En el ciclo de cuentos de los lunes, compartimos Lo que es el final, capítulo de la novela inédita Otoño, la muchacha, la caja con restos humanos (Otro femicidio impune en el hermoso valle del río Negro), del escritor bahiense Héctor Kalamicoy.

Héctor Kalamicoy / Foto: Web

Caminé por la avenida Roca, en General Roca, Río Negro, hasta cruzar el canal de riego y alcanzar la ciudad judicial, que viene a ser como el corazón jurídico de toda la provincia. Es un edificio grande, que visto bajo un cielo tormentoso toma el grado de imponente montón de cemento. Le pregunto a una chica que está en la mesa de entrada, apenas franqueadas unas vistosas puertas de vidrio. Es una oficial de la Policía que funge de recepcionista, las debe haber mozas también o mucamas.

Salís del edificio, doblas a la izquierda y al terminar la cuadra está criminalística y la morgue. Es una casita pequeña.

Bueno, gracias.

Siempre me dio risa el razonamiento patagónico en relación a la distribución edilicia. Edificios como la Legislatura neuquina, gigantes modernos de hormigón que tienen hasta puertas que se abren con identificador de huellas o la nueva ciudad judicial: vidrio, acero y diseños futuristas. ¿Para qué? La profundidad de las leyes que se producen y el trabajo que realizan los legisladores, jueces, etc. ameritan que trabajen en un sótano sin luces y con dos cucharones de agua por día y un pedazo de pan duro. En cambio, por ejemplo, edificios como los de la universidad regional, se caen a pedazos y los estudiantes tienen que tener cuidado de las alimañas que anidan en los techos destruidos y en los baños inmundos. El rostro de la famosa ignorancia patagónica sureña, quizá productodel agua contaminada por hidrocarburos o el viento persistente que enloquece a la gente.

Al terminar la cuadra, paso de largo y doblo para encontrar el edificio del B.O.R.A, una especie de brigada represiva militarizada destinada a apalear vagabundos en callejones solitarios y mantener a raya a los posibles manifestantes en contra del gobierno. Pequeños gustos que se daban los gobernadores radicales durante sus largos gobiernos que marcaron a Río Negro durante casi medio siglo. Las puertas están cerradas y hay una camioneta de esas van Dodge, como las de Brigada A, con las ruedas desinfladas y un perro de raza indefinida que duerme debajo de ella.

En ese momento el agua se desata desde los abismos, con furia, como si fuera una tormenta tropical. Me resguardo debajo de un arbolito famélico y observo como el diluvio muerde la tierra reseca con bronca. El estúpido paisaje patagónico se muestra en toda su desabrida paleta de grises. Entonces me asalta la misma inquietud de cuando era chico y miraba en la televisión esos sitios tropicales, verdes y húmedos. Al terminar el programa en cuestión salía al patio de mi casa para encontrarme con un baldío arisco donde un malvón leproso por la sequía y el viento se defendía de las agresivas hormigas podadoras en una lucha silenciosa.
Es una especie de angustia paralizante, uno mira todo alrededor y piensa cuánto falta para morirse y reencarnarse en una región menos muerta.

El agua arrecia y el arbolito ya no me ataja nada y empiezo a sentir el agua empapándome el culo, algo muy grave, entonces corro a otro más grande y frondoso, justo frente a criminalística. En ese sector de la Policía hay más vida, una ironía, debajo de este olmo frondoso y a través de la cortina de agua veo el hall de entrada y el movimiento. Parece una manzana picada de gusanos, donde se divisan movimientos fugaces, que uno advierte laboriosos, pero son pasadas etéreas de seres que no materializan.

El agua sigue ahora como si fuera el Amazonas, veteada por amenazantes rayos y me acuerdo de los consejos de la niñez acerca de las tormentas eléctricas y los árboles y también del padre de José Hernández, al que lo alcanzó una centella traidora en medio de la pampa justo en el cabo del rebenque. No vaya a ser que caiga fulminado frente a la morgue.

Apelo a todo mi arrojo y atravieso la lluvia para posarme debajo del alero del lugar donde ranchean los amigos de Criminalística. Cuando miro hacia el interior, aparece un pequeño policía, con poca pinta de investigador, que me saluda y me pregunta si la lluvia moja.

