Compartimos un fragmento de Por la banquina (Ediciones Simurg), el primer libro de Ariel Basile que se presentó en octubre de 2012 en la sede de la Fundación TEM. «Basile ha retratado con habilidad ese universo propio de la picaresca, con un lenguaje atravesado por el humor, con permanentes chispazos de talento que denotan su capacidad de observación de lo cotidiano, y su desparpajo para mostrar distintas estrategias de sobrevivir en la Argentina de los últimos y -de paso- obligar a la risa del lector», escribe en la contratapa del libro Horacio Salas.

La estirpe trabajadora de los Petrusi se estaba agotando. Lo descubrí una mañana en el subte mientras viajaba desganado hacia la oficina: la fibra obrera se diluía en cada nuevo ejemplar de la familia. Luego de mis bisabuelos inmigrantes, quienes llegaron a poner el lomo creyendo que venían a hacer la América y construyeron su casa en los ratos libres, apareció mi abuelo, trabajador, sí, pero de los que se tomaban más francos de los permitidos. Siempre contaba la anécdota del arreglo que había hecho con el médico para jubilarse antes de la edad legal. Mi papá y mis tíos degeneraron aún más la menguante vocación de nuestra sangre hacia el trabajo. Hasta llegar a mí, probablemente el último eslabón de la cadena. Yo nací para otra cosa.

Al salir del subte pasé por el Cabildo junto a una columna del pelotón que desde Flores se venía calcinando bajo tierra y doblé por Avenida de Mayo. En Florida ya se veían las colas en los bancos a punto de abrir. “Hay dos paquetes por un peso”, “Llegó el disco, llévelo en promoción con la revista”. Los vendedores ambulantes se multiplicaban y sus voces no dejaban espacios vacíos en el aire de la peatonal. Otros preferían tirar mantas negras entre kioscos de diarios y tachos de basura para desplegar los restos de algún container con relojes despertadores, termos y baratijas procedentes de Taiwán.

Para evitar que el sol matinal terminara de despertarme, caminé con los ojos achinados hasta la entrada de la empresa, donde la sombra inundaba el ambiente.

Una vez en la oficina, sentí el mismo desasosiego de todos los días, brutalmente intensificado cada lunes. Observaba a los empleados que duplicaban mi edad y padecían la rutina, complacientes: era una etapa posterior –¿superior?– de la resignación. Entonces quedé paralizado: ¿cómo sería yo dentro de veinte o treinta años? Calvo, con la panza voluminosa y asentada por haber pasado mi vida atado al escritorio y a una pila de papeles. Me aborrecí, pero la realidad obligaba a agachar la cabeza y esperar la caída del martillo. Después de tantos golpes, el efecto estupidizante sería la consecuencia más lógica. Mi destino tenía un claro derrotero: la panza, la pelada, los ojos entrabiertos hasta ingresar a la oficina y una búsqueda a ciegas de los papeles de siempre. Sí, déjemelo ahí; por supuesto; cómo no; en un rato lo entrego; ya está listo; ¿para qué hora lo quiere, jefe?; ¿puedo ir a comer?; gracias; sí claro, en media hora exacta estoy de vuelta.

Nos encontramos a las dos en Florida y Sarmiento. “Vamos a la sanguchería que está a mitad de cuadra”, sugirió. Lo seguí confiado; en cuestiones gastronómicas las decisiones pasaban por sus manos. El local era angosto y luego de abrirnos paso a los empujones nos sentamos en una de las dos barras paralelas, atendidas por cuatro empleados distribuidos desde la cocina hasta el otro extremo.

–¿Sabés qué trae el Americano? –pregunté a mi compañero.

–Jamón, queso, tomate y huevo en pan árabe.

–Qué paradójico.

–¿Qué cosa?

–Que el Americano lleve pan árabe.

El empleado del mostrador escuchaba la charla mientras delante de nuestros ojos se deslizaban a gran velocidad los platos lanzados desde la cocina a través de la barra. Si alguno de los hombres de delantal azul no los atrapaba en el camino, a los pocos segundos se oía el choque de las cerámicas transportadoras de pebetes que se acumulaban al final de la pista.

–No jodás y pedítelo en otro pan.

–Es que ya no sería un Americano, cada sánguche es una totalidad, si le sacás cualquiera de sus elementos constitutivos pasa a ser otra cosa –reflexioné, ante la mirada de mi amigo que se mordía el labio inferior–. A mí tráigame uno de jamón, queso y tomate en árabe.

