El pasado 17 de junio se cumplieron 27 años de la desaparición de Cecilia Giubileo mientras hacía guardia en la clínica neuropsiquiátrica Montes de Oca. Por este motivo, compartimos Colonia Montes de Oca, una crónica de José Esses que forma parte de No tan distintos. Historias de gente con discapacidad mental, su reciente libro editado por Capital Intelectual.

Nota: Los únicos nombres reales que aparecen en la siguiente crónica son de aquellos que figuran con nombre y apellido. En el resto de los casos (Patricia, Carmen, Natalia, entre otros) ya sean profesionales como pacientes, se modificaron las identidades para preservar su intimidad. 

José Esses / Foto: Santiago Pérez

Me daba miedo lo que podía encontrar en la colonia Montes de Oca. La historia reciente de la institución, o lo que se supo de ella a través de los medios, quedó relacionada a cadenas, grilletes y superpoblación. Suponía que nadie iba a querer abrir las puertas de ese infierno en el que se ejerció, durante décadas, la violencia sistemática sobre las personas con discapacidad. Sin embargo, la gestión para conseguir una  entrevista con el director, Jorge Rosetto, y un permiso para recorrer la colonia se resolvió en dos llamados. Durante la semana previa a la visita, les comenté a amigos y colegas la aventura que tenía por delante y todos se repitieron  en la misma referencia:

–¿Ahí no fue el Caso Giubileo?

Me daba miedo lo que podía encontrar en la colonia Montes de Oca. La historia reciente de la institución, o lo que se supo de ella a través de los medios, quedó relacionada a cadenas, grilletes y superpoblación. Suponía que nadie iba a querer abrir las puertas de ese infierno en el que se ejerció, durante décadas, la violencia sistemática sobre las personas con discapacidad. Sin embargo, la gestión para conseguir una  entrevista con el director, Jorge Rosetto, y un permiso para recorrer la colonia se resolvió en dos llamados. Durante la semana previa a la visita, les comenté a amigos y colegas la aventura que tenía por delante y todos se repitieron  en la misma referencia:

Cecilia Giubileo era una médica que trabajaba en la colonia desde 1974. El 16 de diciembre de 1985 fue la última vez que se la vio. Cumplió con la jornada laboral, pidió tres cigarrillos para acompañar la lectura de un libro y al día siguiente no la encontraron por ningún lado. Su habitación estaba vacía, la cama sin tender. La buscaron en los diez pabellones, en la Casa Médica, en la Dirección, en la Morgue. No se supo qué le pasó, dónde quedó el cuerpo. El Caso Giubileo fue un suceso en los medios de la época, que constaban de cuatro canales de televisión, algunas radios AM y piezas extintas, como los diarios vespertinos. No fue la única muerte sin resolver. En septiembre de 2001 apareció el cadáver de un paciente que las autoridades creían que se había fugado dos meses antes. El cráneo destrozado de otro interno, en 2003, hizo que las cámaras, ahora ocultas, apuntaran nuevamente hacia Montes de Oca. Un programa periodístico mostró que  los pacientes corrían desnudos por la colonia, comían de la basura, estaban encadenados. Desde entonces, no hubo más víctimas, escándalos ni denuncias. Eso no llamó la atención de ningún editor y hace tiempo que  la colonia está fuera de la agenda periodística, siempre ávida de modas o efemérides. Los medios eligen mostrar a los adultos con discapacidad como gladiadores que se esfuerzan para  lograr una  meta  (por  ejemplo, un  título secundario), porque tienen una destreza (la actuación, la música) o cuando realizan una práctica saludable, como el deporte. Los internos de Montes de Oca son los últimos orejones de un tarro de doble fondo: tienen discapacidad y además son pobres. Nunca van a encajar en esos estereotipos porque no acceden a esas prácticas, más habituales en la clase media.  Pero eso no quiere decir que sigan viviendo en condición de animales, como hasta hace unos años. En la colonia encontré a personas que accedieron al trabajo y a una vivienda digna. Conocí a un hombre que recuperó su identidad gracias a la escucha de un equipo de profesionales. Más de cien fueron externados mediante el plan  Regreso a Casa, dirigido a aquellos que permanecían en la institución exclusivamente por impedimentos económicos. Ahora todos los internos tienen cuenta en el banco y reciben una pensión. Ya no están encerrados y muchos participan de talleres, mantienen huertas o viajan de campamento.

Esta administración de Montes de Oca se enmarcó  en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que fue aprobada a fines de 2006 en la asamblea general de Naciones Unidas, y fue ratificada por el Estado nacional en 2008, a partir de la cual los Estados reconocen la igualdad  de todas las personas ante la ley, prohíben toda discriminación por motivos de discapacidad y garantizan la igualdad de protección jurídica. El artículo 12 indica que las personas con discapacidad tienen derecho  a poseer y heredar bienes, controlar sus propios asuntos económicos y acceder a préstamos bancarios, hipotecas y créditos. Deberán poder vivir en forma independiente y ser incluidas en la comunidad, escoger dónde y con quién vivir y tener acceso a servicios de asistencia domiciliaria, residencial y otros servicios de apoyo de la comunidad, según el artículo 19. Para que las personas con discapacidad logren la máxima independencia y capacidad, los Estados proporcionarán servicios generales de habilitación y rehabilitación en los ámbitos de la salud, el empleo y la educación. La dirección del Montes de Oca se encargó de poner en práctica las principales ideas de la Convención.  El quiebre que generó hizo más ruido que una fractura expuesta. Ya nada es igual en la colonia. Y esa es una gran noticia.

