Editorial Alfaguara acaba de publicar Sam no es mi tío. Veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano, una antología de crónicas periodísticas a cargo de Diego Fonseca y Aileen El-Kadi. Compartimos Espacios que separan fronteras, el prefacio de los editores. A comienzos del mes de octubre, publicamos Mapas (Lo que pasa en Vegas), un texto de Wilbert Torre que forma parte del libro.

Este proyecto nació desde la contradicción. Porque contradicciones somos y porque estamos expuestos cotidianamente a ellas. Las Américas nos han ofrecido paradojas desde el período de la colonia. Sugerentes ficciones y verdades útiles que, la mayoría de las veces, guiaron nuestra historia pero sólo algunas veces fueron cuestionadas. ¿Qué es lo que cuestiona esta generación? ¿Qué límites acepta, cuáles destruye? ¿Qué discursos recrea y a cuáles les hace frente? Entre las fronteras visibles e invisibles de los países americanos se desplazan cuerpos, objetos, ideas. Hay puentes. Siempre los hubo, siempre los habrá, les guste a ellos o no. ¿Existen —hoy, ahora— unos Estados Unidos? ¿Hay una América Latina? Estos cronistas se han empecinado en remarcar ambas transiciones —los puentes y los límites—, pero, sobre todo, han expuesto —descarnadamente— las contradicciones de nuestra América.

Como escritores y lectores contemporáneos, nuestras referencias del mundo nos llegan no solamente del contacto con otras culturas o de la lectura de textos escritos. Somos devoradores de la cultura tecnológica. Blogs, Twitter, Facebook, periodismo online, e-books; proyectos y diálogos intercontinentales hacen parte de nuestra cotidianeidad. Sabemos del mundo no sólo por lo que nos cuentan, sino por cómo nos lo cuentan. Es en ese contexto de intercambios de información y opiniones, de debates y cuestionamientos que surgió la pregunta: ¿qué representan los Estados Unidos para los latinoamericanos hoy en día? ¿Cómo se construye el imaginario del gran imperio norteamericano? ¿Existen denominadores comunes que conforman estas visiones? ¿Hay un consenso en relación a la valorización de su sociedad, su política y economía? ¿Cómo confluyen las visiones de quienes viven allí y quienes nunca visitaron el país?

El principal objetivo de estas crónicas es reafirmar estas contradicciones, ofrecer un tapiz de múltiples hilos que conforman la diversidad de ese imaginario. Los autores de estos textos socializan con sus lectores reconociendo que pertenecen a grupos distintos y diversos; los une el saberse latinoamericanos. Aunque, claro, es justamente éste, uno de los disparadores de las polémicas que presentan estos textos. Ya no hay identidades. Hay identificaciones. Ni grandes narrativas, sino trozos de ideales destrozados. Son otros los cuestionamientos. Otras nuestras ficciones y verdades. Estas crónicas exhiben el modo en que las delimitaciones anteriores se fundieron, se demarcaron, para dar lugar a lo híbrido, a lo deformado. Nos han quedado naciones desajustadas, y estos cronistas retratan tales desajustes, filtrándose por las roturas y grietas de los discursos personales y públicos, donde la fascinación y el rechazo por una nación demasiado conocida pero extrañamente imposible de ser explicada o descrita, habitan.

Muchos de estos cronistas cruzaron La Frontera. Sus subjetividades y sus trabajos son lo que son justamente por haber cruzado esa línea.

La lógica es ésta: a veces no son las fronteras las que dividen los espacios; son los espacios los que separan las fronteras. Determinan y condicionan. Incluyen o excluyen. En el entremedio todo es relativo. Todo ambiguo. El espacio que te deja dentro o fuera de Estados Unidos equivale a un metro cúbico en Miami o a la mitad de un garaje en El Paso. Puede ser el cubículo de Migraciones del Miami International Airport, o el estacionamiento de autos para revisión de tráfico ilegal en Texas. Que aún se llame El Paso es una de esas maliciosas ironías fronterizas.

Curiosamente, para entrar ilegal a una nación como Estados Unidos se precisa menos que para quedar fuera de ella. Basta el ancho de un hueco en un muro por donde deslizar el cuerpo de costado en el poroso límite mexicano-americano. O los cuarenta centímetros cúbicos en los que uno puede esconderse un niño en el doble fondo de un camión.

Todos hemos sido tocados directa o indirectamente por los Estados Unidos. Desde dentro o desde fuera. Pero no hay modo de escapar a su imaginario.

Estas crónicas son los relatos de nuestra microhistoria americana contemporánea. Donde las eternas migraciones, la violencia, las partidas y los regresos, el éxito y la derrota, los cruces lingüísticos y culturales, el racismo y la xenofobia deben cohabitar por momentos dentro de una gran narrativa, que ha dejado, definitivamente, de ser utópica y permanecerá siempre incompleta. Esas fronteras definen coexistencias o separaciones. Dibujan esa invisible línea entre un ellos y un nosotros.

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