Compartimos Trauma, uno de los relatos que forma parte de En los márgenes, el nuevo libro de Ignacio Molina.

Ignacio Molina / Foto: Clara Muschietti

Dejo a Flavio jugando en el balcón y camino hasta el baño para sacarme la mermelada que me pegoteó en los dedos. Prendo la luz, abro la canilla, y mientras me enjabono las manos, moviéndome un paso hacia atrás, alcanzo a verme los pies en el espejo. En el reflejo se ven un poco menos anchos, pienso. Al mismo tiempo, me acuerdo del profesor particular de física que hace muchos años me explicó por qué en los espejos, aunque te lleguen a la cintura, podés mirarte los zapatos. Hicimos la prueba cuando bajamos en el ascensor. Termino de secarme las manos, apago la luz y cierro la puerta. Voy a la cocina a hacerme un café. Dicen que el café es bueno para el calor. Pongo dos cucharadas en una taza, y mientras veo girar el agua en el microondas pienso en una entrevista que hace unos meses un periodista de Clarín le hizo al líder de las FARC. Debe estar cansadico y con calor, le dijo el guerrillero al recibirlo en un bunker de la selva, ahorita le preparamos un buen café.Me pregunto si a los rehenes también les hablará con diminutivos. Sólo cuando escucho el llanto del nene dejo de pensar en la selva colombiana. El microondas suena; pasaron dos minutos y cuarenta y cinco segundos desde que puse la taza. Mi hijo sigue llorando; imagino que está luchando contra la ropa limpia que se seca en el balcón. Vuelco el agua caliente sobre el polvo, y mientras bato con la cucharita voy a ver por qué el nene sigue protestando. En el balcón no hay nadie; durante un par de segundos veo nublado, y tengo que hacer un esfuerzo para que no se me caiga la taza. Los gritos vienen desde más lejos. Suenan furiosos y apagados. Dejo el café en un estante de la biblioteca y me doy cuenta de todo. El nene se quedó encerrado en el baño; entró sin que yo me diera cuenta mientras me lavaba las manos, hace como seis o siete minutos. Abro la puerta y lo veo transpirado, lleno de mocos y de lágrimas. Me mira a los ojos y abre la boca sin sonido, como si se estuviera ahogando, o como si estuviera tomando aire para volver gritar. No sé qué hacer. O sí sé qué hacer: lo levanto, lo abrazo y le beso el cuello, pero sin saber cómo darle a entender que no lo dejé encerrado a propósito. Tardo media hora en calmarlo. En el resto de la mañana, cada vez que me vuelve la culpa y le pido perdón, él vuelve a llorar y a golpearme la cara con los puños. Pienso que podría sacarme el trauma poniéndome a escribir, o preguntándome de dónde saldrán esos recuerdos que se cuelan todo el tiempo por las ranuras de la vida cotidiana. Pienso en los rehenes de las FARC, en la selva colombiana y en el profesor de física, un jubilado que hoy tendría como noventa años y que vivía con su mujer en mi mismo edificio. Como me daba vergüenza decirle que éramos tan vecinos, cuando me pidió los datos le di cualquier dirección. Cada vez que terminaba una clase y bajaba a abrirme la puerta, yo lo saludaba, daba una vuelta manzana y volvía a abrir con mi llave. Por suerte nunca nos cruzamos fuera de ese horario.

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* Ignacio Molina nació en Bahia Blanca en 1976. Publicó Los estantes vacíos (2006), Viajemos en subte a China (2009), Tribus urbanas (2009), y Los modos de ganarse la vida (2010). Lleva adelante el blog Unidad Funcional. Trauma forma parte del grupo de relatos compendiados en En los márgenes, su nuevo libro.

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