brizuela
Foto: Alejandra López

El escritor Leopoldo Brizuela, autor de Inglaterra. Una fábula (Premio Clarín de Novela 1999), Lisboa, un melodrama (2010) y Una misma noche se prepara para el relanzamiento de su taller En busca de la novela en Fundación Tomás Eloy Martínez. Aprovechamos para hacerle algunas preguntas acerca de ese género al que se ha sentenciado a muerte tantas veces y que Brizuela encuentra en cambio en perfecta plenitud.

Usted es un amante de la música. Su novela Lisboa, por ejemplo, tiene una banda de sonora propia. ¿Suele escuchar música cuando escribe? En caso afirmativo, ¿recuerda alguna canción que lo haya acompañado especialmente?
No escucho música cuando escribo una novela: hacerlo me distraería de la música de las palabras, que uno va disponiendo en el papel, como notas en un pentagrama, y de la composición de la estructura. Pero escucho música mientras corrijo –que es la mayor parte del tiempo, y la más feliz, sin duda. ¿Qué hacerte escuchar? Quizá esta participación de Anita ODay en Jazz on a summer day, porque, más allá de la belleza de las canciones, ahí ocurre lo que uno busca que haya en la literatura. Libertad, desafío al público, y una sensación de juego tan seria y comprometedora como si el arte no fuera más que una forma de los viejos de la infancia.

¿Cuáles diría usted que son los ingredientes más recurrentes que se le echan a una novela para que fracase?
No hay nada más seguro para que una novela fracase que atender a los deseos de los demás. Hay que ser claro: uno no escribe la novela que debería escribir, ni siquiera la novela que le gustaría escribir, sino apenas la novela que puede. Llevar adelante una historia y una forma; ser fiel a la propia diferencia y animarse a exponerla al mundo; sin miedo de desagradar, dispuesto a pagar el precio de serlo, es un trabajo que no permite distraerse con ninguna otra cosa.

 En la propuesta del taller “En busca de la novela” usted escribió: “… hay genios que parecen traer ya un manual del narrador inscripto en el ADN”. ¿Qué autores-genios se le vienen a la mente y en qué radicaría su genialidad?
Dickens, sin duda. A los veintipico de años irrumpió en la literatura inglesa como un huracán que no se detuvo hasta su muerte. Con un tono de antiguo narrador de la tribu, capaz de pulsar todos los tonos;  con una prosa , una galería infinita de personajes siempre originales y modernísimos, y una seguridad, una convicción narrativa que no decae nunca a lo largo de miles y miles de páginas –aun cuando su prosa decaiga. De ahí que lo que uno respire siempre en Dickens es la alegría –aun cuando sus personajes sufran tanto y tan a menudo: es la alegría de contar. Quizás porque el genio no sea aquel que se expresa a sí mismo, que “saca de adentro” la novela; sino una antena que transmite directamente de otro mundo que está detrás de este, y donde yacen sus claves.

Usted es un gran admirador de Antón Chéjov. ¿Por qué cree que fue un cuentista tan prolífico y que en cambio no se dio demasiado a la novela?
Podríamos discutir mucho esa pregunta. ¿Fue tan prolífico? Si la edición de La Pléiade no me engaña, en los últimos tiempos –los de sus obras maestras- escribía dos, tres, a lo sumo cuatro relatos por año. Por otro lado, es cierto que muchos de sus relatos son “cuentos”, por extensión y concisión, y están en toda antología universal del género: La señora del perrito, Mi querida.  Pero otros igualmente geniales y mucho más extensos: La estepa, Mi vida, y esa maravilla que es En el barranco, son modelos para cualquier novelista. Quizá no se los recuerda como novelas porque, es cierto, al lado de Los hermanos Karamazov o La guerra y la paz, parecen aforismos… y porque su manejo de los silencios no se asemeja a ningún otro novelista de su época.  Los relatos largos que mencioné son tan novelas como las de Natalia Ginzburg, Andrés Rivera o Marguerite Duras, porque Chéjov escribía en su futuro.

¿Usted es de releer novelas?
Las novelas que admiro las leo siempre dos veces: una por puro placer; otra para entender mejor cómo estás hechas. Pero algo muy raro me pasó con El bosque de la noche, de Djuna Barnes, uno de los libros que más amo. Durante muchos años intenté empezarla y a lo sumo llegaba a la tercera página; debo de haberlo intentado unas doce, quince veces, lo cual ya es revelador ¿no? Porque nunca hago tanto esfuerzo por un libro: algo de ese estilo, de esa historia, me atraía tanto como me rechazaba, algo tan bello y verdadero que todavía no podía tolerar. Cuando al fin lo conseguí, cuando fue tiempo, lo leí, y releí, otras tantas veces.

Por último, hay quien dice que en el futuro ya no habrá paciencia para leer (ni escribir) grandes novelas como las de antaño. Ya no habrá un En busca del tiempo perdido, ni un Crimen y castigo. ¿Qué opina de esta predicción?
¿Quién se atreve, a esta altura, a presagiar seriamente el futuro? Lo que puedo decirte es esto: la buena novela es aquella que te obliga a ir a su tiempo. En una buena novela no podés saltear párrafos. La novela te ofrece –y es uno de sus grandes legados- un tiempo alternativo al tiempo en que vivís; y ese tiempo te transforma y en buena medida te salva de las malformaciones de este tiempo. Ahora bien: si el problema es que el hombre ya no tendrá tiempo para leer novelas largas, aunque lo quisiera y lo necesitara, los novelistas no tenemos que ser cómplices de esa catástrofe ¿no? Escribamos novelas largas si esa es la necesidad, que como dijo Doris Lessing, “ningún escritor es tan diferente como para no encontrar un lector semejante, interesado en él; o como dice más sencillamente Sara Gallardo: “toda palabra va a algún oído.”

Si querés asistir al taller de Leopoldo Brizuela, enviá un mail a info@fundaciontem.org. ¡Últimas vacantes!

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