El sábado 30 de abril y el 7 de mayo, Fundación TEM recibe a Roberto Herrscher, quien ofrecerá el seminario Contar la historia. Aquí, algunas reflexiones en torno a la memoria documental, el arte de meter las narices allí donde algo huele mal (porque quizás allí se esconda una buena historia) y los juegos posibles entre ficción y no ficción.

-¿Por qué considerás que el pasado es una zona donde los periodistas deben meter sus narices (tal como lo decís en los fundamentos del taller)?

Porque en el pasado están las respuestas a muchas preguntas que le hacemos al presente y al futuro. Creo que los pueblos y las personas que no recuerdan, cuestionan y vuelven la vista a su pasado están condenados. Lo que no estoy seguro de condenados a qué. Creo que el periodismo narrativo, literario, crónica o como se llame que se hace hoy tiene una riqueza añadida a la que ya traía el maridaje de periodismo y literatura del siglo XX. Ahora se les unen las ciencias sociales: la antropología, la sociología… y la historia. El lugar que ocupan la investigación de archivos y viejos documentos y la memoria – individual y colectiva – en lo que pasa ahora es uno de los territorios de un buen cronista.

Es el paso del “qué” al “por qué”. El “qué” lo encontramos muchas veces en la investigación y el relato minucioso de lo que está pasando o acaba de pasar. El “por qué” suele estar en el pasado.

¿No son razones suficientes para meter las narices? Para seguir con esa metáfora: muchas veces al meter las narices en el pasado notamos que huele mal. Suele ser el mal olor de una buena historia.    

-¿Cuál es el modo adecuado de abordar el pasado? ¿Desde lo personal, desde lo político o desde la intersección donde ambas coordenadas se juntan?

La pregunta casi tiene implícita la respuesta: yo debería decir que claro, que es la intersección, que siempre. Pero no puedo dejar de pensar que el modo adecuado de abordar cualquier cosa en periodismo es preguntar y ver dónde nos llevan las preguntas. A veces el mundo de un personaje es casi solo personal, y el peligro es que nosotros, desde nuestro punto de vista, agreguemos y hagamos brillar lo político en su mundo mental, distinto al nuestro, donde no es tan importante. Y a veces es al revés: buscar a toda costa la historia personal cuando el entrevistado quiere escaparle. A todos nos pasa al escuchar la transcripción de una entrevista larga: notamos cuando preguntamos queriendo que nos ratifiquen lo que ya pensábamos. Es el momento en que el entrevistado concede, por no pelearse, por miedo, por deferencia: “Sí, tenés razón, es así. Pero también…” Y ahí empieza lo que realmente piensa. Lo que se dice a sí mismo.

Por lo general es cierto que la memoria histórica y la memoria personal se juntan en un lugar donde los relatos “humanos” adquieren relevancia política y donde lo de todos encuentra un punto individual, en el que el lector se ve reflejado, se identifica. Pero eso lo descubriremos al final del camino, no al principio.

El modo adecuado es siempre preguntar mucho y a muchos, viajar, mirar, escuchar, leer, preguntarse.  

-¿Cuál es tu opinión respecto al uso de la primera persona en la no ficción?

Algo parecido a lo del “modo adecuado”. La primera persona es adecuada, pienso yo, cuando la historia somos nosotros, cuando es una búsqueda o una pregunta o una historia personal. Cuando los personajes interactúan de una forma especial conmigo y si yo no estuviera no harían o no diría lo que hacen o dicen. Yo pongo en marcha la rueda de la acción, y si me quitara no se entendería lo que pasa, o quedaría incompleto. Es un recurso que hay que usar con cuidado. Creo que no debería ser obligatorio ni estar prohibido. Cuando me imagino a mi mamá preguntándome: ¿pero vos cómo lo conociste? ¿y vos entonces qué le dijiste? ¿pero por qué se portó así con vos?… entonces es que yo tengo que meterme. Pero siento que hay una sobreabundancia de la primera persona en la crónica actual. Y dan ganas de lo contrario. De preguntar: ¿y por qué no te corrés a un lado y dejás que la escena se desarrolle sin tus pesadas interrupciones? Eso.  

-¿A qué llamás «el dilema de Javier Cercas» en torno a la ficción y la no ficción?

En España, cuatro libros de Cercas (Soldados de Salamina, La velocidad de la luz, Anatomía de un instante y El impostor) desataron el debate sobre la memoria histórica: van de la discusión sobre los celebrados y los olvidados de la Guerra Civil, sobre sobrevivir o no a un horror como Vietnam, sobre el lugar en la memoria colectiva de España del golpe de estado del 23 de febrero de 1981 y sobre el lugar y el prestigio de las víctimas, sobre todo las del nazismo.

Cercas juega con la ficción y la no ficción, mezcla relato con ensayo, dice atenerse en algunos libros fielmente a los hechos y en otros mezcla ficción con realidad, en unos textos postula la primacía de la fábula sobre los datos y en otros, escarba en la verdad detrás de las mentiras. Y en El impostor se ceba con la “industria de la memoria histórica”, de los que buscan ser reconfortados con una historia limpia con moraleja donde, por ejemplo, los españoles fueron víctimas inocentes del franquismo, en vez de aceptar la dura realidad de los supervivientes, los buscavidas, los débiles, los astutos ventajistas… casi todos. Nadie escribió tanto ni tan potente como él sobre estos temas. Por eso, por estar yo a caballo entre su mundo y el de América Latina, es que me gusta traerlo a colación en la otra orilla. De los tres primeros libros, tomados como una trilogía, escribí en un capítulo de mi Periodismo narrativo. Pero ahora pienso que lo más interesante, para discutir hoy en Argentina, es El impostor.

(Para leer texto de Roberto Herrscher, aquí).

Foto: Verónica Martínez / Archivo TEM

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