Compartimos, en el ciclo de crónicas de los martes, Un cuarto con vista a la Plaza Roja, el primer capítulo de Rusos. Postales de la era Putin, libro de la periodista argentina Hinde Pomeraniec publicado por la editorial Tusquets.

HINDE POMERANIEC / Foto: Eduardo Carrera - Eterna Cadencia

 Moscú, febrero de 2008

La ciudad duerme con un ojo abierto.

Cuatro de la mañana, trámite seco en el aeropuerto de Sheremetyevo, martilleo de sellos. Un hombre con un cartel con mi nombre garabateado espera a la salida de migraciones y se hace cargo de la valija con sonrisa de compromiso y un castellano elemental. Me concentro en sus zapatos color ladrillo, de puntas afiladas que van siempre varios centímetros por delante de su dueño.

Ya en el auto, una voz grave y metálica pronuncia un idioma familiar aun que imposible desde la FM. Vértigo en la autopista, patinosa por la nieve y con poco tránsito por la hora. A los costados de la ruta, los carteles en cirílico invitan a adivinar algún sentido. Intuyo que no será fácil apropiarse de ese alfabeto inventado en el siglo X por un misionero del Imperio Bizantino que buscaba enseñarle la Biblia a los eslavos.

A través de la ventana del taxi, como en fotos movidas, un festival de cabarets y casinos dispara luces para los necesitados de compañía o dinero en el final de otro invierno europeo. Sin pudores, desde la radio Julio Iglesias canta su versión melosa de La Cumparsita para insomnes.

El conserje del imponente Hotel Nacional cree que disimula su calvicie y en su estrategia no contempla el ridículo. Un humilde mechón cruza su cabeza cuando parte de una oreja hasta alcanzar la otra. Su inglés es rígido, pero al menos es; lo mismo ocurre con el resto del personal. No será fácil de ahora en más encontrar gente que hable o en tienda otra lengua que no sea ruso. Mientras me asigna un cuarto, me indica a dónde ir por cambio.

Golpeo levemente con los nudillos una pequeña ventana de madera; vuelvo a golpear. Recién entonces una mujer que es un bostezo toma los dólares y me entrega los rublos sin emitir sonido. A unos metros, Andrei, joven y entusiasta, aguarda con su uniforme bordó para acompañarme. En el ascensor cuenta que es su último día de trabajo, que sale de vacaciones a Serbia. Comunión y coincidencia: le cuesta creerme cuando le cuento que acabo de llegar a Moscú desde Belgrado, adonde fui a cubrir como periodista las violentas protestas de los serbios, indignados por la independencia de su Kosovo. A Andrei parece importarle poco la insensatez de Estados Unidos y la Unión Europea, que acaban de legitimar un escándalo: el muchacho no puede con su felicidad de niño cuando le doy la propina en dinares, la moneda serbia. Agradece una y otra vez: mañana no va a tener que cambiar sus billetes al llegar a destino.

Por un error burocrático afortunado termino en un cuarto que da hacia la Plaza Roja. Me siento la princesa que quería vivir, impulso kitsch matizado por lo exótico. Abro los cortinados y es difícil creer que esa postal esté ahí. El Kremlin, hierático símbolo del poder ruso con sus 19 torres, sus 28 hectáreas y sus palacios y catedrales; más al fondo, las cúpulas acebolladas de la basilica de San Basilio, que ordenó construir Iván el Terrible para celebrar su triunfo sobre los tártaros y quien, se dice, mandó a cegar al arquitecto para que nunca más construyera algo parecido. Aunque es de noche sé también que ahí nomás está el monumental mausoleo de Lenin, cuyo cadáver embalsamado se exhibe en Moscú pese a su deseo público de descansar para siempre en San Petersburgo, cerca de su madre.

Siempre trajo problemas esa momia. Muerto de sífilis a los 54 años, el cadáver de Vladimir Ilich Ulyanov (Lenin) fue transportado ese 21 de enero de 1924 en hombros por un cortejo de campesinos durante más de una hora y con 35 grados bajo cero. Luego de practicarle la autopsia, debieron cruzar diversos métodos para preservarlo, por lo cual la tarea no fue perfecta. Leí una vez que el anatomista español Pedro Ara, célebre por embalsamar el cadáver de Eva Perón, se negó en su momento a venir a Moscú para ayudar a evitar la desintegración del cuerpo mal conservado del padre de la revolución. Cada tanto al cadáver de Lenin deben volver a inyectarle todo tipo de químicos porque el trabajo original no fue de calidad. Hace años, además, que el gobierno ruso discute el sentido de conservarlo así, como objeto de veneración a la vista, mientras el resto de los zares y líderes yacen bajo tierra.

Desde mi ventana frente a la Plaza Roja, veo un monumental edificio que aguarda ser reestrenado. Las telas azules que lo cubren indican que la cadena Four Seasons aún trabaja en su construcción, aun que todos saben que cuando lo reinauguren volverán a encontrarse con la excéntrica fachada del viejo Hotel Moskva y sus 180.000 metros cuadrados, también un símbolo de este país de furiosas contradicciones. Inaugurado en 1935, la leyenda dice que su mezcla de estilos obedece a que a Stalin le fueron presentados dos proyectos diferentes y que él aprobó los dos. Como nadie se animó a señalarle su error, allí quedó para siempre la mezcla entre soviética y constructivista del edificio que se convirtió en marca de la ciudad hasta 2004, cuando el alcalde decidió que el «Palacio de las cucarachas» no tenía remedio, que había que tirarlo abajo y hacer lo de nuevo, aunque igual a como era.

Sobre una de las caras del Moskva en refacciones, un fenomenal cartel se despliega todo a lo alto del edificio, como señalando quién manda aquí. «Juntos venceremos», dice la publicidad del oficialista partido Rusia Unida para las presidenciales 2008, pantomima democrática que tendrá lugar en unos días: nadie duda del resultado. Vestido con campera corta de cuero marrón claro y piel al cuello, un resuelto Vladimir Putin conversa con su heredero político, Dmitri Medvedev, sobretodo breve, negro, opaco. Sonríen los dos.

Se me cierran los ojos. Más allá de mi ventana vibran la historia misma del Imperio, la del comunismo y la del renacimiento después de la caída.

El sueño se confunde con las palpitaciones.

————————————————————————————————–

*Hinde Pomeraniec (Buenos Aires, 1961) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y periodista. Fue docente universitaria y colaboró con diversos medios gráficos nacionales y extranjeros. Es autora de los libros Katrina, el imperio al desnudo (Capital Intelectual), Blackie. La mujer que hacia hablar al país (Capital Intelectual) y Rusos. Postales de la era Putin (Tusquets). Fue una de las conductoras del programa Visión 7 Internacional, que transmite el canal público argentino. Actualmente es directora editorial global de Literatura Infantil y Juvenil de editorial Norma.

 

Deja un comentario