Juan Mattio publicó su nuevo libro, que forma parte de la colección Negro Absoluto de la editorial Aquilina. La presentación es el miércoles 29 de junio a las 19,30 en Fundación TEM. Junto al autor estarán Juan Sasturain y Kike Ferrari. Aquí, un fragmento de «Tres veces luz» que, afirma Sasturain, constituye «una maravillosa , terrible sorpresa narrativa que no se lee sin oscuro temblor».

El niño llevaba nueve días a bordo cuando el hombre lo encontró. Estaba tirado sobre el piso de la bodega. Parecía el cadáver de un perro. Las piernas flacas extendidas, lejos del tronco, igual que los brazos. El hombre se sentó en cuclillas y lo miró dormir. Pensó que no tenía tiempo. Pero sólo lo pensó y quedó quieto. El chico despertó y abrió los ojos con dolor. Era una oscuridad de quince metros bajo cubierta. Ahí el día y la noche no significaban nada. Escuchó el latido de la tormenta. Todavía, pensó. Después escuchó la presencia del hombre. El quejido de la respiración. Su cuerpo pequeño se endureció. Vio una sombra recortarse sobre el fondo más negro del vacío. De alguna forma, mientras dormía, sabía que estaría ahí. Era la sombra que lo molestaba en sueños. El hombre le tapó la boca con la mano. Las grietas de la piel le rasparon las mejillas y los labios. Ese contactó lo aturdió. Por su olor supo que era un hombre negro.
Los pensamientos bailaban en su pequeña cabeza. ¿Hace cuánto que espera? ¿Por qué no me despertó? ¿Qué hace ahí? Sintió un temor sexual. ¿Por qué me mira así? Se culpó por estar desprevenido. Se había cuidado tanto, tanto de de ese momento. Movió despacio su espalda hacia la pared. ¿Hace cuánto se llevaron a Shark y a Deaf? ¿Dos, tres días? ¿Cuántas horas pasaron desde que escuché los disparos? La tormenta era un ruido enlatado por el eco. Esa era la única medida de tiempo que tenía. Cuando mataron a sus amigos no había empezado a llover.

Apenas respiraba. El hombre acercó mucho su cabeza al niño. Se puso un dedo sobre los labios. Después acercó la boca a su oído y murmuró.
-¿Tiene agua? ¿Comida?-
Hablaba en inglés, el idioma común de los puertos y los barcos. El chico tocó la bolsa que estaba debajo suyo. Era una bolsa de nylon negra. Ahí estaba todo lo que tenía y dormía sobre ella para aislar el frío. Se movió lo suficiente para que el hombre la agarrara. La revisó en la oscuridad. Tocó dos botellas de agua. Medio paquete de galletitas de cereal. Las últimas tres aspirinas de un blíster. El hombre lo miró.
-¿Está enfermo?
Tocó el piso con la mano. Después, la frente de Chuckle. Siguió. Una bolsa más pequeña con un puñado de harina de mandioca. La lata de leche condensada casi vacía. Eso era todo.
-Cuatro días. -dijo- Tal vez menos.

Guardó todo en la bolsa de nuevo y se la tiró al hombro. Chuckle pensó que ahora se iría. Pensó que ahora podría morir de hambre antes que de frío. Agarró la lata afilada que escondía en la parte de atrás del pantalón. El hombre volvió a acercar la boca a su oído. El niño se mantuvo quieto.
-Va a seguirme con mucho cuidado.-
-No.-
Chuckle sintió su propio aliento en la mano del hombre. Era aire rancio.
-Está muriendo de frío. O habla conmigo o habla con ellos.-
Quiso agarrar al chico por el brazo pero Chuckle le cortó la cara. El hombre se tiró hacia atrás. Lo miró. Ahora el niño sostenía la lata afilada a la vista del hombre. Se tocó la mejilla. Había sangre. Pensó en el óxido, en que tal vez el óxido le trajera problemas. Escuchó que la respiración del niño se agitaba.
-Ya podemos irnos.-
-…-
-Ya sabe que si hubiera venido a matarlo lo habría hecho acá. Ahora.
-Hay cosas peores que morir.
-En eso estamos de acuerdo.

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