Compartimos Un hijo de puta sin corazón, el primer capítulo de Un publicista en apuros, la primera novela de Natalia Moret publicada por Random House Mondadori.

Natalia Moret / Foto: Daiana Wirth

Tatiana estiró un dedo índice y develó el misterio del gin-tónic. Mi gin-tónic. El que yo había estado buscando desde que había abierto los ojos. El mismo que había estado todo ese tiempo al lado mío, en la mesa de luz.

—Si es un perro te muerde, Javier.Tatiana estiró un dedo índice y develó el misterio del gin-tónic. Mi gin-tónic. El que yo había estado buscando desde que había abierto los ojos. El mismo que había estado todo ese tiempo al lado mío, en la mesa de luz.

Saqué los centímetros justos de antebrazo para agarrarlo y estiré el edredón por encima de mi cabeza hasta quedar a oscuras. Hágase la noche. Un perro… Jamás en mi puta vida tendría un  perro. El mejor amigo de ese hombre de treinta y nueve años en su  ph de Palermo, o sea yo, era yo. Para casi todo lo demás, secretarias. Sí, hay gente que sabe contar historias y gente que no, pero el mundo no se divide así. Mucho menos entre los que mandan y los que  obedecen. Tener un jefe no explica, tener un jefe es un dato acerca del funcionamiento general de las cosas. Lo que no todos tienen es una secretaria. Esa es la única división significativa: están los que tienen más jefes que secretarias, y estamos los otros, los que tenemos ambición. Dos tragos y el gin-tónic volvió a desaparecer.

—Son las cuatro de la tarde, Javier…

Después del reclamo de Tatiana me destapé. El sol había traído a Bandini hasta el cuarto. Bandini, mi gato, que básicamente dormía y se trasladaba siguiendo la trayectoria de la luz, estaba clavando sus uñas en un sweater mullido de mi novia que estaba tirado en el piso y que planeaba usar de colchón. Tatiana lo empujó con su pie descalzo, hasta que logró que saltara a la cama, y tiró su sweater hecho un bollo arriba de una silla.

—¿No vas a la agencia?

—¿Es una pregunta?

Pero la mía tampoco era una pregunta. No era mi propio  empleador para que mi novia me cuestionara si iba o no iba a  trabajar. Así y todo, qué linda eras, Tatiana. La tirita del corpiño le ajustaba apenas cerca de las axilas. Abrió la puerta del placard para empezar a vestirse, des- pués metió unos dedos abajo de la bombacha con florcitas y se la acomodó. Buscó un lápiz de un estuche y empezó a delinearse sus labios carnosos frente al espejo. Primero el de abajo. Después acentuó el de arriba como si fuera un corazón. No me contestó.

—Vamos a cenar afuera. Carne roja.

Mi agencia. Una de las agencias publicitarias más importantes de la ciudad, creada por mí hacía cinco años, cuando había encontrado mi verdadera vocación: hacer plata. Una agencia importante en una importante casa antigua en Colegiales que yo había hecho remodelar manteniendo su estilo. Una agencia que ahora estaba en una coyuntura atípica, financieramente complicada, pero coyuntural. Una coyuntura desafortunada para una agencia afortunada que tenía todo lo que hay que tener: pinotea, techos altos, Nespresso, muchísimas Macs, y superficies lisas… espejadas, inoxidables, vacías de porosidad… Mi agencia era un concierto de superficies invitantes… En el casting del arquitecto me había ayudado Marcel, mi dealer de cabecera. Él y yo nos habíamos  conocido hacía tres años en las escaleras entubadas del Pompidou. Yo estaba en París filmando un comercial, y a Marcel llegué gracias a la productora rubia, casi anoréxica y muy eficiente que me pusieron desde Buenos Aires. Un año después de eso Marcel vino para acá siguiendo a una rosarina cineasta que lo había enamorado y que escapó de Europa queriendo escapar de la heroína. Para él fue como empezar de cero, y si alguien lo ayudó a que cimentara una cartera estable de buenos pagadores, ese fui yo. Por eso no se negó cuando le pedí que me abriera su agenda y me marcara a todos sus clientes arquitectos. Una agenda que tendría arquitectos, pensé, con los que iba a tener afinidad. Mi razonamiento había sido muy básico. Si no estoy duro, no puedo basurear a mis empleados. Si no puedo basurearlos no hago plata.Y si no hago plata no puedo estar duro. Simple. Por eso, multiplicar las superficies invitantes. Para que en todos los espacios sea fácil y placentero  trabajar mientras llevo mi vocación a buen puerto, porque junto a mi vocación yo había descubierto a su aliada fundamental: la cocaína. Que  un arquitecto entendiera este razonamiento no era complicado, pero yo quería uno que lo compartiera, un arquitecto que también tuviera que darse un pase antes de sentarse a diseñar y que entendiera, íntimamente, lo crucial, lo absolutamente crucial que es que tu lugar  de trabajo sea invitante

—¿Vamos, Tatiana?