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La combinación de colores de los pabellones me sorprendió cuando todavía estaba arriba del remís. Verde, amarillo, rojo, azul, rosa. Se notaba que alguien había querido ponerle onda extra a esos edificios viejos de diseño inglés. Apenas bajé del auto se me acercó un interno y se ofreció como guía. Vestía un pantalón deportivo que decía “Montes de Oca” y en lugar de cinturón usaba un piolín. Más allá del improvisado accesorio, tenía buen aspecto y me llevó hasta la Dirección.

–¿Me dejás algo para la coca? –preguntó, antes de irse.

Le dije que no tenía, nada  más cierto después de los $180 que le había  pagado al remisero. Toqué la puerta y apareció Patricia, psicóloga del centro de día El Puente. Con su paso cortito y apurado, me acompañó por el predio de 600 hectáreas en el que las distancias son infinitas y los pacientes caminan por todos lados. Subimos una escalera ancha y entramos en el despacho de Federico Moyano, director del Departamento de Docencia e Investigación. La oficina no tenía  un solo toque personal. Apenas una taza con el escudo de Racing y el celular enchufado. Con un pdf ya abierto en la notebook, me resumió la historia de la institución, que se fundó en 1906. Las primeras imágenes que vimos eran de 1908, con los internos cortando los altos pastizales bajo el sol y protegidos con sombreros de paja.  En las fotos siguientes  aparecían muy concentrados en la fábrica de escobas (con camisas  blancas y pantalones oscuros),  en la escuela (con  guardapolvos) o en un taller (con delantales). Todos los pacientes mantenían gestos serios y la vista hacia abajo. Nadie saludaba a cámara ni abrazaba a un amigo. Otra imagen tenía un epígrafe que decía “Retardadas educables en la sala de recreo” y se veía a mujeres, en guardapolvos grises, sentadas  alrededor de una mesa. Algunas les hacían upa a sus muñecas, otras bordaban. También había tres celadoras, de guardapolvo blanco, distribuidas por el salón y una monja, parada al lado del escritorio, parecía ser la jefa.

–Se pensaba que  la locura, la enfermedad mental, tenía que ver con el ritmo vertiginoso de las ciudades.  Estamos hablando de hace más de cien años, imaginate, no se había inventado el embotellamiento. Tampoco había una clasificación tan ajustada de las patologías. La idea era algo así como volver a la naturaleza para darles un tratamiento más humanitario. Después hubo una desviación de los fines y esto se volvió un lugar cerrado, no como el que se había creado. Por eso se llamaba Open Door, porque era un régimen de puertas  abiertas –dijo Federico.

El quinto slide fue para Domingo Cabred, fundador de la colonia y especialista en  pacientes alienados,  como se los llamaba entonces.  Durante 1888 recorrió distintos  hospicios e institutos de sordomudos de Europa. Un año después fue designado presidente de honor del Congreso Internacional de Medicina Mental que se realizó en París. Fue una eminencia que logró, por ejemplo, que en 1896 los “alienados  delincuentes” fueran tratados en instituciones apropiadas y no en secciones especiales dentro de las cárceles. En la foto posaba junto a la piedra fundamental de la colonia, con las hojas de un discurso en la mano, rodeado de niños en pantalones cortos y señoras con capelinas.  De bigote estilizado e ideas innovadoras, Cabred descartaba el encierro, los chalecos de fuerza y demás métodos de corrección.  En contraposición al modelo asilo-prisión, creó un sistema basado en los talleres y en la producción agropecuaria y avícola. Cada año, el director del Montes de Oca le daba una retribución al Ministerio de Relaciones Exteriores, de quien dependía, en calidad del ahorro que la colonia le había generado al erario público a través de sus actividades.

–Ahora las decisiones las toman en conjunto los docentes y los participantes de los talleres. Mandar a cien a hacer escobas es una función, en cierta manera, alienante. ¿Cuál sería el sentido  de ponerlos a hacer  movimientos repetitivos?  ¿Que se conviertan en máquinas? ¿Qué ganaríamos?  Tá bien, los tipos saben  hacer escobas pero, subjetivamente, ¿qué cambió? Nada. Pensamos espacios que tiendan a incluirlos en la sociedad. Aquí atrás hay un invernáculo con un sector de plantines y de florcitas que lo trabajan ellos. Tenemos un convenio con la municipalidad y son los pacientes los que plantan, los que cosechan, los que van a Luján y mantienen dos plazas. Por eso cobran un PEC, un programa de empleo.

