Compartimos un fragmento de Ser de River. En las buenas y en las malas. Agonía, descenso y resurrección desde la tribuna, del periodista Andrés Burgo.

Andrés Burgo / Estefanía Malic

En junio de 2010, dos meses después de que cerrara el diario Crítica de la Argentina, presenté en la editorial este proyecto de libro. Faltaban un par de semanas para que comenzara el campeonato de Primera División y propuse, en registro personal, la crónica de un hincha que siguiera a su equipo durante los treinta y ocho partidos del torneo. La literatura futbolística ha proliferado en los últimos años con la publicación de decenas de obras, algunas excelentes, sobre Mundiales, selecciones, clubes, equipos, jugadores, directores técnicos, dirigentes y barras bravas, pero las tribunas de los estadios argentinos como territorio del relato son, todavía, un escenario poco explorado. Ya en diciembre, en la cancha de Lanús y por la última fecha del Apertura, quise entrar a la popular visitante con una acreditación de prensa, pero esta vez los controles no me dejaron y tuve que seguir el partido desde el palco de periodistas. Ganamos 4 a 1. Fue el día de la temporada en que mejor jugamos y más me aburrí.

El corralito de prensa es la comarca del cronista deportivo, un apéndice de la redacción: allí he vivido cientos de tardes de trabajo, incluidas decenas de partidos de River, pero en la goleada contra Lanús se convirtió en una geografía incómoda. Lo que en la tribuna con nuestra gente habría sido una tarde de adrenalina y bilis se transmutó, en el palco, en un acontecimiento inexpresivo, neutro, desapasionado. No podía gritar un gol como lo que es, un paréntesis en mi semana, ni sentir el espasmo que me sacude cada vez que nos lo convierten. Desde ese lugar sólo se podía teorizar sobre fútbol y, esta vez, era espantoso.En junio de 2010, dos meses después de que cerrara el diario Crítica de la Argentina, presenté en la editorial este proyecto de libro. Faltaban un par de semanas para que comenzara el campeonato de Primera División y propuse, en registro personal, la crónica de un hincha que siguiera a su equipo durante los treinta y ocho partidos del torneo. La literatura futbolística ha proliferado en los últimos años con la publicación de decenas de obras, algunas excelentes, sobre Mundiales, selecciones, clubes, equipos, jugadores, directores técnicos, dirigentes y barras bravas, pero las tribunas de los estadios argentinos como territorio del relato son, todavía, un escenario poco explorado. Ya en diciembre, en la cancha de Lanús y por la última fecha del Apertura, quise entrar a la popular visitante con una acreditación de prensa, pero esta vez los controles no me dejaron y tuve que seguir el partido desde el palco de periodistas. Ganamos 4 a 1. Fue el día de la temporada en que mejor jugamos y más me aburrí.

El 4-1 maquilló los primeros síntomas del descenso. Estábamos en la mitad de la temporada y, a diferencia de los años anteriores, la onda expansiva de una derrota sobrepasaba al lunes. Jugar en el sótano no es lo mismo que en la terraza. El poder radiactivo de un cabezazo dentro del área chica de Juan Pablo Carrizo o de una volea fallada por Buonanotte invadía los viernes. El libro se convirtió en un segundo foco de cavilación. Cuando firmé el contrato calculaba que River sufriría su bajo promedio al comienzo del torneo, pero que con el paso de las fechas se acomodaría y terminaría con cierta holgura. “River, del descenso a campeón, el libro triunfal de Burgo”, me escribió Diego, en aquellos primeros partidos triunfales. ¿Pero ahora? El relato podía sufrir un cambio dramático. ¿Y si en vez de El año en que vivimos en peligro, la historia derivaba en Titanic? No quería escribir ese libro. Me atormentaba. Meses más adelante, cuando ya estábamos a punto de hundirnos, llegué a despertarme angustiado en medio de la noche: no debo hacer este libro.