Pero Tatiana se había metido en el baño. Fui a prepararme otro gin-tónic. La cocina parecía decir: pasá, Javier, horrorizate. Una semana de vacaciones de Rosita y la casa al carajo. Ni Tatiana ni yo estábamos hechos para lavar vajilla. Pasé la mano sobre el único sector libre y limpio de la mesada de acero, suave, libre de porosidad… Busqué el Bombay, lo tiré sobre los dos hielos que había puesto antes en el vaso hasta llegar a la mitad exacta de la altura, exprimí una rodaja de limón, y llené lo que faltaba con Paso de los Toros. Prefiero la Schweppes, pero se había acabado y Rosita no estaba. Y si Rosita no está nadie piensa en mí. Volví al cuarto.Tatiana seguía en su retiro higiénico. Siempre limpiándose. Con duchas, con cremas, con perfumes. Siempre absolutamente limpia y, así y todo, siempre con ese olor tan que no se le iba, tan… invitante… Agarré del escritorio un sobre de mi banco, lo abrí y miré el resumen de la tarjeta. Una fortuna digna de un campeón. Lo tiré, el débito automático hacía esos trámites por mí, y mientras miraba la publicidad de unos créditos a tasa fija pensé en los misterios de la mente… La bajada decía: “¡Llevá a tus hijos a Disney!”, y la foto mostraba tres chicos sonrientes con castillos detrás. Para los profesionales del arte de cagarse la vida, pasar una semana con tres adolescentes superexcitados con el ratón Mickey no era suficiente. No. Si además podías quedar endeudado, mejor.Volví a tirarme en la cama con mi segundo gin-tónic. Un hijo… una locura. Bandini, vos que sos un tipo razonable como yo, acercate. Pero no. Si yo te busco, no. Si yo te llamo, no. Ah, Bandini, ¿cuánto tengo que ignorarte para que me necesites? ¿Por qué serás tan nena? Tatiana salió del baño y volvió al espejo.

—Comamos afuera —repetí.

—Esta noche no puedo. Julia está alterada con todo lo del casamiento y me pidió que la acompañara a ver ropa para el civil. Está nerviosa, come como una cerda. Iba a ponerse un vestido que le regaló la suegra pero ahora no le entra. La vieja se lo mandó a traer de una diseñadora yan- qui, una imitadora de Vera Wang. Con la guita que tienen, comprarle una imitación…

Me hablaba mientras complejizaba su vestuario con una ristra de accesorios. A veces, dando vueltas por casa, en bata y con un gin-tónic en la mano, me encontraba un par de guantes verdes abajo de la almohada. Más tarde una media a rayas negras y rojas atrás del bidet. O un corpiño azul de encaje, enganchado en una musculosa fucsia… Y a la noche veía todas esas cositas de mi novia, tan distintas entre sí, puestas en ella, armónicas… En el cuerpo de Tatiana, cualquier prenda parece haber sido hecha para la otra y todas haber sido hechas para ella. ¿Cómo hace?

—Porque podría comprarle el original con el vuelto de la  peluquería, pero va y le compra una buena imitación… Eso es porque Julia viene de la clase media. Le está pasando un mensaje —pensó—. ¿No pensás?

—Ajá…

—Además de lo espantoso que es el vestido. Pomposo, bien new rich. Pero Julia quiere ponérselo igual, para quedar bien.

—Suena grave, sí.Tenés que ayudarla.

—Vas a venir, ¿no?

Las reuniones sociales que organizaba Julia, la amiga psicofármaco-fan de Tatiana, eran un placer que prefería evitarme. Me senté, busqué el primer papel del día en el cajón de la mesa de luz, y apoyé el vaso para poder armar- me una línea con las dos manos. Reuniones sociales no, pero el casamiento era otra cosa. A ese casamiento claro que pensaba ir. Los casamientos de otros son bárbaros, y más si los que se casan son la amiga que no usa corpiño de tu novia y el rey del plástico del Mercosur. Champagne libre, canapés de liebre, y tal vez algo de sexo casual en el baño con alguna de las amigas de la novia. Si tengo suerte, tal vez con mi Tatiana también.

—¿Vas a venir entonces?

—Sos tan linda,Tatiana…

—Si no avisame que le pido a Julia que no me siente en una mesa llena de parejas.

—¿Ah, sí? ¿Hay algún soltero codiciado?

—Bueno…

La cocaína de Marcel era tan buena, tan buena, tan buena, que con sólo un golpecito de mis dedos caía como nieve tornasolada sobre el vidrio de la mesa de luz. Mamá le ponía algodón al árbol navideño. En diciembre la gente pasaba calor, pero en nuestra casa de Olivos nevaba, como nieva en todas las casas del primer mundo. Nieve, plata, las dos tan frías, tan blancas. Nieva en mi agencia, en mi sillón de pana azul… Nieva en mi casa… Soy el Dios de la nieve y hago nevar… A veces, cuando veo la nieve caer, me siento solo. Pero tomo una raya y todo recobra su verdadera dimensión.

—…y el último no sé bien. Creo que es el dueño de un grupo  muy influyente. Acero. Medios de comunica- ción. Algo así, enorme.

—Bueno, te acompaño. Y si alguno se te acerca lo mandás a hablar conmigo.

