El director de cine Alan Resnais, uno de los genios de la «Nouvelle vague», murió el sábado 1 de marzo en París, a los 91 años. Como homenaje, reproducimos aquí la reseña de una de sus películas más emblemáticas, Hiroshima, mon amour, que Tomás Eloy Martínez publicó en sus épocas de crítico de cine del diario La Nación, el 28 de julio de 1960.

Hisoshima Resnais

Por Tomás Eloy Martínez

Es posible registrar muchas interpretaciones a  propósito del tema de Hiroshima mon amour, y todas pueden parecer igualmente válidas. Las más transitadas, sin embargo, aluden a la identidad entre el sufrimiento individual y el sufrimiento colectivo, a la igual importancia de Hiroshima y Nevers como claves de una desdicha, a un testimonio contra la bomba atómica y la guerra, a la necesidad de amar al enemigo, a la necesidad de amar cualquier cosa que nos toque. Se ha dicho también que el sentido de la obra no queda agotado con ninguna de esas estimaciones, y que en terreno formal hay datos nuevos que valen tanto como los aportes del tema; resolución contrapuntística del sonido y la imagen para que el tiempo pasado se introduzca en el presente y se confunda con él, montaje que atiende a lo esencial y que persigue cierta musicalidad, incorporación de material exclusivamente literario en la narración y en los diálogos.

Para un film tan poblado de ambigüedades como Hiroshima, las mejores pistas están en los cortos anteriores de Resnais, en el objetivismo y la poesía de las novelas de Marguerite Duras (donde El square es fundamental) y en las intenciones con que los dos trabajaron. Ya nadie duda de que una línea importante en la obra es el reclamo pacifista, pero atenerse a ese solo dato es reducir a proporciones de panfleto todo un tema donde la política cuenta tanto como el amor, el olvido y la incomunicación.

Ya nadie duda de que una línea importante en la obra es el reclamo pacifista, pero atenerse a ese solo dato es reducir a proporciones de panfleto todo un tema donde la política cuenta tanto como el amor, el olvido y la incomunicación.

Un examen más aventurado puede integrar todos esos elementos, indicar –como el propio Resnais la ha sugerido–, que el amor sobrevive a pesar de las bombas y el sufrimiento colectivo, que se extiende hasta vencer la incomunicación, hasta aceptar el olvido para seguir amando. Y ningún costado de esa clave excluye el horror ante la muerte de 200 mil personas; antes, insinúa que ese horror puede ser sentido por cualquiera como cosa propia, y que aun después de él todo amor es posible. En el fondo del conflicto, lo que importa es que cada ser humano padezca la desolación, la angustia y la muerte de los demás, y que por eso mismo sea capaz de amar plenamente.

Idas y vueltas literarias

Una experiencia de interés es leer por separado el libreto de Marguerite Duras. Se aduce con frecuencia que Hiroshima… depende en exceso de ese texto poético deliberadamente divorciado de cualquier forma convencional del relato. Si no bastara el mero conocimiento de la génesis del film (Marguerite Duras entregó, a pedido de Resnais, una “historia contada como novela” y no intervino para nada en la realización), la lectura del libreto bastaría para entender que el aporte de Resnais es mucho más decisivo que el texto en los resultados del film. Mueve a reflexión, sin embargo, que algunos datos objetivistas presentes ya en la narración anterior de Marguerite Duras (El square, La obra) hayan sometidos a un tratamiento cinematográfico por el realizador. Cabe averiguar todavía si la preferencia por el momento antes que por la intriga, si la valoración del tiempo interior de la protagonista (y dentro de él, la confluencia de pasado y presente) y si la indiscriminación psicológica de los personajes son un aporte puro de Resnais o un derivado de su colaboración con una novelista que viene trabajando desde 1954 en esa línea estética.

El público.

No se ha visto –o se ha visto poco– que el público es, por primera vez en Hiroshima mon amour, un elemento creador importante. Y eso es seguramente una consecuencia de la actitud de simple testigo que Resnais asume ante los hechos de su obra: al no introducir en la narración sus propios datos sociológicos, políticos o metafísicos de la realidad –prefiriendo más bien que la carga de sentido sea descubierta a través de la mera descripción de los hechos–, deja librada al público la posibilidad de que piense el tema aplicándole su propio esquema del mundo. Una  observación superficial permite advertir que es ese hecho, sobre todo, el que ha hecho ver en Hiroshima… tantas intenciones cuantos espectadores han examinado el film, y si alguien puede aducir que ello deriva de la fecunda ambigüedad de la obra, es más coherente pensar que la voluntad de dejar abierta en muchos sentidos la historia, por parte de Resnais, fue lo que produjo ese fenómeno.

Decir que es menos un film para ser explicado que para ser amado tiene por eso su justificación. Cualquier explicación de Hiroshima… que nos sea propia es siempre más válida y creíble, cualquier testimonio de amor ajeno –asimismo– carece de la intensidad con que el propio amor nos es revelado.

 

Deja un comentario