El proyecto Nido Errante lleva a un grupo de fotógrafos a desarrollar sus proyectos en El Chaltén (provincia de Santa Cruz). A lo largo de diez días, los artistas conviven y comparten sus búsquedas mientras interactúan con la comunidad del pueblo. Iván Zgaib fue elegido por Nido Errante y Fundación TEM para escribir las bitácoras que iremos publicando aquí sobre los recorridos individuales y colectivos que realizan los participantes en el marco de la residencia. Además, recorré la galería de fotos hechas por los artistas residentes vinculados a este proyecto.

«Soberanía: lado B» (última entrega)

1.

Tito nos mira congelado mientras se lleva un tenedor de carne a la boca. Por unos segundos parece calcular su próximo movimiento: se ve viejo, indeciso y uno de sus párpados caídos se abre de la sorpresa. Nosotros estamos en la vereda y lo observamos a través de un ventanal amplio que lo encuadra junto a su hijo pequeño como si fueran las figuras de una pintura. Tito se levanta de la silla y sale afuera de su casa. “Vine a traerle un presente, por todo lo que me ayudó y por la buena onda”, le dice Anahí con una sonrisa en la cara. Entre sus manos alza una botella de vino, pero Tito no le presta demasiada atención al regalo. La invita a pasar adentro de su casa; quiere mostrarle un libro que escribió sobre la soberanía argentina en el Lago del Desierto, una porción de tierra cercana al Chaltén que limita con Chile. Anahí le responde que no quiere molestarlo, que solo pasó a agradecerle. Pero Tito insiste. Quiere seguir conversando como lo vienen haciendo hace ocho días.

 2.

Anahí Ojeda tiene 35 años, estudió Historia durante algún tiempo en la UBA y anda por el Chaltén con una campera roja que brilla sobre las montañas secas. Hace un par de años comenzó a juntar fotografías documentales de manuales y revistas como Conocer y Saber, Muy Interesante y Conozca Más. Su investigación por la supuesta objetividad de la imagen, por su fragilidad como documento, se traslada ahora a la residencia de Nido  Errante. Acá, su proyecto recupera uno de los sucesos que fundaron el Chaltén bajo sangre: en 1965, Hernán Merino, un carabinero chileno, muere a manos de la Gendarmería argentina. La explicación sobre este suceso varía según la versión de cada país, pero para Anahí se trata de una expresión concreta del conflicto fronterizo entre Chile y Argentina. La creación del Chaltén en el año 1985 responde, según ella, a una estrategia geopolítica del Estado argentino para asegurarse el terreno de Lago del Desierto, que se encontraba en disputa. “A mí lo que me interesó fue la idea de frontera como conflicto”, dice Anahí, “Ese contraste entre algo re turístico, re lindo, que tiene un lado B que es la violencia. Porque toda frontera y todo límite es violento”.

Durante los días de la residencia, Anahí recorre el pueblo del Chaltén para rastrear las huellas de aquel conflicto. Su proyecto busca cruzar los hallazgos actuales con los documentos que ella recolectó previamente en el Archivo Histórico Nacional y en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional. Su choque con el presente del Chaltén, más allá de los papeles, la sorprendió. El caso de Hernán Merino parece estar aún latente, a pesar de los 52 años que transcurrieron en el medio.

 3.

 Anahí avanzó en su proyecto tocando puertas: del boca en boca fue llegando a las personas que siguen actualizando el conflicto fronterizo en el Chaltén. Con el correr de los días encontró algunas familias que ocuparon el Lago del Desierto antes de que el espacio fuera dividido entre Chile y Argentina en 1994, bajo el mandato de Carlos Menem. Según algunos pobladores, aún hoy quedan zonas de campo de hielo que no están definidas. “Encontré muchos conflictos e intereses en disputa en la actualidad”, dice Anahí, “Hay juicios por la propiedad de determinadas porciones de tierra en el Lago del Desierto. Entonces el conflicto histórico se va reproduciendo acá en el pueblo. Porque tanto los pobladores chilenos como argentinos están reclamando tierras de esa zona”.

