Selva Almada

El viento que arrasa, primera novela de la escritora entrerriana Selva Almada, va por su tercera edición, tuvo un récord de ventas en la última Feria del Libro de Buenos Aires y fue considerado uno de los libros del año 2012 en Argentina. Su segunda novela, Ladrilleros, editado también por Mardulce, promete compartir esa notoriedad.

Como uno de los objetivos de la Fundación Tomás Eloy Martínez es hacer un aporte a la formación de escritores y periodistas, intentamos, a través del diálogo que sigue, entrar en la cocina de la escritura de Selva Almada, y descubrir las diminutas piezas que componen su prosa.

Ladrilleros es una novela que empieza por su propio final. ¿Por qué tomaste esa decisión de estructura?

El disparador de la novela fue una anécdota que me contaron. Y de ese relato breve, de ese cuento de sobremesa, lo que más me había impactado era el duelo en un parque de diversiones. Es decir, no tanto el duelo en sí (las peleas en los parques son tan habituales como en los bailes, las fiestas, cualquier sitio por donde corra el alcohol) sino pensar a los moribundos allí tirados, con los juegos todavía funcionando, las luces, la música. La escena me parecía hermosa y potente: dos chicos veinteañeros (los de mi novela, no los de la anécdota) agonizando en un parque. Y cuando decidí esa primera escena, también apareció la idea de acompañar a los personajes en su agonía a lo largo de toda la novela; que se queden allí para siempre en ese parque que se va apagando como se van apagando ellos.

Al igual que El viento que arrasa, Ladrilleros tiene atmósferas muy precisas, casi tangibles. Si dieras una clase sobre «cómo elaboré la atmósfera de Ladrilleros», ¿qué tres cosas no dejarías de contar?

Bueno, creo que el estado agónico de los protagonistas, esta muerte que parece que no va a llegar nunca y que se mezcla con recuerdos, con situaciones del pasado, pero también con situaciones que no ocurren nunca, darle a la agonía la forma de una alucinación, creo que es un buen punto. Hace unos años murió una amiga mía, de cáncer, con su hijo la acompañamos los últimos días, le daban morfina y ella tenía de repente lapsos de lucidez y alucinaba. Ella fue lo más cerca que estuve de la agonía de alguien, así que por eso pensé en estos pasajes medio alucinados que tienen los personajes de el Pájaro y Marciano; estas escena “enrarecen” una narración bastante realista, por otra parte. Otra cosa puede ser el tratamiento del lenguaje: el lenguaje de Ladrilleros es violento, desbordado, sexual, físico y el narrador (que es omnisciente) se contamina de la oralidad de los personajes. Eso le da un sonido propio a la narración. Y de algún modo los flashbacks que son como pequeños descansos en los que el narrador se calma un poco y que al mismo tiempo permiten mantener cierto suspense sobre qué les estará sucediendo mientras a los agonizantes del parque.

 ¿Qué problema se te presentó durante la escritura de tu primera novela, que no se presentó o que pudiste sortear con facilidad durante la escritura de la segunda?

Durante la primera se me presentaron todos los problemas: no sabía cómo estructurarla, no sabía dónde poner los sermones, no sabía qué iba a suceder con esos personajes… pero bueno, eso es propio de una primera novela; uno tiene que ir aprendiendo sobre la marcha porque por más que haya cientos de páginas acerca de cómo escribir una novela, uno nunca sabe hasta que escribe una, y ni así, porque la siguiente seguro presentará otra serie de problemas. Pero en Ladrilleros no tuve un problema que me angustió bastante en El viento que arrasa, que era llegar al final y cómo sería ese final. Ladrilleros iba a terminar cinco minutos después de la primera escena y a eso lo tuve siempre claro, lo decidí antes de empezar a escribirla.

¿Cuál personaje de Ladrilleros fue más complejo de abordar y por qué?

El personaje que más me costó, que tuve que rumiar bastante antes de empezar a escribirlo, creo que fue Oscar Tamai, el padre del Pájaro. Quería mostrarlo como lo que es: un descansado, un violento, un buscarroña, pero a su vez un espíritu libre, de esos tipos que nunca se atan a nada. Y no quería que hubiese una opinión mía al respecto. No quería que el lector detestase a Tamai sino poder trasmitir la complejidad de esos hombres aparentemente simples, que uno muchas veces juzga a la ligera. Y creo que una escena que de algún modo lo reivindica o muestra esas dos caras, esa eterna contradicción, es la alucinación del Pájaro donde lo ve en la laguna tocando el acordeón.

