La semana pasada comenzó en el blog el ciclo textos de no ficción con una crónica a cargo de TEM, Perón sueña con la muerte. Hoy es el turno de la periodista peruana Gabriela Wiener, quien nos comparte un perfil publicado originalmente en la Revista Etiqueta Negra: La última novela de Corín Tellado.

Gabriela Wiener

Mi historia con Corín Tellado tuvo un comienzo muy propio de una novela de Corín Tellado. Dos días antes de emprender el viaje hacia Gijón, y con el billete de avión ya comprado, me advirtió que tenía cinco de presión y que con seis la gente se muere. Lo hizo para evitar a último momento que la visitara en su casa. Como en cualquiera de sus melodramas, intentó movilizar mis sentimientos de compasión hacia su heroína-víctima, en este caso ella misma. Casi logra su objetivo. Tiene ochenta y un años, y es verdad que un resfrío a esa edad a veces puede suponer la muerte, pero no hay nada de melodramático en ello. Sin embargo, la historia no fue la historia no fue ésa. Quien haya leído alguna novela de La Gran Dama de la Novela Sentimental, como se le suele llamar en las contratapas de sus libros, sabe que todas las historias tienen un final feliz.

Esta historia, por ejemplo, empieza cuando Corín Tellado dice que sí. La historia continúa en el duty free del aeropuerto del Prat, en Barcelona, en ese punto en que dejas todo atrás y sólo puedes pensar en que debes conseguir algo que leer para olvidar que pronto estarás en un avión. Por eso las librerías de los aeropuertos están llenas de libros de bolsillo, best sellers peso pluma, lecturas para el aire.



Nunca he estado en la circunstancia de tener que preguntar si vendían libros de Corín Tellado. Es una experiencia nueva. Cuento con una hora y media de vuelo hasta el aeropuerto de Ranón, a media hora de Gijón, una ciudad a orillas del mar Cantábrico en el Principado de Asturias, donde vive Corín: noventa minutos, tiempo suficiente para leer una de sus novelas. Pero en los abarrotados anaqueles del duty free no hay una sola. La encargada, una chica de no más de veinte años, luce confusa y enseguida abre un puñado de libros de Norah Roberts, una de las estrellas actuales del género romántico, que ha vendido casi trescientos millones de libros: algo así como veintiún libros por minuto. En esa oferta, tampoco falta un libro de Danielle Steel, la máxima exponente mundial del género, que ha reinado durante casi cuatrocientas semanas en la lista de best sellers de The New York Times. Por allí incluso asoma una novela de Isabel Allende, una suerte de esperanza sudamericana dentro del género. Pero de Corín Tellado no hay rastro. Como si un huracán selectivo se hubiese llevado no sólo sus libros sino también las viejas huellas de su reinado: cuatrocientos millones de ejemplares agotados, una cantidad que le valió ingresar al Libro Guinnes de los Récords al ser la escritora en lengua española que más libros ha vendido en todo el mundo. Y aquí no hay una sola de sus novelas.

Ya en el avión, y para seguir haciendo cosas que no suelo hacer, decido conversar con la persona sentada en el asiento contiguo. Es una mujer de unos cincuenta años que viste con buen gusto. Le pregunto si conoce a Corín Tellado, a quien voy a entrevistar dentro de algunas unas horas.

–¿La de la novelitas románticas? –dice con mal disimulado desprecio–. No sabía que viviera en Gijón.

Pues, sí, vive en Gijón. Y no sólo eso. Le cuento a la señora que, según la Unesco, Corín Tellado fue alguna vez la autora más leída en España después de Cervantes y de la Biblia.

–¡Qué pena! ¿No? Pero no creo que aquí, habrá sido en Sudamérica –exclama y no vuelve a dirigirme la palabra: encontrar a una lectora de Corín Tellado puede ser tan difícil como hallar uno de sus libros en un aeropuerto internacional.

El avión llega al aeropuerto de Ranón a las nueve y media de una mañana de finales de abril. El próximo autobús a Gijón partirá a las once. Dos horas: tiempo suficiente para leer otra novela de Corín. En la tienda de Ranón he vuelto a preguntar por sus libros, confiada en que en territorio asturiano, donde la escritora es muy querida, habrá al menos uno, pero nuevamente la respuesta es no. Entonces hojeo un libro de la Roberts. Fórmula infalible: intriga a lo Agatha Christie, aventura a lo Indiana Jones, turismo de revista de avión, misticismo sedentario de Paulo Coelho, y un ingrediente estrella, el mismo que usa Corín para convertir, como dijo alguien, lo rosa en (billetes de color) verde: amores redentores.

