Compartimos, en el habitual ciclo de cuentos, El Porvenir, un relato de la escritora argentina Virginia G. Gallardo. Este cuento forma parte del libro homónimo publicado por Ediciones Simurg en 2012. “Llena de sutilezas y precisión, la escritura de Virginia Gallardo ha sido una de las sorpresas más agradables que me haya encontrado últimamente”, escribió Eduardo Becerra en la contratapa del libro.

Yo tuve paz alguna vez. Sé que fui capaz de ser yo misma y estar conforme con eso que era. Iba a trabajar, tenía mi novio, nos divertíamos mucho, salíamos a la noche a cenar y a tomar algo con amigos, íbamos al teatro, a recitales…yo era creativa en una oficina, me gustaba el arte, la historia, me daba placer la ropa, la moda, vestirme diferente, cambiar de estilos. Un día me hice un tatuaje chiquito en el omóplato y me gustó tanto que seguí haciéndome cosas hasta que terminé tatuándome el brazo entero, el hombro, el pecho y parte del cuello con un diseño de flores azules, verdes y rojas que había hecho yo misma en mis noches creativas en casa, tomando un vodka con naranja, fumando un cigarrillo y disfrutando de esas horas que tanto me gustaban. Tenía muchos amigos, mis cumpleaños siempre se llenaban de gente que me quería, que había conocido en las distintas etapas de mi vida, en el colegio, en los cursos de arte, en la facultad, en las fiestas, en el trabajo. Alquilaba un PH divino en una de las mejores calles de Palermo, cerca de la productora donde trabajaba y de muchos amigos y conocidos. Me pregunto qué pasó con todo eso, en qué momento aflojé y perdí el tren, en qué momento empezó a ser todo tan difícil y complicado. Veo la tele y envidio la vida de todo el mundo. Cualquier reportaje pedorro me hace llorar. Si una actriz se enamoró, me siento contenta y pienso que algún día me podrá pasar a mí. Si cuenta que golpeó puertas y puertas hasta lograr el papel que quería y que desde entonces fue tan afortunada de hacer lo que le gusta, como actuar, cantar o bailar, lloro, porque lo cuenta como si fuera algo tan fácil, y para mí es tan difícil. Si no veo un rato de tele todas las tardes, mis días grises y monótonos son solo eso, días grises y  monótonos. La cama me tira y no puedo levantarme por las mañanas. Me quedo pensando y pensando hasta que Marta me viene a despertar. Repaso partes del pasado, trato de entenderlo. A veces estoy una semana entera recordando un diálogo, o una escena de mi vida sin poder llegar a alguna conclusión. Otras pienso que estoy a punto de entender algo, que recordar me va a servir para poder tomar coraje y salir de acá. Pero estoy empezando a perder las esperanzas, lo único que sé es que tengo sueño y quiero dormir, que me gustaría no tener que levantarme nunca de la cama, no tener obligaciones, ni nada que hacer, que nadie me conozca, que nadie me hable. Lo que más repaso en mi cabeza son los últimos días de despreocupada e ignorada felicidad. Los habré recordado ya más de mil veces buscando una explicación, tratando de entender qué pasó, cómo hice para perderlo todo, para dejar de comprender cómo funcionan las cosas, cómo funcionaba yo, cómo mantenía en movimiento los distintos aspectos de mi vida sin que eso fuera un esfuerzo. Era como una malabarista entrenada y ágil, que mantenía en el aire cuatro, cinco, seis hasta siete pelotas con gracia y destreza y encima sonreía y la pasaba bien. En esos días tenía el pelo corto y me peinaba con mucho gel. Me había hecho unas mechas verdes, sin pensarlo, porque el peluquero medio loco al que yo iba me lo había sugerido y yo le dije – ¡Y dale! ¿Por qué no? ¡Hay que innovar! – ¡Mechas verdes! Ahora ni se me ocurre. Tengo el pelo todo florecido y sin forma y hace un mes que vengo pensando en ir a cortarme las puntas. Porque dudo. Dudo de todo. Algo tan simple como ir a cortarme el pelo me parece un paso gigante. Estoy cansada y no sé lo que me podrá pasar en el camino, me puede pisar un auto, como le pasó al tío de Gonzalo, me puedo volver a sentir mal y quedar tirada en el medio de la calle, me pueden asaltar, a la peluquera le puede temblar la mano y cortarme la cara, o meterme la tijera en el ojo. ¡Me puedo llegar a quedar sin un ojo por querer cortarme el pelo! Por eso mejor me