alcanzaron ni por lejos las proyecciones de mis planillas. En la reunión de ventas hicimos algunos ejercicios de motivación y fijamos premios. Una amiga de Susy, coordinadora de un equipo de vendedoras de cosméticos, vino a darnos una mano.

La semana siguiente fue peor: había llegado el momento de liquidar las primeras comisiones y todos estaban descontentos con lo que les tocaba. Ellos sabían cómo era el trato y habían aceptado pero, como siempre, cuando las papas queman nadie se acuerda de que las cuentas siempre estuvieron claras y que las comisiones dependían sólo de ellos mismos. No había plata para repartir porque no habían vendido lo suficiente, pero que aceptaran eso era pedir demasiado. Fijamos un piso semanal, porque si en la empresa había aprendido algo era que en esas discusiones nunca falta el avivado que empieza a hablar de sindicatos y ahí sí que perdíamos como en la guerra.

Ajusté las previsiones, Susy afinó la vista para detectar los robos, cambiamos algunos vendedores por gente con más experiencia, renovamos el inventario. No cubríamos mi sueldo en la empresa pero nos quedaba parte de la indemnización hasta que las cosas despegasen. Susy no se acostumbraba a los ajustes: cada cambio generaba una pelea en la que ella me trataba de vulgar comerciante sin visión y yo le decía que con su sueño no llegábamos a fin de mes.

A los tres meses de abierto el local cumplimos veinticinco años de casados, y nos regalamos una semana en Miami. En temporada baja salía lo mismo que hubiéramos gastado en Punta del Este, y nos dimos el gusto: discmans para los chicos, un equipo de música para nuestra habitación, ropa para todos, zapatos y accesorios para Susy, y para mí un saco Armani de liquidación. Los malls eran el sueño de Susy hecho realidad, gente sofisticada dispuesta a gastar su dinero en productos accesibles. Ella recorría las tiendas extasiada, pero cada paso era para mí un martillazo en los clavos del féretro. Sonreía, compraba, quemaba dólares en un viaje que al fin me convenció de que en Buenos Aires no podríamos reconstruir nada de todo eso.

Regresamos para enfrentamos, mes tras mes, con los mismos problemas. Quedó para más adelante la parrilla nueva, y también la impermeabilización de la azotea. Después dejamos de pagar el seguro, nos atrasamos con las cuotas del club y del colegio de los chicos, le dijimos a la mucama que viniera sólo los jueves. Salíamos con nuestros amigos, porque la vida sin gustos no es vida, pero por suerte ellos también empezaban a sugerir restaurantes más baratos, menos salidas al cine, encontrarnos para ver una película en video y luego tomar un café.

Redujimos personal hasta que sólo quedó Susy en la puerta, yo en la caja y entre los estantes una chica nueva que pusimos en negro con sueldo fijo. Al primer cheque rebotado, los proveedores nos exigieron pago en efectivo. Despedimos a la vendedora, que nos mandó una carta documento; pagamos el arreglo extrajudicial de nuestros ahorros. Desde que le rebotaron la tarjeta de crédito en un shopping Susy evitó ir de compras con sus amigas.

En la empresa despidieron más gente y Mario, uno de los contadores, se ofreció a invertir en nuestro negocio parte de su indemnización. Para entonces debíamos dos meses de alquiler, cinco cuotas del colegio, demasiados pagos de la cuatro por cuatro y más impuestos de los que podíamos contar; ya no teníamos mucama y habíamos dado de baja los seguros y las reservas para las vacaciones. Los fines de semana, Susy llevaba cosas que sobraban en casa a ferias americanas para canjear por otras que pudiéramos disfrazar como regalos “vintage” para los cumpleaños. Invitamos a Mario y a su mujer a cenar, y hasta las tres de la mañana armamos planes para una nueva etapa del negocio, mucho más allá de nuestro sueño original.

