El periodista Jeovanny Benavidez ha hecho una gran entrevista al gran Juan Villoro y la comparte con FUNTEM. Una lúcida conversación sobre el periodismo narrativo con la siempre atractiva mirada que Villoro sabe poner a todo. ¡Que la disfruten!

Después de un viaje fugaz por Italia, Juan Villoro me había prometido un diálogo sobre la realidad del periodismo literario latinoamericano cuando llegara a España. El cronista, novelista, cuentista y  dramaturgo mexicano, que ha sido traducido desde Japón hasta Canadá, acaba de presentar en Madrid y en Barcelona su libro ¿Hay vida en la tierra?

Hay en su gesto, en ese gesto reiterado de acariciarse la barba cuando escucha, algo parecido a estar frente a un rabino. En el movimiento de sus manos y en la calidez de su mirada anida la profunda convicción que acompañan sus palabras. La soleada tarde madrileña en que Villoro desciende de su habitación del  hotel NH de Paseo del Prado para nuestro encuentro, se lo nota contento, pero no cansado, aunque hace solo unos minutos ha llegado del aeropuerto de Barajas. Cordial, sencillo hasta el extremo, el autor de la célebre novela El testigo habla de su trabajo como autor, de su estilo y de la búsqueda constante de dotar de sentido a sus historias.

¿Pasa la crónica periodística por un buen momento en América Latina o lo que pasa por un buen momento es la publicidad que gira en torno a ella?

Creo que el prestigio de la crónica es mucho mayor a la posibilidad de ejercerla. Hoy es mucho más fácil hacer un seminario de crónica, participar en un premio de crónica, una antología de crónicas, que publicar crónicas en los periódicos. Hay algunos espacios, pero no son suficientes. Tampoco hay una costumbre de que se asignen crónicas regularmente. Los grandes cronistas entre ellos Caparrós tienen que financiar ellos mismos sus proyectos. Si tú ves, la mayoría de libros recientes que él ha escrito han surgido de trabajos que ha hecho para las Naciones Unidas y que luego ha convertido en libros. Yo creo que hay muy buenos cronistas en lo individual, pero no es una tendencia tan colectiva como pudiera pensarse.

 Pero si nos fijamos en el caso de América Latina y las revistas especializadas que han surgido como Gatopardo, SoHo, Piauí, Anfibia, Etiqueta Negra, El Malpensante y otras. ¿Podemos pensar que hay un auge del periodismo literario en la región?

Yo creo que es relativo. Etiqueta Negra es una revista extraordinaria que hace un trabajo de redacción muy seria gracias a Julio Villanueva Chang, pero es una revista heroica que resiste como un guerrillero resiste en la montaña, que no puede comisionar textos y que más o menos depende de la solidaria participación de todos nosotros. SoHo es una revista que vive de las chicas desnudas, es un híbrido curioso que ha cambiado las costumbres de Colombia, porque es una ciudad menos prejuiciosa que la mexicana, cosa que yo celebro. El  trato con el cuerpo ha sido original de esta revista, pero no es una publicación que solo viva de crónicas. El Malpensante es una revista al borde de la quiebra permanentemente. Gatopardo comenzó ofreciendo un premio que era la oportunidad que nunca tuvo García Márquez, así decían ellos, de ganar un apoyo extraordinario por una crónica. Yo fui jurado de ese premio. Pero eso fue una ocasión excepcional, no pudo mantenerse. Anfibia solo figura en internet. Entonces, si analizas puntualmente las publicacioneste darás cuenta que son casos excepcionales que afortunadamente en todos estos lugares los hay. Cuando yo empecé haciendo periodismo nadie hablaba de crónica. Simplemente tú escribías un texto que podía tener un punto de vista narrativo más personal o que podía ser más extenso. Por supuesto que ha habido grandes cronistas, pero el término no era tan importante y tú buscabas un espacio más o menos híbrido para publicarlo. Podía ser el suplemento de algún periódico o de una revista. Y yo creo que en ese sentido las cosas no han cambiado tanto; han cambiado los estímulos, los apoyos y el prestigio, pero no el número de buenos cronistas a pesar de que la realidad mexicana y la latinoamericana en general se presta mucho para la crónica.

