Una noche de 2011, Pablo Calvo -periodista del diario Clarín y autor de Los mendigos y el tirano– quiso ser mozo de Güerrín, una de las pizzerías más emblemáticas de la Avenida Corrientes. Se calzó la vestimenta adecuada, recorrió las mesas atestadas de gente y, cuando llegó a su casa, escribió esta crónica que se publicó el 31 de diciembre de 2011 en el diario donde trabaja.

PABLO CALVO / Foto: Archivo Clarin

Tengo que pasar a través de la gente, como el fantasma de Canterville, porque entre la heladera de las bebidas y la mesa que las espera hay 43 personas, todas paradas, aferradas a triángulos isósceles de muzzarella. Encaro como Ronaldo entre zagueros del Barça, aunque con menos cintura. Llevo tres gaseosas en una mano y dos empanadas en la otra. Mi equilibrio es precario, así que pido permiso, pero la barrera no se mueve. De repente, se hace un hueco y avanzo, listo para desenfundar el destapador. Llego al área chica y el jefe de la familia me ataja: “Disculpame, ¿podemos cambiar por tres porrones?”.

No es fácil la vida del mozo, aunque hacerlo por una noche es muy divertido. Y más en la pizzería Güerrin, un símbolo porteño que, a punto de cumplir 80 años, fue declarado Sitio de Interés Cultural por la Legislatura. Tiene una virtud que no figura en los pronunciamientos oficiales: hay madrugadas en que se reparte comida a personas pobres, que esperan en la vereda hasta que se apaga la última marquesina.

La calle Corrientes es un crucero que cada noche navega hacia el Río de la Plata colmado de espectáculos, cafés, librerías, vendedores de garrapiñadas y trasnochados que creen que el amor está en la próxima cuadra. Pero el barco no sólo precisa de vedettes pechugonas, bailarines o actores descomunales como Jorge Marrale y Rodrigo de la Serna. El motor no se mueve sin el sudor de los carboneros, trabajadores que llegan con su bolsito antes que se abran las puertas de los teatros y se van cuando ya no quedan aplausos.

Por eso me puse esta chaqueta de vivos rojos y botones hasta la garganta, para sentir lo que ellos sienten, transpirar como mi abuelo cuando vino de España y consiguió trabajo en Las Cuartetas , y homenajear a estos extras de una función en continuado.

-Querido, no me trajiste aceitunas -me despabila una señora.

-Es que usted no me dijo si quería verdes o negras -retruco y sonrío, para amansarle la bravura.

Vuelvo con un plato lleno, que por los colores parece la hinchada de Nueva Chicago vista desde el cielo. Quedamos a mano, aunque en el camino siempre hay un malvado, que suelta: “Si se las come todas, va a pillar aceite de oliva”.

Pablo, el encargado, cuenta que aquí estuvo Juan Domingo Perón, pero no entra en detalles, porque me reclaman de la mesa 11.

-Salvame, hermano, necesito una cerveza roja -me ruega un muchacho, que parece jugarse la conquista en esa inusual bebida. Ella se fue al baño, así que tengo tiempo de consultar.

-Queda una sola en el depósito, pero está caliente -me anuncian en la barra y me dan ganas de salir a comprar a un almacén. No puedo, así que se lo comunico al joven y le provoco una desilusión.

-Te ofrezco cualquier otra, la pago yo -trato de consolarlo, también angustiado. Por suerte, ella resuelve con simpleza y elije entre las cervezas comunes. El amor es más fuerte que las distintas combinaciones de maltas y cebadas.

Son 13 los mozos fijos del turno noche, así que la voy de 14, “el borracho” en la jerga de los cabuleros. Es difícil que alguien pierda aquí la cordura, porque la mayoría pide Coca-Cola y grande de muzzarella, derretida por dragones que soplan escondidos en la trastienda del local.

Las 8 mesas que me asignaron están a full. Se levanta una familia y se sienta otra, jamás descansa ese primer espacio para los que quieren comer sentados, decorado con relojes que dan la hora de Buenos Aires, Génova y Nueva York.

Como en la Rayuela de Julio Cortázar, un orden ilógico enumera las mesas, al punto que la primera que se ve es la dos. La zona donde trabajo es un damero anárquico , de certezas movedizas, como el queso, que forma estalactitas en su viaje hacia la boca de ese hombre que acaba de preguntar si no tenemos gaseosas de litro, “como en Santiago del Estero”.

No hay bandejas de aluminio, sino tablas de madera. Ni palitas: los comensales se sirven solos.

Los maestros pizzeros amasan 1.500 bollos por día , a mano, soportan el calor del Horno 1, inaugurado en 1932, y siempre te dicen: “Ya sale” , aunque el pedido siga en cola de espera.

-¿Quién atiende acá? -se enoja uno de bigotes mientras me ve conversando. Es raro, porque el 99 por ciento de los clientes está de buen humor, disfruta del manjar y deja propina.

-Yo señor -me adelanto a un compañero, para ahorrarle un problema.

-Tráigame una de palmitos, salsa golf y ananá -me intima.

-Cómo no, señor -le hago una reverencia, pero preparo la estocada- la entrada, el plato y el postre al mismo tiempo… Calculo que no le caí bien.

Justo a medianoche, a la hora en que se rompen los hechizos, entra un pibe con una remera negra que decía: “ No somos nada” . Y decidí que era el momento de despedirme. Dejé que mi ladero levantara las generosas propinas, ya que él se las gana de verdad . Y me fui a la esquina de Corrientes y Uruguay, con la chaqueta blanca que me regalaron, a reírme de esta experiencia junto a las estatuas de Javier Portales y el Negro Olmedo.

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*Pablo Calvo es periodista y editor del Equipo de Investigación del diario Clarín. Da clases en la Maestría en Periodismo Clarín-Universidad de San Andrés y fue alfabetizador voluntario. Ha participado en la producción y edición de suplementos especiales e informes multimedia sobre el Bicentenario argentino y el juicio a las juntas militares. Sus trabajos han sido reconocidos por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, de Gabriel García Márquez, y la Academia Nacional de Periodismo. Publicó el libro La muerte de Favaloro (2003), Los mendigos y el tirano (2011) y realizó investigaciones sobre ensayos clínicos con niños, las falsas promesas para mejorar los transportes públicos y la falta de transparencia de los gobiernos.

One thought on “Un mozo intruso en Güerrín

  1. Estimado Pablo, leyendo tu colorido artículo, advierto la mención que haces de tu abuelo, y se me ocurrió preguntarte si tendrás fotos de esas épocas de tu abuelo, donde esté con compañeros de trabajo en esa Pizzería «Las Cuartetas». Un hermano de mi abuelo, fue a Buenos Aires, el se llamaba Alfredo Basso y trabajó allí, en los inicios. Te encargo si es que te topas con alguna foto de tu abuelo de aquellas épocas donde esté con otras personas. Saludos cordiales!

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