quedo en el hotel, de donde no necesito salir. Si tengo suerte y no hay muchos huéspedes, Marta no me toca la puerta y no tengo que bajar hasta las diez de la mañana y puedo seguir acá en la cama tratando de llegar a alguna conclusión. Porque yo sé que si sigo pensando y recordando voy a poder volver a entender cómo funcionan las cosas. Pero lo que no entiendo es por qué a veces pierdo el hilo y me desconcentro como ahora, que por pensar en las mechas verdes terminé imaginando que la peluquera me iba a sacar un ojo con la tijera. Eso ya no es real y así nunca voy a llegar a ninguna parte. Aunque esta digresión tal vez sea un indicio de que el problema es el miedo. Puede ser, por qué no. ¿Pero qué hago con eso? Tengo que recordar hechos reales, mantenerme objetiva, solamente de esa manera voy a poder salir de acá algún día y volver a ser yo misma. Me concentro. Yo tenía el pelo verde antes de venir acá. Me había cortado cortito y me peinaba con gel, me hacía unas crestas para arriba y para los costados que quedaban geniales. La noche que llegué al hotel, tenía unas calzas negras y una musculosa que dejaba ver el tatuaje. Tenía una figura escultural, era flaca pero con formas, medía un metro setenta y pesaba cincuenta y cinco kilos. Lo peor es que no me daba cuenta, me sentía bien, pero era algo natural para mí. Yo comía normal, no me fijaba en lo que comía. Ahora peso ochenta kilos y no entiendo qué cambió. Como y no me fijo en lo que como, al igual que hacía antes. Pero lo natural para mí ahora es pesar ochenta kilos y no cincuenta y cinco. No entiendo qué tengo que hacer para sentirme mejor. Trato de comer menos pero me empieza a doler el estómago, siento puntadas insoportables y sólo se me van si como más. Como hasta que se me van los dolores, pero entonces me siento tan llena que me dan ganas de vomitar. Y a veces lo único que hago es vomitar y vomitar durante semanas. También voy mucho al baño. Esas semanas voy al baño de cinco a ocho veces por día. La paso muy mal, pero me pongo algo contenta porque me baja un poco la panza y pienso que es un proceso doloroso donde sufro, pero lo tengo que transitar para volver a ser como era antes. Lo malo es que después empieza todo de nuevo, las puntadas otra vez y como, como, como y me termina dando mucho sueño. Tengo tanto sueño que me pasaría el día entero durmiendo si no fuera por Marta que viene y me levanta. A veces hasta me ayuda a vestirme. No sé qué haría sin ella. La verdad es que me aguanta un montón de cosas. Si pienso que en realidad trabajo para ella y me paga igual, aunque me pase semanas y semanas encerrada en el baño o haya días en los que no puedo salir de la cama. Pero tengo que pensar en los vómitos. Creo que llegué a un descubrimiento. No está tan mal distraerme y divagar. No me estoy lamentando de mi misma, estoy enfrentando la situación y eso es objetivo también. En los últimos días de mi vida anterior, ya había empezado con vómitos. Ya voy a llegar a la parte de los vómitos y la voy a entender mejor. Vuelvo al principio del fin, el día en el que llegué al hotel. Yo iba en el auto con Gonzalo, la noche no tenía luna ni estrellas, era bien oscura y estábamos solos en la ruta. Él venía manejando y yo en el asiento del acompañante. Me acuerdo que de repente sonó el teléfono y era Marta. Eso lo sé ahora, pero en ese momento le pregunté – Gonza, ¿Quién era?- y me respondió – Era la mina del hotel. Quería saber si vamos o no. Pero algo rarísimo, me largó el rollo, que por qué no le avisamos que íbamos a tardar, que cómo se nos ocurre llegar tan tarde, bla, bla bla – repasé este diálogo tantas veces en mi cabeza que me lo acuerdo de memoria y creo haber llegado a las palabras exactas. En cualquier lado puede estar el indicio de lo que me pasó, de lo que cambió en mí para que perdiera las riendas de mi vida. Suena trágico pero es así. Tengo que seguir, no me puedo distraer, porque va a venir Marta y va a ser otro día perdido. Yo pienso bien en las mañanas o a la tarde si duermo la siesta, pero nunca sé si voy a poder dormir la siesta. El resto del día tengo que estar sirviendo café, poniendo la mesa, levantándola, barriendo la cocina, ordenando y con todo eso no da para concentrarse. Me distraigo