Tienen en su sangre la herencia de figuras clave de la literatura argentina. Los hijos de Tomás Eloy Martínez, Roberto Arlt, Ernesto Sabato y Leopoldo Marechal recuerdan a aquellos geniales escritores

La obra de cuatro de los máximos exponentes de nuestras letras sigue viva. Sus ideas, los universos que construyeron y sus voces continúan latiendo a través de sus textos… y de sus hijos. Herederos de un apellido y de un legado único, trabajan para que nunca se apague la memoria de aquellos hombres que cambiaron el curso de la literatura, el periodismo y la historia argentina. Recuerdan a ellos, que inspiraron a tantas generaciones y que desafiaron los prejuicios del establishment literario, denunciaron los excesos de nuestros gobiernos, crearon géneros nuevos y escritos inmortales. Los hijos de Tomás Eloy Martínez, Roberto Arlt, Ernesto Sabato y Leopoldo Marechal hablan en estas páginas sobre el legado que llevan en la sangre.

«TENÍA UNA GRAN CURIOSIDAD»

Javier, Gonzalo, Blas y Ezequiel, cuatro de los hijos de Tomás Eloy Martínez, hablan de la rigurosidad profesional y la generosidad en el vínculo del autor de La novela de Perón

Tomás Eloy Martínez (1934-2010) es un autor fundamental de nuestra literatura, a través de La novela de Perón y Santa Evita (la novela argentina más traducida de todos los tiempos), que fueron inspiradas a partir de su entrevista con Juan Domingo Perón en Puerta de Hierro. Nacido en Tucumán, llegó a Buenos Aires muy joven y no tardó en ocupar un lugar en el periodismo, donde brilló desde la gráfica y la TV. Fundador de periódicos en América latina, fue también docente en la Rutgers University, de Nueva Jersey, y como novelista fue distinguido con el premio Alfaguara por El vuelo de la reina.

Martínez tuvo siete hijos: Tomás, Gonzalo, Ezequiel y Paula (con Lilian von Ziegler); Blas Eloy y Javier (con Blanca Goncalves), y Sol-Ana (con Susana Rotker). De ellos, los que viven en Buenos Aires participaron en esta nota donde recordaron a un padre generoso, de quien heredaron una virtud: la curiosidad. Gonzalo, editor fotográfico de Página 12; Ezequiel, editor general adjunto de la revista Ñ; Blas, cineasta (recientemente estrenó El notificador), y Javier, geógrafo y gestor cultural, llevan adelante la Fundación Tomás Eloy Martínez. Esta iniciativa nació a partir del propio escritor, con el fin de estimular y formar a las nuevas generaciones de narradores y periodistas.

¿Cómo era Tomás como papá?

Javier: Buenísimo. No se ocupaba de las cosas de un papá normal, como llevarte al dentista, pero sí se preocupaba por nuestra curiosidad. Ibas con una consulta del colegio o de la universidad y te sugería un libro y te dedicaba horas. Se acordaba la página exacta donde estaba el material que buscabas. Para mi cumpleaños de 25 me preguntó qué quería hacer y le dije que quería ir a Atlantic City con Blas. Vivíamos en los EE.UU., a un par de horas de esa ciudad. Fuimos al casino, y eso que ninguno era jugador. Nos dio 100 dólares y ganamos 300, cenamos y regresamos. Jamás me olvido de esa noche.

Gonzalo: En la intimidad era pícaro y tierno. Estaba muy presente. Quería ayudarte y hacerte la vida más fácil. Y también era distante por obligación, no hacía de su espacio de escritura un lugar muy cercano.

¿Hablaban de literatura con él?

Blas: En un momento Ezequiel y yo escribíamos. Él se interesaba mucho en las cosas que hacíamos. Era muy rígido, a veces, con las críticas, pero siempre tenía una buena justificación.

Ezequiel: Cuando escribía Purgatorio viajé con él a Boston para una operación que él se tenía que hacer. Me insistía para que la corrigiéramos juntos. Era muy humilde, porque me escuchaba y él era un escritor consagrado. Siempre fue así, de prestar atención a los comentarios de quien fuera.

¿Tenía alguna rutina de escritura?

E: En los últimos años, cuando vivió en la Argentina, habíamos recibido una especie de instructivo en el que nos indicaba los horarios en que se encerraba a escribir y no lo podíamos llamar por teléfono. Él tenía un cartelito en la puerta de su escritorio que decía: No molestar. El narrador narra.

J: Hacía eso porque no le era fácil escribir. Era muy disperso porque le gustaba mucho leer. Se levantaba temprano y leía todos los diarios y recién a las 9 empezaba a escribir. Nunca fue noctámbulo.

Su padre está vinculado con el peronismo como un gran especialista en la materia. ¿Cómo toman esta asociación?

E: Su gran temor era que lo etiquetaran de peronólogo. Tuvo un acceso privilegiado porque entrevistó a Perón como corresponsal en Europa de la Editorial Abril [Blas hizo un documental con las grabaciones de esta entrevista en España en 1970] y con ese material se inspiró para hacer La novela de Perón (1985). Fue la punta de un iceberg que lo llevó a investigar las contradicciones entre lo que contaba Perón y la realidad de otras fuentes. En el medio cortó, justamente para que no lo etiquetaran con el peronismo, y escribió esa novela tucumana, como él llamaba a La mano del amo. Pero ya tenía en la cabeza a Santa Evita (1995).

B: Era un buscador de historias. En Perón vio un personaje y él fue un estudioso del peronismo a la fuerza. La construcción de esa historia fue lo que lo obsesionó.

G: Para los peronistas era radical, y para los radicales, peronista.

¿Hay mucho de autobiográfico en su obra?

G: Sí. Nuestras historias familiares están ahí. Las tomaba, las coloreaba. La mano del amo muestra muy bien cómo fue su madre.

E: Purgatorio es la más autobiográfica de ellas, donde va contando el proceso de su enfermedad. Sus médicos aparecen con sus nombres reales, como una manera de agradecimiento. Ese vicio periodístico de chequear toda la información está en sus novelas de ficción. En Purgatorio se documentó sobre ese período de los 70 en los que él no vivió en la Argentina. Por ejemplo, investigó cómo eran los concursos de belleza de la época y pudo encontrar a Nelly Raymond, a quien entrevistó, para que esa ficción fuese creíble.

J: Incluso eso hizo con su propia enfermedad. Compraba libros y leía con gran curiosidad porque quería entender qué le pasaba.

G: Tenía una gran curiosidad por la muerte. Se fue en paz y muy curioso con qué le pasaría luego.

¿Cuál fue el gran legado que dejó a nuestra cultura?

J: Sin curiosidad no hay conocimiento, eso lo transmitió a sus hijos y también a la gente que trabajaba con él.

E: Creó ficciones a través de la historia. Es decir, tomaba la historia y la ficcionalizaba, pero con tanto rigor por la documentación que muchas veces el lector no entiende dónde termina lo verdadero y dónde comienza lo falso. Y en cuanto a lo periodístico, fue un tipo muy generoso. Él llamaba a sus redactores y les reescribía las notas, y encima los felicitaba y les hacía sentir que ellos mismos la habían escrito. Atendía al periodista de una revista barrial o a un jefe de redacción del mismo modo. Desde lo humano también estamos orgullosos de él.

Por: Laura Ventura

Medio: La Nación

Fecha: 09 de diciembre de 2012

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