Durer_astronomerLa historia de la humanidad sigue demostrando que, en momentos políticos y sociales complejos, la adivinación, un espeiritualismo superficial y el misticismo en las esferas de poder suelen convertirse en maneras naturalizadas de acercarse a la verdad. Compartimos con ustedes una columna que Tomás Eloy Martínez publicó en Caracas en 1980.

Fue el duque de Marlborough el primero en advertir que nada es tan pernicioso para la buena fortuna de una nación como la influencia de los astrólogos. En 1706, cuando emitió su advertencia, un tal John Partridge, autor de predicciones que se publicaban anualmente en forma de almanaque, había conquistado –por sus gracias histriónicas- el favor de la reina Ana. Marlborough se esforzó en convencer a la reina de que Partridge era un impostor, pero la guerra contra Francia lo mantenía demasiado tiempo fuera de Londres como para que sus quejas tuvieran éxito.

En 1707, Partridge era convocado con tanta asiduidad por la reina (y le comunicaba en cada cita “tantos malos efluvios”, según Marlborough) que las campañas hasta entonces victoriosas de los ingleses se convirtieron en una irrefrenable sucesión de reveses. Fue Jonathan Swift quien encontró la fórmula para salvar al reino. Fingiéndose él mismo un “hacedor de almanaques astrológicos”, y bajo el extravagante seudónimo de Isaac Bickerstaff, predijo el día y hora de la muerte de Partridge. Cuando la fecha pasó, Partridge cometió el error de denunciar a Bickerstaff (esto es, a Swift) como falsario, y de proclamar que “salvo ciertas molestias propias de la edad”, gozaba de una “salud inmejorable”. Los argumentos con los cuales Swift determinó que su rival era un difunto sin remedio, pertenecen ya a la historia de la literatura. En otra historia –la del ridículo- deben inscribirse, en cambio, las hazañas en que incurrió Partridge para refutar a Swift.

El 31 de diciembre de 1708, cuando ya hacía seis meses que la reina Ana le negaba la entrada a palacio (y, por coincidencia, la fortuna se había puesto otra vez del lado de los ejércitos ingleses), Partridge alquiló un teatro, en Londres, para demostrar en público su existencia. Convocó a doce hombres notables (eclesiásticos, políticos, poetas como Alexander Pope, y astrólogos menores como Gadbury) y les pidió que lo sometieran a toda clase de preguntas. Si alguna de ellas quedaba sin adecuada respuesta, Partridge aceptaría admitir que estaba muerto. Es ocioso decir que lo burlaron de mil maneras y que, al cabo de la asamblea teatral, la defunción del astrólogo era un fenómeno irrefutable.

Otros desastres fueron sembrando sus colegas en el curso de la historia: Isabel II condujo a España a las fronteras de la ruina por creer en las predicciones de un tal Ezpeleta; la corte de astrólogos que rodeó a Hitler enredó toda su estrategia en la campaña de Rusia y hasta logró inocularle la idea de una imposible victoria en el invierno de 1944, cuando la suerte de la guerra estaba ya sellada.

Conocidos son también los desvaríos del astrólogo José López Rega, quien imaginó que absorbía con su cuerpo las enfermedades de Juan Perón e intentó resucitar el carisma de Evita en la humanidad neurasténica y atolondrada de María Estela Martínez: entre 1958 y 1966, López Rega sobrevivió gracias a la edición anual de sus predicciones y a la venta caudalosa de su tratado “Astrología Esotérica”, pero cuando de veras necesitó ser vidente, en 1975, le fallaron las facultades y tuvo que marcharse de la Argentina.

Desde ese momento, los programas de radio y televisión conducidos por astrólogos, comenzaron a sufrir un grave descrédito. Los gobernantes se negaban a acudir, por temor a que la mala suerte los alcanzase. Convencidos de su fracaso y de los disgustos que podría acarrearles su abusiva intromisión en la vida privada de los estadistas, los astrólogos fueron poco a poco abandonando el ejercicio de su ciencia y consagrándose a la lisa y llana animación periodística. Acaso ellos también creen, como Jonathan Swift, que “ninguna época ni nación ninguna deben permitirse el lujo de convertir en ridículos los asuntos de gran importancia”

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