El viejo Tito que nos mira con su párpado caído vivió en Lago del Desierto hace varios años. Desde entonces defiende la hipótesis de la soberanía argentina sobre estas tierras. La primera vez que se conocieron, Tito le preguntó a Anahí si ella tenía algo que ver con Chile, quizás con un poco de desconfianza. Durante los días siguientes, él le mostró viejas fotografías del Lago del Desierto, videos de huemules y documentos acerca de su hipótesis sobre el conflicto. Desbordada de nuevo material, Anahí sigue pensando cómo reformular el proyecto a partir de sus nuevos hallazgos: “Ahora me empezó a interesar abrirme de este conflicto puntual. Partir de este este conflicto del pueblo para ir hacia algo más conceptual”, me dice ella. Tito, mientras tanto, la invita a pasar a su casa. Él todavía quiere hablar.

               

 «El cazador de ríos» (día 7)

1.

Santiago Serrano cree que sus proyectos están destinados al fracaso. Cada vez que comienza una búsqueda fotográfica lo piensa: esto no va a funcionar, esto no va a llegar a buen puerto. Pero sabe, en cierto sentido, que eso forma parte de las reglas de juego en su método de trabajo. En su caso se trata de una aproximación a lo real que no está dada de antemano, sino que por el contrario, se va desenvolviendo a medida que explora un entorno. Varias de sus obras tienen un disparador en común: un río de algún punto del mundo que se mueve por rincones escondidos, que abre puentes entre zonas que usualmente aparecen como separadas. “Yo no tengo la concepción del río como fuente de la vida”, dice con su tono de voz calmo, “me interesa porque es un medio que va conectando diferentes realidades”. En el caso de Las Vueltas, el río que Santiago vino a explorar al Chaltén, el espacio es un misterio: él nunca había venido anteriormente.

 2.

Santiago llegó a la residencia de Nido Errante desde Ecuador, donde vive actualmente. Allá persiguió varios ríos con destinos imprevisibles. Uno de ellos, por ejemplo, conecta de manera paradójica las realidades sociales que se niegan a convivir en un mismo espacio; fluye desde los barrios más ricos de la ciudad hasta un pueblo sin pavimento, olvidado por las autoridades oficiales y la obra pública. Cuando Santiago fotografió estos lugares, su participación consistió en integrarse a las dinámicas de estos espacios. Instalarse durante meses, vincularse con la gente y participar de las actividades cotidianas se convirtieron en sus estrategias de indagación. Pero ahora, en el Chaltén, sólo tiene diez días para llevar adelante su nuevo trabajo. “Se trata de deambular por acá”, me dice, “Lo que estoy buscando en este caso es bastante azaroso. Sé más o menos del curso del río, pero no conozco la dinámica, los horarios, cuándo sale la gente, qué pasa. Entonces tengo que ver con qué me encuentro”.

 3.

En la residencia de Nido Errante, las noches se convierten en el punto de encuentro. Ahora son cerca de las doce, y el calor de un proyector nos ilumina mientras miramos los trabajos de los participantes. Sobre las paredes vemos una señora con lentes rojos sentada en una piedra, los brazos de un río oscuro que se envuelven sobre la tierra, un viejo de pelo largo sacándose una selfie al filo de la montaña. Santiago nos muestra los avances de su trabajo, donde la sucesión de fotos va develando distintas pruebas y aproximaciones al río Las Vueltas. En sus registros hay paisajes, hay retratos, hay encuadres enrarecidos y otros más realistas.  “Ahora me interesa mirar lo que ven los turistas. Eso no lo había pensado antes de venir”, comenta Santiago, “Eso me lo encontré aquí. Tampoco es algo difícil de encontrar, pero creo que puede darle unidad al trabajo. Es este híper-ver de la gente: estás ávido de ver. Y subes y bajas y vienes para un lado, porque estás ávido de ver. Eso es lo que vienes a buscar: vienes a llenarte los ojos”.

