Emiliano Pasquier es autor de este texto, que integra «Nunca la misma historia (nueve nuevos cronistas)». Publicado por Marea Editorial, el libro reúne los trabajos ganadores del Primer Premio de crónica FTEM para estudiantes de periodismo. El certamen fue organizado por la Fundación TEM con de la Universidad de San Andrés y la revista Viva. Justamente en la edición del 8 de mayo de 2016 de Viva se publicó «El kilómetro 0 del peronismo», donde el autor recorre la singularidad de la calle Nueva York en Berisso. Desde allí partieron los obreros que el 17 de octubre de 1945 salieron a pedir la libertad de Perón. Pero además, el lugar está atravesado por memorias fabriles, por historias de pujanza y de vaciamiento económico, por sueños y por luchas que son una caja de resonancia de la historia argentina desde el siglo XX hasta ahora. Las fotos que acompañan al texto en la revista son de Martín Bonetto. 

El 25 de octubre de 2015 en la ciudad de Berisso pasó algo histórico: por primera vez no ganó las elecciones un intendente peronista. A partir de diciembre, el radical Jorge Nedela, candidato del frente Cambiemos, gobierna la ciudad que se conoce como “la cuna del peronismo”, ya que ahí se gestó la movilización del 17 de octubre de 1945. Si uno ignora a los intendentes de facto, el último antecedente de un gobierno que no responda al justicialismo en la ciudad hay que ir a buscarlo 50 años atrás, en la época de proscripción.

“Un radical en Berisso” podría ser tranquilamente el título de una de esas comedias donde al protagonista lo sacan de su ámbito natural y vive situaciones insólitas en un terreno que le es extraño. El intendente, en una entrevista realizada poco después de ser electo, aclaró no ser “anti peronista”, y en su campaña sostuvo que “es un orgullo vivir en una ciudad con tanto arraigo obrero”. En este sentido, una de las promesas antes de ser electo fue la de revitalizar la Nueva York, la calle más emblemática de la ciudad, asociada a los pilares de la identidad berissense: el carácter obrero, la inmigración y el peronismo.

La calle nace en el puerto y muere cuando la atraviesa la Avenida Montevideo. Tiene apenas seis cuadras de extensión, pero condensa gran parte de la historia de la ciudad. En esos metros funcionaron los frigoríficos Armour y Swift —actualmente cerrados—, donde llegaron a trabajar más de 15 mil personas. Y desde ese mismo lugar Cipriano Reyes encabezó a más de 10 mil obreros que marcharon a Plaza de Mayo en Octubre de 1945. Debido al papel protagónico de los trabajadores de los frigoríficos en aquella movilización, la calle fue declarada lugar histórico nacional mediante decreto presidencial en 2005.

Realizar un recorrido por la Nueva York, setenta años después de aquel 17 histórico, permite repasar la historia, el presente y el futuro de esta ciudad históricamente peronista, que ahora será gobernada por un candidato radical. Así que acá estoy, en el kilómetro cero del peronismo, como me lo recuerda un monolito ubicado en la plazoleta Alberto Nikoloff, en la esquina de Nueva York y Marsella. Si hay que empezar a contar una historia, el mejor lugar para empezar es éste.
El decreto que nombra este punto como lugar histórico nació de una iniciativa de la Asociación Amigos de la Calle Nueva York, un grupo de vecinos que, asesorados por profesionales y con apoyo municipal, presentaron un pedido formal ante la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes Históricos. Unos meses después del decreto presidencial, Néstor Kirchner, por entonces presidente, visitó el lugar.

— Cuando cerraron los frigoríficos la calle quedó muerta, varios se mudaron a otros lugares de la ciudad. No es una calle de paso, entonces cuando la gente dejó de ir a trabajar, los negocios dejaron de vender porque ya nadie circulaba por ahí. Kirchner estudió en la Universidad de La Plata y conocía el lugar, así que le pareció importante que existiera un reconocimiento —dice Alicia Zubiaga, presidenta de la asociación, mientras muestra la foto de un encuentro que mantuvo con Kirchner hace diez años.

