En 1989, el coronel Héctor Cabanillas concedió tres días de entrevistas a Tomás Eloy Martínez y narró cómo sacó en secreto de la Argentina el cadáver embalsamado de Eva Perón, en 1957, y lo mantuvo oculto durante catorce años. En esta serie de seis notas (que se publicaron originalmente en el diario La Nación en 2002),  TEM reconstruye la increíble historia que le contó Cabanillas. Compartimos la primera de ellas.

TEM / Foto: Archivo TEM

A los 75 años, el coronel conserva su gallardía. Aunque hace pocos meses han debido quitarle la hernia de disco que lo atormentaba, camina erguido, marcial, como si encabezara un desfile. Rechaza el café y acepta sólo un vaso de agua. “Cuando era joven -dice- me retiraba de los placeres por disciplina. Ahora los placeres están retirándose de mí.” En la oficina solitaria de la calle Venezuela, a la que acude para contar su historia, una ventana da a un jardín de enredaderas en el que llueve sin parar. “La humedad me destroza la espalda”, se queja el coronel. La lluvia persiste desde hace dos semanas. Todo en Buenos Aires se ha vuelto líquido y pegajoso.

“Es la primera vez que voy a hablar”, repite. Lo he oído decir lo mismo, sin embargo, en una película de Tulio Demichelli, «El misterio Eva Perón», que se exhibió en Buenos Aires sin pena ni gloria hace dos años, en 1987. La cara de matrona del coronel desentona con la fuerza que exhala su cuerpo: debajo de unos ojillos recelosos, inquisitivos, siempre a la caza de segundas intenciones, cuelgan unas bolsas pesadas que le rozan los pómulos. La barbilla le ha desaparecido bajo una descomunal papada de batracio. Durante las siete horas que durará la conversación, a lo largo de tres días de abril, en 1989, el coronel no va a sonreír ni una sola vez.

«La mayor frustración de mi vida es no haber llegado a ser general de la Nación -se lamenta-. Cumplí con todo lo que se le exige a un oficial de honor para alcanzar ese rango. No pude porque me enredaron en intrigas y envidias. La otra ambición que se me escapó de las manos fue matar a Juan Perón. Tres veces estuve a punto de conseguirlo. Si hubiera tenido suerte, habría salvado a la Argentina de sus desgracias. Todavía lamento ese fracaso. Y vea lo que son las ironías de la vida: la persona que no pudo acabar con Perón es la misma que rescató a la Eva de las atrocidades que se estaban haciendo con su cadáver. Tuve la historia de la Argentina en mis manos, pero la historia me ha pasado por encima. Nadie se acuerda, nadie me conoce. Tal vez sea mejor así.»

Podría haber sido secretario de Guerra, dice. En algún momento, hace poco menos de medio siglo, imaginó que llegaría a presidente de la Nación. Ha tenido que contentarse, sin embargo, con dirigir una empresa de seguridad privada. «Se llama Orpi -explica-. Fue la primera de su tipo en el país.»

Trata de encontrar en el sofá donde está sentado una posición que alivie su espalda. Le ofrezco unos almohadones y él los rechaza con energía, como si yo estuviera acusándolo de debilidad. Despliega sobre el escritorio algunos recortes de periódicos viejos, irreconocibles, publicados entre 1969 y 1971. «Estos artículos que escribí -me dice- resumen todo lo que pienso.» Leo una frase al azar, esperando encontrar palabras vacías. Pero lo que el coronel fue o era sale a la luz allí, de cuerpo entero: las grandes epidemias no se propagan en sus comienzos con espectaculares manifestaciones visibles, sino en forma silenciosa y taimada. Así, sin declaraciones, solapadamente, se va extendiendo la infección comunista. «La escribí el mismo día en que decidí revelar al mundo dónde había ocultado yo el cadáver de Eva Perón -dice, orgulloso-. ¿No se acuerda de cómo sucedieron los hechos? El 29 de mayo, en 1970, un grupo de muchachones sin conciencia secuestraron al ex presidente Pedro Eugenio Aramburu. Tres días después lo mataron. Oí por radio que sólo entregarían su cuerpo si el gobierno devolvía el cadáver de esa mujer, la Eva. ¿Cómo lo iba a devolver si el único que sabía dónde estaba era yo? Me indignó que los asesinos, al informar sobre el crimen, invocaran a Dios. Que Dios se apiade de su alma, decían en el comunicado. Me pareció una burla. Y escribí lo que escribí porque me di cuenta en seguida de que eran comunistas. El tiempo me dio la razón.»