mucho más que ahora. Tengo que seguir. Entonces – Era la mina del hotel. Quería saber si vamos o no. Pero algo rarísimo, me largó el rollo, que por qué no le avisamos que íbamos a tardar, que cómo se nos ocurre llegar tan tarde, bla, bla bla – me acuerdo que me pasé la mano por las crestas verdes que todavía se mantenían bastante dignas a pesar de que me había puesto gel antes de salir de casa a la mañana y en ese momento era de noche. Habían pasado ¿Cuántas horas? A ver, yo había salido de mi casa a las nueve de la mañana porque entraba a la oficina a las diez y al hotel llegamos esa noche a las once y media, entonces serían las diez, o sea que habían pasado doce horas desde que me había puesto gel. ¡Qué buen gel! Hasta esos lujos me daba. Me compraba gel importado. Acá no hay esa marca. Además es muy caro. A cada rato me pasaba la mano porque me gustaba y me sentía orgullosa de mis crestas. Gonzalo me miró. Había algo en su sonrisa y en su mirada que me decía Me gusta como sos. Podés ponerte un pájaro en la cabeza o ponerte a cagar ahora mismo adentro del auto que me gustás igual. Y yo lo entendía y lo disfrutaba, me parecía algo natural. Tampoco me moría de placer, me parecía algo bueno, pero qué le iba a hacer. Yo también me gustaba. Creo que la clave debía estar en que yo me gustaba a mí misma. Por que ahora estoy gorda, tengo estos pelos pajosos, largos y florecidos, me doy asco. Cada vez que vienen esos viajantes de comercio o esos chicos de los equipos de fútbol de quinta o sexta división, que se hospedan en el hotel, bajo la vista y no les puedo dirigir la palabra sin que me hiperventile y se me acelere el corazón. Y eso que son unos pendejos horribles, llenos de granos y maleducados, que juegan adentro de la habitación y después hay que arreglar todo, a veces rompen las lámparas y hasta llegaron a destrozar una cama la otra vez. Los viajantes, otra raza horrible, son todos pelados o de pelo crespo, de labios carnosos, así y todo me da vergüenza hablarles, me pongo colorada y me quiero esconder. Mejor sigo, no me queda mucho tiempo. ¿Por dónde iba? – Era la mina del hotel. Quería saber si vamos o no. Pero algo rarísimo, me largó el rollo, que por qué no le avisamos que íbamos a tardar, que cómo se nos ocurre llegar tan tarde, bla, bla bla – y yo entonces le contesté – ¿Pero qué desubique no? ¿Por qué no nos cambiamos de hotel? ¡Ya me cayó mal esa mina! – Me sigo asombrando de lo fresca que era. Mina. Ahora si digo la palabra mina, me siento que todos se me van a quedar mirando. Y la palabra desubique, ahora me parece tan extraña. ¿Cómo podía ser parte de mi vocabulario? ¿Cómo puede cambiar tanto uno hasta parecerse un extraño? ¡Además la mina era Marta, que ahora es como si fuera mi mamá o mi hermana o una mezcla de ambas! Pero no tengo que perder el hilo. ¿Dónde estaba? – ¿Pero qué desubique no? ¿Por qué no nos cambiamos de hotel? ¡Ya me cayó mal esa mina! – entonces él me dijo – Pero no gordi, debe ser una mujer con poco roce. Además no tenemos opción porque es el único hotel de El Porvenir –. Él me decía gordi, todavía no lo puedo creer, parece música en mis oídos y para mí era como cualquier cosa. Además que Marta tenía poco roce, si Marta sabe todo, me cuida, es una genia, sin ella no sé qué haría en este lugar. Yo le contesté – Me estás cargando. ¿Cómo que es el único hotel en El Porvenir? ¡El Porvenir! ¡No le podrían haber puesto mejor nombre a tu pueblo! ¡Ya me estoy deprimiendo! – ahí doblé la rodilla dejando la sandalia en el piso y apoyando el pie en el asiento, mi brazo rodeó la pierna y él me dijo -¡Más respeto que es el lugar donde nací! – estudié mi perfil reflejado en la ventanilla. ¡Yo me gustaba! Miraba mi nariz recta, mis pómulos, mis ojos grandes, mis labios. ¡Ahora mi cara es una bola! ¡Una bola! ¡Y tengo granos! Me quiero matar. No. Me tengo que calmar. Va a venir Marta y todavía no quiero dejar de pensar. Además me va a dar ese té inmundo que me obliga a tomar porque me dice que me hace bien. Pero yo no sé si me hace tan bien. Le voy a decir que no le ponga más ese polvito, le da un gusto raro y no sé para qué es. Pero siempre me insiste tanto que no me animo a contradecirla. No me distraigo más. Yo le contesté -¡Si