El visionado de las fotos va a llegando a su fin y Santiago recibe las devoluciones de sus compañeros de residencia. Al igual que en muchos otros trabajos realizados durante estos días, el proyecto presenta una primera etapa de acercamiento al espacio. Constituye, en algún punto, una exploración que puede abrir distintos caminos a profundizar. Para Santiago, el futuro de su trabajo sigue abierto, pero está seguro de algo: “En realidad eso es como un conflicto en mi cabeza cada vez que empiezo un proyecto”, dice, “Tengo miedo de repetirme. Y los fotógrafos a veces tienen muchas imágenes en la cabeza. Entonces prefiero tomarme más tiempo. Y tengo un prejuicio sobre la mirada turística de postal; creo que es la sobreexplotación de la belleza paisajística, que hace todo híper-estético. No quiero contribuir eso porque hay un montón. Entonces trato de seguir buscando algo más”. El desafío está hecho: observar a los turistas desde una mirada que no se confunda con la de ellos. Mientras la residencia se acerca a su fin, quedan unos pocos días para que Santiago continúe tras la pista del río.

 

«El huemul se esconde bajo la piedra» (día 6)

1.

En el Chaltén, Flavia Visconte se convierte en una suerte de Indiana Jones de la era posmoderna. Ahora está tirada sobre el suelo, arrastrando sus brazos por la tierra seca. Levanta su celular en el aire y dispara una luz sobre las piedras de una cueva pequeña. En las paredes rocosas se ven marcas de distintos colores, todas deformadas por la eroción del tiempo. “Acá no veo ningún huemul, ¿vos ves algo?”, me grita desde ahí abajo.

Por ahora, las versiones sobre las antiguas pinturas rupestres escondidas en el Chaltén son muy distintas. Un hombre del Centro Andino dijo que eran manchas apenas perceptibles que no merecían ser señalizadas para el turismo. Otra de las fuentes, un viejo con antepasados aborígenes que vende souvenires en el pueblo, aseguró que eran una reliquia ancestral invisibilizada. En el trayecto de nuestra caminata varias personas dijeron que las pinturas de los huemules estaban ahí, debajo de alguna piedra. “Es la segunda roca a la derecha”, nos quiso orientar otro caminante. “¿Vos ves algo?, ¿ves el huemul?”, me grita Flavia desde el suelo. Pero yo no veo nada; ella tampoco. Hay tantas cavernas de piedra que ya perdimos la cuenta.

2.

Flavia llegó a la residencia de Nido Errante con un secador de pelo que no usa para peinarse. Por el contrario, lo enchufa cerca de una mesa y lo apunta a unas piedras pequeñas para secar las transferencias de imágenes: hace un par de horas está trabajando en el traspaso de emojis impresos en papel a unas rocas que encontró en el suelo del Chaltén. “Recién se me ocurrió armar una escena contemporánea con nuestra simbología más habitual”, me explica, “Y saqué una captura de pantalla de un chat de WhatsApp donde vi que eran todos símbolos, casi ninguna palabra”.

Así, su proyecto en la residencia se desarrolla al modo de un juego de temporalidades, donde el pasado, el presente y el futuro se combinan de una manera sugerente. Aprender las técnicas ancestrales de pintura es parte del proceso para transferir la iconografía digital a soportes naturales, como hacían los antepasados con las figuras de manos y huemules.  Ahora es el turno de los cursores  del mouse, que Flavia va a llevar desde el mundo de las pantallas a la naturaleza. “Estaba mirando una foto de las manos pintadas en una cueva y tenía la mano del cursor sobre la pantalla”, me dice en medio de una risa, “Y fue natural el vínculo entre lo ancestral y lo digital. ¿Cuál es mi mano en este momento? ¡Es ésta! Yo estoy trabajando con esta mano virtual ahora”.

3.