El coronel toma aliento. Un gesto de dolor le ensombrece la cara. «¿Es la columna?», pregunto. «Las vértebras -admite-. Las vértebras y la humedad. No sé qué han hecho los médicos conmigo.

«Pensé en revelarle mi secreto a Onganía, pero hablé con gente del Servicio de Inteligencia del Ejército y me advirtieron que a su gobierno lo estaban por derribar de un momento a otro. Decidí entonces acudir a Lanusse. Le pedí una entrevista reservada y le conté todo lo que yo había hecho: cómo había sacado a la Eva del país, donde la había escondido, todo. Hasta le mostré el título de propiedad de la tumba, que estaba a mi nombre. Tendría que haber visto usted su cara de asombro. Trataba de mostrarse impasible, pero mi relato lo desencajó. «Guarde silencio hasta que yo le avise -me dijo-. Por ahora, hablar no sirve de nada. Ya no podemos salvar la vida del pobre Aramburu.»»

El coronel yergue la cabeza y la papada inmensa tiembla. «Ya sabe usted lo que siguió. Callé. Más de un año después, Lanusse -que para esa época ya era presidente- me ordenó que desenterrara el cadáver y lo devolviera yo mismo a Perón. Cuando fui a la casa de ese hombre, en Madrid, ya no lo miré como a un enemigo. Lo miré como a un derrotado.»

* * *

1945-1956: dos atentados. Podría responderle que nada de lo que hizo es heroico, pero el coronel sólo quiere oírse a sí mismo. Lleva años sin oír nada más que su voz monocorde, y ese sonido único lo mantiene vivo. Se llama Héctor Eduardo Cabanillas y su vida ha estado siempre limpia de dudas. Desde que le entregaron el sable de subteniente de infantería, a fines de 1934, no ha tenido otra idea fija que servir al Ejército y, a través de él, a la Nación. En verdad, no le parece que haya diferencias entre uno y otra. El Ejército y la Nación son un mismo ser: «Como las personas y su imagen en el espejo», dice. «¿Cuál de los dos es la imagen?», le pregunto. «Depende en qué lado se sitúe usted», responde, con una arrogancia que delata cuál es su lado.

Las infinitas conspiraciones que aquejaron a la Argentina durante sus años como oficial subalterno no fueron una amenaza para su carrera. Simpatizaba sin entusiasmo con la causa de los aliados y, aunque la mayoría de los coroneles y generales que tomaron el poder en 1943 eran pro fascistas, su perfil era entonces tan poco importante que ascendía por la mera inercia del escalafón.

A mediados de 1945 le sucedió lo que ahora siente como «la primera llamada» de su destino. En los casinos, los oficiales jóvenes hablaban con malestar de un coronel que «alentaba el odio de clases y dictaba leyes que protegían a la chusma de las fábricas contra la autoridad de los patrones». Cabanillas detestaba a ese hombre que había concentrado en sus manos la Secretaría de Trabajo, el Ministerio de Guerra y la vicepresidencia del gobierno de facto: Juan Perón.

El único medio de sacarlo de la historia era lo que ahora llama «un fusilamiento patriótico», dice. «Fui de los primeros en darse cuenta». El coronel está a punto de contar la historia y se detiene. «Apague el grabador», me pide. Luego se levanta con esfuerzo del sofá y abre la ventana. La lluvia no ha amainado y el viento la lleva y la trae por los arbustos del jardín. Cuando habla, se sitúa de espaldas al grabador, impulsando la voz hacia el otro lado de la ventana, para que me llegue enredada con los otros sonidos.

