Manuel Puig
Manuel Puig

Hoy, 22 de julio, se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Manuel Puig. Compartimos con ustedes algunas reflexiones, anécdotas y recuerdos de Tomás Eloy Martínez sobre ese escritor que tanto admiró.

«En 1969, todo Buenos Aires se divertía con un juego inventado por Manuel Puig, que consistía en descubrir afinidades entre los escritores latinoamericanos y las estrellas de los años dorados de Hollywood. Miguel Angel Asturias, que un par de años antes había ganado el premio Nobel, era Greta Garbo por “el toque de Estocolmo”; Julio Cortázar era Heddy Lamarr por “lo bella y distante”; el glamour emparentaba a García Márquez con Ava Gardner y la vida metódica a Esther Williams con Vargas Llosa; Carlos Fuentes era Elizabeth Taylor, porque ambos tenían “una hermosa cara, ¡pero qué piernas más cortas!”.

El juego resulta hoy de una insulsa frivolidad y es probable que ni aun Puig quiera acordarse de él. Sin embargo, sigue siendo uno de los signos que mejor describen la década efervescente del 60, cuando los lectores imaginaban a los escritores latinoamericanos de moda como los abanderados de un Gran Cambio, no sólo en la literatura sino también en la vida cotidiana y en la política. («El boom: esplendor y después», 1978).

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A comienzos de los años 70, la obra de Manuel Puig fue leída con recelo preci­samente porque incurría en la doble falta de encabezar las listas de best sellers y de  caer -­no importaba que lo hiciera con intención paró­dica­- en las facilidades de lo sentimental («El canon argentino», 1996).

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Algunos de los mejores escritores argentinos han persistido en construir ficciones «pudorosas y racionales», mientras, alrededor, la realidad argentina, el carácter argentino, se esmeran en ser irracionales y estridentes. Sin el impudor nacional, sin la voluntad de exhibicionismo, no serían posibles el rumor y el chisme, que en las novelas de Manuel Puig fluyen como una incesante conciencia de lo histórico («Mito, historia y ficción en América Latina», 1999).

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Escribía con una disciplina de hierro, a veces un par de horas por la mañana y cuatro a cinco por la tarde. Cuando estaba trabajando en los últimos capítulos de su folletín, se quedaba hasta las ocho o nueve de la noche y luego se iba a nadar.

(…) En 1973, cuando publicó The Buenos Aires Affair y le llovían las ofertas para traducirlo, empezó a sentir que la Argentina no le hacía justicia. Había llegado más lejos que cualquier otro escritor de su generación, pero se lo trataba como a uno cualquiera. No quería aceptar que el país siempre había sido así, y que seguiría siéndolo. Cuando recuerdo los encuentros de aquellos años me parece volver a oír su inagotable amargura. Suponía que los críticos argentinos -tanto en los medios de prensa como en la universidad- consideraban su obra como un artificio menor, destinado a no perdurar sino a ser consumido y olvidado por el mercado. «Creen que soy un best-seller pasajero, no un escritor», me dijo. «Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta años, y los que le cavaron la tumba son los mismos que ahora lo ensalzan.» («La muerte no es un adiós», 1997).

 

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