El próximo martes 4 de diciembre a las 19: 30 horas, la Fundación TEM (Carlos Calvo 4319) será sede de la presentación de Conchita. Ricardo Barreda, el hombre que no amaba a las mujeres, el nuevo libro del cronista argentino Rodolfo Palacios. Compartimos como adelanto exclusivo el prólogo que escribió Enrique Symns.

RICARDO BARREDA Y BERTA, SU ACTUAL NOVIA / Foto: Archivo autor

Es natural no sentir compasión por un asesino múltiple como Barreda; lo que me resulta singular es no sentirla por sus víctimas. Es más, si logramos desprendernos de la perversidad de la mirada moral, y consideramos el acto de matar como una tendencia natural de estos primates que somos, yo tiendo a sentir compasión por Barreda. En definitiva, la muerte es un acceso eterno a la nada, al morir es como si nunca hubiésemos existido, la muerte borra la memoria del sufrimiento. A los muertos nada les duele, ni siquiera buscan venganza. Borges sostenía que un suicida en realidad mata a todos los demás al eliminarse, mientras que un asesino suicida su alma al cometer un crimen.

En realidad, tampoco me despierta una sincera compasión Barreda, porque ese infierno que habitaba junto a las mujeres que eliminó tiene que haber sido gestado con cierto grado de complicidad de su conducta. Las cuatro brujas que eliminó tampoco me producen compasión. Usaban la palabra “conchita” como si fuera un cuchillo y no cesaban de salar la herida que habían abierto en esa convivencia.

Se trató de un complot femenino configurado para despreciar la masculinidad del dentista. En muchos casos he observado que nunca se juzga la participación de la víctima en su propia destrucción. En el juego de sombras del inconciente, en el abismo de las mentes ciertos espectros, a veces,  se apoderan de nuestras decisiones.

Fue Sigmund Freud, ese genial investigador del alma, quien descubrió que el contenido de lo “siniestro” se haya siempre oculto en lo familiar, en el entorno, en el aparente cariño de nuestros seres queridos. El verdadero enemigo duerme en nuestra cama.

En cuanto a Barreda, desde un principio me despertó antipatía su figura, por la elección de una profesión tan siniestra como la odontología. No es que la medicina sea una elección más honorable. El negocio de los médicos es la desgracia ajena. No es la salud, sino la enfermedad. Pero el dentista elige la tortura. Elige la siniestra picana eléctrica (el torno) que fue espléndidamente evidenciada en el film Maratón con Dustin Hoffman. Es una profesión desalmada elegida por sujetos como Barreda, un tipo con poca alma.

Fiódor Dostoyevski sostenía que ningún delito individual puede compararse con la crueldad de la pena carcelaria, esa sofisticada venganza asumida por el Estado. Y Barreda estuvo 17 años en ese infierno. Ya está, esos asesinatos fueron pagados en exceso.

Sin embargo, el aspecto más perverso de este dentista es su noviazgo con Berta, convivencia que tan bien dibuja en su relato Palacios. Si a Barreda, sus mujeres lo degradaban llamándolo “conchita”, él llama a Berta con el peor apelativo que puede endilgarse a una mujer: “chochán”. Tirada casi siempre en la cama, engordando, sumida en sus fantasías, el hombre la ve como un cerdo y no tiene pruritos de manifestárselo aún ante terceros. Su sentido del humor, su mirada fría y ausente sobre la existencia, cierta decepción con el destino están retratados en esta crónica como una verdadera fotografía del horror. Hacia el final del libro, Berta se transforma en el personaje fundamental. Su monólogo, como en un guión teatral, se va esfumando entre los comentarios insípidos de Barreda. Es un amor que respira vacío, una reunión de almas separadas por el desgarro, una demostración absoluta de la vulgaridad de la existencia y la imposibilidad de toda dicha.

Los paseos de Barreda, los enfrentamientos continuos con los fantasmas del pasado a través de la adulación o el rechazo de vecinos y desconocidos, las picadas pantagruélicas que comparte con el narrador quien, por momentos, manifiesta hasta cierto cariño por su personaje, completan el paisaje desolado de esta narración.

Más que una crónica de la vida real, una aguafuerte certera sobre la vida de un matador. Y Palacios es un experto en matadores.

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