Hoy, 17 de octubre, es conocido en Argentina como el Día de la Lealtad, en conmemoración a la jornada de 1945 en que una gran movilización popular exigió la liberación del entonces coronel Juan Domingo Perón, preso en la isla Martín García.

Esa fecha fue tomada en 1995 por Tomás Eloy Martínez como punto de partida para escribir el texto que sigue, y que pasaría a formar parte de los libros El sueño argentino primero, y Réquiem por un país perdido después.

JDPJohn William Cooke definió, hacia 1957, que el peronismo era “el hecho maldito del país burgués”. Quería decir, tal vez, que era lo inaceptable, el aliento de las profundidades, la transformación de los cimientos. Vaya a saber en qué se ha convertido el peronismo, pero hace ya tiempo que ha dejado de ser un “hecho maldito”. Se lee, ahora, como otra de esas escrituras sacramentales de la historia sobre las que hay muchas interpretaciones y casi ninguna discusión.

Más de una vez me quejé de que los biógrafos escribieran sobre Perón como si no tuviera pasado y hubiera nacido, en verdad, el 17 de octubre de 1945. Los años de formación, el Colegio Militar, la vida con la abuela, el primer matrimonio, las travesías a Chile y a Italia en vísperas de la Segunda Guerra: todos ésos eran episodios que los biógrafos –sobre todo los adictos– despachaban en pocas páginas. El propio Perón esquivaba esas historias remotas. Hablaba con dispendio de sus obras de gobernante pero cuando se le preguntaba –es un ejemplo– por su primera mujer, respondía con parquedad filosa: “Era una buena chica, concertista de guitarra. La llamaban Potota”.

Conocí a Perón la aciaga noche del derrocamiento de Arturo Illia, en 1966. Hablé con él durante tres horas, pero de ese diálogo se publicó sólo una página, menos de trescientas palabras, en la edición especial que el semanario Primera Plana dedicó al golpe militar. Después, cada vez que yo pasaba por Madrid (un par de veces por año), llamaba al General por teléfono para preguntarle por su salud y por sus planes. Dejábamos caer un par de frases triviales y eso era todo. En aquellos años, Perón era algo así como un enfermo contagioso para el periodismo argentino. Lo frecuentaban poquísimos amigos: Jorge Antonio, el cantante Carlos Acuña, el boxeador Gregorio Peralta. El dictador Francisco Franco no le contestaba las cartas.

El ostracismo del General no se había atenuado en 1969, cuando la editorial Abril me mandó a París para que sirviera como corresponsal europeo. Su importancia política era tan tenue que no se me hubiera ocurrido entrevistarlo si Norberto Firpo, entonces director de Panorama, no me lo hubiera sugerido.

Una mañana de febrero de 1970 llamé a la quinta 17 de Octubre, en Puerta de Hierro, con la vaga intención de pedir una cita. Para mi sorpresa, el propio General atendió el teléfono. “Quisiera hacerle una entrevista”, le dije, con una torpeza que no consigo olvidar.

“Hasta fines de marzo no va a ser posible”, me contestó. “Tengo que ir a Barcelona para que el doctor Puigvert me saque unos cálculos de la vejiga. Déjeme ver”. Lo sentí barajar sus propios tiempos al otro lado de la línea. “Venga el 26, a las ocho de la mañana”. El General solía imponer a sus visitantes esas horas de tormento.

“Ahí voy a estar”, le dije.

“Espérese”, me atajó. “¿Qué me va a preguntar?”

Por un segundo interminable quedé con la mente en blanco. No tenía la menor idea de un cuestionario que le interesara a él y a los lectores. Los montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias no habían aparecido aún en el horizonte, esgrimiendo su nombre como bandera.

“Me gustaría que me cuente su vida, desde el principio”, le respondí, por instinto. “Tal vez ya es hora”.

Sentí su silencio al otro lado: las lentas plumas del pasado cayendo sobre su cabeza.

“Tiene razón”, dijo. “Ya es hora”.

Desde el 26 de marzo hasta el domingo 29 –cuatro días–, grabé las memorias que el General había dictado a su secretario/mayordomo de aquellos tiempos, el cabo retirado José López Rega. A veces, Perón incorporaba digresiones al relato e iba llenando los vacíos. Otras veces, López corregía los recuerdos de Perón o los aderezaba con comentarios insólitos. La historia que me llevé de Madrid, la noche del 30, era plana, convencional, limpia de emociones. Tardé casi una semana en ensamblar los pedazos y componer una versión con la que Perón estuviera de acuerdo. Más de una vez me había pedido que detuviera el grabador o que no tomara en cuenta alguna de las frases involuntarias sobre su madre o su prima María Amelia, que se le habían caído de la lengua en momentos de cansancio. Respeté todas esas decisiones, una por una.

El 6 de abril le envié a Madrid un primer borrador, que él me devolvió al día siguiente con siete u ocho páginas suprimidas, en las que se aludía –recuerdo– a Evita y a Augusto Vandor. Esas memorias aprobadas por el General aparecieron en la revista Panorama a mediados de aquel mes. Otras declaraciones –sobre la muerte de Vandor y sobre “la liberación de los pueblos”– se publicaron como entrevistas en los dos números siguientes. A comienzos de mayo, llamé a Perón por teléfono para preguntarle si estaba conforme.

“Completamente”, me dijo. “Estoy diciéndole a los muchachos que ésas son mis memorias canónicas”.

Yo no estaba satisfecho, en cambio. Me parecía que el texto tenía demasiadas lagunas y que, en algunos puntos, difería de los documentos invocados en la conversación. Cuando volví a la Argentina, a comienzos de 1971, entrevisté a dos amigos de la infancia del General –uno de ellos era su prima hermana–, a ex compañeros de promoción en el Colegio Militar, a una de sus ex cuñadas –María Tizón– y a decenas de testigos de otros episodios de su pasado. A la vez, como los datos que el propio Perón me dio sobre el noviazgo de sus padres eran imprecisos y contradictorios, conseguí en el Registro Nacional de las Personas una copia de la partida del matrimonio de Mario Tomás Perón con Juana Sosa. Supe entonces que el General era hijo ilegítimo, lo que a comienzos de siglo hubiera podido arruinar su carrera militar, pero que, al casarse en 1901, los padres lo habían reconocido a él y a su hermano Mario Avelino, cuatro años mayor.

En aquella época yo tenía una fe tan ciega como ingenua en las verdades históricas y me parecía que, si el General había falseado muchos datos de su biografía, era por inadvertencia o por desconocimiento y no porque quisiera convertir su vida en lo que López Rega llamaba “un monumento inmaculado”.

Entre agosto y setiembre de 1971 le envié copia de todos esos certificados y relatos, y le pedí permiso para incorporarlos a una versión anotada de las memorias. Tres meses después no me había contestado. El aire de Madrid hervía entonces de mensajeros y de presagios. Perón tenía el cadáver de Evita en el jardín de invierno de su casa, estaba trenzado con Alejandro Lanusse en una feroz pulseada por el poder, y no pasaba semana sin que recibiera a uno u otro representante de “la juventud maravillosa”, ante los que predicaba las virtudes de la violencia.

Dos o tres veces le mandé cartas con algún emisario encareciéndole que me contestara hasta que por fin, en marzo de 1972, Diego Muniz Barreto regresó con la noticia de que “el General quería dejar sus memorias tal como estaban”, sin tocar una coma. “El Viejo está podrido de todo eso. No hay que joderlo más”, me dijo Diego.

Sólo décadas después, cuando volví a leer esos papeles amarillos, comencé a entender por qué Perón quería que su vida comenzara sólo a los cincuenta años.

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