La búsqueda de Flavia en el Chaltén encuentra algunos obstáculos en el camino: la Cueva de las Manos queda demasiado lejos y las pinturas que están en el pueblo permanecen escondidas. En medio de su investigación, limar piedras, buscar pinturas ancestrales y ensayar viejas técnicas de transferencia la lleva a profundizar en las preguntas de su obra: ¿qué sucede cuando las identidades se construyen en el universo virtual? ¿qué pasa cuando nuestros rostros se convierten en avatars y cuando la comunicación muta a través de nuevas iconografías que naturalizamos como parte de nuestro día a día?

En el Chaltén, el acercamiento a las culturas ancestrales podría volverse un poco más tangible. Flavia revolcándose en la tierra, recostándose sobre las cuevas de piedra, es lo más cerca que está de viajar en el tiempo. No encontramos ninguna de las pinturas de huemules, así que ella intenta conectarse desde su celular para googlear la ubicación. “Sin conexión”, se lee en la pantalla, al lado del dibujo de un dinosaurio. “¿Ves?, ¡Mirá!”, me dice entusiasmada, señalando al animal prehistórico en su teléfono, “¿Ves que la relación con lo ancestral aparece en todos lados?”. Y se ríe.

               

«Criaturas de gore-tex hacen música en la montaña» (día 5)

 1.

Cuando dejamos la casa, Francisco me advierte que voy a arrepentirme del pucho que estoy fumando. De repente me doy cuenta de lo ridículo que me veo para estar a punto de subir 10 kilómetros en la montaña: cigarrillo en mano, jean negro medio apretado, zapatillas que gritan que soy un bicho urbano. En el camino, las personas que se animan al sendero parecen estar mucho más preparadas. Llevan calzado con membranas respirables o cuero. Las camperas son impermeables y con varias capas, aunque sólo las justas para que permitan la movilidad necesaria. Los bastones de trekking son un accesorio más que casi ninguno de estos caminantes se da el lujo de dejar en sus casas. Parecen hombres del espacio que se lanzan a explorar un planeta desconocido.

Julia Sbriller, una de las participantes de la residencia, no puede quitar su mirada de los personajes que encuentra en los senderos de la montaña. Ella es flaca y pequeña, pero encabeza nuestra caminata con la soltura y la decisión que el resto no tenemos. Sigue el trayecto a paso constante y sólo se detiene cuando encuentra un caminante que le llama la atención para hacer los retratos del proyecto que desarrolla en la residencia.

Desde que llegó al Chaltén, la obra de Julia pasó del papel al contexto real de este pueblo, experimentando una transformación que aún continúa. Ella comenzó a preguntarse por los cambios (quizás imperceptibles) que marcan a una persona cuando atraviesa un sendero: ¿es posible registrar un antes y un después de la montaña a través de la fotografía, del video, de las palabras?  Antes de llegar a la residencia había armado un modelo que guiaría su trabajo, pero lo abandonó después del primer día. “Ahora me estoy sintiendo muy atraída por los personajes que habitan los caminos”, me cuenta ella, “Hoy pensaba en el disfraz y en las capas que nos vamos poniendo encima para identificarnos y hay algo de la montaña que desnuda eso, por más que intentemos disfrazarlo”.  Cada vez que pasa alguien por al lado nuestro, Julia agarra su cámara fascinada: “Amo los trajes de gore-tex, los accesorios, la cantidad de cosas ridículas que nos ponemos para salir a caminar”.

2.