Pero al día siguiente Mario, que estaba entusiasmado pero no comía vidrio, insistió en ver los libros. Mentí a dos frentes: a Susy le dije que no podíamos tener como socio a alguien que de entrada no confiaba en nosotros; a Mario le dije que lo habíamos pensado bien y que, para Susy, el proyecto era tan especial que le resultaba imposible compartirlo.

Si de algo sirven las frases hechas, acá tendría que decir que no se puede tapar al sol con un dedo por demasiado tiempo. Susy inventaba sonrisas para recibir a los clientes, disponía baratijas de la manera más digna posible, racionaba las últimas cajas del material de mejor calidad, pintaba mentiras de mil colores para sus amigas y hasta para mí, pero cuando bajábamos del colectivo de vuelta a casa (la concesionaria nos había embargado la cuatro por cuatro) y nos encontrábamos con que habían vuelto a llamar a los chicos a la tesorería del colegio, o que la mancha de humedad ya era una gotera que tampoco podríamos reparar, cuando nos encerrábamos en la habitación a dejar que el contestador filtrase los llamados, escondidos de todo y de todos, sin tener ya dónde escondernos de nosotros mismos, no nos quedaba ni el silencio.

Entre los mensajes del contestador, un día encontramos una invitación de Marita y Néstor; en realidad, un saludo de la mañana, otro de la noche y una invitación del día siguiente. Para la gente del club, Marita y Néstor eran la imagen del éxito: en el ‘92 habían dejado sus trabajos para montar un negocio que nadie entendía del todo pero que les permitía vivir de viaje, estar siempre al tanto de las mejores inversiones y ofrecer sus valijas a quien necesitara cosas de afuera. No era extraño que les sonaran los celulares y comenzaran a hablar en inglés con “unos socios de afuera”. Justo ellos querían vernos a nosotros, justo en ese momento. Esa noche, por primera vez desde la vuelta de Miami, Susy y yo charlamos, reímos, hicimos el amor.

A la mañana siguiente devolví el llamado. Néstor atendió al cuarto timbrazo y me saludó por mi nombre antes de que yo dijese una palabra. Alguien nos había mencionado y con Marita se habían dado cuenta del tiempo que había pasado desde la última vez en que nos habíamos juntado los cuatro: quedamos en ir a comer un asado ese viernes a casa de ellos.

Ese día cerramos el local temprano para que Susy pudiera retocarse la tintura y maquillarse con tiempo. Yo saqué una de las botellas de vino bueno de la época de los regalos empresariales y me puse una camisa de mangas cortas y un pantalón claro que había comprado en Miami. Pedimos un radiotaxi para llegar quince minutos después de la hora en la que habíamos quedado.

Nos abrió la puerta Marita. Mientras ella y Susy se pasaban los últimos chismes y terminaban las ensaladas, fui a ayudar a Néstor con la parrilla. Me preguntó por el negocio y le dije que no nos podíamos quejar, que, como Marita y él habían dicho desde siempre, dar el salto para independizarse era lo mejor que nos podía haber pasado. Néstor se alegró por nosotros y, mientras daba vuelta la carne, me contó que ellos estaban por mandarse con un negocio nuevo. Si esto sale va a ser grande, muy grande. Después su voz quedó ahogada por el chisporroteo de las achuras, y entre los dos preparamos la fuente para llevar a la mesa. Forcejeamos un poco con la puerta del patio, que tenían que cambiar desde hacía meses pero nunca encontraban el momento para hacer entrar a los albañiles, y encima sabés cómo son, te dicen dos días y después son dos semanas.

Durante la cena volvimos a ser los de antes: hablamos de las vacaciones, de nuevos modelos de celulares, del cumpleaños de quince de Luciana Gentile y del bar mitzvah del hijo de los Goldman, de las próximas elecciones para la comisión del club. En un momento sonó el teléfono y los dueños de casa se sobresaltaron. Néstor miró el número en el identificador de llamadas, y bajó el volumen del contestador mientras se disculpaba por no haber desconectado el teléfono durante la cena, al tiempo que Marita explicaba que si había algo que ella detestara eran las interrupciones a la hora de la cena, más si había visitas.

