El martes 27 de noviembre a las 19:30 horas en la Fundación TEM (Carlos Calvo 4319), Sonia Budassi participará de la mesa La crónica y el fútbol. Allí dialogará junto a Alberto Salcedo Ramos, Leonardo Faccio y Martín Pérez sobre los distintos aspectos que un periodista encuentra a la hora de encarar a un personaje del mundo futbolístico. Compartimos un fragmento de Apache. En busca de Carlos Tévez. 

Piolavago es la banda de cumbia y reguetón que Tevez empezó a armar en 2004. Al percusionista le dicen el Oscuro aunque para él, que usa una campera de hilo blanca como sus zapatillas, el blanco “es el color más lindo”. El primero en llamarlo así fue su papá, en honor a “La Oscurita”, personaje de la tira Grande Pá. Su mejor amigo, Carlos Tevez, es el único que lo llama “Negro”. El Oscuro es una boca sonriente como la de los muñequitos Sugus. En su casa sirve gaseosas y convida chocolates de Emiratos Árabes comprados en una de las incursiones internacionales junto a su amigo. Es atento, pide disculpas y agradece. Es tamaño Carlos Tevez pero más flaco. Como su amigo, de chico jugaba en el Santa Clara, el club de Fuerte Apache donde hicieron sus primeros goles, y pegaron las primeras patadas.

—Pero el fútbol se alejó de mi vida para siempre— dice y se ríe.

Se conocieron, como con muchos de los Piolavago, en el Ejército de Los Andes, barrio emblema, piedra fundamental del mito del ascenso social que se volvió un cliché del marketing de indumentaria deportiva. Con los Piola iban juntos al colegio, a jugar a la pelota y a bailar. Primero a boliches del conurbano, ahora a Sunset y Esperanto. A Diego “Chueco” Tevez, tecladista y líder del grupo –y representante de futbolistas, padre de dos chicos–, tres años menor, no lo dejaban salir sino era con Carlos. Es alto, mucho más alto que el jugador del Manchester City y viste como un reguetonero centroamericano auténtico. A todos les gusta La Mona –tocaron con él– y Daddy Yankee, que los invita a camarines cuando viene a la Argentina. Pero al Oscuro lo que más le gusta es la cumbia colombiana que, según él, es mejor en México. Como Carlos, es fanático de Koli Arce, un cumbiero de Santiago del Estero, la tierra de los padres de Tévez. También comparte con él la chispa de “jugador de las masas” que le adjudica Marcelo Bielsa. Pero la simpática verborragia del Oscuro no se ve en las notas televisivas que le hacen a Piolavago: el liderazgo lo ocupan el Chueco y el Zurdo.

—Los últimos tiempos juntos en el colegio eran una locura.

Ya ni subíamos con Carlos, nos quedábamos al lado del buffet. ¡La señora hasta el día de hoy me cobra lo que le debíamos! ¡Creo que no me va alcanzar la vida para pagarle, siempre ttrato de llevarle un regalo o algo pero me dice que no es suficiente!

Eso cuenta el Oscuro en su dos ambientes del barrio de Nuñez que le queda cerca para ver los partidos de la selección. El departamento es lo más parecido al altar profano de un santo en vida dedicado a la estrella. Sobre estas paredes —muy blancas— hay dos fotos color sepia ampliadas y encuadradas donde el grupo de amigos posa con ropa de época. En una tienen look marinero y compadritos del 20. Otra recuerda el vestuario de la familia Ingalls. Se la sacaron en los primeros tiempos de Tévez en Boca, en un local de la peatonal de Villa Carlos Paz que aún exhibe las fotos, en menor tamaño, en la vidriera. En una mesa baja, de madera como el resto de los muebles, hay una Virgen y la clásica foto de Tevez sosteniendo la copa Libertadores. En otra pared, un Oscuro y un Tevez adolescentes, sobre un escenario como de escuela. Un cubo transparente que funciona como un portarretratos de seis lados muestra a la abuela de El Oscuro, a su hermana y a Carlos Tevez muy sonriente. Está junto a la computadora que se usa para bajar películas, mirar You Tube y chatear.