Cuando periodistas y críticos escriben sobre tu obra, hacen siempre un fuerte hincapié en el hecho de que hayas nacido en «el interior». ¿Creés que existe algo así como una literatura porteña y otra de provincias?  ¿Y qué te produce personalmente la expresión «interior»?

No sé si podemos hablar de una literatura de provincias y de otra literatura porteña. Quizá sí de literatura urbana (en mi generación sobran ejemplos), y literatura que se corre hacia la periferia, que cuenta la Argentina profunda o que se sitúa en ciudades del interior. Pienso en Mariano Quirós o en Federico Falco, por ejemplo. Creo que la literatura que se produce en Buenos Aires es la que tiene mayor visibilidad, por lo mismo de siempre: aquí están las editoriales más importantes, el periodismo cultural, las librerías más grandes. Quizá el centralismo esté en la circulación de la literatura y es una pena porque seguramente nos estamos perdiendo de muchos buenos escritores que están produciendo, editando y circulando en sus provincias.

Crecí escuchando la expresión “del interior” o “el interior”. Yo siempre prefiero decir que soy de Entre Ríos, que no es lo mismo que ser de Catamarca o de Chubut. No me molesta la expresión, pero sí creo que simplifica, que uniforma algo tan singular y tan interesante como es cada provincia con su idiosincrasia, sus tonadas, su manera de ver el mundo.

Finalmente, tres escritores de Argentina y tres escritores extranjeros de los que sigas aprendiendo y que te han inspirado.

Voy a nombrar los cuentos de Daniel Moyano y dos novelas: Sudeste, de Haroldo Conti y La piel de caballo, de Zelarayán. Son lecturas puntuales a las que siempre vuelvo. De Moyano y Conti me gusta esa relación del hombre con el paisaje, esa manera de contar esa relación, tirante, incómoda pero también entrañable, inseparables uno de otro. Y de Zelarayán la maravillosa música de su prosa.

Y extranjeros Onetti, aunque me da no sé qué llamarlo extranjero, bueno, Onetti fue la primera lectura iluminadora que tuve, casi una revelación cuando empezaba a escribir. Y los cuentos de Flanery O’Connor y de John McGahern, los cuentos completos de ambos, siempre que los releo aprendo algo, descubro algún mecanismo, un engranaje, una diminuta pieza que hace que esos cuentos no se agoten nunca.

Fragmento de Ladrilleros

Se te viene la noche, Pájaro, piensa y medio sonríe porque ¿qué noche se presentaría con un cielo tan blanco como este? Quiere decir otra cosa, claro. Tiene que mantener la cabeza en marcha hasta que llegue ayuda. No se le ocurre cómo salir de esta. Tiene que proyectar recuerdos sobre ese cielo blanco que se parece tanto a la pantalla del Cervantes y agarrarse de ellos.
Vamos, Pájaro, vamos, acordate de algo.
Del padre no hubiese querido, sin embargo el muy hijo de puta se le aparece. No importa, chango, no importa, vos seguí. A la final, mejor que sea del padre de quien se acuerde ahora, porque es acordarse de él y sentir un fuego en las tripas, una rabia, unas ganas de encontrarlo y cagarlo a trompadas ahora que podría, ahora que es grande y podría llenarle la cara de dedos sin esfuerzo. Mejor que sea el padre: la bronca es un buen combustible. Pensar en el padre y seguir echando leña al fuego, qiue no se apague, que lo mantenga calentito porque, de a ratos, siente como un frío por dentro.
¿Cómo estará su viejo? ¿Dónde estará?
Ni un recuerdo que valga la pena. Le tenía miedo, aunque no pareciera. El padre creía que él lo desafiaba, pero no: era puro muedo, el miedo que tomaba esa forma, como los animalitos cuando se sienten cercados y atacan con toda la furia. En el fondo, puro cagazo. Y cuando dejó de tenerle miedo, cuanto dutvo el valor para enfrentarlo, el muy crápula se manda a mudar y lo deja pagando. Desaparece y él se queda con toda la rabia martillando en su cabeza como un arma descargada.

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