Alicia no vivió en la Nueva York, pero ahí es donde conoció a Alberto Nikoloff, su marido y a quien nombra como el mayor responsable del reconocimiento a la calle. Alberto fue vecino de la calle, fundador de la asociación y principal impulsor del proyecto, pero no pudo ver el logro materializado ya que murió unos meses antes de la noticia. Hoy, la plazoleta donde se indica el inicio del peronismo lleva su nombre.
Al dejar el asfalto de la Montevideo y adentrarse en el adoquinado que caracteriza a la calle, lo primero que se ve es un busto de Perón y, un poco más adelante, un mural alusivo al 17 de Octubre. El empedrado es apenas un adelanto del cambio que se avecina. Luego de la primera cuadra, donde se observa el Hotel Nueva York –único telo de la ciudad- , comienzan a aparecer las casas de chapa, los conventillos, los balcones. A pesar de su visible deterioro, la calle conserva muchas de las edificaciones originales y muestra indicios de un pasado de gloria por el que transitaban no sólo los miles de obreros del frigorífico, sino también marineros y trabajadores portuarios.

Para mí, que crecí en la ciudad durante la década del 90 en un contexto de depresión económica, el relato de la Nueva York llena de inmigrantes y de movimiento continuo por el frigorífico siempre quedó muy lejano. La mayoría de los comercios que abastecían a quienes transitaban por ahí están cerrados desde hace tiempo. El único indicio de que la calle estuvo llena de restaurantes, cafés y casas de descanso son las persianas metálicas, que se mantienen siempre cerradas y oxidadas por el paso del tiempo.

El punto que marca un antes y un después en la Nueva York se encuentra entre fines de la década del 60, con el cierre del frigorífico Armour, y principios de la década del 80, con el cierre del Swift. A partir de ese momento muchos vecinos comenzaron a irse, y las viviendas precarias que dejaron fueron ocupadas por personas de zonas cercanas que no tenían un techo.

—Nosotros vinimos desde La Pampa en la década del 30. Vivíamos en un conventillo y mis padres trabajaban en los frigoríficos, en condiciones pésimas. Con la gestión de Perón la cosa mejoró, los obreros empezaron a ganar mejor a fuerza de huelgas y reclamos —recuerda Dora Roldán, vecina de la ciudad, sobre la época en la que miles de obreros trabajaban en el Swift y el Armour.

Al cierre de los frigoríficos le siguieron los despidos masivos de la Refinería de YPF durante la década del 90, otra de las fuentes principales de trabajo para los habitantes de la ciudad. Muchos se transformaron en cuentapropistas con lo poco que tenían. En los 90, era tan común tener en la familia a un abuelo o bisabuelo inmigrante que haya trabajado en los frigoríficos como encontrar un comercio en el barrio a cargo de algún ex trabajador de YPF.

El gran número de inmigrantes que llegó a Berisso para trabajar a principios del siglo XX, logró que se declare a la ciudad como Capital Provincial del Inmigrante. Cada uno de los conventillos de la Nueva York, alberga una innumerable cantidad de historias de personajes de diversas partes del mundo que desembarcaron en el puerto, y también de muchos argentinos que llegaron desde el interior del país. El aluvión zoológico, como lo llamaron de manera despectiva los sectores más conservadores. Esas masas que se acercaron en busca de trabajo no sólo proporcionaron mano de obra, sino que también imprimieron sus costumbres y contribuyeron a forjar la identidad de la ciudad. Berisso se transformó en la trinchera de ese aluvión.

—Perón nos abrió los ojos, nos hizo entender que teníamos un lugar en la tierra y que teníamos que tener dignidad. Por eso, en el momento que se lo llevan preso, y después de algunas dudas, finalmente los trabajadores deciden movilizarse para exigir su liberación —cuenta Dora, quien además de ser cantante popular e integrante de la Asociación Amigos de la Nueva York es la hija de María Roldán, una trabajadora del Swift que fue la primera delegada gremial de los frigoríficos en la ciudad y una de las primeras mujeres argentinas abocadas al ejercicio sindical en las bases.