«Era un martes -empieza el coronel-, el 9 de octubre de 1945. Tres días antes, el general Eduardo Avalos, comandante de la guarnición de Campo de Mayo, había cometido el error de visitar a Perón en su departamento para exigirle que quitara del gobierno a un cuñado de la Eva. Perón era ministro, no lo olvide, y coronel de la Nación. Sin embargo, actuaba con desvergüenza. Le había montado a la Eva una garçonniére al lado de su propio domicilio. Cuando Avalos hizo la visita, la que le abrió la puerta fue esa mujer. Vaya a saber qué insultos le habrá dicho, con sus modales de prostíbulo. Avalos no tuvo más remedio que retirarse. Imagínese lo que significaba entonces para la dignidad de un oficial superior ser maltratado por una cómica que se le apareció vestida como bataclana, con unas chancletas de tacos altos. El comandante regresó a la guarnición con la cabeza gacha. Esa noche decidimos que la única manera de quitar del medio a Perón era matándolo.»

Mientras el coronel habla, yo sé que cada frase se está tatuando en mi memoria. De todos modos, anoto a hurtadillas algunas palabras clave. Esa tarde, apenas se marche, voy a reconstruir su monólogo.

«Yo era entonces capitán. Tenía treinta y un años y llevaba dos en mi curso para graduarme como oficial de Estado Mayor, en la Escuela Superior de Guerra. Mi profesor de logística era el teniente coronel Manuel A. Mora, un visionario que ya imaginaba en qué se convertiría la Argentina si Perón llegaba a presidente. Al caer la tarde del lunes 8 de octubre, con el pretexto de un entrenamiento al aire libre, nos llevó a treinta de sus discípulos a una caseta alejada, en Campo de Mayo. Nos advirtió que se trataba de un encuentro de honor en el que conspiraríamos contra Perón. Quien se sintiera incómodo podría marcharse. Nadie se fue. Recuerdo muy bien la expresión de Mora: estaba pálido, demacrado. Nos preguntó si sabíamos qué estaba por suceder en la Escuela al día siguiente. «Nada fuera de lo común -dijimos-. Sólo el comienzo de un nuevo curso sobre energía atómica.» «Precisamente -dijo Mora-. Ese aprendiz de tirano, Perón, va a venir a inaugurarlo. A dos kilómetros de aquí hay una barrera de ferrocarril. Cuando el auto de Perón se acerque, vamos a bajarla. Diez de ustedes lo capturarán y lo llevarán hasta una fábrica vacía. Allí vamos a juzgarlo y a ejecutarlo. Necesito saber quiénes son los voluntarios.» Alcé la mano antes que nadie. «Sabía que iba a contar con usted, Cabanillas -me dijo-. Le ordeno que dirija el secuestro. Dentro del camión, en la guantera, va a encontrar los datos de la fábrica adonde tiene que llevar a ese hombre.» Una y otra vez repasamos el plan. Era perfecto. Pero esa noche el general Avalos reunió a todos los jefes de Campo de Mayo y les dijo que el ministro de Guerra tenía noticias de que se preparaba una sublevación y estaba dispuesto a reprimir. «Existe el peligro de una guerra civil -advirtió Avalos-. Hay que mantenerse quietos.» Perón suspendió la visita del día siguiente y la oportunidad única que tuvimos entonces tardó diez años en repetirse.»

«Diez años», vuelve a decir. Cierra la ventana y pide más agua. «Hace tres horas que no tomo aspirinas y el dolor de las vértebras me está matando.» Le ofrezco ir en busca de un calmante más fuerte. Al lado de la oficina donde estamos, en la calle Venezuela, hay un médico al que le he pedido ayuda más de una vez. «Lo único que quiero son aspirinas -me detiene-. Todo lo demás es tóxico, mentira.»

Llama por teléfono a su casa y avisa que tardará una hora en regresar. La lluvia lo incomoda: la mira caer con tanto encono que tal vez las nubes se abran en cualquier momento. «Diez años -le repito-. Me decía usted que lo intentaron diez años más tarde.»

«Como usted sabe, al tirano lo derrocamos en septiembre de 1955», dice.

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