Alma Guillermoprieto / Foto: Pablo Corral / National Geographic

No puedo decir que hayamos sido amigos íntimos. Más bien, fui la beneficiaria, una y otra vez, de su inagotable generosidad. Lo busque hace muchos años en Buenos Aires, con ganas de conocer al autor de un libro que me había deslumbrado, “La novela de Perón”, y de inmediato tuve que agradecerle una invitación a cenar. Llegué dispuesta a alabarlo y todavía no descifro como fue que logró invertir el orden de las cosas, de manera que la que escuchó mil halagos sobre sus textos fui yo. En su presencia gentil todo fluía; el vino, la conversación centelleante, el bienestar. Salí feliz, un poco borracha, y convencida de haber dicho cosas inteligentísimas. Pero claro, en todo momento el de las frases ocurrentes, la cultura inabarcable y los aperçus fulminantes había sido él. Tiempo después recibí una llamada de un tal García Márquez invitándome a dar un taller en una fundación que estaba por nacer, dedicada al periodismo. Por supuesto, mi nombre le había llegado a través de Tomás Eloy, su co-conspirador del alma en esta y otras tantas aventuras.

Estoy segura de que nunca le di las gracias, o más bien, que nunca supe agradecerle adecuadamente tamaño favor, pero Tomás Eloy era de los que no se acuerdan de los favores hechos ni cometen jamás la vulgaridad de cobrarlos. A lo largo de los años me siguieron llegando de tanto en tanto invitaciones a participar en este o aquel seminario prestigioso o a escribir para tal o cual medio de lujo. Pronto aprendí a adivinar el origen de la recomendación: era siempre Tomás Eloy.

Tratando ahora de llenar el vacío que deja su muerte con una vuelta a sus libros, comparto con miles de lectores el redescubrimiento agradecido de una Argentina que es la que es: eternamente en conflicto con si misma, intensa y lúcida y poblada de espantos, obsesiva, brutal y pragmática, e idealista hasta la locura. La Argentina de Tomás Eloy Martínez es un país huérfano, que el escritor habitó como si fuera su propia piel—o mejor aún, que en su obra maestra logró encarnar en un binomio inolvidable; el General Juan Perón y el brujo José López Rega.

“La novela de Perón” arranca con un Perón enfermo de muertos y de muerte, y ya en poder del `secretario´que le endilgó su tercera esposa, la ex-bailarinceta de cabaret y futura presidenta de Argentina, Isabelita. El autor nos presenta a López Rega:

“..en la primera ocasión de intimidad pedía seriamente que lo llamaran Daniel, ya que por ese nombre astral lo conocería el Señor cuando tronara el escarmiento del apocalipsis. Pareciá un carnicero de barrio: era retacón y confianzudo. Se posaba como una mosca sobre todas las conversaciones, sin preocuparse en lo más mínimo por la tolerancia de la gente. En otros tiempos se había esforzado por caer simpático, pero ya no. Ahora se vanagloriaba de su antipatía.”

Haciendo milagros de ventriloquismo el novelista crea en la relación entre un viejo a la vez senil y zorro, y su criado todopoderoso, la alegoría definitiva de un país sumido en la abyección; la Argentina de los años 70:

“..un concierto de gárgaras, en el baño de arriba, profana la lectura. El General reconoce los estruendos con que López Rega anuncia sus aseos al filo de la medianoche. A cada gárgara le sucede un desgarro de mocos, y casi de inmediato, el redoble de pedos con que el secretario se alivia el estómago.

Su estómago, mi General, lo ha corregido López. Yo nada tengo que ver con eso. Son los vientos que se le cuelan a usted en la boca y usan después mi cuerpo para soltarse. ¿Cómo es posible?, le ha preguntado Perón. He tenido siempre una digestión perfecta. Pero el secretario insiste: las gárgaras sí son mías. A los otros ruidos me los transmite usted.

Cito por último, para no escatimarle a los lectores el placer, las palabras finales del capítulo en el que el brujo López Rega intenta la trasmigración del alma de la fulgurante Evita—cuyo cadáver embalsamado permaneció en el altillo de la casa de Perón durante su largo exilio en España—al cuerpo de Isabelita, tan irremediablemente estúpida ella. Al final de una larga sesión nocturna de resos y conjuros el brujo despierta con ansiedad a la adormecida Isabel:

“..Ella tendrá que responder tan sólo Que assim seja!, y se sabrá por fin si los dos espíritus son uno.

–¿Eva?—la llama López–. Ave, vaé a e, aev a, la morte è vita, Evita. ¿Ah?
Isabel se vuelve hacia él.

–¿Cómo dice, Daniel? Venga, hombre un momentito. Ayúdeme. No puedo encontrar por ninguna parte las chinelas rosas.

Me asombra ahora no sólo cuan mal le supe agradecer a Tomás Eloy su eterna gentileza, sino cuan poco supe, o supimos, de él. Tuvo esposas e hijos bienamados y amorosos, vivio años enteros en el exilio, tuvo como afición apasionada fundar periódicos y orientar periodistas.

“Nacido en Tucumán” dicen por toda referencia personal sus notas biográficas, y con eso apenas logro construir un paisaje áspero y luminoso, de cielos tan azules que lastiman, y una presencia indígena en aquel piedemonte andino que, ahora que estudio la foto de sus libros, también asoma en su rostro. Es decir, no era porteño. Su malicia, la flecha envenenada de su prosa, sus tiempos lentos, su donaire, eran otra cosa. No bailaba tango. (Pero cuando alguien lo importunaba con la insistencia de que lo hiciera, apuntaba, generoso, que su amigo Carlos Fuentes era el que lo bailaba espléndidamente.)

Tenía, sin embargo, el pequeño ego que trata inutilmente de esconder todo escritor. Recuerdo con especial afecto un evento en Bogotá en el que nos tocó hablar a varios maestros de la Fundación Nuevo Periodismo, incluyéndolo a él. Fuimos desfilando sin pena ni gloria frente al micrófono, conforme la oscuridad del auditorio se llenaba de toses y murmullos, hasta que le tocó turno. Impecablemente trajeado y con postura de galán de cine, bordó ante un público hipnotizado una alabanza del periodismo tan lúcida, exaltada, y bien armada que hasta me dieron ganas de ser periodista yo también. Cuando se sentó, todavía entre el estallido de aplausos, luchaba por guardarse una sonrisita de satisfacción. “¿Ves?” me murmuró al oido. “Hay que construir bien, nomás.”

Ojalá todo fuera tan simple, querido Tomás. Ojalá no te hubieras ido.

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