Federico apretó enter y apareció una foto en  la que los internos estaban rodeados de animales y payasos. Detrás se veía una carpa. No era fácil distinguir si estaban contentos o asustados. Fue un buen ejemplo para graficar la política institucional de la época: no había necesidad de salir. ¿Para qué? Si hasta los circos podían ir de visita. La distancia con el afuera se fue haciendo cada vez más grande hasta directamente desaparecer. La colonia era el mundo. Ya no había producción propia, actividades programadas, ni reglas claras. La vida de los residentes se redujo a eso que pasaba en el pabellón entre las comidas.

Algunos de los mil empleados vienen trabajando desde hace quince, veinte o treinta años. No vieron al circo pero fueron formados con esas mismas ideas. Y ahora les piden que cambien.

–Ellos siguen creyendo que es más fácil armar la pantalla gigante en la colonia que llevarlos al cine en Luján. Organizar la salida implica trabajar mucho más, porque hay que tomarse el colectivo, conseguir entradas, acompañarlos, poner la cara.

Luego del subtítulo El Manicomio se sucedían imágenes con edificios que se caían a pedazos,  rejas, pacientes ensangrentados o desnudos. Federico las pasó rápidamente, no había mucho que explicar. Con solución de continuidad, la sección siguiente  del pdf se llamaba La Transformación e incluía a los edificios de colores.

–Pintamos los pabellones como una forma de que el cambio entre por los ojos. Antes vivían más de cien internos por pabellón. Dormían en el segundo piso, en el primero estaban las salas de recreación y la planta  baja era para los que no podían subir escaleras. Desde 2004 reestructuramos varios pabellones, vamos  hacia dispositivos más chicos. Quedan tres o cuatro con el funcionamiento anterior. Ahora en cada piso  conviven aproximadamente treinta internos y ahí tienen los dormitorios, baños, mesas, sillas, lavadero, televisión, como también sus operadores, enfermeros. Esa decisión se implementó junto a la apertura de casas en las que viven grupos de siete u ocho internados. Algunas están dentro de la colonia y también tenemos tres en Torres y dos en Luján. La convivencia  los obliga a tomar decisiones, a ponerse de acuerdo.

La última selección de fotos se llamaba El Futuro y contenía imágenes de los siete centros de día, tres residencias, dos talleres protegidos y un taller educativo  laboral que se construyeron en estos años. Yenú Aikén, en 2005, fue el primer centro de día. Al principio recibió únicamente pacientes del mítico Pabellón  7. Ahí vivían los internos con peor conducta y trabajaban, castigados,  los empleados que no cumplían con su deber. El hacinamiento de 119 personas logró que el aire se tornara irrespirable, por el olor, por la violencia.  Con la idea de dar un golpe de efecto, las nuevas autoridades empezaron la reestructuración de la colonia  por el Pabellón 7. En 2004, un grupo de profesionales ingresó al edificio para modificar hábitos  y costumbres. El pabellón se lo comió de un lengüetazo, como esos reptiles que en una décima de segundo capturan con la lengua un insecto y lo mandan directamente a su aparato digestivo. Para el siguiente intento se abrieron talleres en cada piso. A través de las actividades se pretendía inculcar ideas como el respeto al compañero, la propiedad privada, el cumplimiento de las normas. Valores que en la jungla del Pabellón 7 habían sido reemplazados por los robos, los golpes, la rivalidad. La apertura de Yenú descomprimió el clima y mejoró la calidad de vida los participantes.

–En un rato vamos a ir para ahí, son quince minutos de viaje, ya vas a ver cómo están esos cristianos. Cuidan animales, trabajan la tierra, cocinan, bailan murga, de todo hacen.  Al quedar en Torres, Yenú funcionó como el primer contacto con el pueblo. Durante años hicimos el taller de caminata, que era una excusa para pasearlos y que los vieran los vecinos. Muchos de los empleados de la colonia viven en Torres y se tuvieron que  acostumbrar a la novedad.  A algunos no les gustó ni medio. Ya no se cruzaban solo en los pabellones.  Ahora se veían en la iglesia, en el supermercado, en la plaza.

–¿Los internos reciben una pensión?

–Sí, ésa es una gran herramienta. Empezó siendo de $150 y hoy se le depositan $320 a cada uno en su cuenta. Para una persona que tiene todas las necesidades cubiertas por la institución es una posibilidad importante de comprarse su ropa, de diferenciarse, en el buen sentido de la palabra. No es lo mismo  bañarte treinta años con el champú que te da la colonia que comprarte el que vos querés. Puede parecer una  pavada pero la masificación tiene como un efecto arrasador, porque vos comés con los otros cien,  te bañás con los otros cien, todo es uniformidad. Es como un corral. Y nosotros lo abrimos.

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Salimos del edificio con Patricia y fuimos, ligerito, hacia los pabellones. En el camino nos cruzamos con  internos que vendían las alfombras y los juegos didácticos de madera que habían fabricado en el Centro de Día El Puente. Ubicaron su puesto estratégicamente al lado de la parada del 502 y algunos de los pasajeros  que esperaban el colectivo mataron el tiempo con una comprita. A los gritos, los chicos llamaron a Patricia porque no tenían cambio para darles a los clientes. Ella los saludó desde lejos y les dijo que se arreglaran solos.