2. Villoro

La cuestión es para quién estamos escribiendo. Hace poco hablé con Leila Guerriero y me dijo que cree que hay un riesgo de escribir solo para los cronistas. ¿Crees que las crónicas están yendo a un público determinado o nos estamos leyendo a nosotros mismos?

Yo creo que eso depende. Cuando Leila hace un perfil extraordinario de Facundo Cabral yo creo que esto tiene muchos niveles de lectura. Le interesa a los fans de Facundo Cabral, le interesa a quien quiera leer una nota sobre un mito latinoamericano, sobre un artista interesante y que tuvo un desenlace fatídico. Le puede interesar a alguien con morbo de nota roja. Entonces yo creo que hay muchos niveles en un texto como ese de Leila. Y como te decía antes, cuando yo empecé a escribir nosotros no buscábamos guetos de crónica, sino simplemente tratamos de publicar la crónica donde fuera. Yo creo que estamos apelando a cualquier tipo de lector y la apuesta para nosotros ha sido siempre hacer algo distinto en el lugar donde nos dejen hacerlo.

Hace no mucho tiempo conversé con Caparrós. Lo vi preparar una larga entrevista que le hizo a Schoklender, este delincuente que apoyó a las Madres de la Plaza de Mayo, digamos que era alguien que delinquía con una causa noble, que parte de su delito tenía que ver con eso. Y se confesó con Caparrós. El resultado fueron cuarenta cuartillas. Un texto muy extenso que nadie te puede publicar. Es casi un librito. Y él decidió colgarlo en su blog para que la gente que quisiera lo descargara, lo imprimiera, lo leyera a trozos. Y fue un ejercicio interesante porque él creo un medio propio para ese texto. En la red no hay límites de espacio, es cierto que es muy difícil leerlo en pantalla, pero lo puedes descargar e imprimir. Entonces yo creo que esto nos habla de que el periodista se ha dado a sí mismo asignaciones que no le van a dar sus jefes de redacción y ha buscado sus propios medios expresivos.

 ¿Y ante esto, cuál es la reacción de los cronistas más jóvenes?

Me encuentro en talleres y pláticas con jóvenes periodistas que tienen la permanente queja de que no encuentran suficiente espacio ni tiempo para hacer periodismo de investigación, crónica o textos que requieren de mayor elaboración. Y yo les digo que basta con ver el ejemplo de Kapuscinski para saber que el periodista debe buscar su propio espacio contra viento y marea. Él escribía para una agencia periodística que tenía una sólida restricción temática y estilística, mandaba despachos que consideraba insulsos. A veces, como dos o tres al día. Eso lo utilizaba como cantera para libros posteriores que en ocasiones tardaba treinta años en componer. Entonces yo creo que el ejemplo de Kapuscinski es muy elocuente para nosotros, porque puedes ir buscando un espacio personal.

Cuando yo fui por primera vez a cubrir un campeonato mundial de fútbol no había la costumbre que escritores hablaran del tema, aunque ya estaba el precedente en España de Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Galeano en Uruguay, pero era algo que no se había generalizado tanto. Te hablo de 1990, en el Mundial de Italia. Entonces yo quería hacer otro tipo de crónica de fútbol y utilicé una serie de pretextos extra futbolísticos para lograrlo. Por ejemplo, en el Mundial de Italia hubo circunstancias muy peculiares como que Madonna se enamoró de Roberto Baggio, el Papa Juan Pablo II era aficionado al fútbol, la Cicciolina se involucró en discusiones sobre el mundial. Entonces había toda una realidad social que justificaba otro tipo de crónica.

Hasta hace poco nadie hablaba de la crónica y del periodismo literario en las universidades. Ahora hay tesis doctorales sobre esta forma de hacer periodismo. Esta situación, ¿ha contribuido al fortalecimiento del periodismo literario o a esta disciplina es algo que le resulta indiferente?