Nuestro destino final es una laguna esmeralda rodeada por una montaña bañada en nieve. El último tramo del viaje es cuestas arriba, en un sendero que casi no está restaurado. Lo que queda adelante son rocas gigantes que se superponen sobre la tierra, y con cada paso yo siento que el corazón me sube por la garganta y sacude mi cuerpo. Mientras me detengo a tomar aire no puedo dejar de pensar en el proyecto de Julia: ella me dice que hay algo del ritmo corporal que resulta clave en la actividad de los caminantes. Hay algo que le sucede al cuerpo que se convierte en su guía de aproximación estética; es la pregunta por la posibilidad de expresar artísticamente esa experiencia. “El caminar y la respiración son rítmicas”, dice Julia, “hay momentos que estás escuchando mucho tu corazón, tu respiración, tus pasos. Es como un compás musical. Me pasó de preguntarle a mucha gente si estaban cantando algo mientras caminaban y no eran conscientes de eso hasta que se los preguntaba”

Por el momento, el proyecto de Julia se encuentra en etapa de investigación. Parte de su trabajo, mientras subimos la montaña, es detenerse y conversar con algunos caminantes. Les pregunta acerca de la música que hacen en el sendero. Cuando regresamos a la casa ella descarga ese material en su computadora, y ahí va acumulando los registros que construyen su búsqueda: hay un australiano que canta Elvis Presley, una pareja que recuerda una canción de La Renga y mexicanos que hacen un poco de cumbia. Cada uno de ellos conforma la sinfonía musical que Julia intenta reconstruir mientras observa los senderos. Al volver a la casa, nuestro recorrido del día se termina. Nos miramos exhaustos: el ritmo de nuestros cuerpos probablemente esté en sintonía.

               

«Algunos buscan despejar la niebla» (día 4)

1.

Francisco Murillo vuelve de su caminata contento. Entra a la casa de la residencia completamente mojado, porque afuera llueve sin parar desde hace varias horas. Le dice al resto de sus compañeros: “estoy feliz”, y se cuelga de las vigas del techo. Queda suspendido en el aire y parece un hombre de 36 años que se mueve con la libertad de un niño. El resto de los artistas seleccionados por Nido Errante, el proyecto que organiza la residencia en el Chaltén, lo escucha. Como cada noche, la casa se convierte en un espacio donde los participantes comparten los recorridos que hicieron durante el día; ahí se discuten las nuevas búsquedas y hallazgos que marcan sus proyectos de trabajo. Y Francisco acaba de volver de una excursión por senderos escarchados en agua. Ahora son cerca de las ocho de la noche y el pueblo está sumergido en unas nubes espesas que llegaron a tocar el suelo. El Chaltén se ve como una fantasía posapocalíptica.

“Sentía que estaba en Japón”, dice Francisco. Su voz suena profunda, como si saliera de una caverna oculta, mientras reflexiona acerca del objeto de su proyecto: los senderos de la naturaleza. “¿Cómo es posible entender el sendero o el paisaje?”, se pregunta en voz alta, “Cuando decía que parece japonés: ¿Por qué parece japonés? Es por las nubes, por los detalles, por las hojitas de los árboles, por las pequeñas rocas que parecen situadas como si fuese un jardín zen. Pero hay otros detalles que son propios de una fantasía cinematográfica, que yo creo que es uno de los grandes cúmulos de cómo vemos el mundo. El mago de Oz, Laberinto, son imágenes que se pregnaron mucho cuando éramos chicos y que aparecen cuando ves un paisaje”.

 2.

Mientras Francisco y otros integrantes de la residencia caminan por el Chaltén nublado, algunos nos refugiamos en la casa viendo películas.  En  El Ornitólogo, el film portugués que proyectamos, la representación de la naturaleza aparece como una búsqueda constante: el director oscila entre el punto de vista de un hombre que observa las aves y el de las aves que miran desde arriba a este ornitólogo. Los planos subjetivos de los animales sugieren, en algún punto, que la naturaleza posee una perspectiva propia, una mirada que contempla a los seres humanos, tanto como estos contemplan el paisaje. “Yo me preguntaba, mientras estaba en el bosque, cómo los árboles me estaban mirando”, dice Francisco, en consonancia con el registro del film que vimos durante la tarde. Es que su proyecto en la residencia pone a la naturaleza en un lugar privilegiado, como un territorio que va más allá de lo humano.

