El martes 10 de diciembre la periodista Leila Guerriero presentará Una historia sencilla en Fundación Tomás Eloy Martínez junto a Ricardo Piglia. A pocos días del encuentro, dialogamos con ella acerca de la mirada narrativa, del lugar en el que se sitúa el interés de un relato, de los instantes únicos que regala el periodismo y, sobre todo, acerca del protagonista del libro: el malambista pampeano Rodolfo González Alcántara.

Empecemos por la misma pregunta que te hacés en el libro: ¿Nos interesa leer historias sobre gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, violenta, embrutecida, desesperanzada?
Yo creo que si le hicieras esa pregunta a cualquier lector, te diría que no. Yo misma te diría que no. El tema, planteado de esa forma, suena a una bobada con solidaridad al fondo. Pero qué pasa cuando a la historia de una persona así le aplicás la mirada y los métodos narrativos que aplicás para contar historias que el periodismo suele repasar más a menudo: miseria extrema, violenta, embrutecida, desesperanzada. Creo que, potencialmente, nos puede interesar cualquier historia, siempre y cuando esté bien contada y siempre y cuando haya algo para contar. Pero a mí la historia de Rodolfo me interesa en el marco del Festival de Malambo de Laborde: es la historia de un hombre peleando para alcanzar lo que quiere, aun cuando todo –su extracción social, sus posibilidades económicas- indica que es una locura. Lo que quiero decir es que yo no conté la historia de Rodolfo, sino la historia de Rodolfo en el Festival Nacional de Malambo de Laborde: una cosa no se sostiene sin la otra. Esa pregunta que hago en el libro sólo puede entenderse en ese contexto. No me atrajo la historia de un tipo que cree en la familia y en la bondad y en Dios. Me atrajo la historia de un festival folklórico absolutamente prestigioso, desconocido y salvaje, y una vez ahí me encontré con un Aquiles contemporáneo, un tigre de bengala, un puma que, además, cree en la familia y en la bondad y en Dios. Pero no salí de mi casa un día de enero de 2011 diciendo “A ver, quiero encontrar un tipo bueno”. Ese no es un planteo interesante.

Escribir sobre un “hombre común” te reservó instantes extraordinarios, como ver a Rodolfo Rodríguez Alcántara encomendándose a Dios, en “el momento de más espantosa intimidad” que has compartido con nadie. ¿Cómo describirías la confianza que construiste con Rodolfo, y cómo la situarías en relación a la que has logrado con otras personas sobre las que has escrito?
Yo creo que nunca vi a un hombre tan solo. Tan conciente de todo su talento, de toda su potencia y, a la vez, tan entregado a su fe. Rodolfo fue una persona generosísima. Jamás, ni en momentos de intimidad enorme, me dijo que prefería estar solo. Y yo sé que hubo muchos momentos en los que hubiera preferido estar solo. Él estaba preocupado por mí, por el tiempo que yo le dedicaba a su historia, y yo, por mi parte, me preguntaba si mi presencia no sería contraproducente para lo que él iba a hacer: jugarse la vida en cinco minutos de malambo. Pero ni él me habló de esa preocupación ni yo le hablé de mis recelos. Sólo en marzo de este año, cuando ya estaban todas las fichas jugadas, nos contamos ese tipo de cosas. Así que eso, supongo, habla de que hubo confianza y, también, un enorme respeto de caballeros por parte de los dos. Y creo que esa corriente de confianza empezó muy tempranamente. Por lo demás, creo que he logrado confianza con un porcentaje alto de las personas sobre las que he escrito porque, si no, no hubiera podido escribir.

¿Cuándo supo Rodolfo que su historia iba a convertirse en un libro -no en un reportaje, no en un artículo, sino en un libro-, y cómo se lo tomó?
Rodolfo sabía que yo estaba trabajando en una cosa muy ambiciosa. Al principio, yo pensaba que sería una crónica, muy larga, para Gatopardo, aunque no había hablado con mi editor. Después, terminó siendo un libro. Rodolfo lo supo sólo cuando Jorge Herralde me escribió diciendo que lo había leído y que quería publicarlo. Lo tomó con mucha alegría pero, también, con mucha discreción. Jamás me llamó para preguntarme cómo iba todo, ni se mostró ansioso o preocupado. De hecho, casi no supe de él hasta junio o julio, cuando lo llamé para avisarle que ya tenía ejemplares para darle. Pero como por esa época empecé a viajar mucho, y casi no pasé por casa, él, que no quería que la entrega de sus libros fuera un simple pasamanos, esperó pacientemente hasta octubre, e incluso entonces tuve que presionarlo para que aceptara que le llevaran los libros. Yo no tengo facebook ni twitter, pero me dicen que, por ejemplo, él no puso la portada del libro –que tiene su foto- en su muro de facebook. Yo creo que eso, si es verdad, lo pinta de cuerpo entero.