–Antes de ir a Yenú pasamos un rato por El Puente, ¿querés? Yo trabajo ahí.

–¿Qué hacés?

–De todo. Bueno, soy psicóloga y los asisto en el trabajo, la relación entre ellos, los hábitos. Todos hacemos de todo. El trabajo de por sí es agotador  y toda la burocracia interna  te cansa el doble. Conseguir cada cosa es una lucha.

–Recién Federico me decía que hay empleados que no avalan esta nueva forma de tratarlos. ¿Es así?

–Ahora vas a ver.

La población del Pabellón 1 era exclusivamente femenina y estaba dividida por pisos. Entramos luego de saludar a varias pacientes en sillas de ruedas que tomaban sol en la entrada. La mayoría vestía batón con alpargatas o zapatillas, un look que les sumaba años, más allá de que el promedio etáreo era alto. Consuelo, una morocha de pelo casi rapado y que medía menos de un metro y medio, se acercó a Patricia. Le tocó la panza e hizo con los brazos el gesto de arrullar un bebé.

–Sí, estoy embarazada –le dijo. Consuelo la abrazó y le dio un beso.

–Qué divina –dijo Patricia.

–¿Estás embarazada? Te felicito, ni me di cuenta –me disculpé.  Consuelo se fue corriendo y se sentó a upa de María, una señora canosa y morruda que la cuidaba durante el día. La subía a la silla y le acariciaba la cabeza. Consuelo se dejaba arrullar, lloraba cuando necesitaba algo, jugaba a sacarle los anteojos. María  la llamaba  “mi bebé”. La planta baja estaba acondicionada con barandas y rampas y el estado  de  las  instalaciones (estufas, lámparas, baños) era bastante digno. En una habitación grande, con 25 camas, el sol no lograba despertar a un  grupo de remolonas. No había mesas de luz, armarios, ni cajones.  Algunas ventanas estaban abiertas, aunque no hubiese venido mal un poco más de ventilación. Gracias a la tele y la cocinita para preparar mate,  la sala de estar era el lugar preferido de las internas del sector. La boca como hundida, sin dientes, era el rasgo que más se repetía. Las más solitarias preferían sentarse en el pasillo o deambular por ahí. Todos los planetas necesitan sus satélites. En las paredes había cartulinas con dibujos de animales y las mesas  estaban adornadas con flores hechas de papel. Patricia creía que las chicas del personal se habían encargado de la decoración de interiores. Caminamos por un pasillo hasta que llegamos  a una diminuta oficina en la que había cien carpetas por metro cuadrado. El psiquiatra, de guardapolvo  blanco, apenas si levantó la vista de una hoja cuando llegamos.

–¿Cómo le va, doctor? Soy Patricia, de El Puente.

–Sí, me acuerdo. Ah, estás embarazada, te felicito. Sentate, entonces.

–Gracias. Le presento a José, que es periodista.  Está recorriendo la colonia y le quería hacer unas preguntas.

–Hola –dije.

–Hola, sentate también. ¿En qué te puedo ayudar?

–Más que nada, le quería preguntar cómo ve esta nueva etapa de la colonia.

–¿A qué te referís?

–Del 2003 para acá, más o menos. ¿Usted hace cuánto que trabaja acá?

–Dieciocho  años. En algunos casos, te diría que los veo muy bien, que los noto más entusiasmados pero también te digo –se sacó los anteojos– que tengo la mitad de pacientes que antes. Este tipo de reestructuraciones deben hacerse con más cuidado, más información profesional. A los psiquiatras de la colonia no nos consultaron para nada. Te doy un ejemplo que tal vez vos, Patricia, lo conozcas. En el Pabellón 1 vivía una mujer que estaba hacía más de veinte años. Una paciente muy estable, tuvo pocos cambios en su medicación. Las nuevas autoridades la evaluaron y decidieron externarla. Yo no estaba de acuerdo. Ella solita volvió unos meses después porque decía que estaba mejor en la colonia que en su casa.

–Tal vez no se trabajó con la familia de ella, pero no me va a decir que está mejor acá que en la casa –dijo Patricia.

–¿Por qué no podría ser? Si en la colonia tienen de todo y afuera para ellos es como una jungla en la que no se pueden defender –se volvió a poner los anteojos.

–Qué pedazo de psiquiatrón –susurró Patricia, unos minutos después, mientras subíamos las escaleras. Nos detuvimos ante una reja. Apareció la encargada,  nos preguntó quiénes éramos, Patricia le explicó y nos abrió.

–Te hago una preguntita –introdujo Patricia, con su mejor tono  de  petisa  inocente–. ¿Por qué pusieron esta puerta con llave?

–Es que hace poco hubo  una fuga –respondió la chica de guardapolvo azul, que debía tener, como mucho, 22 años.

El paisaje era un reflejo de ese trato:  las internas parecían menos comunicativas que las de abajo. Unas completaban libros para colorear, otras miraban una tele en la que era imposible descifrar qué canal captaba, muchas dormían. Según la encargada del piso, dentro de poco iba a llegar un plasma que había donado el curador de una paciente.

–¿Notaste el uso de la jerga carcelaria? Dijo que hubo una “fuga”, como si tuvieran que quedarse siempre adentro  –volvió a susurrar Patricia, ahora en la escalera.

