Compartimos un fragmento del capítulo 5 de Sangre Salada.

Allá adentro todo es más claro. Quique y Mary dominan Urkupiña. Castillo pone orden en Punta Mogotes. En Ocean, un grupo de feriantes renueva la conducción cada dos años. En las tres ferias organizadas alguien dice a esta hora se abre, a esta hora se cierra. Los empleados de seguridad cuidan los pasillos y los administradores cobran las expensas. Si hay un enfrentamiento, una disputa, es de uno contra otro: la mayoría se conoce. El lugar parece complejo para el recién llegado, pero pasado el tiempo ya no tiene secretos. El observador paciente logra que cada feria le revele su mecanismo.

El misterio está afuera, en La Ribera. La cuarta feria inunda las calles laterales a los tres galpones organizados, ensancha la orilla del Riachuelo con basura y escombros para abrir nuevos puestos y copa las veredas de las casas con paseos de compras y estacionamientos improvisados. No hay patrones claros. Es una feria sin principio ni final, horarios o leyes escritas. Cada uno maneja su pedazo y lo defiende como puede: por la fuerza, por la tradición, incluso por la palabra. Ni siquiera está claro cuántos puestos tiene La Ribera. Algunos arriesgan que siete mil, otros dicen que cuatro o cinco veces más.

Los primeros días, el remisero Alberto me guió por sus calles como a un niño que entra a la escuela y es adoptado por los alumnos más antiguos. Me decía mirá, prestá atención: esa de ahí, la que tiene mil trenzas en el pelo y botas raras y uñas esculpidas es Marta. No sabe qué hacer con tanta plata y se la gasta en eso, 84 en estupideces. Antes vendía manteles en Ocean, pero hace unos años agarró 150 puestos alrededor de la vía y se dedicó a administrarlos. Esa fila de puestos oxidados, me contaba el remisero, era de un amigo suyo que está preso.

La mercadería de La Ribera tiene algunas diferencias con la que se ofrece en las ferias de adentro. La mayoría son productos confeccionados por una multitud de costureras bolivianas que venden ropa a precios minoristas y de una calidad levemente inferior a las de Ocean, Urkupiña y Punta Mogotes. Muchos son modelos copiados de las grandes marcas, y otros copias de otras copias: una tercera generación de falsificaciones que terminan siendo algo nuevo, a veces bizarro. A eso se le suman los vendedores ambulantes, los que ofrecen comida o ropa interior importada. La Ribera es también un lugar de experimentación. Como los puestos salen más baratos –los hay de hasta cincuenta pesos la noche– uno puede apostar a cualquier cosa: un grupo de africanos vende shawarmas, otro ofrece libros o ropa para mascotas.
Los pasillos son irregulares: no tienen salida durante cien metros, y si uno quiere escapar hay que armarse de paciencia y seguir a la multitud. En esos laberintos, el remisero saludaba con una inclinación de cabeza a algunos, con un qué hacés, cómo andás a otros, y se sumergía conmigo entre hileras de puestos que cada tanto cambiaban de color.
–Los azules –me sopló al oído en la calle frente a Punta Mogotes– son los que maneja Jorge Castillo.
Y eso también sabía el remisero Alberto: que todo lo interno en algún momento se vuelve externo y que los que habían amasado poder en las ferias de adentro lo extendían hacia afuera. Decía eso y se perdía buscando cantantes de salsa y boleros entre los que vendían cds de música o películas a tres por diez pesos. Después nos sentábamos frente a las ollas de pescado frito y asado a compartir un sándwich de carne, porque en esa época ninguno de los dos estábamos a dieta y comer era una fiesta.
–Allá –me dijo una vez con cierta melancolía– empecé yo.

Lo que señalaba era un pedazo de calle con cinco remises esperando pasajeros, una parrilla móvil con choripanes, una señora que vendía cortinas para baños, otra que ofrecía osos de peluche y un hombre con una madera repleta de fundas para celulares.
–Todo eso era nuestro –insistió, con el tono de voz de los que narran glorias pasadas.

La historia del remisero Alberto en la feria empezó en 1999, cuando él era un taxista sin horizonte de progreso que vio la oportunidad y se metió ahí, a llevar y traer a los bolivianos que los lunes iban a Urkupiña. Era cuestión de animarse a meter las ruedas en el barro y estar dispuesto a que el Renault 12 que había comprado a medias con el padre terminara roto todas las semanas.
Al principio convocó a tres o cuatro conocidos, la mayoría dueños de coches destartalados a los que Alberto les hacía la mecánica con más fe que ciencia. Más tarde, cuando empezaron los primeros éxitos de La Salada y los puesteros se convirtieron en blancos móviles, el ejército de choferes que había formado construyó un depósito para que los vendedores dejaran la mercadería y no tuvieran que andar por ahí cargando bolsas. En el espacio que sobró –casi todo en esa época era un espacio que sobraba– levantaron los primeros puestos de la calle. Los más antiguos se turnaban para cobrar los alquileres y repartían la plata entre todos los que estaban desde el principio y tenían el derecho que otorga la antigüedad.
–Con el tiempo nos abrimos –contó Alberto– y cada cual ganó su sector. Después se fue llenando de gente.
El punto de quiebre, la crisis que cambió todo fue un lunes de feria: en el mismo lugar que tenían para estacionar veinte autos alguien había decido armar puestos. El remisero Alberto se quejó, preguntó qué hacían.
–Vamos a poner los puestos acá –dijeron del otro lado.
–¿Acá? ¿A quién le pediste permiso vos?86
–Esto no es de nadie. Esto es la calle.
Y entonces hubo golpes, parabrisas rotos, puestos que se armaban y se desarmaban. Del lado de Alberto, una de las familias tenía ocho hermanos, y eso era algo importante. Uno puede contratar matones, pero la familia sanguínea siempre es más compacta y difícil de dividir. Del otro lado, los nuevos ocupantes también tenían lo suyo. Los protegían padrinos políticos, funcionarios municipales de segunda y tercera línea que podían utilizar el aparato del Estado para molestar a los remiseros, y eso les daba ventaja. La solución llegó mediando: los viejos les dieron un pedazo, y los nuevos reconocieron que no podían quedarse con todo. Pronto, así se volvieron todas las negociaciones en La Salada. Primero midiendo fuerzas y luego negociando hasta encontrar un equilibrio acorde a lo que cada uno podía poner en juego.

Alberto trabajó hasta que el Renault 12 se fundió. Estuvo seis meses en un proceso de ensayo y error, hasta que logró ponerlo en marcha otra vez. Cuando quiso volver, su lugar ya no existía. Una regla no escrita en La Ribera es que nadie, bajo ninguna circunstancia, puede dejar su puesto vacío

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