Yo creo que eso forma parte de una recuperación general de la cultura popular que no es nueva. Quizá empezó en los años cincuenta con libros como “Apocalípticos e integrados” de Umberto Eco, “Mitologías” de Roland Barthes. En México, Carlos Monsiváis escribía tanto de temas cultos como de temas de la así llamada “cultura popular”, combinándolo sin mayores prejuicios. Entonces ha ido avanzando la cercanía entre las distintas formas de representación culturales y las bellas artes. Por ello no es insólito que en Brasil haya libros sobre samba, sobre el tropicalismo que unió tanto a la poesía como a la música tropical brasileña.

Yo creo que este fenómeno de la crónica se inscribe dentro de este nivel generalizado de estudiar la fotonovela, el folletín. Hay mucha mayor apertura, se han abierto carreras de estudios culturales, esto es una moda muy fuerte en los Estados Unidos junto con los estudios de género.

En América Latina ya hay muchos lugares donde puedes hacer una maestría en antropología de la cultura o en estudios culturales. Yo creo que la crónica se inscribe en esto porque es un cruce de caminos muy interesante entre la alta y la cultura popular. Y también es el mejor testimonio que podemos tener para combinar la información con la emoción. Es decir, los datos duros del reportaje, la estadística, con la manera personal de vivirlos. Todo esto es una historia sentimental y a la vez es una historia fáctica de nuestro tiempo. Entonces no puede dejar de ser estudiada.

¿Cómo ha evolucionado tu mirada como periodista literario, como cronista, a lo largo de toda tu trayectoria, qué es diferente en Juan Villoro hoy que hace veinte años?

Te van interesando otras cosas y vas cambiando de carácter. No sé qué tanto, porque hay demasiadas cosas que se mantienen. Por ejemplo, a mí siempre me han interesado muchos los detalles pequeños que definen a los personajes de ficción o de no ficción. Me ha interesado mucho la vida cotidiana como un misterio y esto tiene que ver no solo con figuras desconocidas que forman parte del entorno común, sino con grandes personajes. Yo creo que todos ellos se definen en una clave íntima. Hoy escribí un texto sobre dos miradas a un mandatario, producto de una conversación que acabo de tener con Sergio Ramírez, el escritor nicaragüense. Él le preguntó a Carlos Fuentes y a Gabriel García Márquez qué era lo que más les había impresionado cuando cenaron con Bill Clinton.

Una famosa reunión de la que ambos habían escrito, pero no habían dicho qué era lo más importante. Y la respuesta de ambos define la estética que han asumido en la literatura, porque Carlos Fuentes dijo que lo que más le había impresionado es que Bill Clinton había recitado de memoria varias páginas de William Faulkner. El propio Fuentes era un muy buen orador, era un gran conferencista, era un hombre de mucho carisma intelectual. Y le impresionó esta capacidad de discurso, de retentiva, de oratoria.

En cambio a García Márquez le impresionó un detalle menor, muy humano, y yo me asocio con este cronista. Por supuesto, no todos logramos lo que él ha logrado. Y a él lo que le impresionó fue que Bill Clinton habló tanto durante la cena que prácticamente no comió. Después, cuando ya se estaban despidiendo, desapareció un rato, entró a la cocina, y García Márquez se asomó a verlo y observó que Clinton como no había comido casi nada estaba mordiendo un trozo de pan. Entonces, esta imagen del hombre más poderoso del mundo masticando un mendrugo es puro García Márquez, pero es una clave sobre la futilidad del poder. Puedes ser el hombre más rico del mundo, pero comes las sobras de pan. Entonces, a mí ese tipo de mirada me interesa mucho, esta mezcla de los detalles nimios, de lo cotidiano con cualquier circunstancia, ya sea en una crónica de vida íntima o en una crónica de personajes importantes. Y eso yo creo que ha sido una constante.

Ahora que todos te consideramos un escritor, un cronista consagrado, ¿te es más fácil escribir de lo que tú quieres?