Como periodista con una historia entre sus manos, ¿cómo viviste ese último baile que consagraría a Rodolfo o lo arrinconaría para siempre en el olvido?
Te diría que durante ese ultimo baile yo era una máquina de mirar, de oír y de anotar. Tenía conciencia extrema de que ese momento no se iba a repetir: nadie iba a decir “Che, rebobinen, que la periodista se perdió esta parte”. Así que lo viví haciendo lo que había que hacer: trabajando como una bestia, con la conciencia lacerante de que estaba viviendo un instante único, y que lo que no fuera capaz de ver entonces me lo iba a perder para siempre. Creo que sólo en esa noche llené una libreta entera con anotaciones, y grabé hasta las comas del locutor.

Por último, ¿existe algo así como una historia interesante a la espera de alguien que la “descubra” y la narre? ¿O las grandes lecturas nacen de la mirada de los buenos narradores?
Lo que resulta interesante para un periodista no lo es para el 90 por ciento de los demás. Yo creo que la única forma de hacer que una historia sea una historia interesante es que quien la cuenta sienta genuino interés, genuina curiosidad. No creo que existe nada que pueda interesarnos a todos por igual.

Fragmento

El desgaste empieza después de los dos minutos. Alguien con un nivel de preparación estándar podría bailar, sin mayores problemas, un malambo que durara eso. Pero, después de los dos minutos, el cuerpo se sostiene sólo a fuerza de entrenamiento y gracias al bombeo de endorfinas que intentan aniquilar el pánico producido por el ahogo, la contracción de los músculos, el dolor de las articulaciones, la mirada expectante de seis mil personas y el escrutinio de un jurado que registra hasta la última respiración. Quizás por eso cuando bajan del escenario todos parecen haber pasado por algo innombrable, por un trance atroz.

Si durante el día la temperatura puede superar los cuarenta grados, en la noche, indefectiblemente, baja. Hoy, viernes catorce, doce y media, debe andar por los trece pero, detrás del escenario, es carnaval. Hay cuerpos que se visten y que se desvisten, sudor, música, corridas. El aspirante por la provincia de La Rioja, Darío Flores, baja del escenario como suelen bajar todos: ciego de fervor, crucificado, con la mirada perdida y los brazos en jarra, luchando para recuperar el aire. Alguien lo abraza y él, como quien sale de un trance, dice: “Gracias, gracias”.

Estoy mirando eso y pienso que empiezo a habituarme a ver la misma tensión exasperante cuando están en los camarines, la misma explosión ardiente cuando suben, la misma agonía y el exacto éxtasis cuando les toca bajar. Entonces escucho, en el escenario, el rasgueo de una guitarra. Hay algo en ese rasgueo algo como la tensión de un animal a punto de saltar que se arrastrara al ras del suelo que me llama la atención. Así que doy la vuelta y corro, agazapada, a sentarme detrás de la mesa del jurado.

Ésa es la primera vez que veo a Rodolfo González Alcántara.

Y lo que veo me deja muda.

Por qué, si él era igual a muchos. Usaba una chaqueta beige, un chaleco gris, una galera, un chiripá rojo y un lazo negro como corbatín. Por qué, si yo no era capaz de distinguir entre un bailarín muy bueno y uno mediocre. Pero ahí estaba él Rodolfo González Alcántara, veintiocho años, aspirante de La Pampa, altísimo y ahí estaba yo, sentada en el césped, muda. Cuando terminó de bailar, la voz opaca, impávida de la mujer, dictaminó: Tiempo empleado: cuatro minutos cincuenta y dos segundos.

Y ése fue el momento exacto en que esta historia empezó a ser definitivamente otra cosa. Una historia difícil. La historia de un hombre común.

Esa noche de viernes, Rodolfo González Alcántara llegó hasta el centro del escenario como un viento malo o como un puma, como un ciervo o como un ladrón de almas, y se quedó plantado allí por dos o tres compases, con el ceño fruncido y mirando alguna cosa que nadie podía ver. El primer movimiento de las piernas hizo que el cribo se agitara como una criatura blanda mecida bajo el agua. Después, durante cuatro minutos cincuenta y dos segundos, hizo crujir la noche bajo su puño.

Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo del verano, era el zumbido de la soledad, era la furia, era la enfermedad y era la guerra, era lo contrario de la paz. Era el cuchillo y era el tajo. Era el caníbal. Era una condena. Al terminar golpeó la madera con la fuerza de un monstruo y se quedó allí, mirando a través de las capas del aire hojaldrado de la noche, cubierto de estrellas, todo fulgor. Y, sonriendo de costado como un príncipe, como un rufián o como un diablo, se tocó el ala del sombrero. Y se fue.

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