¿Se piensa en un lector posible a la hora de sentarse a escribir? En Yo, el lector, el periodista y escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos establece que el único compromiso es con el texto. «Escribir bien empieza por algo tan obvio que a menudo se nos olvida: ser claros. No tenemos derecho a obligar a los lectores a releer una frase solo porque es confusa».

ALBERTO SALCEDO RAMOS / Foto: Archivo autor

Nunca pienso en los lectores – así, en plural – cuando escribo. A veces, en ciertos pasajes, se me viene a la memoria un lector en singular, el rostro de algún conocido al que sospecho le gustará mi texto.

Aunque no me desvele preguntándome por las expectativas de quienes me leerán, sí pienso en ellos: es decir, quiero ser leído. Mi manera de tener en cuenta a los lectores consiste en establecer, de entrada, que mi compromiso no es con ellos sino con lo que escribo. Primero el texto, segundo el texto, y después ya veremos.

Aspiro a que mi prosa suene natural. Para lograr eso me castigo. El reto de quienes escribimos consiste en trabajar mucho para que no se note lo mucho que trabajamos. A nosotros debe costarnos, al lector no.

Escribir bien empieza por algo tan obvio que a menudo se nos olvida: ser claros. No tenemos derecho a obligar a los lectores a releer una frase solo porque es confusa.

Creo que la voz, además de sonar natural, debe ser sincera. Eso se logra cuando el escritor está en comunión con su lenguaje, y cuando se preocupa más por lo que escribe que por quienes lo leerán. Al texto hay que darle solo lo que necesita. Ir más allá es forzarlo, volverlo artificioso. Un autor que utilice el oficio como un simple pretexto para lucir inteligente, irrespeta la escritura y, en consecuencia, atropella a los lectores.

Vaya: estoy hablando de los lectores a pesar de que dije que no pensaba en ellos. Es evidente que sí pienso. Sería más exacto decir, entonces, que aunque me interesen puedo olvidarme de ellos mientras escribo. En parte por lo que ya dije: la mejor manera de asumir el compromiso con los lectores es fajarse con el texto que se les va a ofrecer.

Ahora bien: decir que escribo para mí no es desdeñar a los lectores sino empezar a considerarlos a partir de una verdad simple y honesta: yo soy ellos, es decir, soy el primer lector, y podría también ser el último, el único. Escribir para mí es escribir para ellos. En este sentido, jamás pierdo de vista una lúcida reflexión de Aidan Chambers: “la escritura es lectura y, por tanto, escribimos para leernos”. En la medida en que uno depura su paladar como lector, mejora su puntería como escritor.

De manera que el lugar de los lectores en nuestra escritura empieza por determinar la clase de lector que uno debe ser si quiere escribir mejor.

Preocuparse por lo que los lectores pensarán o dirán no es literatura sino política. Y farándula. La mejor respuesta que conozco a la pregunta de por qué se escribe es un chiste muy serio del humorista Sofocleto: escribimos porque es una forma de hablar sin que nos interrumpan.

Queremos lectores que nos dejen echar el cuento. Después podrán abandonar el texto si quieren. O encontrarse con él – con uno – si lo sienten honesto. Cuando sucede esto último, no hay en el mundo nada mejor que escribir.

Texto publicado originalmente en el sitio Prodavinci. 

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*Alberto Salcedo Ramos es considerado uno de los mejores periodistas narrativos latinoamericanos, forma parte del grupo Nuevos Cronistas de Indias. Vivió seis años y medio en Cartagena y fue jefe de redacción del diario El Universal. Es comunicador social y periodista. Sus crónicas han aparecido en revistas como SoHo, El Malpensante y Arcadia (Colombia), Gatopardo y Hoja por hoja (México), Etiqueta Negra (Perú), Ecos (Alemania), Diners (Ecuador), Marcapasos (Venezuela) y Courrier International (Francia), entre otras. Sus crónicas han sido traducidas al inglés, al francés y al alemán. Es autor de los libros El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (Random House Mondadori, 2005), De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho (Ediciones Aurora, 1999 y 2005) y Diez juglares en su patio (Ecoe Ediciones, 1994). También es coautor del Manual de Géneros Periodísticos (Ecoe Ediciones, 2005). Su último libro es La Eterna Parranda. Crónicas 1997 – 2011, editado por Aguilar.

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