En el Espacio TEM de la Fundación TEM  se exhibe una nueva muestra. Se trata de “Familias”: 41 fotografías de Alfredo Srur que se exhiben por primera vez en su totalidad, con la curaduría de Gabriel Díaz.

Srur realizó esta investigación en Buenos Aires entre 1999 y 2001, cuando se interesó por la incipiente (y precaria) industria del cine porno en Argentina. Su curiosidad lo llevó a vincularse con un grupo de actores dedicados a este género. También, a preguntarse por la vida cotidiana de estos hombres y mujeres una vez que las cámaras se apagaban.

El resultado son imágenes en blanco y negro, elocuentes por lo que revelan en su silencio. Y es que el foco no está puesto en el porno como fetiche sino en los universos –a veces sutiles, a veces brutales- que se esconden debajo de lo aparente. Resulta perturbador, entonces, que los imaginarios sobre la vida de los otros dejen en evidencia, al caer las máscaras, una cotidianidad mucho más cercana, donde el observador es el primer interpelado.

Como señala Gonzalo Martínez (coordinador de la muestra y del espacio TEM junto a Verónica Martínez), Tomás Eloy Martínez tuvo acceso a algunas de las primeras copias de este ensayo apenas se realizó, de modo casual. Ocurrió en el año 2000. El gran escritor y periodista consideró entonces que, debido a la calidad y hondura del material, las fotos debían ser mostradas. Sin embargo, por diversas razones, sólo ahora el deseo de Martínez se cumple. Es por eso que para Fundación TEM es un orgullo que “Familias” haya encontrado aquí su lugar.

-“Familias” fue uno de tus primeros ensayos fotográficos apenas volviste a Argentina. Pero hay una historia previa, en Estados Unidos. ¿Cómo es eso?

-Me fui allá con la intención de estudiar cine y estar en el equipo deportivo de una universidad podía servirme para que me becaran.Me anoté en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), pero me rompí la rodilla y no pude volver a jugar. Ahí se truncó todo el viaje. Opté por ir de oyente a la universidad, pero casi clandestinamente. O sea, yo no le podía decir a nadie que estaba de oyente. Presenciaba las clases para aprender la técnica y el manejo cámaras, como así también la historia de cine. Intentaba filmar y al mismo tiempo empecé a sacar fotos. Cuando hablo de filmar, me refiero a los primeros cortos que hice como estudiante. Tenía una cámara de 16 mm amateur que me habían prestado y otra profesional. Con esa profesional filmé en Los Ángeles mi primer cortometraje de un minuto sobre Dios.

-¿Sobre Dios?

-Sí, un corto sobre Dios, eso es todo lo que puedo explicar. En un estudio de cine porno.

-¿Cómo conseguiste ese estudio?

-No es que lo haya conseguido. Fue el lugar que apareció. Había trabajado como asistente de unos diseñadores de los Estudios Universal de Hollywood y ahí conocí a un tipo que me había ofrecido ser actor porno. Yo estaba muy mal de plata pero igual le dije que no. Fue él quien me dio el contacto de un productor de películas condicionadas, que me terminó prestando su estudio para filmar. Se llamaba Lucky, un texano de unos setenta años vestido con sombrero y botas típicas de cowboy. Nos hicimos amigos con Lucky e incluso tuvimos la intención de hacer una película de clase B en Argentina. No pudimos seguir porque a mí me terminaron deportando. Se había vencido la visa.

-¿Qué vinculo tenías por entonces con la fotografía?

-Yo no tenía más de veinte años. La fotografía ocupaba un segundo plano porque quería hacer cine. Salía a hacer fotos de lo que me rodeaba pero sin saber casi nada de técnica. A la vez, quería aprender a revelar y copiar. Estaba aprendiendo laboratorio cuando me deportaron. Acá conseguí trabajo como asistente de otros fotógrafos, en la revista XXI que dirigía Jorge Lanata. Por entonces Rafael Calviño y Jorge Sáenz eran editores de fotografía ahí. Ellos me dieron una oportunidad para asistir a otros fotógrafos y cada tanto Calviño me daba un rollo de diapositiva para que se lo llevase revelado. Era para ver si yo tenía solidez técnica.

