El 16 de marzo se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Francisco Ayala. Para recordarlo, compartimos un texto de Tomás Eloy Martínez sobre el escritor español publicado en el diario La Nación en octubre de 1999.

Tomás Eloy Martínez


Cuando la federación de editores de España me invitó a debatir el futuro de la lengua castellana junto con Carlos Fuentes y Francisco Ayala, dije sin vacilar que sí, no sólo porque yo era el que más podía salir enriquecido de una discusión como ésa, sino porque me tentó el demonio de la curiosidad. Desde hacía décadas no había oído una sola palabra sobre Francisco Ayala, uno de los más secretos y mayores novelistas españoles de este siglo. Sus pasos se me perdieron cuando pasó de ser profesor en el Bryn Mawr College a dictar una cátedra distinguida en la universidad de Chicago. En ninguna de las dos instituciones sabían qué había pasado con él. «Se fue a España -me dijo alguien que había sido su colega-. Leí en alguna parte que había muerto.»

Nada de eso. Carlos Fuentes, que se había encontrado con él un par de veces en Madrid, me dijo: «Te llevarás una sorpresa. Tiene 93 años pero parece de 39, y está más lúcido que cualquiera de nosotros».

Ayala vivió veinte años en Buenos Aires, con tanta modestia que casi nadie se acuerda de él. Allí escribió sus mejores obras, fundó la revista Realidad -donde se publicó el célebre elogio de Julio Cortázar a Adán Buenosayres -, y fue constante colaborador de Sur y del suplemento literario de La Nación . Algunas de sus novelas alucinadas, como La cabeza del cordero y Muertes de perro , eran temas de conversación incesante en mis cafés de la adolescencia. Todos queríamos averiguar entonces cómo hacía para escribir historias complejas, llenas de ironía y escepticismo, con un lenguaje que era siempre transparente.

Lo aprendí oyéndolo hablar a él en la Casa de América, donde subimos y bajamos escaleras sin que la respiración de Ayala sufriera el menor sobresalto. «¿qué fue de su vida después de Chicago?», le pregunté. Irguió hacia mí la nariz de águila y los dedos filosos de pergamino, y me dijo: «Estuve dando vueltas por Nueva York algún tiempo. La noche del famoso apagón de Manhattan, en 1966, tropecé con Victoria Ocampo en un pasillo del Waldorf Astoria, donde yo estaba en busca de un amigo. Ella llevaba una vela encendida en una mano y una silla liviana en la otra, y así estuvimos conversando sobre las desventuras de la modernidad durante un rato. Dos días después tomé el avión y regresé a España, de donde me había marchado en 1936».

Ayala y yo tuvimos que salir solos al debate de la Casa de América ante una sala colmada. Carlos Fuentes desertó a última hora porque los vientos de la fama se lo llevaron a México en un avión oficial, para que recibiera allí la más alta condecoración del Senado. De todos modos, Ayala se bastó para contestar a las preguntas del público, que nos llevaron desde las acepciones cambiantes que tienen las palabras eróticas en los distintos países de la lengua castellana hasta las últimas correcciones ortográficas de la Real Academia. Con una increíble soltura de inteligencia y velocidad de memoria, Ayala lavó todas esas dudas y se llevó todos los aplausos.

Cuando nos despedimos, le prometí enviarle una copia de lo que dije en la Casa de América, pero la única que tenía conmigo se quedó olvidada en un restaurante de Chamartín y ninguna de las personas a las que pregunté su dirección la sabía. Me hablaron de una pensión en el barrio de Salamanca y de un departamento cerca del Museo del Prado, pero ambos datos resultaron fallidos. Francisco Ayala se me desvaneció tan misteriosamente como había aparecido.

Un ser, muchas cadencias

El último recurso para no faltar a mi promesa es enviarle parte de lo que dije a través de este diario. Aunque son apenas fragmentos de un discurso más largo, sé que él va a leerlos dondequiera que esté, y a reconstruir el dibujo completo de aquel texto.