Subimos al segundo piso, en el que había una terraza con muchas plantas.  Las chicas, las más jóvenes del pabellón, charlaban y leían una revista.

–Las sillas y las mesas de plástico las compramos con la plata que hicieron ellas cuando vendieron tortas y galletitas –contó la celadora.

–¿Quién tuvo esa idea?

–Yo, como para entretenerlas, si no están todo el día vagueando. Ahora pueden aprovechar la terraza.

Bajamos la escalera, nos abrieron la reja del primer piso, saludamos a Consuelo, que vino corriendo cuando nos vio, y salimos del Pabellón 1. Caminamos hacia El Puente y volvió a aparecer el que había sido mi guía, el del piolín, esta vez acompañado por un amigo que andaba descalzo.

–¿Cómo andás? –le preguntó Patricia.

–Bien, contento, es mi cumpleaños.

–¿Otra vez? ¿Cuántas veces cumplís por mes?

–En serio, es hoy, ¿no me hacés un regalo?

–Tomatelas, caradura.

–Te cagó –dijo el amigo.

–Vos andá y ponete algo en los pies, querés –dijo Patricia.

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En El Puente, dividido en dos aulas amplias y que todavía estaban en obra, la jornada estaba en marcha. Ya había pasado el desayuno y los que se encargaban  de la huerta habían salido con  Damián,  su  coordinador, como todas las mañanas; el resto lijaba y cortaba maderas y armaba las alfombras con un telar. El clima era de concentración y trabajo, aunque salían bastante seguido a fumar. Uno más largo y encorvado, otra que manejaba pocas palabras, alguno con la mirada enrevesada y las manos nerviosas,  todos hacían algo. De fondo sonaba una radio de clásicos a la que nadie parecía prestarle atención, hasta que aparecía un estribillo que los hacía cantar. No tan  distinto a cualquier taller u oficina, salvo por la ayuda personalizada que reclamaban y no siempre les daban. Las operarias ya conocían sus trucos e intentaban  estimular la autonomía con frases como “ya me lo preguntaste quinientas veces, preguntale a un compañero”. Andrea Carignano es psicoterapeuta y formó parte de este proyecto desde su precuela: coordinaba la recolección y secado de laurel que luego le vendían al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.

–Era  mucho trabajo para una producción casi te diría mínima. No teníamos cocina,  así que un paciente  hacía un fueguito en el piso para calentar agua, tomaban mate y se volvían a almorzar al pabellón. Eran las primeras actividades, ellos no estaban acostumbrados a tener una tarea, a socializar. Laburamos mucho para cambiar la carga de este espacio porque antes acá funcionaba la morgue.

A Andrea la asistían Patricia, Natalia y Carmen. En estos cinco años de trabajo desarrollaron una fórmula secreta para multiplicar la paciencia, ya sea con los internos o con los procesos burocráticos. La comunicación entre ellas era fluida, por no decir que se la pasaban charlando. Se comentaban todas las anécdotas de los pacientes, se ayudaban, se alentaban.

–¿En qué notan cambios?  –les pregunté–.  Carmen abrió los ojos, inclinó la cabeza hacia un costado  y pestañeó con fuerza, como si le hubiese vuelto una imagen.

–Comían con la mano, ni siquiera conocían los cubiertos.

–Tampoco usaban el baño, ni se cuidaban el aspecto, ni nada. Algunos por su discapacidad y otros por no tener el hábito. Ahora hacen todo solos: se bañan, se visten, se afeitan, ordenan, limpian –dijo Natalia.

–Cuando se creó este lugar, el Pabellón 8 tenía 125 pacientes. Era como casi imposible para los operadores trabajar este tipo de costumbres. A nadie le interesaba si estaban sucios o limpios. Usaban la ropa que les daban o lo que conseguían. Ahora ellos vienen y te dicen “tengo esta camisa que está toda manchada, dame otra”. Una no justifica al personal del pabellón pero lo entiende, por la cantidad de gente –dijo Patricia, mientras le acercaba más lijas a un morocho al que se le notaban mucho las venas en la cara y el cuello.

–Cuando   íbamos  al  almacén,  nosotras les decíamos “miren todo  lo que  hay”. Ellos, nada.  Compraban puchos, yerba y masitas. No sabían lo que era la leche chocolatada, compramos  un  chocolino, para  que  conocieran. ¿Sabés cómo prendió? La última vez que fuimos, compraron zapatillas, remeras, bermudas, malla para el verano, gorro, bolsito para el mate,  porque nos habían visto el bolso matero a nosotras y querían uno. Por ahí no saben la hora pero tienen reloj. En Luján compraron cadenitas, rosarios. Cosas personales que tienen que ver con el deseo o el interés de cada uno.

–Por ejemplo, él tiene un micro emprendimiento –señaló Patricia cuando entró  un interno que acababa de volver de la jornada botánica, junto a Damián.  El muchacho, de ojos muy claros y saltones, sacó del bolsillo un cartel que decía: “Lavo autos: $10”.

–¿Qué evolución viste en la huerta, Damián?