-¿Cómo aparece el porno en todo esto?

-Una vez saliendo de Revista XXI con Sáenz nos fuimos a comer una pizza a Ugi’s. Y ahí, no sé por qué, salió la conversación de que me gustaría fotografiar el porno argentino, me había quedado la gran duda de Los Ángeles. Me dieron ganas de saber cómo era el mundo del porno acá. Dí con un director conocido del género, Víctor Maytland. Su película más popular fue Las Tortugas Pinjas. Durante seis meses le pedí que me dejara sacar fotos en sus películas. Siempre me decía que no hasta que un día me dijo que sí. En ese momento el porno era mucho más tabú que ahora. Por entonces, yo estaba haciendo un curso como corresponsal en misiones de paz en Campo de Mayo, donde dormíamos. Me escapaba a la noche y me iba al microcentro, donde Maytland estaba haciendo la película Porno debutantes III.

-¿Qué tipo de fotos hiciste?

-A ver. Éstas no eran películas porno espectaculares como la gente se imagina. Era una producción más bien casera hecha con cámara VHS. Así como a mí me llamaba la atención ese mundo, a los mismos actores también les llamaba la atención porque era la primera vez que se filmaban entre ellos, o veían a sus parejas con otra gente. Por ahí pensaban que el otro tenía experiencia pero no, el único que tenía experiencia ahí era Víctor. Me empezó a intrigar cómo seguían luego con sus vidas.  Es algo que me llama la atención en general, que está en todos mis trabajos: cómo es la vida cotidiana en un contexto complejo. Me terminé haciendo amigo de las tres familias que protagonizaron esa película y durante dos años me dediqué a retratarlos. No era una vida fácil.

-¿Por qué?

-Una de las familias se había escapado de la mafia rusa. Y las otras eran de Uruguay. El único argentino era Héctor, la pareja de una de las mujeres. Cada vida tenía una carga importante. Muchos no se sentían bien, se sentían discriminados por diferentes razones y tenían temor de que otros se enterasen de qué trabajaban o de que sus hijos tuvieran problemas en la escuela por ese asunto.

-¿Cómo se encontró Tomás Eloy Martínez con estas fotos?

-Yo estaba haciendo un taller con Gonzalo Martínez, el hijo de Tomás. Éramos amigos y trabajábamos en Página 12, fuimos compañeros del taller de Fotografía que dictaba Sáenz, donde yo estaba trabajando en el ensayo que se muestra ahora. Así que Gonzalo conocía los pormenores de este trabajo. Pero fuera de los integrantes de ese taller, nadie sabía lo que yo estaba haciendo ni lo había visto. Tomás estaba esa noche cenando con un grupo de periodistas latinoamericanos, luego de haber terminando de dar un taller de la FNPI. Gonzalo me dijo que lo acompañe a saludarlo, sin ningún interés en particular mas que el de un hijo que va ver a su padre. Me lo presentó y le comentó lo que me encontraba retratando. Justo tenía conmigo varias cajas de papel fotográfico con decenas de copias de trabajo. Luego de mostrarle algunas imágenes, terminamos la noche mirando todas.

-¿Por qué mantuviste el trabajo guardado hasta ahora?

-Lo hice en un momento de mi vida donde era un poco inconsciente. Y cuando fui consciente, no quise mostrarlo más. Creo que tenía la madurez para hacer las fotos pero no la madurez para procesarlo. No me interesaba el porno desde la espectacularidad. En estas fotos no hay sexo explícito. Acá yo cuento quiénes son estas personas. Era eso lo que me interesaba saber.

Texto: Ivana Romero 

Foto: Verónica Martínez / Archivo Fundación TEM

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