Aun ahora, como hace más de cuarenta años, Corín Tellado publica sus novelas breves en la revista Vanidades. En esas historias miles de mujeres creyeron estar conociendo el amor, los besos y las caricias en tiempos de contención y freno, mientras los literatos «de verdad» las calificaban de cursis, moralistas y alienantes. En la casa de mi abuela siempre había ejemplares de esa revista. Yo solía leer solamente los finales de las historias de Corín: la infaltable, velada y muy estirada escena de cama que culminaba una vida de desdichas. Los míos eran días felices y me dejaba enrolar fácilmente casi en cualquier causa que mi abuela propusiera: tejer, preparar ravioles, rezar el rosario y leer las fábulas de Corín. De alguna manera, mi abuela también construía alrededor de mí un mundo que ella entendía como femenino por excelencia. En el autobús que me lleva a Gijón, mientras admiro desde la ventanilla las verdes colinas del paisaje de Asturias y las vacas lecheras amamantando a sus crías, pienso en todas esas cosas. Me había olvidado de ser esa clase de mujer que mi abuela y Corín querían que fuese. Mi abuela había muerto. Corín tenía cinco de presión. Y con seis te mueres.

–Verá que hay dos ascensores. Usted suba al del fondo.

Su voz suena severa en el intercomunicador. No dice hola. Se comenta que Corín Tellado no es precisamente una abuelita encantadora, que es seca con los periodistas y que hasta sus libros por momentos tienen un tono de sermón. Por lo pronto, aclaró por teléfono que me dará sólo un par de horas y que no saldrá a la calle.

Estoy ante la puerta entreabierta del departamento de la misma escritora a la que Mario Vargas Llosa llamó «fenómeno sociocultural». Fue en 1981 y entonces, en las librerías, sí se vendían más libros de Corín que ejemplares de la Biblia. Ahora aquel «fenómeno» está sentado en un sillón que mira hacia la puerta desde la profundidad de la estancia.

–Por lo que veo, pese a mis advertencias, se equivocó de ascensor.

–Peor, me equivoqué de planta. Me fui a la cuarta.

–Vaya, por Dios.

Contengo la vergüenza y le doy un beso fuerte. No hay duda de que a Corín no le gustan los periodistas pero sí le gustan los besos. Y los periodistas son como las putas: no dan besos. Le doy uno y el hielo se derrite. Ella dice: «Hola, maja». Entonces me relajo y de inmediato mis ojos empiezan a recorrer sus novelas alineadas en una estantería.

–¿Está la colección completa?

–Qué va. Son sólo algunas. He escrito miles.

Parece una expresión retórica, pero en este caso es verdad. Ha escrito miles. Cuatro mil para ser exactos. Corín Tellado escribe desde los dieciséis años: las historias le brotaban como a otros el acné. Como detestaba sentarse en la mezzanine del cine, que era lo único que podía pagar con las cinco pesetas que le daba su madre, al volver ella le contaba un argumento sin que hubiera visto ninguna película. Su primera novela la escribió mientras velaba a su padre enfermo. Por aquellos días descubrió su habilidad para escribir rápida e infinitamente, y que de esa manera podía conseguir el dinero que su familia –ahora que el padre había muerto– tanto necesitaba. Bruguera le compró los derechos de su primer libro, Atrevida apuesta, y la secuestró durante veinticuatro años en los que Corín tuvo que escribir exclusivamente para esa editorial. Cuatro títulos al mes. Cuarenta y ocho historias cada año. Su carrera empezó en la República, sobrevivió durante la Guerra Civil española, atravesó la dictadura de Franco, continuó en los años de Transición y, cuando llegó la democracia, ella todavía estaba allí. Corín Tellado –explicaban los eruditos– era el perfecto mecanismo que permitía a sus lectores evadirse de los azares de la política. Para sus detractores, sólo había sido la cortina de humo del franquismo. Y todo eso en minúsculos libros que valían cuatro pesetas en los quioscos.

Los personajes de las novelas de Corín Tellado también eran capaces de remontar el tiempo: evolucionaron de chicas millonarias, extranjeras y casaderas en los años sesenta, a universitarias españolas que tenían que prostituirse para pagarse los estudios, en los ochenta. Pero su estilo, que, según ella, la propia censura franquista le ayudó a pulir gracias a sus constantes vetos, siempre fue más sugerente que directo. Si la censura le prohibía escribir sobre sacerdotes, ella los convertía en pastores protestantes. Ubicando sus novelas en el extranjero, Corín lograba escribir sobre abortos, divorcios y madres solteras. Y así siguió entregando una novela cada semana durante sesenta años, también fotonovelas, relatos eróticos y guiones de telenovelas que se convertían en éxitos en América Latina, ese continente imposible de imaginar sin culebrones y donde llegó a pensarse que Corín Tellado no existía o que era el seudónimo de algún listo que escribía historias románticas en sus ratos libres para forrarse de dinero. Pero no, ella existía, se llamaba María del Socorro Tellado López, Socorrín para la familia y luego simplemente Corín.

En la sala de su casa, Corín pregunta si estoy a gusto tomando agua, o si prefiero una cerveza. Mira inquisidoramente a través de sus gruesos bifocales y suelta:

–¿Tú qué quieres saber de mí?

Sí. ¿Qué quiero saber de ella? ¿Por qué estoy aquí? Los que se han acercado a Corín lo han hecho siempre con la misma curiosidad: el amor y el lujo. ¿Qué habrá hecho con tanto dinero y con tanto amor?, se han preguntado los periodistas que han conversado con ella durante todos sus exitosos años de carrera, como tratando de encontrar en su vida los mismos grandes temas de sus libros. ¿Pero qué misterio esconde el corazón de Corín Tellado?