–A mí uno igual.

“Marchen dos americanos sin huevo”, reclamó el empleado, más pragmático, sin detenerse en mis observaciones para, al instante, seguir capturando platos y otros pedidos.

Al rato estaba nuevamente en la peatonal. Aún restaban diez minutos para que se cumpliera el horario del almuerzo. Caminé pegado a las paredes para no exponerme al sol. Llegué a la empresa y el contacto con el frío artificial del aire acondicionado me hizo lanzar un suspiro de alivio. La insensibilidad a las estaciones del año era lo mejor que ofrecía el edificio. En la máquina ubicada en un pasillo busqué un café para contrarrestar la somnolencia típica que sobrevenía a las comidas y para que el impacto contra el trabajo no fuera tan fuerte. Mientras regresaba a mi escritorio miraba el reloj. Faltaba mucho para las seis de la tarde. De repente, y sin querer, encontré a mi jefe. “¿Tenés un minuto, Diego? Te aguardamos en la sala de reuniones, apurate”, me dijo sin esperar respuesta. Terminé el café con sorbos más largos, dejé el saco en el perchero y subí. Al entrar, quedé sorprendido por las caras desconocidas. Creo que el estupor se notó en mis ojos porque el jefe no me dio tiempo a preguntar, adelantándose con un “sentate y escuchá”. Además de él, había un gordo de una papada tan grande que parecía no tener mentón y un hombre de alrededor de cuarenta años que por su vestimenta supuse un cargo importante. Ese fue el que comenzó a hablar:

–Soy Juan Carlos Pérez Larrea, de Recursos Humanos, y quien me acompaña es el escribano Adolfo Márquez –dijo, señalando al gordo.

A esa altura de la perorata ya no hacían falta más palabras para aclarar el asunto. El tipo prosiguió:

–Diego, vos sos consciente del estado que está atravesando la empresa y el país. A lo largo de estos años demostraste ser un empleado muy capaz…

–Dejémonos de charlatanería. ¿Cuánto me ofrecen? –lo interrumpí.

–Doce mil pesos y es una oferta ventajosa que si…

–Ustedes tienen mis datos domiciliarios, espero el telegrama.

–Diego, si firmás ahora te conviene, te estarías llevando…

–Perdón que lo corte, pero me toma por tarado si piensa que voy a creerme el cuento de las ventajas y caridad con los empleados.

–Lo tuyo es injusto, la empresa te dio todo; te capacitó, te…

Yo lo escuchaba pensando que el tipo estaba realmente convencido de lo que decía. El mensaje corporativo había calado hondo en los interlocutores oficiales y no dudaban del paquete de idioteces con el que intentaban persuadirme. Quedé absorto.

–¿En que pensás? –preguntó mi jefe, cortando el discurso.

–En todos los sábados que trabajé gratis y en que mi horario legal de salida es a las cinco. ¿Qué dirá un abogado al respecto?

–Trece mil y hasta ahí llegamos.

Era el momento que estaba esperando: comprobar la flexibilidad de los números, para llevarlos contra las cuerdas y tratar de aplicar la mayor cantidad de golpes antes de que inevitablemente me noquearan.

–Dieciséis y firmo donde quieran.

–Catorce.

–Quince.

–Catorce quinientos.

–Ok, trato hecho. Ah, un año de medicina prepaga y no pido más.

–Podemos ofrecerte hasta seis meses.

–Diez y cerramos.

–Ocho.

–Listo, catorce mil quinientos pesos más ocho meses de prepaga.

Los saludé y me fui. En definitiva, había hecho un buen arreglo. Estaba contento. Nunca había tenido tanta plata junta. Cuando busqué las cosas para irme, observé que nadie estaba al tanto de mi despido. En casos como este se espera a la víctima para darle palabras de aliento o fingir sorpresa. Confirmé mi teoría cuando se acercó un supervisor y me dijo: “Che, Diego, te dejo estos papeles para presentar mañana a las once”. “Bueno, tiralos en mi escritorio que diez y media van a estar listos.” Agarré el saco y salí sin despedirme.

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*Ariel Basile nació en Buenos Aires en 1980. Es comunicador social y periodista del diario Ámbito Financiero. Sus cuentos han sido galardonados en distintos concursos literarios de Argentina y España e integran antologías publicados en ambos países. Su primera novela, Por la banquina, fue finalista del Certamen Literario de Narrativa Joven 2005, organizado por la Fundación El Libro y Fundación Aerolíneas Argentinas.

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