La fecha anterior a la tarde en que me aburrí ganando 4 a 1 en cancha de Lanús, habíamos jugado contra Estudiantes. Fue una espléndida tarde de comienzos de diciembre, un anticipo del verano. Cinco minutos antes de que los equipos salieran a la cancha, le conté mis te mores a Maxi, un amigo gallina, en la Belgrano baja del Monumental:

—Este partido puede definir mi humor para las vacaciones.

—Eh, ¿para tanto? —me respondió.

Su repregunta me hizo dudar durante seis meses si había exagerado. Si, otra vez, le estaba asignando a River una gravedad que no se condice con el orden natural de las cosas. Pero después de la Promoción, cuando el descenso fue algo peor que unas vacaciones en vilo, comprendí que en mi relación con el fútbol no hay exageraciones. Que, a pesar del dolor, River es mi gran verdad, mi espacio innegociable. Han pasado amores, han pasado trabajos, han pasado incluso amistades, y el equipo siempre ha quedado. En un mundo de lealtades efímeras, de modas impuestas que van y vienen con el verano, hay pocos códigos de reafirmación que permanecen inalterables como el rito de la tribuna y la certeza de que nunca se irá. De opio del pueblo a soplo existencial.

Seguir a River a lo largo de nuestro martirio se convirtió en un ejercicio de defensa propia: la amenaza de perderlo todo te enseña qué tan fuertes son tus raíces, quién sos, cuál es tu esencia. En el aturdimiento se legitima de qué madera está construido el afecto. El pantano nos seguía tragando y la reivindicación riverplatense crecía. Acompañé a River en su caída con el mismo espíritu de resistencia con el que acompañé a mi vieja en su enfermedad, ocho años antes. Dos episodios tan incomparables desde todos los registros generaron un instinto de supervivencia similar. Nunca estuve tanto a su lado como en su lucha, y nunca estuve tanto al lado de mi equipo como ahora. Mantendría el patrón piadoso para próximas oportunidades, si no se tratara de dos episodios irrepetibles. Haber resistido desde la trinchera junto a River fue una experiencia que permitió revisarme ya no como hincha, sino como persona. En el desvarío de las últimas fechas, en el que no importaban los modos sino la sobrevida, estaba en juego mi tolerancia para permanecer en el doloroso lugar en el que las circunstancias me obligaban a estar. Los ultimátums revalidan nuestra misión, nos reconcilian. El resto es hojarasca.

—¿Y? ¿Está jugando bien River? —me preguntó Pablo, mi editor, en medio de una charla en la que tratábamos de definir el foco del libro. Faltaban diez fechas para que terminara el torneo.

La pregunta más sencilla me sorprendió: no la había escuchado en todo el año.

—No. Quince minutos cada tanto. Dos jugadas en todo el torneo. Pero un partido entero, no, nunca.

River no atacaba. Construía barricadas. Tiraba una granada y avanzaba diez metros. El arco rival era Finisterre. Pavone no jugaba de primer delantero sino de último defensor. En Santa Fe le hicimos un golazo a Colón: Ballón, Ferrari, Funes Mori, Ferrari, Ballón, Acevedo, Ferrari, Acevedo, Acevedo, Lamela, Acevedo, Pavone, Lamela, la red. La recuperación de la memoria histórica en doce toques. Viajamos con Maxi y Diego y, después del partido, festejamos en Santo Tomé. Volvimos de madrugada sin poder manejar a más de 110 kilómetros por hora: estaba en ablande el nuevo motor del viejo Corsa que se había terminado de romper yendo a Mendoza. Llegamos a Buenos Aires a las 7 de la mañana. Casi nos dormimos y casi nos matamos en la ruta, pero cuando tenga 80 años seguiré recordando ese viaje como uno de los más felices.