–Yo te voy a contar lo que quieras.

Y lo hace. Resuelve el misterio. Por culpa de unos riñones fatigados, el corazón de la laboriosa Corín Tellado no bombea la misma sangre durante más de dos días seguidos. Desde principios de los noventa, sufre una arteriosclerosis renal. Su estado es tan grave que incluso un trasplante sería inútil. Cada dos días debe someterse a una sesión de diálisis. Ésos son días perdidos, días que la hacen valorar más los momentos en que la sangre limpia fluye por sus venas. Además, Corín está casi ciega. Ve apenas por uno de sus ojos. Tampoco escucha bien. Así que hay que gritarle muy fuerte al oído.

–A decir verdad y para ser absolutamente sincera, estos dos días no me gustaría dárselos a nadie. Los gozo porque salgo con amigas a alguna cafetería a charlar.

Corín Tellado no vive en la mansión que se podría imaginar digna de una autora que ha tenido tanto éxito comercial. Como la mayoría de padres que se hacen mayores, ella vive en realidad en la casa de su hija, Begoña, junto con su yerno y sus tres nietos. Una de ellas también se llama Corín. Es un departamento muy grande para el promedio europeo, cómodo, algo sofisticado, como el que podría tener una familia española muy acomodada aunque no millonaria. Antes ella vivía sola en un departamento en el mismo edificio, pero a raíz de sus enfermedades, su hija se la trajo a vivir consigo.

–Las he pasado moradas. Yo te recibo pero es la última vez que recibo a alguien. Que estés aquí conmigo es pura casualidad.

Tiene razón: cuando llamas a Corín no te contesta Corín, te contesta un fax. Sólo los pacientes logran escuchar su voz tras varios minutos de espera. Las pocas entrevistas que concede las contesta por este aparato o por teléfono. Temo que ésta se convierta en una entrevista geriátrica, difícil de soportar, como cuando visitas a tus abuelas y tienes que aguantar que hablen de sus males y entonces tú sólo quieres salir corriendo. Pero mis abuelas han muerto y extraño incluso cuando hablaban de sus enfermedades, así que no me voy, aunque Corín haga todo por echarme.

–Siento fastidiar su sábado. ¿Cuándo es la próxima diálisis?

–Hasta el lunes no me toca, así que, claro, me siento estupenda.

Ahora está muy arrugada pero en una de las fotografías que tiene en su despacho –donde me ha llevado a conversar– debe tener unos treinta años. Usa el pelo muy corto y fuma. Fumaba cinco cajetillas al día. Posa al lado de su máquina de escribir Olimpia. En la época en que se tomó esa fotografía ya debía ser una mujer separada, una escritora que cargaba con sus dos hijos pequeños, muy adinerada. Recordemos que vendía libros como pan caliente. Pero las dificultades iban por otro lado. En la España de inicios de los sesenta ella era un bicho rarísimo. Una mujer moralmente progresista para su época, que se estaba haciendo famosa por escribir sobre mujeres moralmente conservadoras que al final se metían un polvo liberador, siempre y cuando la cosa terminara en boda. Entonces sus hijos ya iban a la escuela y la misteriosa y rica escritora empezaba a dar entrevistas, alimentando su popularidad. Pero ahora, medio siglo después, y en casa de su hija, no estamos rodeadas de lujo, precisamente.

–Perdone que se lo pregunte, ¿no tiene usted mucho dinero?

–Qué va, lo tienen mis hijos. Yo les doné mi fortuna hace ya mucho tiempo.

–¿Y para usted?

–Lo que gano en Vanidades me basta y sobra.

–¿Y las ganancias de los libros?

–Eso lo llevan mi hijo y mi yerno. Yo no me entero. Soy una persona muy digna. Tuve mucha suerte de que las mujeres estuvieran tan postergadas, de que todo estuviera cerrado y de que se dijeran tantas mentiras con referencia al sexo, al amor, al hombre y a la mujer. Yo escribía como creía que debía ser la vida. A mí me parecía que hacer el amor era tan natural como beberse un vaso de vino. Yo hice las novelas rosa en España. Alguien tenía que hacerlas. Con haber hecho eso me basta y me sobra.

La novela romántica que hizo Corín todavía palpita. Si no lo creen, échenle un vistazo a la página web del sello español Harlequín, una de las más grandes editoriales del mundo dedicadas exclusivamente a este género: vende más de cinco libros cada segundo. En cuarenta años de vida comercial, las protagonistas de las novelas de Harlequín se han besado unas veinte mil veces, compartido alrededor de treinta mil abrazos y han terminado en el altar unas siete mil veces. Si colocáramos una sobre otra, todas las novelas que esa editorial vende en un solo día, la pila sería casi seis veces más alta que el Empire State, ese rascacielos de más de cien pisos en Nueva York. Más de cincuenta millones de mujeres de todo el mundo leen los libros de Harlequín, y ésta es apenas una editorial de las cientos que se dedican al mismo negocio en el planeta. Si todas sus lectoras vivieran juntas, serían suficientes para formar un país. El país que alguna vez gobernó Corín Tellado y que ahora se disputan sus muchas sucesoras.