En medio de esta búsqueda, Francisco canaliza sus preguntas a través de distintos soportes, aunque principalmente trabaja sobre el video. El registro del movimiento se convierte, para él, en el modo privilegiado para acercarse al diálogo entre la naturaleza y los humanos. “Yo venía a buscar en el sendero un espacio en sí mismo, donde yo podía hacer un plano fijo, medir un cuerpo en ese plano y a su vez interactuar con esos elementos de la naturaleza: árboles, piedras, el camino”, comenta. Y esta tarde, rodeado por la niebla que inundó el pueblo, se convirtió en una experiencia privilegiada para desentrañar las fantasías sobre la naturaleza.

              

 «La muerte puede estallar en fuegos de colores» (día 3)

1.

 Vero habla de la muerte mientras se ríe con dulzura. Una brisa de viento le mueve apenas los rulos castaños y deja al descubierto una sonrisa que se proyecta desde su rostro hacia afuera. Me dice: “porque viste que yo me voy a morir acá, en el Chaltén”.  La última vez que Vero visitó este pueblo fue en el 2000, cuando tenía 27 años, y juró que iba a volver a formar una familia; viviría acá hasta morirse. La promesa que nunca cumplió se convierte ahora en su proyecto de fotos para la residencia de Nido Errante: una vida alternativa de lo que nunca fue, de lo que podría ser, de las personas de la comunidad que hoy serían sus vecinos, sus amigos o algún amante. “Una vez le pedí a un amigo que viniera al Chaltén a tirar mis cenizas cuando muriera”, me cuenta Vero. Entonces uno de los registros fotográficos de su proyecto es ese momento: el del gran final, cuando sus últimos restos sobrevuelen el cielo montañoso del Chaltén, en alguna versión de su vida paralela. Y cuando eso suceda, las cenizas van a alzarse sobre el pueblo hasta convertirse en destellos de colores. “Como le pasó a un monje budista”, dice ella. Y sigue sonriendo.

 2.

Un zapatero se quedó con las ollas de dos europeos que nunca volvieron. La última vez que se los vio con vida estaban subiendo al cerro Fitz Roy y desde entonces pasaron unos días hasta que alguien encontró sus cuerpos. A Vero le dijeron que eso pasa muy seguido: arriba, en los cerros, los andinistas muertos son casi parte de la geografía. Se quedan ahí, a mitad de sus caminos, congelados por las tormentas que los convierten en hombres de nieve. La montaña los perpetúa entre sus fauces, como si les rindiera tributo por dedicar sus vidas al andinismo.

Desde el vivero municipal, Laura se encarga de cuidar las plantas y nos comenta que la muerte en el Chaltén es una posibilidad siempre latente. La vemos arrastrar una manguera color fucsia entre las verduras, sin ningún gesto de molestia por la temperatura que se cocina en su invernadero. El calor se siente espeso, y hacia el fondo hay un barril que desprende un aroma a lavanda tan fuerte que parece embriagarnos. “Hay gente que pregunta cómo se llega en auto hasta la Vuelta al Hielo y eso es una expedición”, dice Laura con su tono de voz duro, “hay andinistas que vienen a hacerlo con preparación, no es una atracción turística como cualquier otra. Yo sé que desde afuera parecen trágicos los accidentes, pero éste es un lugar extremo”.  

 Laura se aleja hacia la otra punta del vivero y saca una bolsita de su mochila. Extiende la mano y se la muestra a Vero: en el paquete hay un polvo de color violeta que extrajo de los minerales de una montaña. “No sé si esto te servirá para la foto”, dice Laura. Vero observa el contenido y le propone que la acompañe al cerro a extraer polvos de otros colores. Después de mañana, cuando las dos emprendan esta excursión, Vero va a fabricar las cenizas de su propia muerte. Con su cámara va a registrar el último momento de su otra vida posible; va ocurrir en el cielo, entre los picos nevados del Chaltén. Y va a ser de muchos colores.

«Las bellas durmientes no comen vidrio» (día 2)

1.