Yo he sido un cronista bien atípico, porque la mayoría de quienes han ejercido la crónica son personas que vienen del periodismo, personas que han trabajado mucho tiempo en redacciones y que han encontrado en la crónica una forma más literaria de ejercer el oficio que todos los días practican. En mi caso fue al revés, porque yo escribía y publicaba cuentos y empecé publicando algunos ensayos. Y la crónica no fue para mí algo que yo hiciera como manutención, sino que fue algo que empecé a hacer por afición. O sea, escribía más ficción que crónica, pero de pronto quería hacer una crónica. Era como una visita a la realidad. Harto de estar aislado en un cuarto imaginando personajes, de pronto sentía que la realidad me diera lecciones y que yo fuera su aprendiz. Y entonces empecé a hacer la crónica de forma voluntaria. La mayoría de las crónicas que yo he publicado han aparecido en revistas ya desaparecidas, en revistas que se la jugaron en autores tan raros como yo que quebraron todas ellas. Nunca vi a la crónica como algo impuesto ni nunca me dijeron en periodismo: “Es que tienes que escribir de este tema para garantizar tu fuente”.

 ¿Y qué te decían tus editores?

Yo les llevaba un texto raro. Y los rechazaban en un lugar, en otro y en otro. Hasta que finalmente lo aceptaba una revista que quebraba a los dos números. Todo esto iba cambiando. Por ejemplo, algunas de las revistas que me rechazaron luego me han contratado como maestro de su redacción, lo cual me parece un pequeño triunfo, que de alguna manera se han ido acostumbrando a que esos textos que eran locos ya no lo son tanto. Siempre hay eso

 Pero ¿hasta dónde es posible ejercer el tipo de periodismo que tú practicas?

Yo tengo una columna en el periódico Reforma, que es muy libre y que por momentos se ocupa de temas muy obvios de la opinión pública como las elecciones o la corrupción en los políticos, casos puntuales que todo mundo está discutiendo. Pero se preocupa también de las costumbres, de la manera en que vivimos hoy en día. El libro que he presentado en Madrid y en Barcelona “¿Hay vida en la tierra?”, trata justamente como del reverso de las grandes noticias. Son historias de lo real, muy inspiradas y con toda proporción guardada de las Jirafas que escribía García Márquez cuando era joven.

¿Fue por esto que Carlos Monsiváis te decía que no  había que hacer tan literato en la elección del tema sobre el que vas a escribir?

Sí. Hace diez años exactamente, en octubre de 2004 me invitaron a escribir en el periódico Reforma en plan quincenal. Fue lo que me ofrecieron y luego ya me volví colaborador semanal. Entonces escribí un primer artículo sobre nuestro dios de la lluvia Tláloc, porque se había descubierto que la estatua de Tláloc, que esun monolito muy grande que está en paseo de la reforma en realidad, no era de Tláloc. Esto significaba que nosotros habíamos venerado una deidad equivocada. Yo hablaba de este falso dios y era un tema entre lo cultural y noticioso. La segunda columna, a propósito del Óscar que le habían dado a Nicole Kidman por el papel que representó de Virginia Woolf y en donde su nariz hermosísima había sido cambiado por una bastante fea. Escribí un texto que se llamaba “La nariz expresiva”, donde yo hablaba de la función de la nariz en la sociedad contemporánea. Era un texto muy caprichoso. Ahí fue cuando Monsiváis me dijo: “Estás perdido. Si quieres seguir en esta sección política, te van a correr si continuas escribiendo esas locuras”. Él me lo dijo en buen plan, como un consejo de colega. Hasta cierto punto le hice caso para sobrevivir y también por interés, porque me interesan temas políticos y porque en México abundan los temas que se deben decir y nosiempre se dicen. Tenemos una clase intelectual muy conformista. Entonces me pareció importante reaccionar ante algunos asuntos. Y siempre fui colando estas historias que me parecen periodísticas en la medida en que trazan un cuadro de costumbres y definen lo que somos. Un libro como “¿Hay vida en la tierra?” es el resultado de 16 años de estar metiendo de contrabando estas historias.

 

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