En el marco del 24 de marzo -Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia- presentamos un texto de Tomás Eloy Martínez de enorme valor literario y testimonial. Se trata de un borrador de El Olimpo, su última novela, que quedó inconclusa y permanece inédita. 

Su desarrollo comenzó en 2006 y concluyó en diciembre de 2009, un mes antes de la muerte del escritor. Lo que aquí se ofrece es una de las versiones preliminares, no la definitiva. 

El argumento gira en torno al descenso de los dioses del Olimpo griego al Olimpo de Floresta, uno de los centros clandestinos de detención de la última dictadura militar argentina. Allí los doce dioses olímpicos esperan alcanzar la degradación que los acerque a la muerte. Gracias a ellos, es posible que algunos detenidos sobrevivan y brinden testimonio del horror.

En las entrevistas que TEM mantuvo con algunos ex detenidos, cuenta que el libro trabaja sobre la idea de tres Olimpos: el homérico, de la Ilíada y la Odisea, el Olimpo de Hitler y la Alemania nazi y el Olimpo de Floresta. El texto busca dar con el punto de encuentro en distintos momentos históricos en los que existe el dominio de unos sobre otros. Este dominio no sería posible, dice TEM, sin la complicidad de la sociedad.

Además, los archivos encontrados pertenecientes a esta novela revelan una constante en su pensamiento: la preocupación por la historia y los vínculos con la tradición literaria. En ese sentido, El Olimpo es  una novela pero también puede leerse como un ensayo.

El texto se organiza en 14 capítulos más un epílogo que se corresponde con un artículo que TEM publicó en el diario español El País, en enero de 2006 (puede leerse aquí). La voz narrativa es múltiple: narran los dioses, narran los sobrevivientes, hay un narrador en primera persona que exhibe la organización y los procedimientos textuales. Por las anotaciones que conservan los archivos, TEM había avanzado en la estructura, la documentación y los borradores de todos los capítulos, pero la escritura y corrección se encontraba en una fase incipiente de desarrollo.

 

I

 

Hubo un momento, un relámpago ciego de la eternidad, en que los Dioses inmortales quisieron morir. Lo sabían todo, pero no sabían morir. Muy atrás, en el foso sin fondo de los tiempos, sus caprichos aterrorizaban al mundo. Imaginaban pestes y enfermedades cada vez más incurables, ordenaban matanzas atroces y disfrutaban infundiendo el odio entre los hombres para verlos desgarrarse en contiendas sanguinarias. Manifestaban su poder levantando los océanos de sus lechos y dejándolos caer como latigazos sobre la tierra, impasibles ante la ruina de los pueblos a los que derribaba el oleaje. Pese a las desdichas, la especie humana se extendía, se multiplicaba y les proporcionaba incontables víctimas para los sacrificios y las diversiones. Entre ellos se decían que las maldades no triunfan pero, cuando los arrebataba la cólera, los Dioses se volvían irracionales y malvados. Carecían por completo de escrúpulos morales. Desconocían la compasión y la culpa. El llanto de los mortales les parecía un espectáculo grotesco.

La eternidad les había enseñado todos los signos y las voces de la muerte, pero como la muerte no había entrado en ninguno de ellos, desconocían su apariencia y sus señales. Querían morir y no sabían cómo.

                   

II

          Coro de los sobrevivientes – Un día irrumpieron en nuestras vidas seres malignos que decían ser emisarios de los Dioses. Estaban llenos de poder y no tardaron en demostrarlo. Nos advirtieron que, como los deseos de los Olímpicos cambiaban muy rápido, debíamos estar siempre pendientes de sus órdenes y cumplirlas sin demora. Cualquier distracción nos podía costar la vida. Nos repetían que, si vacilábamos en obedecer, los Dioses nos infligirían torturas más crueles pero más torpes que las de Sísifo: quemaduras con sopletes, descargas eléctricas en las encías y en la ingle, mordeduras de perros y de ratas, empalamientos, ataques de hormigas carnívoras, y la peor de todas, torturarían salvajemente a nuestros hijos delante de nosotros. No los dejaban dormir. Tampoco nosotros dormíamos. Cuando se nos cerraban los ojos y se nos apagaban los sentidos, nos quitaban la respiración con bolsas de plástico o nos ahogaban en pozos de mierda. Los aullidos de dolor de los niños nos desgarraban el alma. Nada de lo que dijéramos los satisfacía. Con cualquier excusa nos castigaban. Vivíamos atentos a la cólera de sus ojos y a los temblores de las cejas. Con el tiempo distinguiríamos qué significaba cada gesto y, aunque podíamos adivinarles los pensamientos –que, por lo demás, eran muy simples–, estábamos indefensos.