La casa de los padres de Carlos en un barrio de clase media de la Ciudad de Buenos Aires —un chalet grande pero sin lujos exóticos a la vista donde funciona también la sala de ensayos y el estudio de la banda— es otro templo de adoración al ídolo. Porque parece que además de amigos, hermanos y padres, el entorno más próximo de Carlos Tevez comparte la liturgia del fan. Hasta tiene un himno propio, compuesto y grabado por el Chueco para él: El pibe de oro.

“Escuchá Carlín
Esto es para vos, eh.
Nació en un barrio muy popular
el Fuerte Apache se hace llamar
el pibe siempre quiso jugar
y a su familia poder ayudar
Hoy es un día muy especial
porque Carlitos pudo llegar
Y toda su gloria él va a disfrutar
Y todos los giles se quieren matar
y toda la envidia se quiere matar.
Ahora la gente grita su goles
El pibe tira sus caños
Lo quieren de todos lados
El pibe su sueño cumplió

Ahora tira sus caños
Los deja a todos pagando
Bailando con Piolavago
Carlitos está disfrutando.
Ahora tenemos una estrella más
Carlitos Tevez se hace llamar
El pibe de oro en la tapa está
Y toda la prensa lo quiere bajar
Y ahora la gente grita sus goles
Y el pibe tira sus caños
Bailando con piolavago
Carlitos está disfrutando”.

En la final 2009 de la Champions League en Roma, Manchester United perdió frente al Barça de Lionel Messi. En la platea había una bandera gigante con la cara de Tevez. La colgaron el Chueco y el Oscuro, que fueron a acompañarlo, junto a su hija Florencia y su representante, Adrián Ruocco, un hombre con una voz juvenil que no se condice con su aspecto maduro. Ruocco era su contador, nunca antes había sido manager pero Tevez privilegió la amistad que existía entre ellos. Asumió después de que el jugador se peleara —litigio judicial de por medio— con su representante anterior. Luego vino el pase — “siempre millonario, siempre misterioso”, como dice Federico Bassahun, un periodista que sigue desde hace años la carrera del jugador— de Boca al brasilero Corinthians. El Oscuro viajó junto a Ruocco para acompañar a Carlos. Como sucede también ahora, en Inglaterra, los amigos de Tevez suelen quedarse varios meses en su casa. Van con él a los entrenamientos y a jugar al golf, el deporte con que se distrae en Europa.

—No, por este año no va a dar notas a nadie. Además no nos interesa esa revista— dice Ruocco al teléfono, un domingo de febrero, días antes de que su representado viaje a Argentina por las Eliminatorias del Mundial.
—Es muy fashion. Además él está muy ocupado.

En marzo de 2009, en la previa Argentina-Venezuela, la AFA dispuso un día para que los jugadores atendieran a la prensa.

—Bueh, si querés velo ahí y fijate que te dice. Yo le aviso que vas.

Ruocco no va a avisar. Ruocco nunca se despide cuando corta el teléfono. Con mejores modales o amables gestos, les paguen o no para eso, los amigos son una guardia simbólica que protege la reputación y relaciones del delantero.

—¿Cuando sentiste que tu vida cambió?
—Yo creo que cuando uno ya tiene un par de partidos en Primera y la gente ya te empieza a conocer yo creo que ahí ya uno sabe que bueno, que ha cambiado, que todo ha cambiado, que ya es público, entonces tiene que tener un poco más de cuidado, ¿no?

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*Sonia Budassi nació en Bahía Blanca en 1978. Escritora, periodista y editora del sello editorial Tamarisco. Ha publicado Los domingos son para dormir (Entropía, 2008), Mujeres de Dios (Sudamericana, 2008), Apache. En busca de Carlos Tévez (Tamarisco, 2010) y Periodismo (17 grises, 2010). Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías, entre las que se destacan Hojas de Tamarisco (2006), Buenos Aires/ Escala 1:1 (2007) y Uno a Uno (2008).

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