No hay nada como espiar en la habitación de la abuela. Corín va a mostrarme la suya, y para ello atravesamos el salón de la casa. Allí cuelga un retrato suyo en gran formato. Sobre los muebles hay varios portarretratos con imágenes de momentos inolvidables para Corín, como aquella en que recibe la Medalla al Trabajo de manos del Príncipe de Asturias, un premio merecido para una mujer que ha dado al mundo cuatro mil novelas que leer. También conserva una fotografía de su encuentro con Mario Vargas Llosa, en 1981, pero ella dice que no le gusta hablar demasiado de esa visita. Cree que hacerlo es esnob.

Cruzamos la cocina. La habitación de Corín es pequeña y está al lado de un patio. Me ha prevenido bien: parece el cuarto de un hospital. Allí hay una cama para una sola persona, y de la pared cuelga un collage hecho con fotos y portadas de sus novelas. Se lo ha regalado un periodista amigo. Una cómoda con un espejo. Más fotografías. En una de ellas, Corín juega al crocket. Pero lo que más llama la atención son las dos máquinas de diálisis cubiertas con fundas de la seguridad social, a las que Corín Tellado pasa conectada dos días cada semana. Después de quince años de ese tratamiento que también le impide viajar, ella puede explicar de memoria todo lo que ocurre desde la purificación del agua hasta la purificación de su propia sangre. Todo es muy ligero, cotidiano, banal, y hasta divertido cuando lo cuenta.

–Oye, eres la única persona que ha entrado a esta habitación.

–Qué honor, muchas gracias. ¿Esta virgen es suya?

–Nooo, me la regalaron y ahí la tengo.

–Pero, y estos elefantes y…

–Son bobadas, me los traen y yo los pongo ahí. Se supone que soy una abuela y debo tener chucherías. Ahora abre allí.

Llena de emoción, abro el armario que ha señalado. Pienso en sombreros en sus cajas de cartón, en pañuelos olorosos, abanicos y joyas de fantasía. Pienso en cientos de cuadernos pintarrajeados con historias de amor, en un vestido de novia que huele tiernamente a naftalina y hasta en una flor seca. Pero el armario es en realidad un enorme botiquín: de arriba abajo no hay más que medicinas, cajas y más cajas de medicamentos, de píldoras, de jeringuillas.

–Ya te lo decía, la enfermedad no es ninguna broma, ninguna broma.

¿Qué misterio esconde el corazón de Corín Tellado? ¿Habrá tenido un romance de novela? ¿Habrá viajado a Nueva York y conocido a algún hijo de millonario, salvaje e insolente, o acaso se conformó con el guapo heredero del rancho vecino? ¿Se habrá prendado del indecente jardinero de la familia, de su jefe o de un hombre casado, de un médico lleno de secretos, de un extraño científico, de un estudiante prostituto, de su abogado especialista en divorcios? ¿Algún primo suyo o hermano adoptado se habrá enamorado de ella? ¿Habrá sido ella misma la amante de su amigo, la hermana que buscaba un novio, la mujer traicionada, la caprichosa que juega con los hombres a su antojo? ¿Lo habrá entregado todo en una habitación de hotel o habrá amado en silencio? ¿Se habrá hecho mujer en unas horas y despertado en el velludo pecho de su futuro marido?

–Bueno, eso fue en Vía Velez, donde nací.

–¿Qué pasó?

–No te lo voy a contar.

–Cuéntamelo, por favor.

–Era una relación con uno de esos chavales ricos que dan el coñazo y que piensan que todas las mujeres son para ellos.

–Tú no tenías dinero.

–Sí, yo he tenido dinero toda la vida, porque a los dieciséis ya estaba ganando dinero. Yo tenía lo mío y no necesitaba lo de nadie.

–¿Y qué pasó con ese hombre?

–A ese chaval le gustaba salir con la chica nueva y yo acababa de llegar de Cádiz, pero ya como novelista, y una noche fuimos a un baile al aire libre. Me encontré con él y me mostré tal cual soy: una persona muy realista. A mí no me conmueves si sé que debajo de tu aparente bondad está la ira.

–¿Entonces te abriste?

–Hablé mucho y de una manera muy realista, sin esas bobadas que tenían las niñas de los pueblos. Yo era yo y siempre fui original. Le caí bárbaramente, pero cuando salíamos del Farolillo me dijo una bruja: «Oye, ten cuidado que él sólo sale con las que puede apretar». Dije: «¿Ah, sí?». Cuando volví a verlo, le di la vuelta a la cosa. Le dije que me había burlado de él. Conmigo no jugó. El quería que dejase de escribir, que me convirtiera en una pueblerina, y no, ¡hombre!, yo me largo y me largué. Le dije: «Con el primero que encuentro me caso». Y lo hice. Me casé con… ¿Dónde está?

Busca la foto de Domingo Egusquizaga, su marido ya muerto. En la fotografía están los dos con su hija Begoña en brazos.

–¿Qué piensas cuándo lo ves?

–Nada. Me separé queriéndolo. Entiéndeme. Pero ya no podía vivir con él. Soy una persona muy pacífica y él reñía por todo. Me tenía celos, no soportaba mi éxito profesional, que ganara dinero.