En la cancha de Quilmes hicimos otro gol de orfebrería. River y el fútbol como vocación. Juan Pablo Carrizo no revolea la pelota sino que elige abrirla hacia la izquierda de la cancha, donde Díaz la recibe y juega con Almeyda, que traslada la pelota con la abnegación de un sherpa y se la entrega a Acevedo. El 5 devuelve a Díaz, que no puede profundizar por su punta y gana tiempo con Lamela, que hace la pared con Díaz. El número 13, todavía sin camino a recorrer, retrocede y descansa en Román, que reafirma la reculada con otro pase defensivo. Ferrero podría haber mandado la pelota sobre los árboles que asoman detrás de la tribunita de la calle Vicente López, pero esta vez cierra la parábola hacia la derecha y descarga en Maidana, que enseguida encuentra a Acevedo y River vuelve a cruzar mitad de cancha. Acevedo hace participar a Caruso y Caruso involucra a Ferrari, que mete la diagonal y construye con Lamela, que a un toque interactúa con Almeyda. El Pelado descubre a Buonanotte, el undécimo futbolista de River en participar en la jugada. Y, una vez que la pelota pasó por los once compañeros, comienza lo mejor: el fútbol es una cofradía que, cuando percibe colectividad, concede este tipo de guiños. Buonanotte se la devuelve al Pelado, que, melena al viento, deja atrás a un jugador de Quilmes y asiste a un Ferrari que participa por acción y omisión: sorprende por el centro y libera un hueco por la derecha. Hacerse el distraído también es saber jugar. El 4 improvisa una pared con Almeyda, que confía en Acevedo, que hace participar a Lamela, que la pisa y gira como haría Nureyev en el sur del Gran Buenos Aires y se conecta con Ferrari, que ahora le devuelve la pared a Lamela. El 10 aparece solitario por la zona que había liberado el mismo Ferrari, entra al área, calibra al arquero y la pica de zurda: la pelota es un globo aerostático que va en cámara lenta. Parece gol de Lamela, pero Ferrari la toca sobre la línea y ahora sí es gol, golazo, una avalancha urgente como si tuviéramos que desembarcar en Normandía y abrazos con los desconocidos de siempre para celebrar la vuelta a la identidad perdida.

En esos 62 segundos y 23 pases fuimos felices en todos los aspectos en que se puede ser feliz en una tribuna, pero el resto del año fue tolerar un equipo a veces precavido y otras, aterrado. Salíamos del sector visitante de la cancha de San Lorenzo después de una porquería de 0 a 0 y Diego, mi compañero de ruta, estaba radiante:

—Qué partidazo, loco.

El juego había sido un espanto. Aburrido jamás, porque los partidos de tu equipo nunca lo son: tu sistema nervioso está demasiado alterado como para que puedas distenderte. Pero la tarde en el Nuevo Gasómetro, salvo un cabezazo de uno de ellos en el palo, no tuvo ninguna de las virtudes que se esperan de un clásico. River pasó de jugar con una bomba de tiempo en los pies durante el ciclo de Cappa a repartir somníferos con Juan José López: Funes Mori por Ortega en el minuto 44 del segundo tiempo, con el partido 0 a 0, es un cambio para escamotear tiempo. ¿Desde cuándo hacíamos ese tipo de cosas?

Pero Diego, que había estado colgado del alambrado, a veinte metros de Los Borrachos del Tablón, había vivido un partidazo.

—Cantamos todo el partido. Fue una fiesta —me explicó.

Su partido, no “el” partido, había sido extraordinario. Moverte al ritmo de 10 mil personas bloquea la sensación de dolor. Como cuando a los 20 años me tiré en bungee jumping: el vértigo de una tribuna es un salto al vacío. Además veníamos de ganarle 1-0 a Boca la fecha anterior: estábamos dulces. Quince cuadras después del superclásico, crucé la avenida Cabildo tan energizado que pensé que ciertos problemas que tenía con mi pareja se solucionarían. No sucedió, pero un triunfo de mi equipo es vitamina: me hace creer que soy más fuerte. Y en el contexto de los últimos tres años de River, ¿qué otra cosa podíamos festejar que nuestro sentido de la pertenencia? ¿Dos buenas jugadas por torneo? ¿Un caño por trimestre? ¿Tres llegadas al arco por partido? ¿Dos corners en el primer tiempo? ¿Un centro con comba de Arano? El hinchar por la hinchada, ese narcisismo, ese enamoramiento de nuestro amor por nosotros mismos, es la recompensa cuando el aliento al equipo resulta inútil.

