logo-brutasBrutas editoras acaba de llegar a la Argentina. Se trata de una editorial independiente y sin fines de lucro, cuyos libros son «craneados» en Nueva York por la escritora chilena Lina Meruane, editados y diseñados en Santiago de Chile por Soledad Marambio y Carola Zañartu respectivamente, y fimalmente impresos en Nueva York.

Brutas tiene, hasta el momento, tres colecciones:

Destinos Cruzados. Cada libro reúne dos textos que relatan la experiencia de un lugar que no es el propio. Son dos perspectivas contemporáneas, escritas desde las perspectivas de un autor y de una autora. Los textos han sido escritos en cualquier lengua pero se editan en castellano.

Auto-Gráficas. Novela gráfica de corte autobiográfico, en inglés o en español. Esta colección inauguró en 2012 con la primera novela gráfica en inglés de la artista visual chilena Marcela Trujillo: Maliki in Manhattan. La colección pretende introducir novelas gráficas producidas por autores del mundo hispanohablante al público angloparlante.

Ficción Fresca. Esta colección incluye relatos de temática variada, que van desde novelas cortas hasta cuentos largos, y pretende poner a autores promisorios en circulación en español en el norte de las Américas.

Compartimos un fragmento de un libro Belarús de la colección Destinos cruzados. El volumen fue escrito por la estadounidense Carolyn Kraus y por el argentino Guillermo Astagarraga. Publicamos  una parte del relato de este último.

Portada_Belarus-1«Se puede decir que Galya es bielorrusa por accidente. O por azar. Descubrió que lo era en marzo de 1997, cuando tuvo que solicitar un pasaporte como prueba de identidad: acababa de cumplir dieciséis años, hacía ya once que su familia vivía en Minsk. Su padre, con un cargo en el ejército, había sido transferido a la capital de Belarús -Minsk, entre varios destinos posibles. Hoy, Galya podría ser estonia, lituana, ucraniana. Al desmembrarse la Unión Soviética, se reinstauraron filiaciones en desuso, y ella no salió beneficiada. Con su pasaporte bielorruso necesita visa para ingresar casi a todos los países del mundo, y esas visas por lo general son más caras, tienen una validez menor y requieren mucho más papeleo que las mías, solicitadas con un decolorado pasaporte argentino. Ejemplo: tramitamos una visa como cónyuges en un consulado estadounidense en Sydney. Después de la espera, las fotos, las firmas y la entrevista, el funcionario detrás del vidrio nos informa que la mía costará cien dólares y caducará en tres años, que la de ella costará trescientos y caducará en uno. Nos miramos y luego miramos otra vez al funcionario: él sostiene en su mano derecha la libreta azul que dice Republic of Belarus y en la izquierda la otra, también azul, pero más clara, que dice Mercosur República Argentina. Le respondemos con ese gesto mecánico que en Estados Unidos (y en cualquiera de sus consulados) se interpreta como una sonrisa o, en este caso, como un modo amable de consentimiento. Para ser coherente con la promesa de acción que crea la sonrisa empujo la tarjeta de crédito a través de una diminuta ranura al pie del vidrio, y el funcionario procede –four hundred dice en voz alta- a cobrarons para cerrar el trámite.

El avión de Lufthansa no se acerca a la terminal. Detiene la marcha y ancla en el pavimento junto a la pista. Al bajar saludo a la azafata; ella me sigue con la mirada, sin responder. Yo me detengo en la escalinata, voy a girar para mirarla y al iniciar ese movimiento de la cabeza es cuando lo veo: el aeropuerto de Minsk. Es una mole de cemento en severas líneas rectas donde prevalece el gris (descubriré después que los colores primarios aquí son tres: el gris, el marrón y una oscura degradación militar de verde). Al entrar la impresión exterior se confirma: el edificio es enorme, y está vacío -prácticamente deshabitado. Hacia donde miro veo mármol y la temperatura es más baja que en el avión. Unos pocos empleados deambulan serios, hay oficiales con uniformes tiesos, monocromáticos. Después de atravesar largos pasillos y bajar escaleras anchas llego a la sección de aduana, me ubico en la fila. Basta mirar una vez para notar que los extranjeros somos muy pocos, y los locales también: viajar, aquí, parece no ser un hábito, o quizá nadie se va para no crear la posibilidad del regreso…»

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