vos también lo criticás! – ¡Cómo fluía el diálogo! ¡Hace tanto que no tengo así un ping pong con otra persona! Marta no es de mucho hablar. Bah, si habla, en realidad no es mucho diálogo, es más monólogo y yo la dejo hablar. Es que estoy muy cansada, estoy siempre cansada y me cuesta concentrarme. Algún día tendría que juntar fuerzas para ir al médico. Bueno, entonces me dijo – ¡Yo puedo criticar a El Porvenir, vos no! – me causó risa la cara de amenaza poco seria que puso – Pero te pudiste escapar de la decadencia, el tedio y la barbarie, ¿no? ¿Qué te importa ahora? – Nos miramos y nos reímos. Yo me reía mucho antes, ahora no me río casi nunca. No puedo creer esas palabras que dije, parece que hubiera sabido que me iba a quedar acá. Pero cómo podía reírme si lo sabía. ¿Fue casualidad? ¿Existen las casualidades? ¿Es una pista esto? ¿El destino que está escrito? Antes no creía en eso. Creía que tenía control sobre todo. En parte era verdad, pero no duró mucho. Ahora es como si se me hubiera abierto otro mundo, más amplio, pero más peligroso. Quiero salir de acá y no aguanto más. Va a venir Marta, va a venir Marta y no quiero. Ay, no le puedo contar esto, le dolería mucho. Y con lo bien que ella siempre se portó conmigo. Quiero seguir pensando y recordando pero no sé cómo mantener la concentración. ¿Cómo seguía el diálogo? Después le pregunté por su mamá – ¿Cómo estaba tu mamá? ¿No se enojó, no? Porque vamos al hotel y no a su casa  – No, ¿Por qué se va a enojar?, si no tiene lugar. Bastante tiene con mi hermana y los chicos. Le hacemos un favor. Además las vecinas la cuidan, no la dejaron sola un minuto desde que pasó lo de mi tío – Por eso había empezado todo. Porque se murió el tío de Gonzalo. El tío de Gonzalo no me quería nada. Era un pesado y yo se lo hacía notar, la verdad es que no le tenía paciencia y el viejo me miraba con ganas de acogotarme. ¿Me habrá mandado él a este pueblo de mierda? ¿Habrá sido su maldición? Por las dudas me cagué en él y no fui al entierro. En eso tengo la conciencia tranquila. Al llegar al hotel me acuerdo que me impresionó la cascada de la entrada. Son tres triángulos de cerámica que se tocan y forman una punta de la que brota agua, que cae por las superficies planas e inclinadas hasta desembocar en una piletita formada por unos mosaicos. Ahora la veo todos los días por la ventana y ni bola, pero en ese momento me impresionó – Ah bueno, ¡no está tan mal este hotel! – Le dije a Gonzalo. Una vez en el hall me gustaron los silloncitos cerca de la escalera con la mesa redonda y antigua y la alfombra de piel de vaca. Después giré la vista y me di cuenta de que el mostrador era de madera de cajón de manzana. Ahora lo cambió. Yo la ayudé a diseñar una mesa moderna con cajonera y compartimiento para las llaves de las habitaciones. Esto fue al principio, cuando eran más los momentos en los que estaba lúcida y sin sueño. Hace tiempo ya que no invento cosas como hacía antes. Más lejos estaban las mesas donde se sirven el desayuno y las comidas, con los manteles sucios llenos de agujeros. A éstos también los cambió. Marta nos saludó sin mirarnos. Nos alcanzó un libro para que completáramos nuestros datos, nos dio la llave y nos dijo – Mañana a las once se van – yo le contesté medio enojada – ¡Cómo que mañana a las once nos vamos?¡Si reservamos para todo el fin de semana! – Traté de pensar en lo que me había dicho Gonzalo del poco roce que podía tener Marta pero no podía más que considerarla odiosa y maleducada. La miré con cara de asco y le saqué la llave de las manos. En la habitación me indigné con el olor a humedad, con la suciedad de las paredes y el mal aspecto de los muebles. La almohada era doble, como se usaba en los años setenta, las sábanas finitas como una servilleta de papel y tenían agujeros como los manteles del comedor. En el baño, el bidet estaba dentro del sector de la ducha, delineado con unas cerámicas puestas en forma vertical. La cortina estaba llena de moho y una de las lamparitas quemada. Todo eso sigue igual en la mayoría de las habitaciones. En algún momento se nos fue el impulso para seguir con la renovación. Mi malhumor escaló y me puse a llorar de la bronca. Gonzalo me trataba de consolar. Me creía