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Hoy, 15 de abril, se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento del filósofo, novelista, dramaturgo y crítico Jean-Paul Sartre. Tomás Eloy Martínez, gran seguidor de la vida y la obra de este autor francés, publicó el siguiente artículo en el diario El Nacional de Caracas, el 26 de agosto de 1981.

Cuando murió Sartre, hace poco más de un año, la historia de su vida en pareja fue entronizada en el altar de los mitos. Una generación entera de opositores a la estabilidad burguesa imaginaba que la libre alianza de Sartre con Simone de Beauvoir era la puerta de entrada a la felicidad verdadera. Que allí estaba la clave: en el respeto que ambos se profesaban no como hombre y mujer sino como seres humanos complementarios.

¿Hará falta recordar que vivían separados, que se reunían arbitrariamente en la casa de uno y otro al compás de sus afectos y de sus inteligencias siempre en armonía? ¿Que, para ambos, la infidelidad y los celos eran pasiones menores, atenuadas y olvidadas en nombre de un amor indisoluble, de un incesante trabajo en común y de una solidaridad política sin fisuras?

Ni siquiera la revelación de las turbulencias e imperfecciones que oscurecieron aquella vida anti convencional empañaron la eficacia del modelo. La tentación de la libertad convirtió a miles de parejas en remedos de Sartre y de Simone: el fracaso de la mayoría fue insuficiente para descubrir que las imitaciones, para tener éxitos, necesitaban seres de su temple.

Y además, nadie recordaba a Nelson Algren. Aunque la historia de amor que Algren y Simone vivieron entre 1947 y 1952 ha sido evocada puntualmente en La fuerza de las cosas, los cronistas literarios se han detenido a exaltar la nobleza de Sartre al reprimir sus celos, la sagacidad que condujo a Simone a rechazar al amante, el vigor de una pareja célebre que había afrontado airosamente la prueba de la infidelidad.

Algren acaba de morir en su casa de Long Island a los 72 años. Los necrólogos han subrayado, en letras menudas, que sus dos grandes novelas, Nunca será mañana y El hombre del brazo de oro, fueron las precursoras de la literatura beatnick. Han explicado que supo crear como nadie un reino de outsiders y fracasados en el que resucitaban los personajes perversos de la novela negra. Y registraron por supuesto, que vivió una “aventura íntima” con Simone de Beauvoir.

Pero no han dicho que Algren fue el héroe verdadero de aquel desencuentro. Lástima que no quepan aquí los pormenores de su hazaña sentimental. Pero quizá unas pocas anotaciones sean suficientes. Alfren conoció a Simone durante un viaje de conferencias que ella hizo a Estados Unidos. Compartieron cinco días de arrepentimientos y adioses: él se dispuso a abandonarlo todo para seguirla y, en efecto, le rogó que hicieran una travesía de seis meses por Guatemala y México, al encuentro de sí mismos y al olvido del otro. La culpa la indujo a negarse.

Mientras tanto, Sartre logró que Simone lo acompañara a Suecia y Argelia, y en cierta ocasión la indujo a encontrarse en el aeropuerto de Nueva York con una joven americana que iba a sustituirla en París. Los celos, los abandonos, las infidelidades devastaron a Algren tan torrencialmente como fortalecieron a Sartre y a Simone. En diciembre de 1952, cuando ella se negó a visitarlo en Long Island y aceptó en cambio emprender una nueva aventura sentimental con Claude Lanzmann, Algren se derrumbó. Su obra cayó en pedazos y, sin emitir una sola palabra de protesta, se recluyó a la espera de la muerte.

Todos estos laberintos del corazón carecerían de importancia si no fuera porque Algren resultó, de los tres, el único que admitió hasta el fin la libertad del otro; el único que verdaderamente desdeñó lo que Simone llamaba “pasiones mejores”, disponiéndose a aceptar el amor como viniera. Nadie logró jamás arrancarle una palabra sobre el episodio.

Simone, desde la ruptura de 1952, empezó a escribir con una fertilidad aluvional; Algren, en cambio, sucumbió a un silencio casi absoluto. Si el desenlace sentimental hubiera sido otro, puede que también el pequeño rincón de la literatura que abraza a los tres (Sartre, Simone, Algren) no fuese hoy el mismo. Pero la historia escribe siempre el nombre de los victoriosos, no el de los derrotados.

 

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