Con motivo de un nuevo aniversario del nacimiento de Tomás Eloy Martínez, Daniel Divinsky, el editor que está a cargo del catálogo de Ediciones de la Flor, escribió este texto conmemorativo especialmente para la web de la Fundación TEM.
Daniel Divinsky / Foto: Web
Mi evocación más reciente es disparatadamente surrealista: visité a Tomás por última vez poco antes de su muerte. Compartimos su gin tonic ritual y me habló con su entusiasmo usual pero sin su ímpetu sobre el libro que estaba escribiendo, todo en medio de ese clima de falsa alegría que impera, como dijo alguien, en las despedidas en aeropuertos o en los patios de las prisiones los días de visita. Al mirar de reojo las paredes tapizadas de libros de varias habitaciones, no pude evitar pensar, –¡qué ridículo!—que esos libros no volverían a ser leídos por él.

Tomás no sólo era mi amigo, sino que trabajé con él en El Diario de Caracas y viví fascinado por su estilo envidiable, que siempre definí como alquitarado en tono de elogio, hasta que descubrí que el preciso sentido de esta palabra es alambicado, que no es lo que quería significar. Porque lo que admiré en su escritura es el burilado de cada frase, trabajada hasta no dejar ni una sola arista: lo más cercano al lenguaje de un poeta.

Y no reservaba eso para sus libros: sus artículos periodísticos y hasta sus cartas (y los e-mails más modernamente) ostentaban idéntica precisión.

Tuvo también, sin saberlo, un rol determinante para que la presencia de la Argentina como país invitado de honor en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt de 2010 fuera tan excelente como fue: un artículo de Tomás en “La Nación”, en el que resaltaba la importancia de esa presencia y del tiempo que otros países habían dedicado a prepararla, leído por nuestra Presidenta, motivó que se pusieran en marcha los mecanismos necesarios. Hasta eso le debemos a Tomás póstumamente…

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