–¿Es verdad que te casaste de negro?

–Sí. Él ni se dio cuenta. ¡Qué sabía él! Vasco tenía que ser. Yo creo que nadie me conoce bien todavía. Yo creo que hay otra Corín Tellado. ¿Tú leíste novelas mías?

–Algunas.

–¿Y no consideras que hay algo ahí, algo en los personajes, en su forma de hablar, en esa sensibilidad, en la forma en que yo digo y no digo? Hay algo…

–¿Enigmático?

–Sí, mi personalidad es así.

–¿Cuál es ese misterio?

–No es misterio. Es mi naturaleza. Yo qué sé, yo escribo, soy novelista. Tengo ochenta y un años y todavía escribo y escribo con ansiedad. Hago esquemas cada semana y, cuando voy a escribir, la novela ya casi está hecha.

La historia de amor de la gran escritora de novela rosa es un sonoro fracaso. Se ha dicho que Corín Tellado escribe justamente de lo que no tiene la menor idea. Aunque ella se sienta una escritora realista, probablemente sea la máxima representante del subgénero del fantástico amoroso, esa visión artificial, exacerbada, bolerística, estándar de los sentimientos, donde la virtud y el bien siempre triunfan sobre el mal. Pero hay amores menos ingratos que el de un hombre, y el gran amor de Corín Tellado es la literatura, pese a quien le pese, su literatura. Y lo que menos le importa a los auténticos amantes es el qué dirán.

Corín Tellado todavía escribe y ésta es una noticia que merece verificarse. Así que vamos a buscar esos benditos esquemas donde ella planifica cada una de sus historias. Quiero verlos. Volvemos a su habitación. Dice que espera que yo sea una buena chica y advierte una vez más la primicia: nadie ha visto estos esquemas antes. Y ahí están. Son unas hojas desordenadas en una carpeta, manuscritas a lapicero. A partir de estos esquemas, Corín crea un argumento y una trama inédita que cada martes dicta a su nuera María José, quien las transcribe, corrige y envía a la revista Vanidades.

–Mira lo que hago mientras dicto mis novelas.

Son unas florecitas dibujadas sobre los esquemas.

Apenas puedo leer los títulos. Su letra es muy mala, son garabatos, palimpsestos, escritura sobre escritura, las frases van en caída libre, es la escritura de una persona casi totalmente ciega, que escribe sobre sus propias palabras.

–Ésta es la de la semana que viene. Me parece que va a gustar.

El título que le ha puesto es curioso, como todos sus títulos: Anita y el problema. Le pregunto de qué trata.

–No sé explicarlo. No se puede explicar así.

Leo la sinopsis garabateada en uno de los esquemas: Ana, treinta y tres años, hija de un diplomático muerto.

Nada más.

–Lo mejor es que voy pensando en la semana y cambia. Ahora ya no es hija de un diplomático sino de un ingeniero, y recorre con el padre muchos países, domina cuatro idiomas. Cuando el padre muere, ella viene a España y se pone a trabajar con un no sé qué todavía, se enreda con él y él le dice que se va a divorciar. Pero pasa el tiempo y él no se divorcia. Un día ella lo ve salir de la casa, con tres hijos, el coche, la mujer. Jacarandoso y tal. Y ella se marcha y va a dar a una casa donde hay un señor viudo que tiene una hija y ahí hay un problema: que ella tiene un pasado, cuando tenía dieciocho años, y le da pena tener ese pasado. Pero este señor, al principio, ni caso, con tal de que cuide a su hija. Pero se enamora de ella y, cuando van a casarse, viene el otro y dice: Ya me divorcié y… ella le dice vete al cuerno. Pero es chocante lo que hago. Me choca a mí, fíjate. ¿Qué querrá decir psicológicamente esto? ¿Nos marchamos?

Una amiga de Corín ha quedado en recogernos para ir de copas a un bar cercano. Antes pasamos por una de las habitaciones de las nietas, hay un Gato Silvestre sobre la cama. En realidad, dice Corín, ella no duerme en la habitación de la diálisis, sino aquí mismo, con las nietas. Así las cuida.

–Corín, ¿por qué siempre finales felices?

–Si no haces finales felices, te las rechazan. En este tipo de libros hay que ir con el lector.

–¿Nunca has querido escribir otro tipo de libros? ¿Por qué siempre tener éxito? ¿Por qué no fracasar de vez en cuando? ¿Por qué no escribir historias que acaben mal? ¿Por qué siempre has querido ser…?

–¿Amable? No sé, no se me ocurrió y cuando se me ocurrió ya estaba enferma.

Tocan el timbre.

Somos como las chicas de la serie Sex and the City, sólo que dos de nosotras ya han dejado hace mucho los treinta. Somos mujeres solas y de copas, nos brillan las cabelleras bajo el sol. Caminamos por la ciudad, frente al puerto de Gijón. Hablamos de amor y de hombres y de pañuelos primaverales en uno de los bares del barrio, bebiendo vino de La Rioja en unas copas gigantes. La amiga de Corín se llama María Antonia Escandón y es desde hace años su fiel compañera de paseos.

–¿Nunca te volviste a enamorar? –le pregunto a Corín.