El caso Roldán interesó a la academia. A fines de la década del 80, Daniel James, un historiador inglés, llegó desde Oxford a Berisso para estudiar la clase obrera, el sindicalismo y el peronismo en Argentina y conoció a María a través de Cipriano Reyes. Quedó tan interesado por su vida que reconstruyó su historia de lucha y de militancia en un libro al que tituló Doña María. Hace unos años, en una entrevista, James declaró que Berisso era “un lugar clave para cualquier historiador interesado en el devenir de la clase obrera y su sindicalización” y “un laboratorio ideal para estudiar la inmigración”.
Pero ya no se ven obreros, sindicalistas, ni inmigrantes de aquella época. Sólo vecinos sentados en las veredas, chicos jugando a la pelota en las calles laterales y algunos perros que entran y salen por los pasillos de las casas. La ubicación de la calle, situada en uno de los extremos de la ciudad, hizo que, paradójicamente, su arquitectura —representativa de las zonas portuarias de comienzos del siglo XX— se conserve en el tiempo.

El primer recuerdo que tengo de la Nueva York fue cuando la visité con mi abuelo. Tendría siete u ocho años. Durante mi infancia viví a pocas cuadras del lugar, pero nunca tuve razones para pasar por ahí: hacía tiempo que todo había cerrado. Por ese entonces, ya la habían renombrado como Calle 2, denominación que no se utiliza porque todos la siguen conociendo por su nombre original.

Entrar por primera vez fue como transportarse a otra época. Mientras caminábamos mi abuelo me relataba historias sobre los obreros, sobre Perón y sobre otros asuntos políticos que yo a esa edad no terminaba de entender. También me contó que ahí había conocido a mi abuela, que había llegado desde Rusia y había vivido en uno de los conventillos cuando era joven. Como era muy chico no me interesó demasiado, yo solamente miraba el estado de deterioro de las casas y pensaba que el barrio no debía haber sido un gran lugar para vivir.

Desde aquella primera vez que pisé la calle, la modificación más visible es la que ha ocasionado la reciente construcción de la terminal de contenedores del Puerto La Plata. La playa de cemento, de 660 metros de extensión, está ubicada al final –o al comienzo, según la interpretación- de la calle. Muchas viviendas abandonadas en su momento y vueltas a ocupar hoy están en la mira de los propietarios originales debido a la especulación inmobiliaria que provocó la cercanía de esta obra.

Operable desde fines del año pasado, la playa se mantuvo vacía debido a la dificultad para cerrar contratos. Esto hizo que en abril del 2015 la empresa filipina ICTSI, principal accionista, dispusiera de licencias con goce de sueldo al 20% de los trabajadores. La primera carga oficial llegó finalmente en el mes de julio, y el día de su arribo se realizó un acto de inicio de operaciones que contó con la presencia del entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires y candidato a presidente, Daniel Scioli.

La terminal de contenedores ha sido un tema discutido desde que se anunció su construcción. La reactivación del puerto, uno de los pilares de la identidad de Berisso, no pasó inadvertida. Por un lado, por la esperanza de recuperar fuentes de trabajo en la región. Por otro lado, la modificación innegable del paisaje causó controversia. Varios vecinos y agrupaciones ambientalistas realizaron reclamos debido al desmonte causado tanto por las obras del puerto como por las del terraplén costero.

— ¿El Puerto? Qué se yo, se nota que pusieron mucha plata, pero no te podría decir si finalmente es bueno o malo, no vi mucho movimiento a partir de eso. Mientras construían el acceso para los camiones, taparon las bocas de tormenta y el barrio se empezó a inundar más seguido. Si te digo la verdad, a mí me interesa más que terminen las tres cuadras de calle que faltan arreglar —cuenta Nicolás Roldán.