–No distinguían el pasto de una planta. Fueron horas y horas de estar al lado de ellos explicándoles qué  hoja es la lechuga y cuál es el yuyo. Para una persona común sería difícil, a los chicos les costaba más. Ahora no tienen ningún problema, ellos mismos salen a vender.

–¿Cómo es el trato con los clientes?

–A algunos les falta un poco de diálogo, de contacto, pero andan muy bien.

–También  tiene que ver con la personalidad. Imaginate que hay gente que está acá adentro desde hace  quince años, y el trato era con los empleados y nada  más.  De pronto, tienen que salir a vender y se ponen un poco nerviosos –dijo Carmen.

–Se portan mejor afuera que adentro. En los restoranes no se vuelcan nada, les agradecen a los mozos, no se pelean. Acá están todo el día discutiendo: “Dame el jugo; no, vos tomaste mucho”. Son como los hijos,  que afuera te hacen quedar rebién. Me pasó todo lo contrario en una salida que hice con una chica del Pabellón 3. Fuimos a ver a su curadora en Capital, las dos solas. Almorzamos en un McDonald’s; mordía los sachets de ketchup, todo el mundo nos miraba. En el baño se puso a hacer number two con la puerta abierta. Y claro, si no habíamos trabajado todo eso previamente, si en el pabellón los baños no tienen casi puerta, era lógico que pasara algo así –dijo Patricia.

–Dos veces los llevamos a bailar a una matiné. A ellos les ponés música y explotan. Vinieron  peinados,  con  zapatos, ropa, perfume, todo –dijo Carmen.

–Cuando fuimos al shopping descubrimos que algunos muchachos nunca habían subido una escalera  mecánica ni ido al cine. El otro día los acompañé al banco a cobrar. Antes de volver, tomamos un café y veo que ninguno le pone azúcar. Les pregunté si querían y varios dijeron que sí. No sabían que el azúcar estaba dentro de los sobrecitos.

–¿Cuál es el tema que les da más trabajo?

–Ahora se llaman por el nombre y no por el apellido, aprendieron a no empujarse para pedirse algo. Hicimos  mucho hincapié en que si reciben una agresión tienen que decir que eso no les gusta y no devolver. O que digan “no me toques” o “no agarres mis cosas” –dijo Andrea.

–Es muy difícil lograrlo para quienes viven en pabellón,  porque ahí los pocos que tienen  algo lo tienen  que defender con uñas y dientes –acotó Patricia.

–En la huerta no les queda otra, ellos mismos buscan trabajar en equipo porque, si no, no pueden con todo lo que hay que hacer. Por ejemplo, uno lleva la carretilla y otro la pala y se turnan para cargar y descargar. Al principio tenía que intervenir y decirles que cambien; ya no hace falta.

–Evaluamos los logros según las potencialidades,  hay muchos avances pequeños –comentó Andrea.

–Como mi gordo, que se escapaba y se iba –dijo Patricia.

–¿Quién es tu gordo? –pregunté.

–Roldán, del Pabellón  8. Se escapaba para comer de la basura. Mejoró mucho en conducta, se queda acá recontento. No revuelve más los tachos, saca la basura sin problemas porque entendió que ahí no hay nada para él. Si lo ven a mi gordo, no ven un avance laboral, pero sí en hábitos.

La charla se hizo larga y se fue acercando el horario de almorzar. Sin que nos diéramos cuenta, casi todos  habían abandonado sus puestos de trabajo y nos rodearon. Andrea intentó darles una nueva tarea pero no hubo caso.

–Hoy no trabajamos más –anunció uno que tenía un brazo más corto.

–Bueno, pero no comemos hasta que vengan los de la feria –negoció Carmen.

–¿Cuánto falta? –preguntó Roldán, el gordito de Patricia.

–No sé, ya deben estar por llegar contestó Andrea.

Un resoplido generalizado fue la respuesta. La radio seguía sonando. Con Patricia subimos al auto que nos había prestado Federico y nos fuimos a Yenú Aikén.

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Yenú quedaba a quince minutos en auto de la colonia. En un paisaje casi rural, con árboles y cielo abierto, la edificación parecía la de una escuela de pueblo: todas las aulas daban al patio, al fondo estaban la huerta (con un toldo algo remendado) y los animales (en jaulas hechas  con restos de camas y de otros muebles). Los concurrentes acababan de almorzar y tenían libertad de acción hasta que empezara el taller de Plantas  Aromáticas, una de las propuestas históricas de Yenú. Cuando el centro de día abrió sus puertas, recibió solo a hombres que provenían del Pabellón 7, luego la convocatoria se amplió a mujeres y a internos de otros pabellones. No habían tenido una sola actividad en años, vivían hacinados en ambientes violentos  y estaban mal medicados. Las condiciones para ingresar a Yenú eran simples: serían  admitidos aquellos que mostraran cierto interés y pudieran ir todos los días de 8 a 17 (el transporte corría por cuenta  de la colonia).  En esa primera etapa, el plantel profesional de Yenú, con su director, Héctor Posetto, a la cabeza, hizo un trabajo similar al de un kinesiólogo: recuperó y fortificó un músculo de los internos, el social. En los talleres debían manifestarse, tomar decisiones, mirarse a los ojos con los compañeros.