 En un bar del Calafate me sirven bagel de cordero patagónico. La moza rubia se acerca con el plato y yo pienso que el menú suena tan internacional como localista; parece una estrategia calculada para el turismo extranjero que se mueve por estas calles. Entonces doy el primer mordisco; la carne jugosa se disuelve en mi boca y se mezcla con el queso derretido. Muerdo de nuevo con entusiasmo, pero mi emoción pronto se transforma. Puedo sentir como si una piedra se hiciera añicos entre mis dientes. Muerdo granitos rasposos que se multiplican y nunca se mezclan con la comida. Cuando escupo los veo ahí, resplandecientes encima del cordero for export repleto de semillas: unos trozos de vidrio están brillando como si fueran una piedra preciosa, quizás alguna extraña reliquia de la zona. “Te pedimos disculpas, no sabemos cómo llegó ahí”, me dicen la moza y la cocinera. “Igual no te va a pasar nada”, repiten como queriendo convencerse a sí mismas; insisten que no voy a morir desangrado como un perro. Dicen casi preocupadas: “Danos tu teléfono, danos tu número así te llamamos para ver cómo seguís”. Pero nunca más llaman.

2.

  “Vos invertiste el famoso dicho ‘yo no como vidrio’”, se ríe una amiga por teléfono. La escucho hablar mientras cruzo un pequeño boulevard parquizado para llegar a la terminal de ómnibus. En sólo treinta minutos sale mi colectivo al Chaltén, donde tendrá lugar la residencia para fotógrafos organizada por Nido Errante. Desde las escalinatas, la calle principal del Calafate se ve cada vez más pequeña, pero los sonidos de la gente suenan con fuerza. Un grupo de docentes avanza sobre el cemento y hace sonar bombos que retumban en el pueblo. Entre sus manos, algunos sostienen pancartas reclamando sus sueldos. Aunque mi colectivo sale dentro de pocos minutos, me detengo a observarlos un momento. Mientras dejo el Calafate pienso que, por suerte, algunas personas se niegan a comer vidrio.

3.

Francis me habla sobre un mundo en el que la gente se queda dormida misteriosamente. Se duermen en las veredas, en las cajas de supermercados o en el aula de alguna escuela. En su proyecto fotográfico, la narrativa sigue a una comunidad que se debate entre el sueño y la vigilia. “Me encantaría hacer una foto de varias personas dormidas en un lugar público”, me dice ella. En frente nuestro, los rincones del Chaltén parecen estar desiertos. Son las diez de la mañana y pensamos que la gente probablemente esté subiendo alguna montaña o trabajando en sus casas. Cada tanto, una que otra sombra se refleja desde las ventanas. Las construcciones sobre las colinas, las calles diseñadas con delicadeza, los faroles blancos que se extienden por las veredas limpias hacen ver el lugar como si fuera un estudio de filmación. Todo parece una escenografía perfectamente armada, con los autos fantasmas frenados en las esquinas y los equipos técnicos que todavía no llegaron a filmar. Cuando nos cruzamos a las primeras personas, creo que podrían ser extras de alguna película. “Este lugar parece de ficción”, me dice Francis mientras registra locaciones con su cámara.

En su proyecto, el dispositivo ficcional es uno de los motores que marca la aproximación fotográfica. Pero la idea de un pueblo dormido surge, según ella, de una molestia por la coyuntura política actual; es la contradicción entre no querer ver lo que sucede y el anhelo de hacerle frente, a veces sin saber cómo. “¿Y si nos dormimos? ¿Y si soñamos? ¿Y si el sueño es en realidad algo colectivo?”, pregunta Francis, “¿Y si ahí existe una forma de resistencia, una forma de construir colectivamente para parar todo?”.  Desde arriba de una colina vemos una madre andando en bicicleta con su hijo pequeño; los habitantes del Chaltén parecen haber comenzado a despertarse.

               

                  

     

          

 

 

 

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