Hoy se cumplen 40 años de La masacre de Trelew. Con motivo de este nuevo aniversario, compartimos el prólogo a la primera edición de La pasión según Trelew, que se publicó en 1973 y fue editado por Granica Editor.

En octubre de 1972 fui testigo del alzamiento popular con que los habitantes de Trelew respondieron al arresto de dieciséis ciudadanos y al allanamiento de un centenar de casas de la región. El operativo militar y policial había sido concebido como un escarmiento contra la población, por la solidaridad que la unió a los presos del penal de Rawson antes de la fuga del 15 de agosto de 1972 y por la consternación que no ocultó después de los fusilamientos de una semana después.

Los represores emplearon el mismo argumento oficial de los españoles durante la guerra de la independencia: trataban de cuidar —dijeron— los bienes y la paz de la comunidad ante la presencia de “elementos perturbadores”. Pero en Trelew la agresión fue llevada esta vez más lejos: un segundo comunicado militar aseguraba que el operativo se había cumplido con la colaboración del pueblo. Y el pueblo no iba a tolerar que se difundiera esa falsía.

Durante casi una semana, más de tres mil personas (la décima parte de la población total) se mantuvo en vela dentro o en los alrededores del teatro Español, cuyo nombre era entonces “Casa del Pueblo”. Hubo una huelga general desautorizada por la CGT, con un ausentismo que superó el noventa por ciento. A las dos manifestaciones que salieron de la plaza principal y llegaron hasta los barrios pobres de la ciudad asistieron más de siete mil personas.

Trelew se transfiguró durante aquellos días. Había consignas que imponían no romper vidrieras, no provocar desórdenes, mantener limpios los lugares de reunión, cumplir escrupulosamente con el trabajo habitual. Y no hay memoria de que alguien haya violado esas indicaciones. Los abastecimientos, la limpieza, la medicina y hasta las canciones fueron socializados por buenos burgueses a quienes nunca les habían interesado las experiencias revolucionarias.

La misma tarde que llegué a Trelew encontré por azar a Teresita Belfiore, que veinte años antes había sido mi compañera en el Instituto de Letras de la Universidad de Tucumán y que ahora enseñaba lenguas clásicas en la Patagonia. Ella me ayudó a compilar la información suelta que había ido surgiendo del teatro durante la movilización, a rescatar de los cajones de desperdicios algunos volantes y canciones mimeografiadas, y a que el diálogo con los protagonistas de la historia fuera menos formal.

En una primera versión, este libro fue una acumulación de crónicas, reportajes ajenos, discursos y documentos vinculados con la fuga del 15 de agosto, con los fusilamientos de la base Almirante Zar y con la movilizaciónpopular del mes de octubre. Me propuse tan sólo organizar las voces de aquel coro para que su sonido no traicionara el sonido del pasado. Pero el pasado nunca vuelve a ser lo que fue. El pasado es sólo una manera de no encontrarse con el presente.

Desde el 18 al 22 de octubre de 1972 entrevisté en Trelew, Rawson y Puerto Madryn a veintitrés personas: ex apoderados de los presos, oradores y animadores de las asambleas populares, ciudadanos que fueron llevados al penal de Villa Devoto y liberados entre los días 16 y 19, e inclusive uno de los dirigentes sindicales que las consignas y discursos señalaban como delator. En esos días reuní todas las crónicas sobre la movilización popular publicadas por los diarios de Trelew y cotejé las versiones mimeografiadas de los cantos y estribillos con las correcciones que el coro de obreros y estudiantes introducía todas las noches en las reuniones del teatro Español.

Volví a Trelew a mediados de febrero de 1973 para llenar algunos vacíos de la historia. Obtuve entonces autorización de Adolfo Samyn, subdirector de El Chubut, para reproducir las crónicas de su diario, y concerté cuatro entrevistas complementarias en Rawson y Puerto Madryn. Conocí a Gustavo Peralta, que seguía preso cuando tuve que marcharme de Trelew en octubre, y anudé con él una relación fraternal: a la minuciosa memoria de Gustavo se deben muchas páginas de este relato.

Comencé a escribir el libro el 26 de mayo, entusiasmado por el espectáculo de una democracia naciente que parecía al abrigo de todo desgaste. Las cárceles estaban vacías de presos políticos, las puertas de la Casa de Gobierno permanecían abiertas para la gente y los vivas a Perón —a quien se veía entonces como el portador de una paz definitiva— se oían hasta en la intimidad de los dormitorios. Millones de argentinos creían con ingenuidad que los jefes de la dictadura saliente serían juzgados en público y los diarios publicarían la lista de sus crímenes; que publicarían no sólo la historia de las prisiones, torturas, secuestros y fusilamientos de los últimos años; también esas otras máscaras de la represión que eran el aumento de la mortalidad infantil, el desempleo, el desquicio de los hospitales y los infortunios de la educación pública. Nadie recordaba que las dictaduras siempre fueron astutas en la Argentina y que llevaban más de un siglo burlando la justicia.

Desde la Independencia, el poder militar no ha ganado batallas contra los enemigos externos de la Argentina pero se mantiene invicto en la lucha contra los prisioneros desarmados. Entre 1918 y 1922 atesoró sus mejores laureles: limpió por centenares a los hacheros alzados en el norte de Santa Fe contra el monopolio de La Forestal; exterminó a casi un millar de peones en la provincia de Santa Cruz por exigir condiciones menos bestiales de trabajo a los grandes terratenientes; asesinó a decenas de obreros industriales, con la complicidad de pandillas de señoritos, durante las revueltas que empezaron en la fábrica Vasena y que perduran con el nombre de Semana Trágica; sepultó la Constitución y amañó leyes y decretos nuevos que lo autorizaban a matanzas más silenciosas en las comisarías y aun en los sacrosantos regimientos y brigadas donde se ejercitó la tortura; fusiló sin juicio a veintisiete presuntos responsables de la insurrección del 9 de junio de 1956.

Nunca ocultó los rastros de esas depredaciones porque había conseguido ser impune hasta en los textos de historia: el propio poder militar se encargaba de escribirlos.

La primera intención de este libro es desafiar esa impunidad. En un país donde los idealistas son mártires y los réprobos viven sin castigo, la memoria del pueblo siempre será más larga que las astucias de quienes lo reprimen. Y si las páginas que siguen no contribuyen a derrotar las arbitrariedades del poder, al menos contribuirán a que no se las olvide.

Buenos Aires, agosto de 1973

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