–No, no. De mí decían que era rica, joven y no era fea. Podría haberme echado un amante si hubiera querido, pero nunca lo hice, por mis hijos. Eran otros tiempos. Tuve cosas, pero pasé de ellas.

–¿Y aquel abogado que te tiraba los tejos? –María Antonia le recuerda a un antiguo pretendiente.

–Le dije: Oiga, al hombre lo elijo yo.

–Corín siempre vivió centrada en el trabajo y viendo por sus hijos –dice María Antonia–. Iba a Madrid con billete de ida y vuelta, en lugar de quedarse, los editores la invitaban a todos lados. Pudo hacer mucho más de lo que hizo.

–¿Sólo se dedicaba al trabajo?

–Y se olvidó de vivir. Una persona que escribió sobre el amor, pero se olvidó de amar.

–Lo olvidé en el banco de la estación. Y hubiera sido una gran amante porque a mí me gustan los hombres un rato largo.

–Lo que pasa es que no acertó con la pareja y cuando no aciertas…

–¿Tomamos otra? –propone Corín.

–Yo estuve con un hombre que me llevaba veinte años. Era el típico tutor de las novelas de Corín Tellado. Ella siempre ponía en las novelas a un tutor y siempre era un hombre superinteresante, con clase, guapísimo y con las patillas plateadas. Ése era mi marido, el hombre que ella describía. Yo me casé con el tutor de las novelas de Corín Tellado.

–No me digas que te casaste pensando en mí.

–Yo no lo busqué, sólo apareció. ¿Y tú? ¿Tienes pareja? –me pregunta María Antonia.

–Sí.

–¿Convivientes?

–No, nos casamos.

–Mejor.

–Agárralo –dice Corín–. La vida, te lo digo yo, es difícil sola.

–Ella tenía que haber tenido una casa en Miami como tienen los famosos.

–¿Y qué pasó?

–Llevo quince años enferma.

–¿Pero antes, Corín?

–Bueno…

–Nunca quisiste viajar, Corín.

–No.

–Te salió todo de la cabeza; experiencias, pocas. Pudiste haber pasado la vida viajando, invitada.

–Pero no me gusta, María Antonia.

–Vivió para los hijos.

–Así que ésta es una historia de amor filial.

Temas polémicos para Corín Tellado: la telenovela Cristal, de Delia Fiallo, es una mierda. De Betty, la fea, mejor ni hablar. Madame Bovary era una fulana. Sus escritores favoritos: Verne y Dumas. Su novela predilecta de Vargas Llosa es la primera. De García Márquez dice: «Ése nunca me convenció». Cuando toco el tema de los «negros literarios», esos escritores en las sombras que son los verdaderos autores de los libros que otros firman, me gruñe que quien los usaba era la francesa Colette: «Ésa nunca escribió una línea».

Por lo prolífica, a Corín Tellado se la acusó durante muchos años de usar «negros literarios». Un periodista gracioso tituló una entrevista a Corín así: «Nunca dejaría que mi hija se casara con un negro». Todavía hay quien piensa que ella no es una persona, que se trata de una industria, con empleados asalariados y horarios de trabajo.

–¡Qué bobada! ¿No ves las máquinas de escribir que gasté?

–¿Jamás?

–Te lo juro por mi salud y por mis hijos.

–Pero, dime, de las cuatro mil novelas, ¿es posible que tú no escribieras alguna?

–Sólo una vez. Pero no era un negro, era mi secretaria, la que en esa época transcribía mis novelas.

–¿Por qué la dejaste hacerlo?

–Lo hice para ayudarla. Me daba pena su situación. Se había casado con un vago y tuvo un montón de hijos. Me pidió escribirla y cobró unas veinticinco mil pesetas por ella [unos doscientos dólares].

–¿Y nadie notó la diferencia?

–No, llevaba tiempo copiando a Corín. Conocía mis expresiones.

–¿Y cómo se llama esa novela?

–No me acuerdo. Creo que era una que lleva la palabra «escándalo» en el título.

–¿Y cómo resultó todo?

–Tardó siglos en escribirla y, cuando la leí, me pareció bien, así que la publiqué. Pero acabamos mal: me enteré de que su marido a veces pasaba en limpio mis novelas y que adrede dejaba de copiar párrafos enteros, por flojera. Así que se lo reproché y no volví a verla.

Años después de este incidente, Corín contrató a María José Seisdedos o Caco, su nuera, la esposa de su hijo Domingo, con la que ya lleva quince años trabajando. Nunca antes había hablado con los periodistas. Es la mujer en la sombra. Cada martes, Corín va a casa de Caco llevando bajo el brazo la carpeta con los esquemas, los garabatos y las florecitas. También una lupa. Se sienta en un sillón y empieza a hablar, por ejemplo, de Gustavo. Como si estuviera recitando un monólogo teatral, le dicta a María José la novela de esa semana y así continúa la sesión durante un par de horas. Caco conoce el ritmo y las palabras de Corín a la perfección: su tarea es transcribirlas a la computadora. A continuación, hace una lectura general, corrige y actualiza algunas palabras ya pasadas de moda que se le escapan a Corín, como «wat» por «bar», por ejemplo. Luego, Caco envía las novelas a Vanidades y se encarga del trato con los editores.