Nicolás tiene 18 años, toca en una banda de cumbia y pasó toda su vida en la Nueva York, al igual que sus padres y sus abuelos. Las tres cuadras a las que hace referencia son las que todavía no se han reacondicionado en el marco del Plan Más Cerca, un programa del Estado Nacional que financia obras con el fin de promover la inclusión social y se ejecuta a través de los municipios. Esta iniciativa y la restauración de la Escuela 9, ubicada sobre la calle, son las únicas dos tareas de revalorización llevadas a cabo por la gestión municipal saliente, desde que la calle se nombró lugar histórico, hace ya diez años.

La obra pública es uno de los puntos más criticados de la gestión de Enrique Slezack, quien posee un 70% de imagen negativa y dejó de gobernar en diciembre después 12 años en actividad. No sólo el terraplén y el puerto de contenedores fueron cuestionados, también fueron criticados el tramo que une la Calle 66 de La Plata con Berisso, el Barrio Náutico, las obras de la calle Génova y el camino a la playa La Bagliardi, por nombrar algunos ejemplos. Todas estas obras levantaron quejas que no sólo recaen en la cuestión ambientalista, sino también en lo que respecta a su infraestructura.
Antes de despedirnos, Nicolás avisa que dentro de unas semanas toca en el bar con Alto Corte, su banda. El bar es Raíces, ubicado en la esquina de la calle Marsella, donde antes funcionaba el Dawson, también llamado Bar Inglés.

En el interior del bar las paredes están adornadas con chapas de colores, al igual que el frente de algunas casas. Ahí, cuelgan diferentes fotos y objetos: un banderín de Estrella de Berisso, un cuadro de Diego Maradona con todas las camisetas que vistió de manera oficial, un poster de Bob Marley, un teléfono público. Tanto en los afiches como en los folletos que descansan en la barra se repite una frase: “Hay un bar en Berisso”. El eslogan puede parecer exagerado, pero es literal: Raíces es el único bar de la ciudad, o al menos el único en el que pueden tocar bandas y que está abierto después de las 10 de la noche.

—Nosotros sabemos que a los de la Municipalidad no les gusta que haya movimiento a partir de eso que pasó hace unos años. Para ellos, cualquier cosa que esté relacionada con la noche es un problema. Pero acá tenemos todo en regla. Muchas veces vamos a pérdida, pero nuestro objetivo es que se genere algo, que puedas salir en tu ciudad —dice Beto, encargado del bar junto con tres personas más.

“Eso que pasó” es la muerte de Juan Maldonado. Juan tenía 24 años cuando un patovica le pegó un balazo en la puerta del boliche Alcatraz, en 2009. El lugar en el que solía funcionar está ubicado sobre la Avenida Montevideo, a pocas cuadras de la Nueva York. A partir de ese hecho, se clausuraron varios locales nocturnos, y los que intentaron abrir experimentaron dificultades con la habilitación. Durante cuatro años, los músicos de rock y de cumbia tuvieron que improvisar recitales en casas, o en los pocos clubes de barrio que alquilaban sus espacios. En Raíces no se cobra para tocar y sólo hay que pagarle al operador del sonido, gasto que los músicos solventan con los ingresos de la puerta.

Beto en realidad se llama Miguel Rodríguez, pero llamarlo por ese nombre sería como decirle Calle 2 a la Nueva York. Se vino de chico a Berisso, junto con su familia desde Tucumán. Vendió diarios en la calle. Jugó en Estrella de Berisso. Es militante peronista desde su juventud y fue electo como concejal en las últimas elecciones. Además de todas esas cosas, cuenta que es uno de los pocos que quedan de la época de los frigoríficos.

—Cuando cerró todo lo vi a mi viejo muy preocupado y como era un pibe me cagaba de risa, pero al final tenía razón. Fue muy duro ver cómo se iban muchos amigos del barrio porque no quedaba nada.

En este mismo bar trabajó Lito Cruz, cuando el padre del actor era el encargado del local. “A mí la calle me marcó, había mucho movimiento, un ambiente muy enriquecedor. En ese momento había sindicatos no sólo peronistas, sino también socialistas, anarquistas, radicales, de todo. Trabajaba de mozo y a la vez hacía teatro en el Hogar Social, a pocos metros del bar. Cuando empecé a ir a Buenos Aires, quedaron mis hermanos a cargo, y después lo vendimos” dice Cruz por teléfono, al recordar sus años de juventud en la ciudad.