–La cara de ellos reflejaba la alegría con que esperaban la combi. El viaje no sé si era hacia la libertad pero sí hacia algo muy distinto. No estaban acostumbrados a cumplir horarios, tomar responsabilidades o realizar algún tipo de producción. Uno de los primeros elementos que trabajamos fue la vestimenta propia.

Construimos un vestuario para que se cambiaran al llegar. En Yenú tienen su ropa y la usan para estar acá. Intentamos alimentar su subjetividad. No es lo mismo elegir tus prendas que luchar para que no te las roben en el pabellón –contó Héctor, de cincuenta y pocos años, psicólogo y fotógrafo aficionado–. Duerme dos noches a la semana en la colonia. Duerme es un decir. El contexto no le inspira sueño.

Por el contrario, lo mantiene insomne. Para ocupar el tiempo, empezó a fotografiar los pabellones al atardecer y al amanecer. También tiene registro fotográfico y fílmico del trabajo en Yenú. Sus grabaciones permitieron que un paciente recuperara su nombre y apellido.

–Él maneja  un lenguaje muy inconexo,  no puede sostener un diálogo. Se le escapó al abuelo, salió a caminar por su barrio y se perdió. Los vecinos otras veces lo habían encontrado y lo ayudaron a volver, pero esa vez alguien  lo llevó a la policía y de ahí lo trajeron a la colonia. A Montes de Oca llegó como NN y en esa condición estuvo durante años. Mencionaba un lugar, Monte Grande, pero no sabíamos por qué. Nombraba a las mismas personas pero en frases incoherentes. Identificamos qué palabras repetía y fuimos cayendo en la cuenta de que hacía referencia a una institución en Monte Grande. Llamamos a varios centros de día hasta que ubicamos al que había ido. Hablamos con las autoridades, les contamos el caso, las características del paciente y nos dijeron que se llamaba Montenegro. Filmé un corto con su historia. Empieza cuando un profesor, al pasar,  le pregunta cómo se llama. “Talavera”, dice él y se va. Era su apellido biológico, después lo adoptó una familia de apellido Montenegro y así se llama hoy. Estaba tan  instituido y su discurso era tan  inconexo que ya no se lo escuchaba. La semana pasada casi visita a su abuelo. Teníamos todo arreglado, con su pabellón, con seguridad, para que pudiera salir, pero justo ese día no había choferes. Y solo pueden manejar ellos. Una cosa de locos. Acá abrís la canilla y sale un problema. Le avisamos al abuelo y lo vino a ver unos días después.

Yenú promueve  este tipo de encuentros familiares, financia los viajes, intenta que los vínculos perduren  pese a la distancia. Al ser un ámbito más chico que el pabellón, hay una escucha más atenta del concurrente. No solo en el caso de Talavera, también de quienes manejan un  discurso más fluido pero no dialogaron con nadie durante años. En el taller de Identidad llamaron a familiares por teléfono y también varios parientes fueron invitados a la colonia.

–Hay tanta gente, con distintas patologías, que se forma como un gran mosaico de destinos humanos, de sufrimientos, de alegrías. Es un vértigo –dice Héctor–. Otro caso que me movilizó fue el de un paciente  joven, cuyo cuadro incluía adicciones. Era mendocino y había cosechado en la vendimia durante varios años. El trabajo en la huerta de Yenú fue más efectivo que cualquier otra terapia y finalmente volvió con su familia, en Mendoza. Lo acompañaron hasta allá representantes de la institución.

Yenú fue sumando talleres que profundizaron el modelo. En el de Estética, por ejemplo, las mujeres  recibieron  clases sobre cosmetología, depilación y peinado. En Sensopercepción se trabajó con los más  impedidos y en Comunicación hicieron juegos parecidos a los de un entrenamiento actoral, en los que debían  caminar de la mano, bailar, poner distintas voces. Con la supervisión de distintos docentes, los concurrentes  construyeron la huerta, levantaron los alambrados y los corrales. Luego de un año a todo estímulo, los internos dijeron que ya no querían volver a los pabellones y plantearon la idea de gestionar la primera casa comunitaria.

–La creación de Casa del Sol salió del deseo más profundo de ellos –continúa Héctor–. Conseguimos una casa en Torres con lugar para siete personas y elegimos a quienes pensábamos que podían tomar esa responsabilidad. Todo fue acordado y charlado. La colonia decidió seguir esta línea de trabajo y se fueron abriendo más casas. Ahora hay tres en Torres y dos en Luján. En total albergan a 75 pacientes.  La más poblada tiene doce personas con discapacidad mental grave. Cuentan con el seguimiento de un psiquiatra, un médico clínico y una psicóloga,  y conviven con los operadores que los apoyan en distintas tareas. La colonia puede tomar una primera medida, como fue abrir los centros de día, pero el efecto es inmanejable. Dos mujeres que convivían en una de las casas se independizaron y ahora alquilan  un departamento. A un interno que estaba hacía más de veinte años le propusimos salir y dijo que no quería, prefería seguir en el pabellón. Trabajamos con él, hablamos, se fue sumando a las actividades. Ahora vive en Torres pero en la casa de una enfermera, que  propuso  alojarlo. Hay varios casos así.