Copio, entonces, algunas de aquellas líneas: «Los que compartimos el castellano somos un solo ser que habla muchas cadencias de una misma lengua y que construye una sola tradición cuyo sustento son todas las tradiciones. En el exilio aprendí que nuestra patria es la lengua.

«En la Nueva York de 1880, donde se refugió de la persecución política y de las desventuras, José Martí recreó un nosotros americano tallando su lenguaje con los neologismos de la modernidad naciente. Uno de los prodigios de Martí fue retratar el vértigo de los rascacielos que empezaban a levantarse en Manhattan con una lengua que resucitaba, y renovaba, los sonidos del Siglo de oro. Saber que en la patria común de la lengua nuestro ser sobrevivía entero fue lo que decidió a los grandes editores españoles dispersados por la guerra Civil a fundar en América otras casas que repetían de algún modo la casa perdida, y fue también lo que permitió que casi todos los grandes escritores hispanoamericanos no se desorientaran en las infinitas estaciones de los exilios.

«En el lugar donde ahora vivo, en la costa oriental de los Estados Unidos, miles de angloamericanos toman clases de castellano todos los días, en tanto que cientos de miles de hispanoamericanos aprenden a hablar inglés. Esas estadísticas, que parecieran pronosticar un futuro en el cual la lengua mayoritaria terminará aplastando a la otra, son estadísticas engañosas. En la mutua fertilización, el castellano avanza sobre el inglés por un impulso que es a la vez demográfico y afectivo. Quien ha nacido y crecido en la cultura española no la abandona.

«Para esas incesantes corrientes migratorias que en los Estados Unidos se definen con un gentilicio común, hispanos , la lengua es la única certeza de pertenencia, el refugio final de la identidad. Se cocina, se ríe, se pasea, se baila, se enamora, se amamanta, se muere en castellano. La vida íntima de los hispanos no se resigna a otra lengua.

«Cuanto más fuertes somos, más libres somos. Gracias a esa libertad sabemos que es posible absorber todos los vocablos y modismos ajenos y apropiarnos de todo lo que las corrientes del tiempo van arrojando en nuestro vasto cauce, porque la sabiduría de la lengua recoge el limo de lo que sirve y deja en la orilla la resaca de lo superfluo.

Palabras ancestrales

«Hace dos siglos, el venezolano Simón Rodríguez emprendió una encendida campaña de alarma no ya contra los neologismos sino contra un riesgo que le parecía aún más letal: la asfixia de las palabras a través del vaciamiento de sus sentidos. Rodríguez advirtió que algunos vocablos esenciales estaban mudando de piel y expresando valores que a veces eran contrarios a sus valores de origen. Aludía a palabras como libertad , pueblo , democracia y justicia : las mismas que ahora, tanto tiempo después, pueden leerse a veces como sinónimos de libre mercado y lógica del consumo .

«Nadie aspira, como hace siglo y medio, a la independencia lingüística. Todos, en cambio, aspiramos al mutuo respeto de nuestras diversidades regionales y a la máxima libertad para crear, dentro de la lengua común, los lenguajes particulares que mejor expresen las diferencias de nuestras culturas y las oscilaciones -diversas, claro que sí- de nuestros tonos culturales.

«Creo en la necesidad de los diccionarios, pero creo también en la felicidad de violarlos. La lengua es hija de la historia y nadie podría decir ahora qué hará con ella la historia dentro de cien años o qué deshará al compás de las costumbres y de los olvidos. Sólo sé que nuestra identidad hispana permanecerá allí, en la lengua común, dentro de muchas centurias; sé que en la lengua común nos reconoceremos los setecientos millones o los mil millones de ese cercano futuro. Sé que algunas de las palabras ancestrales que hoy compartimos se mantendrán inalteradas interminablemente: casa , madre , hijo , lengua , libro , sonidos españoles que eran ya nuestra morada en los tiempos de Cervantes, de Calderón, de Quevedo, y que seguirán abrazándonos después de Borges, de Neruda, de Lorca.» .

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