La cronista puertorriqueña Ana Teresa Toro responde el cuestionario de El oficio del cronista, la sección que inauguró en 2013 Cicco Abdul Wakil. En cada ocasión, un joven periodista responderá cinco preguntas sobre los elementos que no deben faltar en una crónica, los límites que se tienen a la hora de encarar un tema en particular y cuáles son los rasgos distintivos de una historia que merece ser contada.
ANA TERESA TORO / Foto: archivo autora
-¿Qué es la crónica periodística?

Es el periodismo que va a salvarnos de desaparecer. Coincido con la frase de Gabriel García Márquez cuando dice que la crónica es «un cuento que es verdad». Una crónica aspira a ser una pieza artística, con su narrativa, sus recursos literarios, sus ritmos, pero no es a lo único que aspira. Un texto de este tipo es, ante todo, periodismo de verdad: rigor informativo y consciente del compromiso que sella con el lector día a día. Digo que es el periodismo que va a salvarnos de desaparecer porque en tiempos de tanto ruido e informaciones inconexas, el regreso al relato, a una historia concreta, es lo único que puede diferenciar a un periodista de una máquina que reproduce cifras y da cuenta de eventos que ya todos, probablemente, han comentado antes en una red social.

-¿Qué tres elementos no deben faltar en una crónica?

Una crónica comienza, ante todo, con una buena historia que te permita contar algo del micro para acercarte a lo macro sin pretensiones de ningún tipo. No todo evento o personaje se presta para ello. Ahí, sospecho, es un asunto de intuición. En segundo lugar, la crónica exige un uso del lenguaje depurado, permite el juego, no le tiene miedo a la poesía ni al ritmo. El ritmo no ha de matar a la historia ni viceversa. Y por último diría que una crónica no debe pedirse demasiado a sí misma, pues corre el riesgo de ser vocero de sí misma y no de lo que está contando. Resumiría los tres elementos más importantes de una crónica: una buena historia, una escritura depurada y una intención que va más allá de todo eso.

-¿Qué límites éticos tiene que tener un cronista?

Creo en la escuela de la verificación de datos. Una investigación rigurosa, ir, volver, ir otra vez y saber que igual contaremos sólo un fragmento. Tener conciencia de ello. No soy fanática de la invención de personajes, aunque comprendo que un periodista -por la seguridad de algún entrevistado- funda dos personas en una. Creo que el límite ético tiene que ver un poco con eso, con saber cuándo es preciso utilizar la narrativa en función de la historia que debe ser contada. Porque ahí hay otro límite ético: saber qué se cuenta y por qué motivos. ¿Por qué contamos? ¿A quién le sirve? Quizás a nadie, quizás por nada. Pero vale la pena preguntárselo.

-¿Qué debe tener de distintivo una historia para que se convierta en una posible crónica?

Hay algo con el paso del tiempo que me resulta obvio o que pide crónica. Digamos que cuando se trata de un evento, de un lugar o un personaje, cómo se mueve el cronista en el espacio, cómo se mueve el tiempo es importante. Si es un perfil, aún más. La gente cambia con la luz del día. Saber que si no hay un asunto con el tiempo, es posible que quizás estés ante otro género periodístico. Pero eso, creo, al final, es solo una intuición. Una crónica pide serlo, ya en la escritura o desde antes de nacer. Una crónica además pide ritmos, voces y sonidos que le den una identidad. Si la escuchas, está ahí.

-¿Qué cronistas contemporáneos te gustan y por qué?

De Puerto Rico admiro el trabajo de Edgardo Rodríguez Juliá, un cronista que es consciente del lugar en el mundo desde el cual escribe y lo aprovecha. Me gusta su capacidad de asombro y cómo ha narrado mi ciudad, San Juan. Siento que ha logrado documentar desde sus calles, sucesos y personajes un periodo importante en el desarrollo de la identidad puertorriqueña. Admiro también el trabajo de Héctor Feliciano, que sabe identificar de inmediato la médula ósea de una historia y nunca pierde el foco. De Argentina respeto muchísimo a Leila Guerriero y a Martín Caparrós, dos grandes maestros. De Guerriero me fascina el hecho de que no tiene miedo a dejarse llevar por el lenguaje mismo y su selección de personajes que dicen mucho sobre lo que le impacta de una persona. De Caparrós admiro su habilidad para desaparecer y aparecer en sus relatos, su escritura clara y dura, y cuando reconoce en sus textos la vergüenza y el prejuicio. El maestro Jon Lee Anderson es otro indispensable, por razones que naturalmente muchos han explicado mejor. Decir que su trabajo no le teme al compromiso, su rigor y su capacidad para retratar son el mejor barómetro ético para definir su obra. Celebro el trabajo de los jóvenes colegas: la brasileña Carol Pires, de los argentinos Federico Bianchini, Juan Morris y Violeta Gorodischer, del nicaragüense Carlos Salinas, el peruano Joseph Zárate y de tantos otros que voy leyendo poco a poco, conociendo aquí y allá. A todos los conozco en persona, sé de su compromiso, los he leído y más que una mención de amistad, es una mención de fe en toparme con ellos muchas veces. Sus textos son lecturas necesarias que todos nos debemos.

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*Ana Teresa Toro nació en Aibonito, Puerto Rico, en 1984. Comenzó a trabajar a los 20 años como reportera en Radio Universidad de su país, mientras completaba sus estudios en Periodismo en la Escuela de Comunicación del recinto riopedrense de la Universidad de Puerto Rico. Allí participó en el desarrollo y creación del programa radial «Piedra, papel y tijera» que condujo y coprodujo y que, actualmente, se mantiene al aire en la emisora. Simultáneamente comenzó a escribir para la sección cultural del principal diario del país El Nuevo Día. En el 2007, y luego de ganar la Beca de Periodismo de la Fundación Carlos Castañeda, se mudó a España donde realizó estudios de maestría en Literatura y Cultura Hispanoamericana en el campus de Madrid de la New York University. A su regresó al país trabajó durante un año como periodista investigativa en el mensuario universitario Diálogo. Posteriormente, laboró como periodista con énfasis en tema ambiental en el diario El Vocero. A principios del 2010 se reintegró a la plantilla de periodistas de El Nuevo Día donde trabaja en su mayoría coberturas de tema cultural. Además, ha laborado como profesora de periodismo en la Universidad del Sagrado Corazón. Ha tomado dos talleres con maestros de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano: Martín Caparrós y Jon Lee Anderson. Una de sus crónicas fue publicada en el libro de crónicas culturales de la FNPI “Viva la fiesta”. En dos ocasiones ha ganado el Primer Premio de Periodismo Bolívar Pagán que otorga el Instituto de Literatura Puertorriqueña. Asimismo, el Overseas Press Club y la Asociación de Periodistas de Puerto Rico han reconocido su trabajo en más de una ocasión.

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