lo suficientemente importante como para quejarme y tener el derecho a hacer una escenita. – Dale mi amor, es sólo un fin de semana. Esto no es fácil para mí tampoco. Ahora vamos un rato al velorio, el domingo es el entierro y ya está. Te prometo que nos  vamos temprano. No me la hagas más difícil de lo que ya es – Tal vez tiré de la cuerda más de la cuenta, tanto ego no era posible en este mundo. Los astros se alinearon o se desalinearon y me largaron en banda. Ahora no me molesta mi habitación, ni se me ocurre tener esa actitud infantil de quejarme y pretender que otros resuelvan las cosas por mí. Yo sola voy a salir de esta. Más tarde en el velorio estaban todos llorando. La madre de Gonzalo no podía creer que su hermano se hubiera muerto. Me dio un poco de pena al principio pero a medida que el llanto se tornó en desesperación no pude evitar pensar en mi propia muerte y se me hizo un nudo en el estómago. Por suerte no nos quedamos mucho más tiempo. Esa noche no dormí muy bien, entre la angustia y el olor a humedad que emanaba del colchón sentí que estaba en otra dimensión. Y tal vez pasé a otra dimensión. ¿Me habrá llevado el tío de Gonzalo? La verdad es que ahora estoy menos viva que antes. Tal vez no perdí el equilibrio sino que algo se murió dentro de mí. En ese caso la pérdida sería irreparable. Me desespera pensar eso. La bronca me volvió al otro día al ver el hilito de agua que salía de la ducha que no alcanzaba para mojarme toda. Tardé quince minutos en humedecer el pelo antes de poder ponerme el champú  y empecé a sollozar. Gonzalo cerró la puerta del baño para no oírme. Ahí es cuando se debe haber cansado de mí. Ese llanto estuvo de más. Si tan solo me hubiese quedado callada. Hoy pienso que ducharse con poco agua no es tan terrible, se tarda un poquito más, pero ¿Cuál es el problema? Marta tardó veinte mil años en traernos el desayuno. Las tostadas estaban húmedas, el jugo de naranja tenía gusto a plástico con mil kilos de azúcar y el café con leche era intomable por la cantidad de leche que tenía y de lo suave que era el café. Para mí el desayuno siempre había sido sagrado y me podía bancar el olor a humedad o el hilito de agua en la ducha, pero un café con leche feo, no. Me levanté y me dirigí adonde estaba Marta – Disculpame, el café con leche tiene mucha leche – ella me miró con cara de desdén y me contestó – La verdad no sé qué puedo hacer por vos. Vos pediste café con leche y eso es café con leche, mitad leche y mitad café. ¿No lo toman así en tu ciudad? – Qué mal que nos hablaba Marta al principio, por eso me sorprendí tanto el día que me dijo que me admiraba y me pidió consejos para decorar el hotel. La idea me divirtió al principio, pero después me di cuenta de que lo que ella quería, era que estuviera en el lobby leyendo y tomando un café. Ella decía que yo le traía glamour al hotel, con mi pelo verde, mi tatuaje, mi porte y mi aire intelectual. Qué curioso, ahora siento como si hubiera chupado todo eso que había en mí, como si me hubiera vaciado y dejado sin energía, sin contenido hasta dejarme hecha una bola de grasa y lamento. Ya ni me pide consejo. Habla ella nada más. Si, hace mucho que ya no me pregunta nada, ni del hotel ni de mí.  Gonzalo me vio tan alterada que me ofreció ir solo al entierro. Me instalé a leer en el lobby. Ya son las diez, oigo los pasos de Marta. Pasó de largo. Tal vez tenga un ratito más, no debe haber mucha gente hoy. Aprovecho y sigo pensando, pero desde el comienzo, tiene que haber algo que pueda descubrir. Íbamos en el auto, sonó el teléfono, era Marta, pero yo no sabía y entonces le pregunté a Gonzalo quién era y el me contestó  – Era la mina del hotel. Quería saber si vamos o no. Pero algo rarísimo, me largó el rollo, que por qué no le avisamos que íbamos a tardar, que cómo se nos ocurre llegar tan tarde, bla, bla bla -.

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*Virginia G. Gallardo nació en Buenos Aires en 1971 y es licenciada en economía recibida en la Johannes Gutenberg Universität-Mainz, en Alemania, país donde vivió diez años. En 2011 ganó la primera mención del Premio Casa de las Américas por los cuentos de El Porvenir. 

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