Compartimos Sin música, el dato no vale nada, un texto de Juan Cruz Ruiz donde nos comparte su admiración por su amigo Tomás Eloy Martínez. El texto se publicó originalmente el 31 de enero de 2011 en el diario La Nación.

Cuando ganó el premio Alfaguara de novela de 2002 con El vuelo de la reina, fue cuando escuché con más frecuencia a Tomás Eloy Martínez.

Era fascinante. La novela contaba la historia verdaderamente insólita de un periodista brasileño que había hecho de su golfería un arte. La novela entraba por los ojos como el baile de una reina del samba. Y cuando Tomás Eloy contaba episodios que se le quedaron fuera, o que él no quiso meter para no convertir una historia trepidante en un triunfo barroco, era como si construyera otra fábula digna de otros libros igual de brillantes.

Era un narrador fantástico, en todos los sentidos de la palabra. Lo recuerdo contando varios viajes del protagonista del suceso en un tren rapidísimo, un tren bala, y era como si Tomás Eloy estuviera subido en ese obús, con nosotros. Derramaba imaginación, pero él decía que sólo contaba datos. En efecto, tenía los datos, los trabajaba como quien pesca de día y de noche de mares turbulentos o misteriosos, y era una aventura singular tratar de averiguar dónde nos mentía.

No nos mentía. Le acompañé a algunas presentaciones de ese libro; estuve cuando dialogó, en un diálogo muy feliz, con Jorge Semprún, en el Círculo de Bellas de Madrid; asistí a cenas en que contó, por activa y por pasiva, historias turbulentas de aquel periodista cuyo esqueleto le sirvió para vestir El vuelo de la reina . Y nunca hubo una contradicción, un dato fuera de lugar, la evidencia de una invención. No mentía. El tenía los datos. Decía que los datos eran sagrados, pero era el ritmo lo que les daba a los libros y, en concreto, a esta novela, como ocurrió después con Purgatorio , la delicada apariencia de las invenciones. Dejó correr que se había inventado algunos sucesos ocurridos entre Perón y Evita, pero el paso de los años convirtió en más certeras sus invenciones que la historia real. ¿Por qué? Porque sus historias tenían ritmo, y el ritmo es el que hace que vivan su vida los datos. Era muy fructífero leerlo y escucharlo. En los últimos meses de su vida, le vi algunas veces en su casa, en restaurantes, a los que nos llevó con la generosidad que le hizo mantener siempre aquella sonrisa que nunca ocultó cierta ingenuidad. Y ahí nos hizo siempre la gentileza de decirnos historias nuevas, renovadas gracias a su ritmo, al ritmo verbal, que venía de su capacidad para contar tanto con la voz como con la mano. Era un narrador total, un apasionado de la relación con los otros gracias al don del ritmo que jamás le abandonó.

Claro, era un gran periodista. Algunas de esas historias de periodista (su viaje al exilio venezolano, por ejemplo) las contaba con gran jolgorio, como si estuviera narrando el guión de una película de Walter Matthau y Jack Lemmon. Era una tragedia lo que contaba, en realidad, pues llegó a Venezuela despedido de la Argentina, del mundo y casi de la vida, pero ese suceso, que sería capital en su vida, le servía para narrar lo que hacen los otros mientras alguien desangra su ánimo: reír, beber, tomarse la vida a guasa. El no tenía trabajo ni donde dejar caer su cuerpo; el que le había ofrecido empleo vivía en su castillo de Italia, así que su porvenir era aciago, como el de su país. Y cuando contaba la historia atraía los contornos más cómicos del suceso para que los que escuchábamos ahora miráramos de cerca detalles que se quedaron en su retina como los datos que espolvorea en ese recuento fantástico que es Lugar común la muerte .

Desde chico tuve la pasión por escuchar a gente como Tomás Eloy Martínez, periodistas veteranos que cuentan las historias que vieron y vivieron. En Tomás Eloy había un rasgo en el que, como decía su amigo Gabriel García Márquez, también «era el mejor de todos nosotros». Ese rasgo era la memoria del ritmo; no hubo una línea suya en la que el dato no estuviera bailado con el ritmo adecuado; leerle era cantarle, en cierto modo, y escucharle era quedarse absorto ante un magisterio que combinaba todos los poderes del relato. Muchas veces pienso en él cuando leo, e incluso cuando escribo, cuando acometo las torpezas que conviven con la miseria de sentir que ya otro lo hizo muchísimo mejor. Se combina esa envidia sana y retrospectiva con la melancolía que me produce la certeza maldita de que ya nunca más escribirá esos textos, que ese ritmo que nació en Tucumán y le acompañó en la desgracia, en la gloria y de nuevo en la desgracia de la enfermedad, ya no está con nosotros; no va a estar.

¿Cómo que no va a estar? Están sus libros. Ahí está Tomás Eloy, su ritmo entero, todos los datos, pero sobre todo su ritmo, contándonos la vida para que sepamos cómo es bailar leyendo.

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