A la grilla de actividades se sumaron  los viajes a Chapadmalal y los campamentos en Salto o San Pedro. Gracias a un convenio con la Secretaría de Turismo, un hotel municipal de Río Tercero aloja a doce internos  durante el verano. En Yenú llevan registro de quiénes participan en cada viaje para que vayan rotando.

Luego de repasar estos seis años de historia, de enumerar todas las actividades que habían  hecho,  le pregunté a Héctor si estaba orgulloso de su trabajo. Tardó  un  rato en responder. Se pasó la mano por la pelada,  ladeó la cabeza, respiró profundo un par de veces.

–¿Sabés lo que pasa?  Acá todo es muy difícil. Todo. Y es cansador. A mí  me agota  estar  con  ellos,  físicamente me refiero. Cuando las actividades terminan, quedo molido. Porque siempre aparece un problema, porque no es fácil estar todos los días con personas que, en algunos casos, entienden tan poco. A eso sumale la cantidad de trámites  y discusiones que hay detrás de cada decisión y las dos noches que tengo que pasar acá. Nunca pensé en el orgullo, no sé. Es muy difícil todo, de verdad.

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Un monumento a Cabred me dio la bienvenida al edificio en el que estaba la oficina del director de la colonia, Jorge Rosetto. Esperé sentado junto a un busto de Evita hasta que se abrió la puerta. Rosetto sostenía el tubo del teléfono con el hombro mientras firmaba unos papeles acercados por su secretaria. No tuvo vergüenza en empezar la charla por un aspecto en el que todavía  no pudo  meter mano:  la medicación masiva en función de ordenar los horarios del pabellón, sobre todo a la noche, para dormir.

–Es una  práctica  que  queremos ir abandonando. En las casas, los pacientes se la autoadministran o los ayuda un operador. En un pabellón, con mucha gente conviviendo, las condiciones de vida no son las mismas. Los conflictos son mayores, por no tener privacidad, y eso desencadena más hechos de violencia. La administración de la medicación y el control son distintos porque son más personas. Se vuelve rutinario.

–¿Se imagina qué opinaría Cabred sobre su gestión?

–Si Cabred viviera  pensaría más o menos lo mismo. Recreamos condiciones que dieron origen a estas instituciones, tomamos al trabajo como una estrategia importante de rehabilitación. No alentamos la producción para entretener a alguien mientras vive acá asilado, siempre la articulamos con algún proyecto externo. Tiene que servir para que traten con más personas, para que asuman más responsabilidades. La huerta  tiene real sentido si les permite salir de acá, de lo conocido, para  mantener dos plazas en Luján, como hacen  actualmente. Queremos que tengan  más desafíos. Si los pacientes están cómodos se terminan adaptando a la institución y no se van más. Nuestro  objetivo es generar condiciones para que ellos, si quieren, se puedan ir. En 2004 había 961 camas en pabellones, hoy estamos en 671 gracias a distintas medidas como el Plan Regreso a Casa o la descentralización de los tratamientos de acuerdo al lugar de residencia de los pacientes. Hicimos un convenio con Luján y hay cincuenta pacientes que ya no vienen para acá y acuden a hospitales municipales. Más de setenta personas que se atienden en Moreno antes  tenían  que venir hasta Montes de Oca. Difícilmente Cabred creyera que el aislamiento sea  la mejor  forma de tratamiento para  una persona con discapacidad mental.  La atención puede combinarse con la inclusión social. Bajo ese paradigma estamos trabajando y desarrollando la política.

Rosetto anuncia que en los próximos años se urbanizarán veinte hectáreas para que el acceso al pueblo sea más directo. Además, los pacientes mayores de 65 años van a tener su propia casa y ya están aprobados los planos para la construcción del primer Centro de Salud. Hay proyecciones con la cantidad de casas que se abrirán  para seguir vaciando los pabellones. Él cree que esta reestructuración puso en crisis la identidad de la institución porque ya no puede pensarse en Montes de Oca solamente como un grupo de pabellones.  Cuando se empiece a naturalizar que las casas en la comunidad, los centros de día, son parte de Montes de Oca, se podrá hablar de una nueva identidad. Lo dice orgulloso. Cabred, desde el patio, le guiña un ojo y se acomoda el bigote.

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*José Esses nació en Buenos Aires en 1977. Se recibió de periodista en TEA y estudió Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Editó su primera revista, General Information, a los 11 años, con recortes de distintos medios. En 1998 empezó a trabajar como periodista en El Sitio.com  y ésa fue la primera vez que le pagaron por escribir. Publicó en los suplementos Radar, Las 12 y No, de Página/12, en el diario  Crítica  y en las revistas  Rumbos,  La Mano,  Uno Mismo, G7, Gazpacho y Plan V, entre otras. También trabajó en medios digitales y agencias de publicidad. Fue educador no formal y dio clases de  periodismo para adultos con discapacidad mental durante seis años  en el club Akim. Además, es percusionista.

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