Cuando Marita y Susy fueron a buscar el café y las masitas que habíamos llevado, Néstor volvió a mencionar el negocio. Con la vista fija en la copa semivacía de vino empezó a explicarme gambetas financieras con tasas de interés, costos de importación, subsidios a la industria, arreglos aduaneros, hipotecas en Miami contra plazos fijos en Buenos Aires que rendían en cuentas uruguayas: tenían todo listo, pero estaban con algunos problemas de caja para arrancar. Desde la cocina llegaban las risas de las mujeres: Marita le mostraba a Susy fotos de la vez que habían hecho un crucero por el Caribe. Las risas de Marita sonaban a carcajadas; al darme vuelta vi cómo Néstor se mordía los labios, respiraba hondo y levantaba la mirada por un instante hacia mí para volver a concentrarse en su copa. Y entonces supe que nunca arreglarían la puerta del fondo, que no habría otro crucero, que el otro día, antes de responder mi llamado, Néstor también había verificado el número.

El tono en el que me hablaba lo había escuchado mil veces en los deudores que venían a mi oficina. En la empresa lo llamábamos “el ajedrez”, cuando veíamos las próximas cinco jugadas y no nos quedaba otra que esperar que dijeran lo que habían venido a decir para que nosotros les contestáramos lo único que podíamos contestarles. Néstor hizo su pedido y yo inventé una excusa, los dos lo sabíamos, tan poco creíble como ese negocio fantástico. Marita y Susy entraron con el café, y cambiamos de tema. Apenas terminé el pocillo fingí cansancio y, contra las protestas de Susy de que me estaba convirtiendo en un viejo aburrido, anuncié que nos íbamos.

Nos despedimos en la vereda; yo dije que teníamos la camioneta estacionada a la vuelta. Antes de cerrar la puerta Néstor me dijo que lo pensara, que si cambiaba de idea había tiempo, y le dije que cualquier cosa lo llamaba. En la esquina Susy me preguntó de qué habíamos hablado y le dije algo de un torneo de tenis. Mientras caminábamos hacia una avenida para buscar un taxi ella me describía las fotos del crucero, que ya tenían tres años, y me contó que habían tardado porque la cafetera espresso se les había roto la semana anterior y habían tenido que hacer café de filtro.

Conocíamos el barrio de haber ido en auto, pero recorrerlo a pie era otra cosa. Empezaba a hacer frío, y cruzábamos una calle vacía tras otra sin rastros de la avenida. Había luces en las casas pero nadie en las veredas, ningún kiosco abierto en donde pedir indicaciones ni policías a los que molestar. Susy, que hacía ya varias cuadras que estaba en silencio, detuvo su taconeo y me miró directo a los ojos, como cuando éramos novios, como cuando nos enteramos del primer embarazo, como cuando le dije que me habían echado de la empresa. “Nos perdimos, ¿no?”.

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* Pablo Toledo nació en 1975. Su primera novela, Se esconde tras los ojos (Clarín-Aguilar, 2000), ganó el Premio Clarín de Novela otorgado por un jurado compuesto por Vlady Kociancish, Augusto Roa Bastos y Andrés Rivera. En 2009 distribuyó por forma digital y en formato de folletín la novela Tangos chilangos. En el mismo año, la editorial El fin de la noche editó su tercera novela, Los destierrados. Sus cuentos han sido publicados en distintas antologías, como La joven guardia (Norma, 2005 en Argentina y Verticales de bolsillo, 2009 en España), In fraganti (Random House Mondadori, 2007), Uno a uno (Random House Mondadori, 2008). Escribe todos los días en su blog personal.

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