Sí, venía a hacer un trámite al edificio de judiciales y le erré a la vuelta y terminé debajo de un árbol pero no alcanzó.

Sí, el agua moja hoy día.

Aja.

Desde el borde se puede ver a la derecha el edificio de la morgue, pequeño y aburrido como la casa de Juan López en el barrio Villa Obrera en cualquier lugar de la Argentina. Tres habitaciones, patio, una pequeña parrilla y una mesa para autopsias amplia, de buen acero. Encima está lleno de cadenas cruzadas en las puertas, que además tienen puertas con enrejados, es como si este edificio estuviera en Gral. Roca, cerca de los barrios más fuleros, donde son capaces de robarte el cajón en el velorio y usar la madera para hacer lanzas.

¿Y ese edificio es la Policía también?

Nah, esa es la morgue.

El policía se prende un pucho y con desinterés total por nada en particular me explica.

Son un par de heladeras, unas cinco capaz, y las mesas. Está abierto cuando trabajan los médicos. Es muy chiquito el espacio, pero para qué más.

Yo pensaba que la morgue estaba en un sótano o era un edificio grande con tubos fluorescentes y…
Seh, como en las películas, pero no, acá están mejor que en el otro lugar que era más chiquito y estaba como ubicado en un pozo detrás del hospital, cerca de donde están esas palmeras que sobresalen allá. Encima una vez se prendió fuego porque el forense fumaba y se le cayó un cigarrillo en el tarro de alcohol que tenía para fregar los bisturís.

Uh.

El policía se encasqueta su gorrita azul y las orejas le quedan como las lleva un gato egipcio del desierto y me da miedo que escuche lo que estoy pensando. Encima le resaltan porque tiene la cabeza de un modo imposible de describir y lo único que se me viene a la cabeza es la imagen de una importante escupidera de topacio y mármol, totalmente pagana.

Se quemaron los cadáveres y lo peor, un grabador que le prestó el comisario, de esos que tenían para tres cd. Ahí el jefe se decidió.

Entonces construyeron ese edificio…

No, ahí vivía un cabo, pero le alquilaron otra casa y esa la destinaron a morgue y depósito judicial. Pasa que el cabo se peleaba con la mujer y se arrojaban la vajilla completa sin vacilaciones y lo peor, se escuchaba todo desde acá, no tenían privacidad. Mejor métase adentro que ahora la lluvia cae de costado. ¿Llueve no?

Sí, parece que no va a parar, ¿Y ahí tienen cadáveres también?

Sí, sí, tienen varias heladeras, unas cinco y un freezer grande donde guardan las cajas con los viejos que a veces nadie reclama, pero no me acuerdo cuánto esperan y en algún momento se los llevan los del cementerio de la Municipalidad y los entierran.

Uh, qué feo que nadie los reclame ¿no?

Sí, pasa mucho con los viejitos esos chilenos que trabajan en las chacras y no tienen familiares y por ahí los pisan en la ruta y nosotros los juntamos y los mantenemos por un tiempo, de buenos que somos, y devuelta a la tierra cuando se agotan las instancias judiciales, los plazos. Bueno, me voy ahora que viene mi mujer. Suerte con el agua.

Franquea el alero de dos pasos enérgicos y se sube a un Volkswagen Vento que conduce una chica a la que le da un beso. Parecen felices, enamorados. La mujer le jala despacito una de sus inmensas orejas.

El otro policía que estaba escuchando y viste un chaleco de criminalística, azul, con las letras reflectoras que dicen “Policía” y ribetes fosforescentes se acerca donde yo estoy melancólico elucubrando boludeces.
Debe haber como cinco muertos hay dentro, según tengo entendido.

Mucha gente ¿no?

Me mira con desprecio y altanería, desde su metro cincuenta. Me llamaría la atención y me sentiría ofendido si fuera un enano humilde.

Ahí se pueden guardar hasta diez cadáveres. Tenemos la morgue más grande de la Patagonia, exceptuando la de Tierra del Fuego donde los dejan al aire libre. Por la rosca que hace no hace falta tenerlos en la heladera y tienen capacidad ilimitada. Pero guarda con los pingüinos, son dañinos, sino sería perfecto.

¿Y tienen alguna mina en las heladeras?

Viejos nomás, todos viejitos que se mueren en la calle.