“Por suerte en la actualidad el bar está muy bien, y tiene importancia en el barrio como antes. Creo que podría aprovecharse el movimiento que genere el puerto y las colectividades extranjeras que hay en la ciudad para hacer del lugar un polo turístico” agrega el actor, quien encabeza un proyecto que busca inaugurar la sede del Teatro Comunitario de Berisso en un terreno frente al bar. Por ahora, ese terreno se mantiene rodeado por chapas. Una escritura en aerosol en una de ellas anuncia su construcción. Frente al mismo y en diagonal al bar, se encuentra la plazoleta Nikoloff. En la esquina restante, hay una unidad básica.

Desde aquel recorrido con mi abuelo cuando era chico y hasta la aparición de Raíces, visité la calle unas pocas veces. Desde que abrió el bar, comencé a transitarla mucho más seguido y notar que a pesar de la indiferencia de las gestiones municipales que pasan y no parecen decididas de recuperar el lugar, existe un grupo de vecinos y colaboradores que le dan vida al barrio.

Una cuadra después de la esquina de la plazoleta, ya más cerca del puerto, se encuentra la entrada del Pasaje Wilde, donde alguna vez funcionó la Mansión de los Obreros, un lugar de descanso para los trabajadores del frigorífico y el espacio donde hoy se ubica el Centro Cultural Mansión Obrera. Allí, además de talleres educativos y trabajo territorial, se realizan jornadas culturales –de música, danza y pintura- con apoyo tanto del centro como de los vecinos del barrio. En algunos eventos también han colaborado los integrantes del bar. Y se hace presente la radio comunitaria de la zona, FM La Charlatana, que suele salir de su espacio para realizar radio abierta.

El resto de los días, la radio funciona en una vivienda cercana al Pasaje Wilde y es frecuentada continuamente por los vecinos, sobre todo por los jóvenes del barrio, que participan activamente en la programación. Cuando uno habla con los colaboradores y militantes que habitan el espacio, no encuentra ganas de revisar el pasado y el relato romántico del 17 de Octubre. La preocupación pasa por integrar a los jóvenes a través de actividades culturales y solucionar las necesidades inmediatas de los vecinos.

En este punto, está la mitad de la Nueva York. La misma distancia me separa del mural del 17 de Octubre y del puerto de contenedores. Entre el pasado y el futuro, está el presente. Cualquiera que transite la calle por primera vez puede confundir el deterioro con el abandono, pero se trata de cosas diferentes.

—Todos los políticos dicen que van a hacer algo por la calle, por el barrio, pero después nunca se acercan. Lo mejor que pueden hacer los vecinos es organizarse —dice Verónica Becerro, una joven de la ciudad que participa en la radio comunitaria y en el centro cultural.
Camino unas cuadras más y llego al final de la calle. Se ven las cuatro grúas color naranja que se instalaron para la carga y descarga de contenedores. También es posible ver la vieja usina que abastecía al Armour, demolido en 1985. En este punto se termina el adoquinado.
Me quedo mirando un paredón donde hay pintadas, diferentes consignas e imágenes. Además de los mensajes futbolísticos, que acá hacen referencia a Estrella y Villa San Carlos, hay un mensaje del sindicato de estibadores que reza “Tecplata, el puerto es del SUPA”. También están pintadas las caras de Darío Santillán y Maximiliano Kostecki, los militantes sociales asesinados en la Masacre de Avellaneda, junto a algunas consignas revolucionarias. La que más llama la atención es una que dice “Bajo los adoquines, la playa”. La frase viene del Mayo Francés. Quién sea el que la haya escrito, lo habrá hecho pensando en los adoquines de la Nueva York. Ese ingenio me hace sonreír mientras pienso en la playa de contenedores, que acá no está debajo de los adoquines, sino al final.

One thought on “«El kilómetro 0 del peronismo», una de las crónicas ganadoras del 1º Premio FTEM, publicada en revista Viva

Deja un comentario