—Te prometo —primero el tapado entallado azul, después su cartera roja, después los guantes rojos de cuero—.

¿No te pensás levantar?

—¿No pensás darme un rato de paz?

La agencia, la deuda, el casamiento, ¿y quién sabe? ¿Y si el casamiento terminaba siendo una oportunidad para hacer negocios? Algo era seguro: a ese casamiento iba a ir mucha gente indicada. Yo  invertí mucho para rodearme de esta gente. Porque la gente indicada es muy recelosa de su intimidad. Paranoica. Y si querés pertenecer tenés que ser un perfeccionista de la paranoia. Como yo. Cuando te ganás la confianza de una persona indicada empezás a frecuentarla, conocés sus círculos, sus personas de confianza, pero hasta ahí. La clave del poder es tener buen timing para el desprecio. Si te mostrás muy amistoso no sos confiable, porque en el pico de la pirámide muy amistoso es sinónimo de arribista, y el arribismo es sarna. Y alcanza con que uno de estos elegidos te castigue para que te castiguen todos. Ahí estás fuera de combate, porque en el pico de la pirámide hay mucha solidaridad. En la base también. Si querés ser alguien, la base es la mejor escuela. El medio, nunca. El medio es el fango. En el medio todos se pisan la cabeza entre todos, complicadísima coreografía del ballet intitulado “Nadie quiere bajar, todos quieren subir”. Anótense esto en la agenda: hay que  apuntar arriba y aprender abajo. Por eso yo siempre mantengo el contacto con algún excluido. La cocaína que te venden es ochenta por ciento tiza, diez por ciento coca y diez por ciento oscuro enigma. Pero si sos un drogadicto insolvente eso no te importa, y si sos alguien te importa menos. Les comprás, vas al baño, tirás la basura proleta al inodoro y sacás tu brillantina de importación. Tomás un par de líneas con ellos. Mirás. Escuchás. Retenés. El inframundo es muy formativo. Mi excluida de cabecera, mi proveedora plan B cuando Marcel está inaccesible, se llama Rosmari. Gente desesperada. Si conocés más a la gente más desesperada podés ser una peor persona. Si entendés cómo ser una peor persona crecen formidablemente tus posibilidades de hacer mucha plata. Y si un día tenés mucha plata vas a poder elegir lo que quieras. Por ejemplo, ser una mejor persona.

—Vuelvo tarde —dijo Tatiana, y salió.

Yo necesito mucha plata. Para vivir, porque tengo sentido del gusto. Para amar, porque los treinta tan bien lle- vados de Tatiana no se llevan solos. Y para seguir viviendo, porque la plata se hace con más  plata, y para hacer mucha plata a tiempo de disfrutarla cuando todavía  sos joven tenés que correr riesgos. Con mi ex socia, Amanda, me arriesgué. Mientras duró fue demasiado lindo. En los momentos que el  sexo nos dejaba libres hacíamos plata. Éramos adolescentes con las billeteras llenas. Ella a escondidas de su novio, yo a escondidas de Tatiana, nos entendíamos en la plata y nos entendíamos en el sexo. Éramos compañeros de adicciones. ¿Qué más se le puede pedir a una relación? Por supuesto, todo terminó mal.Amanda me traicionó y Tatiana se enteró de todo. Un mes de trabajo fino para que mi novia me perdonara, y ahora dejarle pasar sus pequeños gestos de indiferencia con los que se cobra el saldo a favor. Prendí mi computadora y escribí el mail que venía escribiendo, con pequeñas variaciones, hacía ya más de dos meses.

Querida traidora,

¿Dónde mierda estás? Cuando  te encuentre, te mato. 

Con amor, Javier.

Amanda, mi querida traidora. La que me estafó, desapareció con todo, y me dejó la coyuntura: una deuda grande como para invitarle un almuerzo livianito a Somalia. Una deuda con un plazo de pago que vencía en menos de dos semanas. ¿Y con qué iba a afrontarlo? Ni puta idea. Lo peor es que la extrañaba. La había buscado en Merlo, en La Cumbre, en Pergamino, en toda la geografía intrascendente con la que fantaseaba irse a empezar una vida nueva. Pero eso, parece, también era mentira. Yo igual la recomiendo. Tenerla cerca seis meses o un año, máximo, y aprovecharla. Llegado ese momento, cagarla preventivamente o arriesgarte. El problema es cuando empezás a creerle. Gracias a Amanda, le debía trescientos mil dólares a Ariel Janovsky, un hijo de puta sin corazón.

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*Natalia Moret nació en Buenos Aires, en 1978. Es socióloga, escritora y guionista. Publicó cuentos en Nuevas narrativas. Historias breves II (Sudamericana, 2006), En celo (Mondadori, 2007), Buenos Aires Escala 1:1 (2008), Autogol (2009), Sólo cuento (2011) y Outsider (2011). Su cuento Platero y yo fue llevado al cine en la película Cinco (2009). Colabora en distintos medios, en los que escribe sobre cine y sobre literatura, y dicta talleres literarios. Un publicista en apuros es su primera novela.

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