Una mujer se acerca de atrás, es alta y morocha y el traje de Policía le ajusta el cuerpo y sus múltiples redondeces, tiene el pelo rizado, y le queda muy bien. Tiemblo de placer cuando le veo las esposas niqueladas colgando de esa cintura.

Hay una señora que se murió electrocutada limpiando una heladera y una adolescente que la violaron y la tiraron a un canal de riego. La señora se metió en una heladera, se copó y se quedó a vivir para siempre je, je.

¿Y la adolescente?

Ah, la chica es famosa.

Suspira de envidia intuyo, debe soñar con ser famosa o algo así, la psiquis es complicada. Le haría un casting, posta, si fuera productor cinematográfico.

¿Por?

Porque los padres la buscaron y armaron una terrible alharaca diciendo que la Policía acá y la Policía allá. Pero la habían matado y la encontramos en un canal y ahora dicen que no es la mina, entonces la dejaron ahí, para siempre por lo visto. Desde 2007 son muchos años, si le cobramos alquiler, se muere cuando ve la boleta je, je, je.

No, nena, estás equivocada, el juez la tiene ahí para hacerle unos ADN, por eso no la entierran, igual el padre dice que no es su hija porque no salió el ADN con él.

¿Qué lío no? Capaz que no quiere creer que la hija esté muerta, eso del shock de ver a un ser querido muerto.

La chica policía me mira seriamente y aporta su visión.

Igual por lo que queda de la chica. Es una caja con un montón de huesos y un poco de pellejo y grasa. El agua del canal de riego la gastó como si fuera lija. Si el padre la reconoce es por el análisis o la ropa. La caja es así de alta y ancha, una vez tuve que correrla, cuando mataron a Soria, para acomodar al gobernador que no entraba en la otra heladera por la barriga. La caja no pesaba nada, como si estuviera vacía y se escuchó el ruido de los huesos dentro, como si tuviera madera seca, debe ser porque está congelada como piedra. La sacamos a ella y tratamos de que el gobernador entrara pero le quedó la cabeza afuera de la heladera y daba impresión verle los ojos saltones y el agujero de la bala. Parecía un sapo canoso muerto. Esos ojos celestes saltones que tenía.

Soria era un miserable, yo trabajé de mozo cuando el hijo se casó y contaba el champán que la gente no tomó para que los mozos no sacaran una botella, pero pobre la mina.

Pobre la vieja de la heladera que entró a limpiarla enchufada y se quedó para siempre, las mujeres somos capaces de hacer cualquier trabajo, no tenemos por qué resignarnos a las tareas domésticas. Mamá se escandalizó cuando le dije que quería investigar crímenes, ahora ya soy una policía y si me dice algo al calabozo, je, je, je.

Qué bien.

Contale lo de la mujer esa que se murió al tratar de secarse el pelo en el microondas.

Eso es mentira, es leyenda suburbana.

¿En serio? ¿No será que las minas lo niegan para que no se sepa lo de su ignorancia?

Se ponen a discutir debajo de alero y como ya paró de llover le echo una última mirada a la mujer policía sexi, me despido y bajo caminando hacia la calle. Cuando paso cerca de la morgue trato de imaginarme el tamaño de la caja, el lugar donde puede estar, la soledad inmensa de la muerte y el frío del encierro. No se me viene ninguna imagen y sólo me invade la bronca que vivamos en un lugar donde una chica de diecisiete salga a dar una vuelta y la asesinen con total impunidad. Miro hacia arriba mientras camino amargado pensando en el pobre destino de algunos y como soy humano y ejemplo de nadie, siento más bronca.

Las nubes gordas esas del cielo que veo ahora, me gustaría que fueran de fuego. Un par de chaparrones en ciertas reparticiones y juzgados nomás. Sería un espectáculo justo para un lugar como el Valle del río Negro.

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*Héctor Kalamicoy nació en 1978 en Bahía Blanca, Bs As. Desde 2001 reside en Neuquén. En 2009 finalizó el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional del Comahue. En 2007 empezó con la poesía a través de lecturas en cafés y eventos literarios. Finalista del Concurso Escribiendo en la Patagonia y mención de honor en el concurso de Microrrelatos Márgenes. Becario del Fondo Nacional de las Artes año 2011 para escritores del interior del país. Corrector en el el diario La Mañana de Neuquén y en la revista Maipué.

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