“El viaje interpela la identidad de cada viajero”, dijo Christian Kupchik en un tramo de su taller Crónicas de viaje. Y si esto es así, otro tanto hace la escritura al ofrecerse como un espejo opaco que deja registro de lo que somos pero que, a la vez, devuelve una imagen extraña, novedosa, distorsionada de nosotros mismos. En ese marco, Kupchik propone una serie de autores –desde Marco Polo a Paul Theroux, desde Bruce Chatwin a VS Naipaul- y algunas posibilidades de abordaje de un género relativamente novedoso. Y es que, según Kupchik, la escritura sobre viajes no tiene más de un siglo.

¿Qué es un viaje y que contacto tiene con la escritura? ¿Qué ocurre cuando una crónica de viajes desea ir más allá del hecho objetivo? ¿Es posible pensar la crónica como género de la historia? ¿Puede albergar la escritura de viajes espacios utópicos o distópicos? Éstas son algunas de las preguntas que atraviesan el taller. Y que, claro, no tienen respuestas unívocas.

En cuanto a la “novedad” del género, Kupchick dijo: “Los estudiosos del siglo XIX jamás ubicarían a Ulises o a Heródoto como referentes de esta literatura por sus vínculos con los viajes. Es decir, la literatura de viajes no tiene un sujeto epistemológico al cual abrazarse. ¿Por qué? Porque quedaba subsumida por la misión que la ponía en camino. Darwin o Perito Moreno eran viajeros científicos. Es decir, lo hacían era asimilado como literatura científica. Se viajaba para comerciar, para descubrir. Las crónicas de Indias, que son maravillosas, tampoco eran consideradas literatura de viaje”.

Sin embargo, sí existió desde el siglo XIX el viaje como rito iniciático. “Aún entre los años 20 y los 30 del siglo pasado, los chicos que terminaban la escuela iban a trabajar a un barco o carguero. Uno de nuestros mayores escritores, Lucio Mansilla, hizo esa experiencia. Michael Lowry, el autor de Bajo el volcán, venía de una familia aristócrata pero su padre lo obligó a embarcarse y de allí surge su libro Ultramarina.”

El vínculo entre viaje e historia es otro de los núcleos del taller. Pero a la vez, cuando los viajeron transmitían información de una comarca a la otra, se abría un espacio frondoso para la imaginación. En ese sentido, Kupchik se detuvo en Ctesias de Cnido, un médico jonio que en el siglo quinto AC participa de una batalla contra los persas y es hecho prisionero. Al ser médico, el rey decide que puede estar en la corte, aún bajo arresto. Así es como mantiene contacto con comerciantes y embajadores que le traían noticias de otras tierras. Él empieza a tomar notas y escribe Pérsica y luego Índica. “Este último libro, sobre todo, es muy particular porque da una serie de descripciones que ponen en juego el concepto de verosimilitud. Así habla de leones con rostros humanos y otras rarezas. Y es que en definitiva, él hace sus descripciones en función de lo que le cuentan”. Sucede que un viaje traduce lo desconocido. Y en esa traducción, la imaginación y la cultura también moldean formas de mirar y narrar.

Texto: Ivana Romero

Foto: Verónica Martínez / Archivo Funkupchik con alumnosdación TEM

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