Subrayados. Leer hasta que la muerte nos separe, es el nuevo libro de la escritora y crítica argentina María Moreno. Editado por Mardulce, reúne más de treinta ensayos imprescindibles sobre literatura, trabajados desde una mirada lúcida y erudita, a la vez clarividente y contemporánea. María Moreno logra lo que muchos no pueden: que la crítica literaria sea un espacio de vitalidad y de placer.
Presentamos Doty, un texto incluido en Subrayados y dedicado a la escritoria norteamericana Dorothy Parker.

«Si no doy una vuelta por el parque/ influiré sobre el mundo/ si estoy todos los días en la cama a las diez/ puede que mi aspecto regrese/ si me abstengo de la diversión y demás/ es probable que llegue a ser alguien/ pero seguiré siendo como soy porque me importa un bledo» decía en los subtítulos de la película Jennifer Jason Leigh mientras ponía voz de alcohol y reviente pero no perdía la modulación clara del Actor’s Studio. Homenaje tardío para Dorothy Parker, quien no pudo cobrar regalía por no haber sobrevivido mucho más allá de su último whisky.

Una vez un hombre le confesó a «Dotty» que cuando le había dicho que admiraba su obra, había mentido. Ella le contestó que también había mentido cuando le había sonreído. Otra vez le dijeron que otro hombre, muy inexpresivo, había muerto. Ella respondió «¿Cómo lo supieron?». Y cuando un tercer hombre le hizo muy mal el amor entre unos arbustos, ella lo consoló: «No te preocupes, jamás tengo en cuenta los ensayos». El arte de la réplica tiene la paradoja de congelar al otro y al mismo tiempo ponernos compulsivamente a su merced: tener la última palabra es una adicción y una condena. Se dice de Dorothy Parker que era ingeniosa. Sin embargo, cuando se contempla una serie de televisión desde El show de Dick Van Dyke hasta Casado con hijos, se sospecha que, o bien Parker influyó en todo el sistema de réplicas de la comedia norteamericana o bien perteneció a una cultura oral de la que ella era una más. Pero es probable que, como suele suceder, su fama de desopilancia social no fuera más que una manera de encubrir el genio de una obra poco canónica. Dotty (el diminutivo suele esconder intenciones paternalistas, mientras que el La junto el apellido es el pasaporte a la universalidad) fue, se sospecha, el chivo expiatorio de su generación, un ser llamado a representar, cuando todos los perdidos se han hecho burgueses, el pasado común, pendenciero, licencioso y chispeante.

Escritora por dinero -escribía bajo ese pretexto- fue víctima y cómplice de la eterna rueda de presos de los delincuentes culturales: el capataz de diseño gráfico que exige a la hora de cierre unos subtítulos para un cuento de Borges, el editor que rechaza una sutil historia de amor, furioso porque su adversario ha conseguido la foto del ministro del Interior acostado con una travesti, el productor que encarga que el caballo de Troya venga con respiraderos o saca de los créditos a Salvador Dalí: pero también del maître que no admite pedir «solo la entrada», el portero que escucha las quejas de los vecinos por escándalo, el consorcio que no admite mascotas, el mozo que se sobresalta ante el pedido de whisky de una dama sola.

Dorothy Parker pedía dinero. Como la mayoría de los mendigos era fastuosa e insensata y solía devolverlo en un gesto casi artístico: le regaló a Lilian Hellman un cuadro de Picasso y otro de Utrillo. Cuando su amiga lo consideró necesario se los reembolsó en forma de cheques. Dorothy Parker no recordó haber recibido ninguno. En su mesita de luz, luego de su muerte, le encontraron cheques firmados hasta siete años atrás. No era efecto de la dipsomanía sino una suerte de lección zen: «La caridad es criminal, y usted lo sabe. Pero creo que si el gobierno financia a sus artistas estos no tienen por qué sentir gratitud -el atributo más mezquino y despreciable del mundo- ni tienen que aceptar que les envíen canastos, ni tienen por qué listrar manzanas», dijo

Dorothy Parker se divirtió. Pero desgraciadamente nada de lo divertido queda. El recuerdo encubridor suele ser edificante pero lo que reprime es lo insoportable. El divertido es por esencia un ser que olvida, luego cree que no ha vivido. Su obra le es extraña, sus contemporáneos no le creen porque cuando relata saben que, creyendo o fingiendo recordar, inventa.

Esa era la señora Parker y el círculo vicioso (así tradujeron la película). C’est tout era el nombre de su perro de aguas.

Los que se arrogan tener los archivos del dandismo mucho más allá de una cuestión de vestuario a la Brummel o el desprecio por el dinero que unía al uruguayo Roberto de las Carreras -en 1904 escribió con forma de reportaje y cierto spleen anarquista el elogio de la mujer que lo había corneado frente a todo Montevideo- con nuestro Fernando Noy -vive como un duque anunque tenga los bolsillos vacíos mientras se estrena una de sus obras en plena calle Corrientes-, a las ovejas negras con los poetas decadentes, no registran mujeres dandis. Postulo la nominación para Dorothy Parker, quien aun ganándose la vida en la plebeya Hollywood se las arregló para seguir siendo pobre, original y excesiva, siempre con el amante adecuado para una infelicidad duradera y autora de una obra de la que nunca cobraría derechos de autor: la de una réplica ingeniosa o una salida oportuna de la que han muerto todos los testigos.

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