–¿Y alguna vez has escrito o cambiado una de sus novelas? –le pregunto a Caco por teléfono.

–Lo que escribo es prácticamente literal. Ella se moriría si no hiciera eso. La editorial Edimundo le cambiaba sus novelas y ella se enfadaba mucho y por eso los dejó. Ella detecta perfectamente cuando algo es muy «mío».

María José, Caco, que estudió letras pero es técnica en turismo, me cuenta que para Corín es cada vez más difícil ir a su casa a dictarle novelas debido a sus problemas de salud, pero está segura de que su suegra necesita hacerlo. La escritura –me dice– es una droga para ella. Le digo que Corín muchas veces pierde la ilación de la conversación, ¿Cómo puede mantener la coherencia de una narración más larga? Ella tampoco lo sabe, le parece misterioso y hasta cree que es debido a la genialidad que su suegra se acuerde de tantas cosas, de los datos, de los destinos de sus personajes, pero así es.

Cuando buscaba conversar con algún agente de Corín Tellado, apareció alguien mucho más importante dentro de la historia editorial de la autora: su hijo Domingo Tellado Egusquizaga. Hace bastante tiempo él y su hermana, Begoña, decidieron invertir sus apellidos para conservar y perpetuar el de su madre. Los hermanos y sus respectivas parejas forman parte de una sociedad creada en torno a la obra de Corín Tellado para «buscarle oportunidades de negocios». Lo dice él y añade que no lo hacen por amor al arte. Domingo Tellado es abogado y su cuñado, economista. Juntos se pasean por las ferias de España y América Latina ofreciendo los derechos de las telenovelas y los libros. Según sus propias palabras, su labor consiste en captar negocios, lo que quiere decir que envían correos electrónicos, fichan productores, negocian condiciones y luego firman los contratos. En cuanto a los culebrones, ahora están posicionados en México con unos contratos estupendos con la cadena Televisa, y en Puerto Rico. También intentan llevar las novelas a Estados Unidos.

La primera batalla comercial de los Tellado fue con la editorial Bruguera, con la que tuvieron un pleito por la exclusividad de la autora, a principios de los años ochenta. Entonces las novelitas de Corín fueron a parar a la editorial catalana Rollán, luego a Edimundo. Desde fines de los noventa, me explicó Domingo por teléfono, su madre ha estado en todas las grandes editoriales, como Planeta y Random House. Ahora mismo tiene tratos con ambas y las opciones de compra de cada novela son muy buenas. Pero el sector de «edición», como llama Domingo a los libros de su madre, no es el rubro principal de la empresa. Allí es muy difícil controlarlo todo, así que sólo pide un buen anticipo y se olvida. Por ahora, los dos hombres de la familia, el hijo y el yerno de Corín, están desarrollando un proyecto para publicar diversas colecciones de las mejores novelas de amor.

Pese a la mala experiencia con la telenovela Ambiciones (tuvo poca audiencia y fue retirada a los cincuenta capítulos), y aunque Corín sólo piensa en el papel, Domingo Tellado cree que la televisión mundial recién empieza, que sólo han explotado el diez por ciento de sus posibilidades, que el mercado de China está virgen, que esto dará dinero, etcétera.

–A tu madre le pregunté si era rica y ella me contestó que los ricos eran ustedes.

–Eso es verdad. Mi madre invirtió en bienes y nos los donó en vida. Pero lo más importante son los derechos de sus obras. Piensa: mi madre tiene cuatro mil novelas.

Sin embargo, Domingo dice que su trabajo principal no es la industria Corín Tellado. Trabaja hace catorce años en una gran empresa de seguros.

–Pero lo de mi madre me gusta, me entretiene y además me hace ganar dinero.

Aunque Corín ya no vende como antes.

–Hay una crisis brutal en el mundo del libro, el mercado cambia. No es para hacerse ricos, es un goteo importante, pero a mi madre le gusta estar en quioskos y en librerías.

Algo más le preocupa a Domingo Tellado.

–Antes estaban Aghata Christie y mi madre trabajando como locas. Pero ya no hay autores, hay productos. Ahora se hacen novelas entre cuatro personas que están en la planilla de una editorial. ¿Quiénes crees que son Julia, Jazmín, Bianca?

–¿Quiénes son?

–Cada una de ellas son en realidad cinco tíos escribiendo tramas que no tienen nada que ver entre sí. Luego lo meten todo en un programa informático y sale todo gratis. Tienen una distribución de puta madre, ¿para qué van a gastar dinero en los derechos de autor de Corín Tellado?

–¿Y ya has pensado en hacer DVD coleccionables?

–Estoy proyectando lo del fonolibro y haría camisetas y colonias, si fuera necesario –dice el hijo de Corín Tellado, lleno de entusiasmo–. Se me ocurren muchas líneas de negocios.

–Me dijo tu mamá que le enternece verte cuando te acercas a su cama.

–A veces no exteriorizo mis sentimientos, pero, si no contesto sus llamadas a mi móvil, se molesta conmigo.

