El 7 de abril de 1890 nacía Victoria Ocampo. Tomás Eloy Martínez escribió un extenso perfil sobre ella que se publicó en 1966 en Primera Plana. Pero además, siguió su trabajo con interés. Reproducimos aquí la crítica que escribió sobre la séptima serie de Testimonios (fueron en total diez volúmenes que recopilan conferencias, ensayos y artículos de la autora). Publicado el 19 de marzo de 1968 en Primera Plana, el artículo resulta de gran interés no sólo por la mirada sagaz de TEM y su prosa exquisita sino también por el modo en que defiende la idea de que el buen periodismo no es menor en comparación con la buena literatura. Compartimos además una imagen con la publicación original.

Victoria Ocampo: Testimonios, séptima serie– Hasta por sus destinos iniciales (las páginas de los diarios, los salones de conferencias) estos testimonios son piezas periodísticas. Todo lo que tocan se convierte en acontecimiento, inclusive las ideas: aún las fugaces líneas de poesía que se han filtrado en el libro (“La memoria es nuestro satélite. Nunca sabemos bien de dónde viene lo que refleja”) están emitidas desde tal o cual lugar y en tal o cual circunstancia. Lo inmediato, la actualidad, las materias vivas: con esas carnes ha sido amasada aquí cada palabra. Ni siquiera las cartas que parecen más íntimas (un adiós a Nehru, el recuerdo de un día en Londres junto al poeta Ned O’Gorman) escapan a esa condición: son, en definitiva, artículos necrológicos, definiciones de seres humanos, comentarios de textos ajenos. Cualquiera de los testimonios es zona vedada para la imaginación o la mera invención: la única licencia que Victoria Ocampo se permite al hablar de la realidad es la de comunicarla según sus sentimientos. Se planta ante las cosas con el ojo perentorio de los periodistas, pero sólo le importan aquellas cosas que suscitan su pasión.

La crítica adicta a Victoria Ocampo viene escamoteando desde hace años esa cualidad fundamental de su obra: parte de la premisa de que el periodismo es un género menor, un suburbio intelectual digno de menosprecio. La contratapa de este libro, firmada por E. P. (¿Enrique Pezzoni?) insiste en el equívoco: “(Aquí) aparecen cartas a periódicos, interviews, que no parecen sino amenas formas del periodismo –enuncia-. Son, en verdad, contribuciones a una crónica del mundo contemporáneo y de nuestro Buenos Aires cotidiano, cuyo valor aumentará con el tiempo”. Todo escritor (se deduce) debe ser trascendente si aspira a que la posteridad lo tome en serio. Todo lenguaje es válido mientras sea solemne y se procure de antemano un sitio en la historia de la literatura.

Quizás esa constante navegación entre dos aguas, esa forzosa perdurabilidad que los amigos de Victoria Ocampo asignan a su obra, sea lo que perturbe su imagen ante los lectores argentinos, en una medida mucho mayor que las acusaciones de extranjerismo o de coquetería intelectual que formulan sus detractores. Señalar que es el único equivalente de Oriana Fallaci en este país les sonaría a aquéllos como una irreverencia: indicar que es la última (y una de las mejores) ramas de la estirpe de memorialistas que nació con Wilde y Mansilla sería tomada por segundos como una extravagancia. La verdadera efigie de Victoria tiene, sin embargo, los rasgos de esos padres y esa hermana menor: a la Fallaci la une un común sentido de la amenidad, una idéntica aptitud para transmitir las puntas de los grandes temas, el irremediable afán de discutir con todos y a propósito de todo. A los cronistas del 80 la afilian, en cambio, esa rampante sorna de que está hecho el humor de los argentinos, siempre en ademán de caer sobre las cosas y siempre temerosos de morderlas; pero el parentesco fundamental pertenece al orden del lenguaje, tan libre de afectaciones, tan dispuesto al tuteo con el lector. Durante las tres o cuatro décadas en que el idioma oficial de los argentinos estuvo gobernado por la pompa, uncido a los tics hiperbólicos de Larreta, Lugones, Güiraldes o Mallea, Victoria Ocampo fue la única, entre todos los prosistas admitidos por el Parnaso, en escribir como se hablaba, en comunicarse con sus lectores por medio de confesiones imperfectas pero vivas, y no a través de enjoyados cadáveres.

Lo que la han distinguido con sus obsesiones, que la persiguen lealmente desde hace unas cuatro décadas como si fueran una segunda epidermis: T.E. Lawrence, Malraux, Drieu, Gandhi, Nehru (los Grandes de la Aventura, en suma), los derechos de la mujer, las aguas diversas de Mar del Plata y San Isidro. Todas confluyen en esta séptima serie de Testimonios, tal vez la más reveladora que haya reunido. Las dilatadas precisiones sobre Lawrence a propósito del film de David Lean, el descubrimiento de Chinese Gordon a partir de Khartoum y los apuntes sobre las Antimemorias de Malraux la rescatan, otra vez, como una crítica admirable, y en el único sentido que la crítica importa: el del inventario de las huellas que una obra de arte (o una obra a secas) deja en quien los contempla. Las cartas a los diarios sobre los temas de su vida cotidiana (el camino a Mar del Plata, los desbarajustes del correo y de los teléfonos argentinos, los intríngulis del tránsito) corresponden, curiosamente, al mismo grado de pasión por las cosas del mundo que puede percibirse en aquellas críticas: son arrebatos, borbotones sobre (o contra) la realidad, puntualizaciones de una testigo atenta.

Pero seguramente lo mejor del libro son sus crónicas, las que dedica al apagón de Nueva York y a su visita a Lili Pons, junto a Jean Cocteau: los diálogos en el Waldorf Astoria iluminado a vela, los hacinamientos del vestíbulo, los flirts entre las tinieblas, han sido narrados con una vitalidad y un sentido de la información que no tendría por qué envidiar a la separata que luego publicó The New York Times sobre el tema; cuando más adelante Victoria Ocampo describe sus andanzas en taxi con un Cocteau diáfano y cacareador, las intrincadas reverencias entre el escritor y Lili Pons a propósito de una torta indigesta y las discusiones sobre pájaros y perros que perturbaron la velada (mientras la soprano no cesaba de trinar), el lector empieza a lamentarse de que la narradora no haya abrazado el periodismo con más convicción, que no haya abdicado de la oprobiosa literatura para cazar con sus palabras simples las historias menudas de la vida.

Esta séptima serie es la demostración final de que allí estaba su trinchera, que desde ese reducto se hubieran oído mejor sus voces de combate. Puede argumentarse que Sur, que sus artículos en La Nación y en La Prensa agitaron todas las banderas que ella quiso, y que no calló nada de lo que se propuso decir. Es posible, pero en un punto clave la perjudicaron esos caminos: habló demasiado sobre literatura, cuando en verdad estaba dotada como pocos argentinos para hablar sobre la realidad caliente y viva, para consagrarle su probidad y su espíritu de pelea. (Sur, 1967; 296 páginas, 920 pesos)

La imagen corresponde al Archivo TEM de Fundación TEM

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