Nos aferrábamos a cada instante que pasaba como si fuera el último, vivíamos en una frontera inestable entre la vida y la muerte. Los que se decían emisarios nos maniataban la conciencia con su poder ilimitado y, poco a poco, iban despojándonos de los atributos humanos que ellos ya no tenían. Ni siquiera nos creíamos con derecho a sentir vergüenza por hacer lo que nos obligaban a hacer.

A la entrada del campo donde estábamos recluidos ellos habían pintado un cartel en torpes caracteres góticos: “Bienvenidos al Olimpo de los Dioses”. Debajo del cartel se leía una firma: “Los Centuriones, dueños de la vida y de la muerte”. Se les habían mezclado la historia romana y la mitología griega. Durante el imperio romano, los centuriones eran los oficiales que comandaban en el ejército una centuria de ochenta hombres. Y en cuanto al Olimpo mismo, un monte de casi 3.000 metros, poco ha cambiado desde los tiempos de Hesíodo. Antes, la nieve asomaba en la cumbre. Ahora, en sus laderas sólo crecen pastos duros que hasta las cabras rechazan. Como el Olimpo es la montaña más alta e imponente de Grecia, la imaginación de los hombres la convirtió en morada de los Dioses. Está situada en el norte de Tesalia, a dieciséis kilómetros del mar Egeo. Cuando los vientos amontonaban nubes en su cima, los habitantes de las ciudades vecinas creían vislumbrar los palacios de cristal de roca desde donde los Dioses regían el orden del mundo.

Muy lejos de allí y mucho después, en el invierno de la historia, los personajes sombríos que se llamaban emisarios de los Dioses construyeron su propio Olimpo a ras del suelo, en una cueva de chapas y ladrillos mal revocados del barrio de Floresta, en el oeste de la ciudad de Buenos Aires. Antes de que llegaran, el tinglado había servido como terminal de varias líneas de colectivos y ómnibus. Y después, en 1983, fue el galpón de la División Automotores de la Policía Federal donde se verificaba la identidad de los vehículos y se tatuaba sobre los vidrios, con aire comprimido y arena, el número de serie de cada unidad. Hace poco, en noviembre de 2005, el antiguo garage fue consagrado a la memoria de sus setecientos muertos y abierto libremente a los visitantes. Un público pasmado pudo ver las celdas, las letrinas y la cámara de torturas, con la avergonzada sensación de que todas las sevicias cometidas allí ante sus narices habían alcanzado a desdichados que se parecían a ellos y que bien podían haber sido ellos. Una puerta de metal, de dos hojas, les servía de entrada. A la izquierda de la puerta habían colocado una imagen de yeso de la Virgen de Luján sobre un altar de cemento. La espalda de la Virgen estaba protegida por un amenazante abanico de lanzas. Los emisarios miraban la efigie con temor y a veces se persignaban al pasar frente a ella. Se declaraban cristianos pero, como no conocían las mitologías ni las religiones, se les confundían todas, y ninguno habría sabido discernir a cuál pertenecía.

 

(Agradecemos para este trabajo el aporte de Ana Prieto, encargada de llevar adelante la catalogación del Archivo TEM. Informarnos además que este texto, los materiales de investigación utilizados para su escritura y la totalidad del archivo se encuentran a disposición para consulta pública, concertando cita previa a través de info@fundaciontem.org)

Copyright: Fundación TEM

Foto: Gonzalo Martínez / Archivo Fundación TEM

 

2 thoughts on “«El Olimpo» (fragmento de la novela inconclusa de Tomás Eloy Martínez)

  1. Un relato conmovedor de este escritor al que admiro tanto !!!!!! Justo hoy 24-3 -Dia de la Memoria.
    Se me eriza la piel, por que por ese lugar tan particular de Floresta yo transitaba cerca para ir y venir de mi trabajo… en esa época resultaba tan extraño, tan sórdido…y después nos enteramos que era un Centro de detención donde reinaba la tortura.
    Gracias ! Cuando se editará el libro?

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