Dicen que el vino ayuda a contar secretos. Llevamos ya un par de horas en el bar y le he vuelto a preguntar a Corín Tellado por ese misterioso hombre del que nadie, ni sus biógrafos saben nada. Llegaron a decir que era un marinero, pero ella lo desmiente. Lo único cierto es que fue el único del que se enamoró. Aún vive y está casado. Corín no quiere decir su nombre, pues aún mantiene una relación de amistad con él y su familia.

–Lo que no conté, nunca lo contaré. Seguro te lo inventarás. Pero, si lo inventas, que sea liviano.

–No lo haré.

–Tuve un amor, durante cinco años, pero me casé con otro, jodida, bien jodida. A ese amor lo llamaba Valiente. Y punto.

–Eres una romántica, Corín.

–Qué va. Yo te hago sentir pero nunca siento.

Su amiga María Antonia le recuerda que hoy será la confirmación de sus nietas y que debe volver a casa, pues sus suegros la esperan para comer.

–Tú vuelves a buscarme a las siete de la noche, ¿vale? –me dice.

Son apenas las cuatro de la tarde. Tres horas: es suficiente para leer dos novelas de Corín Tellado. No sé qué hacer con tanto tiempo libre. Paseo por el puerto y me tomo fotografías al lado del mar Cantábrico. Como algo en un McDonald’s. Se me ocurre comprar Vanidades en algún quiosco, pero resulta que la revista en la que publica Corín Tellado no se vende en España. Vuelvo a obsesionarme con encontrar una novela suya para el viaje de regreso, pero en Gijón las librerías no están en cada esquina. De hecho, hoy es sábado y sólo está abierta una, La Casa del Libro, una tienda muy grande justo enfrente del edificio donde vive Corín. Para mi mala fortuna sólo tienen una de sus novelas, y ni siquiera es una de amor. Es la historia de unos chicos adictos a las drogas que se van al campo para rehabilitarse, un tema extrañísimo para Corín Tellado (y para cualquiera), y eso explica que el libro permaneciera inédito durante tanto tiempo.

–Pero cómo es posible que no tengan más libros de Corín Tellado –le digo a la vendedora–. Si es su vecina y es la hija predilecta de Asturias.

–Nosotros no vendemos libros bajo esos criterios.

Ok. Doy la vuelta y, decidida a comprar una novela sentimental, llevo El amor en los tiempos del cólera en edición de bolsillo. Podría ser una buena idea regalársela a Corín. Así que escribo una dedicatoria: «Ya sé que no te gusta Gabo pero no importa. Espero que alguien quiera leértelo. Tiene un final feliz que tarda pero llega. Y deseo lo mismo para ti».

Vuelvo a casa de Corín y llego antes de la hora. Está sentada viendo, o más bien escuchando, la televisión al lado de su consuegra, una mujer calladita que no deja de tejer mientras le hago unas fotografías a Corín. Le entrego el libro de García Márquez y a cambio recibo finalmente una de sus esquivas novelas: Corín me regala una de tapa rosada, titulada muy a su estilo El amigo de mamá. Coge el lapicero que lleva siempre en el bolsillo al lado del corazón y que le ha manchado la blusa de tinta, y escribe una dedicatoria con la misma letra de sus esquemas y con las mismas florecitas.

–Psicológicamente, ¿qué crees que quieran decir las florecitas? –me pregunta.

–¿Un alma infantil?

–Pues yo estaba dictando cosas bastante duritas, sobre todo sexuales.

–Entonces es para limpiar tu conciencia.

–Me intriga.

Pero no pienso en las florecitas, sino en los protagonistas de la novela de García Márquez, y en Corín y su secreto y platónico romance. Entonces suelto una frase que ella debe haber usado en alguna de sus miles de historias: que siempre hay tiempo para el amor, o algo así.

–Que nadie me diga que el amor tiene edad. No la tiene.

–A ver si te vuelves a enamorar, Corín.

Lanza un sonoro «ja».

–¿Yo? Lo que me faltaba. Niña, la muerte no tiene vuelta de hoja.

Antes de despedirnos, Corín me ofrece unas pastillas para dormir durante el viaje, pero las rechazo. En una hora y media estaré en Barcelona, y ese tiempo bastará para leer la novelita que me ha regalado. Pero no es suficiente, continúo la lectura en el metro que me lleva a casa. De pronto, las miradas de los demás pasajeros se clavan en mí y creo que me está dando vergüenza de que me vean leyéndola. Creo que me estoy poniendo colorada. En los sesenta años que Corín Tellado lleva escribiendo novelas de amor nada ha cambiado. Siempre es mejor leer sus libros a escondidas.

*Gabriela Wiener (Lima, 1975) es escritora, cronista, poeta y periodista. Reside actualmente en Barcelona desde el año 2003. Forma parte del grupo de nuevos cronistas latinoamericanos. Estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Católica de Lima, y un máster en Cultura histórica y Comunicaciones en Barcelona. Trabajó en el diario El Comercio. Fue miembro del consejo de redacción de la desaparecida revista Lateral. Colabora con una larga serie de medios, como Etiqueta Negra, El País o La Vanguardia. Es autora de Sexografìas y Nueve Lunas, dos libros de crónicas.

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