El día que mi padre cumplió 50 años quedó grabado en su memoria de un modo tan enfático que llegó a convertir ese aniversario en una historia que recordaría cada 16 de julio con renovado esmero escénico. Jamás se olvidó de ese cumpleaños por una justa razón: ese día ninguno de sus siete hijos lo llamamos para saludarlo.

Durante el siguiente cuarto de siglo, y con esa puntualidad que sólo conceden los almanaques, mis hermanos y yo recibimos el mismo reproche: “Ninguno me llamó cuando cumplí los 50”. Detrás de esa frase asomaba el relato novelesco de cómo había pasado aquel 16 de julio de 1984 sentado al lado del teléfono. Aquella historia se la escuché contar de 25 maneras diferentes a lo largo de los 25 cumpleaños que siguieron. “Cada diez minutos levantaba el auricular para comprobar si tenía tono”, era la escena que mejor le salía, con actuación y todo.

Aunque no hay apelación posible, conviene poner el episodio en su contexto. En esos tiempos mi papá residía en los Estados Unidos y sus hijos vivíamos en la Argentina: el discado directo internacional era todavía una expresión de deseos; para concretar la llamada uno dependía de las indecisas horas de espera que sugería la operadora, y además el segundo costaba una fortuna.

Si bien la vida nos dio la intensidad de otros 25 cumpleaños para compensarlo, hoy, que él ya no está, mis hermanos y yo igual quisimos celebrarle la redondez de sus 80. Con mucho amor armamos una exposición para recordarlo y reunimos todos sus cuentos en un libro. Para que no haya ningún otro 16 de julio en que su teléfono deje de sonar.

Ezequiel Martínez es hijo de Tomás Eloy Martínez

 

Por: Ezequiel Martínez

Medio: Clarín

Fecha: 15 de julio de 2014

Ir al artículo 

Deja un comentario