“Primero debe tramitar el formulario 7366 extendido por las Regionales de la DGI, que acredite el beneficio de los incisos e) o f) del Artículo 20 de la Ley de Impuesto a las Ganancias, según corresponda”. Este es apenas uno de los jeroglíficos que tuve que descifrar durante más de tres años para lograr traer al país la biblioteca de mi padre, el escritor Tomás Eloy Martínez, que murió en enero de 2010 sin poder reunirse con los libros que había dejado en su casa de Nueva Jersey. En su testamento él pidió que todo ese patrimonio cultural (su biblioteca, sus discos y películas, sus archivos y manuscritos) permaneciera en la Argentina, en la Fundación que hoy lleva su nombre.

Si retirar un ejemplar de la Aduana se parece a una mala pesadilla, ingresar más de diez mil sería como atravesar los nueve círculos infernales de la Divina Comedia.

Mi primer escala: en la Aduana pregunté por los trámites. Me llenaron de instructivos y me despacharon con una palmada de buena suerte. Se trataba de una donación proveniente de los Estados Unidos, y por lo tanto, intervendría el consulado argentino en Nueva York, donde mi hermana menor –ciudadana estadounidense– tuvo que ir varias veces a visar el trámite. Ahí intervino la oficina Redes de la Cancillería argentina, donde comenzó el expediente de la donación y nos explicaron que allí había ítems como “dos cajas con elementos de escritorio” que no aclaraban su contenido y podían traer problemas. Afuera los lápices y lupas. Nuevo trámite de donación para quitar esos artículos.

Mientras tanto, debía intervenir el ministerio de Industria y Comercio; inscribir a la Fundación como importador y exportador eventual; solicitar a la AFIP que certificara la Excepción al Impuesto a las Ganancias y al IVA; el Ministerio del Interior debía extender certificado de antecedentes penales… Pasaban los meses, los años, y cuando un trámite avanzaba dos casilleros, el anterior retrocedía tres. Un container resguardaba todo en Nueva York a la espera de la bandera verde: costaba mil dólares por trimestre de depósito. Hagan la cuenta. Repaso mails y leo en uno de diciembre de 2011, ante mi consulta sobre la marcha del expediente: “Hubo cambios de autoridades, y ahora todo depende de Comercio Interior”. Eran los días en que el ex secretario Guillermo Moreno era el amo de las importaciones. Otro mail, a principios de 2013: “Las bibliotecas, ¿de qué madera son? Tiene que intervenir el Senasa para autorizar su ingreso, porque la madera es de origen vegetal”. Y de paso, el inventario de la “mercadería” debía ser traducido por un traductor público certificado. Y además, tramitar el CEVI, el BL, y otras zancadillas. Pero me había empecinado en cumplir la voluntad de mi padre. En febrero de 2014 atravesé el noveno círculo de este Infierno y reuní todos sus libros en eso que Borges llamaba el Paraíso.

Por: Ezequiel Martínez

Medio: Revista Ñ

Fecha: 02 de febrero de 2015

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