A medida que avanzaba la temporada, y salvo un 2 a 0 a Huracán que pareció una goleada (el único triunfo por más de un gol en 2011), cada partido me generó un pico de estrés. En la primera fecha del Clausura, en febrero de 2011, hubo un tiro libre para Tigre en la medialuna del área de River. Era el minuto 92 en Victoria, el partido estaba 0 a 0 y detrás de la barrera había un arquero debutante, Leandro Chichizola. Cuando Mariano Pernía tomó carrera para patear me pareció ver el holograma de Roberto Carlos, Nelinho o cualquier especialista brasileño. Entonces vi el sufrimiento de un pibe que, en el pasillo de la tribuna visitante, se puso en cuclillas, clavó sus ojos en el piso y esperó el desenlace sin mirar la jugada. Con el desenlace del tiro libre no pasó nada, pero ya había jugadas que nos cortaban la respiración. Apenas comenzó el 0 a 0 siguiente, contra Argentinos en la cuarta fecha, el muchacho que estaba al lado mío en la Sívori baja se persignó tres veces y miró el cielo con ojos piadosos.

El que la pasó muy mal al partido siguiente, con Vélez, fui yo: estaba en la San Martín alta y a los veinticinco minutos del primer tiempo sentí un entumecimiento en el pecho, un mareo y una sensación de encierro entre la multitud. Aguanté el resto de la noche más por el sentido del ridículo —pedir atención médica me hubiera resultado incómodo— que por mi amor a River. A los quince días, contra Newell’s otra vez en el Monumental, volví a una indefensión fetal. Ganábamos 2 a 1 y a los rosarinos les habían expulsado a dos jugadores, pero no podíamos cerrar el partido. A los 41 minutos del segundo tiempo Lamela desperdició un contragolpe, Buonanotte lo imitó a los 43, Lamela repitió a los 44 y Caruso se sumó a los 45. No errábamos goles contra el arco de Newell’s sino contra la cueva del promedio: Olimpo y All Boys ganaban y ganaban y Tigre e Independiente se podían escapar a seis puntos al día siguiente. A los 46 Jota Jota, con dos jugadores de más, reemplaza a Lamela y pone a un defensor debutante, Leandro González Pirez. A los 47 Carrizo parece auspiciado por una empresa de emergencias médicas: cancherea hasta el último segundo posible y agarra la pelota cuando el delantero de Newell’s le estira la pierna a diez centímetros. Estuve a punto de irme de la cancha: no podía tolerar aquello. Y a los 48 alguien hace un foul inútil en mitad de cancha, los nueve jugadores de Newell’s suben a cabecear para intentar el 2 a 2 y en la Sívori baja alguien recuerda que el árbitro es Juan Pablo Pompei, el mismo que en la primera rueda cobró un tiro libre similar en el descuento contra Quilmes, el del empate de Caneo. “De los nervios bajé entre tres y cuatro kilos”, me escribió un amigo, Guillermo, mientras yo salía del estadio aturdido después de otro triunfo dietético de un equipo bajas calorías.

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*Andrés Burgo tiene treinta y siete años y es periodista especializado en deportes desde hace casi veinte. Cubrió Juegos Olímpicos, Mundiales de fútbol y Copas América. Trabajó en las redacciones de los diarios El Expreso, Clarín, Perfil y Crítica de la Argentina. Escribe en la revista Noticias y colabora en El Gráfico, DPA, La Gaceta de Tucumán y Brando. También firmó artículos en El País de España y diversos medios de Japón y Perú. En 2005 fue coautor, junto a Marcelo Gantman, del libro Diego Dijo, una antología de frases de Maradona.

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