Notas sobre la escritura de un libro periodístico (o cuestiones tratadas en el taller que pueden ser de ayuda para cualquiera que se enfrente a su propio proyecto)

Por Jordi Carrión

1. Hay que preguntarse por qué alguien (un lector X) dedicaría seis u ocho horas de su vida a leer una historia, sobre todo si ésta es aparentemente menor. La respuesta de esa pregunta nos puede ayudar a decidir si merece la pena que le dediquemos un gran esfuerzo, el de investigar, reportear y escribir un libro, a la idea que tenemos.

2. En toda historia menor tiene que haber, implícita o explicítamente, una historia mayor. En lo particular tiene que estar lo universal. O en la suma de diversas particularidades la ambición de abordar un gran tema, una cuestión universal.

3. No es fácil encontrar el foco de la historia. Hay que revisar con lupa los materiales para saber qué hay que narrar, quiénes son los protagonistas, qué se puede dejar en elipisis y qué no. Estar seguro del foco permite mantener el rumbo fijo, saber adónde hay que regresar después de cada desvío. Pero eso no debe ser motivo para evitar el desvío. El libro tiene que respirar. No todo puede ser tensión o clímax. Por eso a veces se recurre a planos paralelos. Pueden ser planos narrativos o ensayísticos. O planos simbólicos: compuestos, por ejemplo, sólo por imágenes o ejemplos, sin carácter conclusivo, que abran metafóricamente el relato en lugar de hacerlo llegar a conclusiones.

4. Un libro periodístico debe sustentarse, finalmente, en una certeza. La incertidumbre puede ser parte del devenir narrativo del proyecto, pero no su fin último. Tiene que haber una afirmación, esa es una de las bases el periodismo.

5. La posición más ética del autor respecto a lo que narra probablemente sea la del yo. Escribir en primera persona es un acto político. Asumo mi voz, me represento a mí mismo, no soy parte de un medio o de una corporación: soy yo. Te cuento una historia. Puedes creerme.

6. Hay que escoger bien las palabras (eso es escribir); hay que creer en ellas (en su preciso significado); hay que pensar en el estilo propio (decidir, para empezar, si queremos construirlo con primeras o con segundas palabras, con “mover” o con “desplazarse”, con “vejez” o con “tercera edad”). Hay que presentar a los personajes y sus situaciones (hacerlos presentes). Hay que describir (con adjetivos y con verbos: con palabras). Hay que crear escenas (contextos en que los presentes que hemos descrito adquieran sentidos). Hay que contar para que lo contado sea elocuente (para que explique en sí mismo, sin que necesariamente tengamos que ser nosotros quienes expliquemos). En principio el telling no es superior al showing: cada texto se rige por sus propias reglas y cada estilo se va definiendo a partir de todas y cada una de nuestras elecciones.

7. Releer el texto, trabajarlo a fondo: la escritura puede ser un proceso relativamente rápido; la clave está en la incesante corrección. De hecho, la corrección no es más que una fase de la escritura.

8. En la tradición de la literatura iberoamericana se fue imponiendo una idea muy nociva: los escritores en español cuentan sobre todo sus propias realidades, a lo sumo las del espacio de su lengua, pero raramente se atreven a narrar realidades lejanas: el mundo. Merece la pena ser ambiciosos: defender que en nuestra lengua, como en cualquier otra, se puede contar e interpretar el mundo. Sin impostar la mirada: sin traducirla. Es otras palabras, hay que reivindicar la tradición hispanoamericana de la crónica de viaje (o que viaja). La que empieza con los cronistas de Indias, sigue con Sarmiento, entra en el siglo XX con los modernistas y se consolida con Josep Pla, Juan Goytisolo, Edgardo Cozarinsky, Juan Villoro o Martín Caparrós.

Lee aquí las lecciones del primer día del taller. 

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